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Siglo XX > 1910-1919 > 1919

Revolución y Régimen Constitucionalista. Documento 934. Carta del Senador Albert B. Fall a su colega Medill Mc Cormick, dándole a conocer sus puntos de vista sobre asuntos mexicanos.
Washington, D. C., Agosto 16 de 1919.

 

Carta del Senador Albert B. Fall a su colega Medill Mc Cormick, dándole a conocer sus puntos de vista como Presidente de la Comisión designada por el Senado norteamericano para investigar asuntos mexicanos, y de sus intervenciones en el problema internacional surgido de la Revolución Mexicana. [L-E-849. A.R.E.]

 

Secretaría de Relaciones Exteriores.
Departamento de Publicidad.
Boletín num. 7.

(Traducción)

Washington, D. C., Agosto 16 de 1919.

Honorable Medill Mc Cormick, Senado de los Estados Unidos.
Washington, D. C.

Mí querido Senador Mc Cormick:

He recibido su carta de 14 de agosto en la que me transmite carta de Herbert L. Willet, Presidente del Chicago Church Federation, fechada el 12 de agosto, y de la misma fecha carta de la señora A. L. Tucker, ambas relativas al nombramiento reciente de la Comisión para investigar asuntos mexicanos.

En cada una de esas cartas se hace mención especial de la idoneidad de mi nombramiento como Presidente de dicha Comisión. El señor Willet le manifestó que generalmente se sabe que yo he sido el Crítico más severo de la política de la administración, y durante muchos años el abogado más decidido de la intervención armada; que mis discursos en el Senado y en otras partes han demostrado fuerte sentimiento parcial por lo que respecta al problema internacional que surge de la revolución mexicana; que yo personalmente estoy interesado financieramente en México, y que durante todo el periodo de revolución he sido amigo de la gente mexicana que era antagónica de Madero y de la Administración de Carranza.

Además, el señor Willet manifiesta que simpatizamos por completo con cualquiera investigación que prometa ser exacta e imparcial; pero a duras penas podremos creer que tal investigación pudiera hacerse por cualquier comisión cuyo Presidente se sabe está del lado tan definitivamente de una política de intervención armada.

La señora Tucker escribe en tono muy indignado y expresa con asombro y desaprobación que se me haya elegido como Presidente, y además manifiesta que se dice yo tengo intereses en las minas petroleras, explicando que se refiere a las minas petroleras de México, y que por lo tanto no se puede esperar que yo lleve a cabo una investigación exacta e imparcial de los asuntos mexicanos, etc.

Ambas cartas, junto con los recortes periodísticos que también incluyen, se refieren a lo que llaman propaganda en favor de la intervención en México contra Carranza, etc., y los firmantes de dichas cartas así como el escritor de los artículos periodísticos, están sin duda impresionados con la creencia de que intereses egoístas, que en lo general se refieren a los Intereses Norteamericanos Petroleros en México, no sólo se hallan tras la propaganda sino que aparentemente están instigando, o lo han estado, una investigación por el Congreso, y que por la misma razón, por supuesto egoísta siempre, algunas personas en los Estados Unidos piden un cambio en la política de la administración con respecto a México.

Su súplica, al transmitirme esas cartas, de que pueda escribirle un memorandum sobre el cual pueda usted contestarles, así como otras cartas del mismo género.

Por respeto general hacia usted rompo mi línea de conducta y le escribo con referencia a aseveraciones semejantes que aparecen en la prensa de vez en cuando, y se discuten por gente enteramente ignorante de los asuntos mexicanos; de la relación de este Gobierno con esos asuntos; de las condiciones verdaderas con respecto de México; de los hechos con respecto de los intereses norteamericanos en México, etc., etc.

Permítame primeramente manifestarle que yo nunca he estado interesado de ningún modo, en ninguna forma y de ninguna manera y que tampoco lo estoy ahora directa o indirectamente en propiedades petroleras mexicanos o en cualesquiera acciones o intereses, ni tengo acciones o intereses en compañías petroleras que operan en México; que nunca he sido abogado o consejero de tales intereses y que hoy no soy tampoco directa o indirectamente consejero, abogado o agente de cualquier interés semejante en México.

