1919
Revolución y Régimen Constitucionalista. Documento 941. Carta abierta del señor José Ugarte dirigida al Gral. Álvaro Obregón, con motivo de su candidatura a la Presidencia de la República.
La Paz, Bolivia, 18 de diciembre de 1919.


 

Carta abierta del señor José Ugarte, fechada en La Paz, Bolivia, dirigida al Gral. Álvaro Obregón, con motivo de su candidatura a la Presidencia de la República. [F9-90-23. A.I.F.]

 

Carta Abierta al C. General Álvaro Obregón.

La Paz, Bolivia, 18 de diciembre de 1919.

Señor General don Álvaro Obregón.

Hermosillo, Sonora.

Desde el mes de julio del año que concluirá dentro de pocos días, tenía yo el deseo de dirigir a usted las líneas de esta Carta. Si no llegué a escribirlas desde entonces, se debió a que, próximo mi viaje de esta apartada República de Bolivia, consideré que el alejamiento de las ebulliciones políticas de México me iba a dar la perfecta ecuanimidad, una visión más distinta y un criterio más noble. Así como el que se eleva en los aires aprecia el trazo general de una ciudad, pero pierde de vista el hormiguero humano que ya va y viene por las calles, así el que sale y se aleja de su país pierde el sentido estrecho de la facción, si a alguna pertenece, y adquiere en cambio, en la apreciación de los problemas patrios, un sentido más amplio: un sentido nacional.

Dicho esto en garantía de mi desinterés, paso a exponer a usted en mi calidad de ciudadano mexicano, con todo respeto pero con toda claridad, algunas ideas que se relacionan con el problema de la sucesión presidencial próxima.

La Revolución Constitucionalista de 1913, como todo gran sacudimiento social, nos dio a conocer una gran variedad de temperamentos y de aspiraciones. Entre los afiliados al movimiento revolucionario hemos visto hombres de todas las categorías en el orden moral: desde el reformador sincero y probo hasta el más feroz, desalmado y bestial de los asesinos. Es claro, pues, que para cada uno de estos tipos la Revolución significa una cosa distinta. Puestos a escoger entre las aspiraciones de los dos tipos de extremo que acabo de señalar, no sufriremos el "embarazo de la elección": todos acogeremos el primero; todos rechazaremos al segundo. Pero sí hay lugar a confusión, y muy grande, cuando se trata de seleccionar entre las aspiraciones de tipos morales intermedios con puntos de vista diferentes.

Me explicaré mejor poniendo un ejemplo: Supongamos el tipo moral intermedio Belicoso Sufragante, y el tipo moral intermedio Moderado Pacifico. El primero sostiene con vehementísima fe que la aspiración suprema de la Nación en las próximas elecciones presidenciales, es el sufragio efectivo, muy efectivo, efectivísimo, y que de no serlo en toda su perfección, el candidato derrotado debe ir a la guerra; en tanto que el segundo afirma igualmente enardecido, que si se obtiene una segunda elección presidencial-pacífica, se habrá dado sin duda alguna un paso hacia adelante a despecho de las imperfecciones del sufragio, y el candidato o candidatos derrotados no deben de ir a la guerra por ningún motivo.

He aquí don puntos de vista debidamente emanados de don tipos morales intermedios, que dan ocasión a confusiones que pueden ser graves.

Yo ignoro cuál de estos dos criterios acomodaría sus actos el candidato a la Presidencia de la República, don Álvaro Obregón. De mi sé decir con toda sinceridad y buena fe, que el criterio del señor Moderado Pacifico me parece el más amplio, el más sano, el más patriótico. Tanto es así que de las dos opiniones de ese estimable ciudadano, yo hace años que formé mi estribillo diciendo: Si logramos que en México haya una segunda elección presidencial pacifica, habremos ganado una nueva batalla en el campo democrático, y habremos fortalecido a la Nación con la conciencia de que vive y anda.

La tesis de Moderado Pacifico debe ser aceptada no solo por los tres candidatos a la Presidencia, sino por todos los ciudadanos de la República, por la Nación entera de una manera unánime.