Fui a México cuando no era posible hallar en la República a las personas representadas por el señor Willet, y en quienes la señora Tucker está interesada; es decir, antes de que los misioneros Norteamericanos o protestantes se pudieran encontrar en cualquiera parte de la República, con muy pocas excepciones.

Fui a México en 1883, y fui hasta el fin del Ferrocarril en Saltillo, y de allí a través del país por varios Estados para establecerme en la pequeña Ciudad de Nieves, Zacatecas, y tener intereses en las minas de allí. Volví a los Estados Unidos en el primer tren de pasajeros entre la Ciudad de México y El Paso, Texas, en 1884.

Conservé ciertos intereses en propiedades mineras en Zacatecas, de las que las otras personas interesadas eran ciudadanos mexicanos de nacimiento, y así seguí durante varios años; pero las propiedades no eran trabajadas en gran escala ninguna.

En 1899 adquirí intereses en ciertas propiedades del Estado de Chihuahua, México, al ir a las montañas de Sierra Madeira, a cientos de millas del ferrocarril, sin ningún capital y junto con un socio, explorando el país minero, volviendo a los Estados Unidos de vez en cuando y proveyendo para el sostenimiento de mi familia y obteniendo fondos con los cuales sostener a mi socio en su trabajo de exploración de minas en el Norte de México, y de su denuncio bajo la ley mexicana.

De este modo obtuve varios denuncios mineros valiosos que descubrimos nosotros mismos y denunciamos bajo las leyes mineras sin concesión de ninguna clase. Me deshice de algunas intereses por sumas pequeñas con las cuales seguir el desarrollo de las otras propiedades, y hacerlas grandemente más valiosos.

Por último, junté estos intereses en una compañía, y cuando fue claro para mi que los asuntos de dicha compañía se conducían sin miramiento, vendí a mis asociados en la compañía o compañías todo lo que tenía precio de venta, en lo que quisieron y abandoné toda relación con las compañías en 1906.

Yo era el abogado acreditado por las compañías en las que estaba personalmente interesado, y no lo era de ninguna otra compañía o intereses. Durante ese tiempo, es decir, antes de 1906, compré a Don Telésforo García una gran banda de terreno en las montañas de Sierra Madeira haciendo el pago al contado de Dls. 25,000.00, y firmando un contrato por la propiedad, en abonos que llegaban a una suma aproximadamente de un millón de dólares. Vendí este contrato a otra persona, conviniendo en permanecer asociado en el manejo y desarrollo de la propiedad como abogado y en virtud de acciones y bonos que había recibido yo en lugar de dinero contante. De este modo tuve intereses en la construcción de ferrocarriles a las tierras madereras, y arreglé concesiones ferrocarrileras tanto con el Gobierno del Estado como con el Federal.

Aquí puedo hacer una pausa bastante grande para observar que los corresponsales de usted, por supuesto, no saben absolutamente nada acerca de lo que significan las concesiones. Bajo las leyes mexicanas nadie puede construir un ferrocarril ni siquiera para objetos privados o para el desarrollo de su propiedad privada, dentro del Estado, excepto con la autoridad del Gobierno del Estado y de la Legislatura del Estado por una parte, o si es camino entre Estados, línea telegráfica o telefónica, vía fluvial u otra proporción, sin obtener un contrato o "concesión" del Gobierno Federal; es decir, sin un contrato con el Ministerio especial del Gobierno, contrato que debe ser sometido al Congreso Federal de la República de México y aprobado definitivamente.

Jamás le pedí al Gobierno ni obtuve de él un dólar de subvención o fondos del Estado para ayudarme en cualquiera de los Trabajos que emprendí o de los emprendidos por cualquiera de mis compañías. El precio de costo, es decir, el coste por tonelada de cuarzo o mineral en un contrato o concesión para el establecimiento de fundiciones, se fija por el Gobierno del Estado en el contrato. El coste de la milla para flete, pasajeros, etc., se fija en el contrato y en la concesión por el estado o el Gobierno Federal, según sea el caso; es decir, se fija así el coste máximo, y bajo las leyes mexicanas, cada tres meses se debe presentar al Departamento de Comunicaciones de México una cédula de costos que ha de ser aprobada favorablemente por dicho Departamento.

Dirigiendo esta clase de negocios hasta que dispuse de mis intereses mineros junto con mis terrenos, ferrocarril y otros intereses, en 1906 y salí de México, dejando sólo unos cuantos intereses dispersos que no tenían valor de venta ni había podido disponer de ellos en aquel tiempo.

Volví a mezclarme en negocios mexicanos al siguiente año (1907-1908) por los intereses de mi socio, tratando de salvar algo para su familia, del naufragio de su fortuna que se había enmarañado en las inversiones y operaciones en que ya había estado interesado, y los que para mí más que para nadie eran familiares.

Dispuse de las propiedades con la ventaja mayor posible para el pago de las deudas, y con objeto de desembrollar a mi socio y después de su muerte desembrollar su fortuna, de grandes sumas que debía con garantía.

Como mi socio murió antes de dar fin a mis esfuerzos, los continué en beneficio de su fortuna y de sus seis hijos, ninguno de los cuales tenía más de 11 años de edad. Durante ese tiempo ayudé en la organización de una compañía minera en Ocampo, Chihuahua, en la que vendí mi participación en dinero contante, aceptando $ 75,000 en acciones que estoy dispuesto a vender a cualquiera de sus corresponsales u otra persona por $ 7,500; y acepto ofertas inferiores también.

Había algunos "picos" en las propiedades mineras que quedaban en la fortuna de mi socio después de haber dispuesto de la parte vendible, cuyo producto sirvió para el pago de deudas. De estos "picos" se me prometió la tercera parte; sin embargo sobre estos "picos" había deudas a los mexicanos, y cuando por fin supe de las propiedades, ya varias de ellas habían sido tomadas por los acreedores.

No he sido consejero legal o consejero de cualquiera clase, de ninguna persona en México. Exceptuando los consejos que amigablemente le he dado a la viuda de mi socio y la ayuda que le he impartido sin ninguna compensación. No tengo intereses, negocios ni terrenos o ranchos en México, pero la viuda de mi socio tiene una propiedad ganadera en la República, en el Estado de Sonora. En esta propiedad no tengo ni he tenido un solo peso de interés.

Por lo que respecta a mi actitud tocante al deber de este Gobierno desde el principio del año de 1912, durante la administración del señor Taft, he insistido en que estábamos cometiendo una gran equivocación había cada fase de la cuestión mexicana, y en junio de aquel año pronuncié un discurso en el Senado en el cual critiqué al Presidente Taft y a su Secretario el Senador Knox, hoy mi colega, mucho más fuertemente de lo que en ninguna época he criticado la administración de Wilson.

Antes de que el señor Wilson se rehusase a reconocer a Huerta, según su informe al Congreso del 27 de agosto de 1913, transmití al señor Wilson cierto escrito razonado en el que justificaba el no reconocimiento de Huerta, y tuve acuse de recibo del mismo con las gracias por su contenido, copia del cual tengo en mi archivo.

Sugerí al señor Wilson que estaría justificada su acción al adoptar el punto de que no había gobierno en México, etc., y en notificar por medio de nuestros Consulados y otros empleados oficiales, a cada ciudadano mexicano y a cada oficial en toda la República, que supuesto que no había ningún Gobierno, tal empleado oficial personalmente seria responsable ante este Gobierno, por la vida, propiedad y seguridad de los norteamericanos dentro del Distrito cuyo dominio estaba ejercido por dicho oficial.

Tengo los telegramas enviados por el señor Wilson transmitidos por nuestros Cónsules y nuestra Embajada en la Ciudad de México: los telegramas están dirigidos a los representantes de los Estados Unidos en los diferentes Estados, y ordenan que se hagan notificaciones públicas en términos prácticamente idénticos a las palabras empleadas por mí.

Sin embargo, al enviar la sugestión al señor Wilson yo había indicado tan imperativamente como era posible en mis palabras, el hecho de que no debería enviarse tal aviso sino en caso de que este Gobierno no estuviese preparado para fortalecerlo hasta el punto necesario para obtener obediencia y asegurar las vidas y propiedades de los norteamericanos.

Traté de manifestar con gran fuerza el hecho de que seria un error serio adoptar la medida sugerida de enviar tal aviso a México, a menos de que se diesen cuenta exacta de sus consecuencias, y a menos también de que el aviso se enviase con la determinación fija, por parte de este Gobierno, de que una violación o menosprecio de el originase acción inmediata por nuestra parte.