Señor General don Álvaro Obregón: entre los partidarios de usted circulan y alborotan muchos Belicosos Sufragantes, y es necesario para bien de la nación que usted los conozca y se ponga en guardia contra su criterio; pues en la modesta opinión de quien esto escribe, hay muchas probabilidades de que el sufragio sea muy imperfecto y de que usted no triunfe en las elecciones que se aproximan, y voy a decir por qué.

Yo pienso que en don Venustiano Carranza debemos ver a un político ambicioso de honor y galardón históricos. En los primeros días del año de 1916, hablé con él en la Alameda de Querétaro, lugar donde sentado llanamente en una banca pública, acordaba con el Secretario de Fomento, Ing. Pastor Rouaix. Después de un cambio de palabras sobre un asunto que no es oportuno precisar ahora, me dijo las que siguen:

-¡¡Yo necesito hacer la paz!!

Y puso tal energía, tal seguridad, tal resolución en esta frase, que yo dije para mi sayo: "A Don Venustiano preocupa grandemente la historia. Después de haber hecho con todo éxito la guerra, ambiciona restablecer en México las condiciones de normalidad."

De sus habilidades de político para llevar adelante lo que se propone, yo creo que no habrá quien dude. Sus enemigos mismos (Licenciado José Vasconcelos, hablando conmigo en Nueva Orleans, en 1918), reconocen su fuerza, y lo citan como ejemplo de tenacidad, resistencia y energía. Pero la pacificación es más larga que lo que quisiéramos, y el término presidencial demasiado corto. Antes de resolver un problema, Don Venustiano tiene ya otro encima. Por una parte, es necesario ceder el lugar, obedeciendo a los mandatos constitucionales; por otra parte, es necesario defender la obra realizada. ¿Cómo?... Favoreciendo la elección de un candidato que sea garantía de paz, y que se constituya en defensor y continuador de esa misma obra.

Surgió la candidatura de usted, o mejor dicho, la presentó usted solo, y entre los lineamientos generales de la política que usted prometió solemnmente en su Manifiesto, se encontraba uno que lleno de alarma a toda la Nación, y fue el que se refería al grupo de militares que habían olvidado los imperativos del honor y sólo trataban de enriquecerse. No hubo una sola persona que no supiese leer entre líneas, un gran número de nombres propios: aquello era arrojar el guante a un grupo militar poderoso que tenía las armas en la mano, que no se dejaría nulificar en nombre de la probidad ni del desinterés (cosas abstractas, sin substancias, sin tuétano), y al cual encabezaba cabalmente el otro candidato militar a la Presidencia, don Pablo González.

No pudo usted haber presentado más claramente un programa de contienda civil. Así lo entendió la mayoría de la Nación, y así lo entendió también don Venustiano Carranza.

Separados, pues, los dos candidatos a la Presidencia, por su agrio antagonismo que amenaza sin género alguno de duda la futura paz del país, y resuelto el Sr. Carranza a defender su obra, es evidente que el gobierno prestará su apoyo a un tercer candidato que pueda colocarse entre las dos rivalidades y asegure la tranquilidad pública.

-¡¡Pero es que el Gobierno no puede tomar parte en las elecciones!!, gritarán como energúmenos los infinitos Belicosos Sufragantes de toda la República, y especialmente los de la capital.

-Efectivamente, esa es la aspiración democrática, pero la Naturaleza no procede por saltos, y pasarán muchos años todavía sin que podamos ver satisfecha en lo absoluto esa aspiración. En el México de Don Porfirio Díaz, como en todos los países sin libertades públicas, no había más institución organizada para las elecciones que el mismo Gobierno, y aun está demasiado cerca del régimen pasado para pensar que la Nación se encuentra en condiciones absolutamente distintas. No es, pues, en la intervención del Gobierno en donde debemos poner todas nuestras adversiones, sino en una intervención de mala fe. Pero si el Gobierno demuestra que interviene por el deseo de evitar la guerra civil, hay que aplaudir esa intervención patriótica del único elemento verdaderamente organizado para la función electoral: el Gobierno.