A petición de algunas personas ligadas con la administración, poco tiempo después me encontré con el antiguo Embajador Henry Lane Wilson, en Woechester, Massachussets, en una controversia, y defendí la Administración por el no-reconocimiento de Huerta en contra de los ataques del señor Henry Lane Wilson.

Manifesté entonces, y muchas veces después, que supuesto que el Gobierno no había enviado tales avisos deberíamos reforzarlos o perderíamos el respeto de toda la América Latina, y que además nuestros esfuerzos posteriores con respecto a México serían enteramente fútiles; que la acción débil o que la ninguna acción nos empujarían a un estado en el cual algo pudiera ocurrir que precipitase la guerra entre los dos países; que el pueblo mexicano en sí mismo no debería ser culpado por los actos de sus lideres bandidos; he manifestado repetidas veces lo mismo y lo repito, que aunque Villa es un asesino, es exactamente tan patriota como el señor Carranza o prácticamente cualquiera de los lideres, y puedo decirle a usted privadamente que hasta la misma familia Madero estaba lista para beneficiarse, y se benefició de todo modo posible mientras estuvieron en el poder en México, usando a su pariente Francisco I. Madero para tal objeto.

Advertí al señor Taft que no reconociese a Madero, después del derrocamiento de Díaz, sin obtener de él seguridades absolutas para la protección de las vidas y propiedades norteamericanas en México. Insistí en que tal reconocimiento no se concediese sin esa seguridad, ni se concediese sin un acuerdo de que en caso de que Madero fracasase dentro de un termino de tiempo suficiente, pero limitado, en otorgar la protección, estuviese conforme con que los Estados Unidos pudiesen usar fuerzas armadas si en cualquiera parte fuera necesario dar seguridades a los norteamericanos, que el mismo Madero no pudiera hacer. Mis indicaciones no condujeron a nada y cuando las repetí a los consejeros y amigos de la presente administración, las rechazaron o las ignoraron.

El Gobierno de los Estados Unidos hizo a Carranza, así como la presencia de fuerzas norteamericanas a lo largo de la frontera, bajo las condiciones entonces existentes, y los actos de este Gobierno con respecto a armas, etc., hicieron posible el derrocamiento del Gobierno de Díaz.

Ahora bien, respecto a las investigaciones que han de ser hechas por esta Comisión, por la presente extiendo invitación a la señora Tucker y al señor Willet, o a cualquiera de sus corresponsales interesados en el asunto, para notificar a la Comisión de sus deseos de aparecer ante ella para presentar cargos en contra mía o en contra de cualquier interés petrolero o en contra de cualquiera persona; con mis seguridades de que tales cargos recibirán atención pronta y pública investigación, con reporteros si así se solicita, con gacetilleros de periódicos presentes, y con protocolos de los procedimientos para que no pueda haber intento alguno de evitar pruebas y cargos o suprimirlos.

Cualquiera de sus corresponsales o algún otro que desee hacer cargos de la naturaleza indicada o de cualquiera otra naturaleza, se le permitirá ser representado por consejo que pueda conducir tal investigación.

Personalmente yo ya estoy cansado de estos cargos, pero como hombre público se que todos tenemos que someternos a ellos y se también que este pueblo sincero, cristiano y profundamente honrado, presenta cargos sobre meros informes y creencias.

Creo que en tales casos estoy a menudo equivocado al conceder que tal pueblo sea "cristiano".

Cualquier pista que se descubra de conducta impropia de algún norteamericano que haya pretendido iniciar o continuar la revolución en México, será ampliamente investigada y ya he pedido que el corresponsal de la Prensa Asociada esté presente hasta en caso de que los representantes periodísticos no estén a tales juntas de la Comisión.

No creo que sus corresponsales se den cuenta ni por un momento de lo que están haciendo, ni que tampoco Inman, quien recientemente me hizo cargos semejantes en los periódicos de Nueva York, de lo que están haciendo, repito, cuando extienden en la América Latina la idea de que aquí en nuestro país la gente de iglesia y la gente honrada de los Estados Unidos denuncia a cada petrolero mexicano o de Colombia, o de otra parte, como un logrero, y que por lo tanto es responsable de la corrupción, cohecho y derrocamiento de Gobierno, asesinatos de indígenas o extranjeros en cualquier país en donde se les permite tener negocios.

Si no fuera por los negociantes el señor Willet y la señora Tucker se darían cuenta en muy corto tiempo de que este mundo se convertiría en una nación eremítica, y que los productos sobrantes de este país no pudieran cambiarse provechosamente trayéndoles a nuestros ciudadanos la riqueza; que sin comercio exterior construido por nuestros ciudadanos, el pueblo de los Estados Unidos estaría muy pronto viviendo uno sobre otro y que al cabo de unos cuantos años, cuando hubiéramos desarrollado nuestros propios recursos naturales, el maravilloso crecimiento y progreso de este país vendría a término.

Ya esta carta es demasiado larga, pero muy pronto tendré ocasión de dirigir al Senado de los Estados Unidos un discurso delineado similarmente; entonces llamaré la atención sobre el hecho de que la Gran Bretaña está ahora intentando apoderarse de la producción mundial petrolera, y hasta está comprando las propiedades petroleras de las compañías norteamericanas en México y en otros países latino-americanos, haciendo esfuerzos definitivos con este objeto; y que están negociando actualmente con la América del Sur y otros países con el mismo fin.

Digo a usted sinceramente que los depósitos petroleros de los Estados Unidos son limitados; que la Gran Bretaña y otros países se dan cuenta de que si un país puede controlar simplemente los depósitos petroleros, ese país dominará el mundo, y a menos que nuestros negociantes reciban ayuda de nuestro país en el asunto de la protección de sus justos derechos, unas cuantas décadas verán a los Estados Unidos en la condición en que Italia se encontró durante la guerra, constreñida y necesitada de recursos, particularmente carbón y petróleo, y dependiendo por completo sobre los demás para las necesidades absolutas no sólo de guerra sino de paz.

Todo norteamericano especulador ilícito en cualquiera de esos países debiera ser sacado a la picota y, si fuera posible, sus esfuerzos debieran ser cortados. En nuestro país si un extranjero se hallase envuelto con algún especulador ilícito, nuestras leyes previenen el castigo para el especulador y para los que estén interesados en el. La efectividad de tales leyes puede a veces ser un fracaso pero no culparemos a la nación, de donde es ciudadano el extranjero, porque este venga aquí y se asocia con un especulador ilícito, ni los nacionales de dicha nación son responsables por ello, ni ellos mismos denuncian a sus mismos ciudadanos ocupados en construir el comercio exterior, porque entre su número puede haber algunos culpables de especulaciones ilícitas o de conducta impropia, o algún ladrón o cohechador en otro país extranjero.

La gente de iglesia de los Estados Unidos está ocupada en hacer eso precisamente por lo que respecta a nuestros negociantes y a nuestros intereses, y los que están desacreditando a los ojos de las otras naciones y ante los buenas ciudadanos, así como a los especuladores ilícitos de otras naciones, o intentan por medio de cartas como las enviadas por sus corresponsales, sinceramente por supuesto, proteger a los otros pueblos del mundo contra ellos mismos.

En otras palabras, en toda América Latina cualquier negocio público debe necesariamente conducirse bajo alguna forma de contrato público o concesión. Esto primeramente es en tales países asunto gubernativo, es decir, administrativo, y después legislativo. Mostrar que los legisladores y administradores de esos otros países están comprometidos en concesiones o contratos de especulación ilícita con ciudadanos norteamericanos, es cierto en algunos casos, pero muchas buenas gentes en este país, tales como sus corresponsales, se indignarían por los negocios hechos en la América Latina por otras gentes también buenas, debido al hecho de que los mismos latinoamericanos en muchos casos son especuladores ilícitos y cohechados.

Devuelvo inclusa la correspondencia a que me refiero.

Muy sinceramente suyo,

Albert B. Fall

 

Fuente:

DOCUMENTOS HISTÓRICOS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA XVIII.
Fundador: Isidro Fabela
Revolución y Régimen Constitucionalista Volumen 6° del Tomo I
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCIA, HUMBERTO TEJERA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1970. pp.287-295.