Solo falta una explicación que dar a una observación posible que puede ser esta: Si el triunfo del General González amenaza la paz de la República, lo mismo que el triunfo del General Obregón, ¿por qué esta carta abierta sólo al segundo va dirigida?...

Porque el suscrito opina que don Pablo González está de tal manera identificado con la política del señor Carranza, que un acuerdo entre ellos es alga hacedero y fácil en un momento dado. Usted, en cambio, señor General Obregón, se halla en muy distintas condiciones: Usted tiene una personalidad política completamente independiente; ha tiempo que vive apartado de la vida política y administrativa del régimen actual, y, en fin, está rodeado de muchos partidarios entusiastas que son al mismo tiempo violentos y ofuscados enemigos del Gobierno.

Es a usted, pues, a quien hay que dirigirse presentándole para que escoja, estos dos criterios: el Moderado Pacifico y el Belicoso Sufragante. Y es necesario que usted se decida por el primero.

Hace apenas siete años que comenzó la carrera política de usted, y, sin embargo, el valor, la buena fe y la inteligencia unidos, han hecho ya del modesto Presidente de Huatabampo una figura nacional. Defiende usted en San Joaquín al Gobierno legítimo; declara usted la guerra a la usurpación criminal de 1913; da usted su sangre en defensa de la sociedad mexicana, dos años después, y a despecho de su legítimo prestigio de héroe militar, contraría usted lo que parece ser una ley fatal mexicana, y no estorba el camino del Gobierno establecido con sublevaciones funestas. Hasta estos momentos los liberales nos sentimos orgullosos de usted, pero la magna prueba se avecina, y es preciso que usted, en defensa de su nombre y buena fe, de una nueva confirmación de su entereza moral subordinando su ambición a intereses más altos, y conteniendo las pasiones de sus partidarios exaltados.

No vaya usted a hacer lo que tantos héroes efímeros de estos últimos tiempos, los cuales, en un momento de ofuscación, han arrojado por el despeñadero todo su prestigio. Con pies de plomo debe usted dar pasos contados, como el buzo en las profundidades del mar.

Los pueblos necesitan héroes muertos en el pasado y héroes vivos en el presente, es decir, hombres representativos de todas las virtudes aristocráticas: de valor en el horror de los peligros; de la austeridad en los desenfrenos de la concupiscencia; de la abnegación en las batallas del egoísmo; de la entereza y el estoicismo en el embate de las adversidades. Mantenga usted celosamente su carácter actual de héroe vivo que con sus manos fuertes ha plasmado un bello trozo de historia. No taiga usted de esa altura envidiable a las odiosas vulgaridades de un candidato que disputa ridículamente sobre las irregularidades cometidas en una casilla electoral. Las irregularidades serán muchos, porque apenas ayer estaba entre nosotros don Porfirio, y no es tan fácil prescindir en la vida de un pretérito tan cercano; pero usted debe pasar su vista distraídamente sobre todas ellas, solo atento a mantener la paz dentro del respeto al principio de la temporalidad en el Poder.

Es menester que se concierten de antemano todas las voluntades dirigentes para salvar el escollo próximo, y poder seguir adelante en esta empresa difícil de la regeneración nacional. Vamos a hacer el primer ensayo de transmisión pacífica del Poder, y pues es el primero, conviene simplificarlo, no complicarlo. La carrera de obstáculos no es anterior a los primeros pasos del infante; pero la imperfección del primer paso de éste, no impide que los padres lo celebren con un glorioso triunfo. Nosotros nos hallamos en condiciones parecidas: el primer paso va a ser muy imperfecto, y sin embargo, es necesario aplaudirlo como un triunfo, antes que desconocerlo por su imperfección.

A la guerra hay que ir en las ocasiones supremas nada más. Cuando el país, como en 1913, ha hecho bancarrota moral, o cuando la sociedad se desquicia amenazada por la barbarie, como en 1914.

Créame usted su admirador, amigo y correligionario.

José Ugarte

 

Fuente:

DOCUMENTOS HISTÓRICOS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA XVIII.
Fundador: Isidro Fabela
Revolución y Régimen Constitucionalista Volumen 6° del Tomo I
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCIA, HUMBERTO TEJERA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1970. pp.331-336.