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Siglo XX > 1910-1919 > 1919

Revolución y Régimen Constitucionalista. Documento 928. Carta del Ingeniero Alberto J. Pani informando a don Venustiano Carranza de su situación desairada como Embajador de México en Francia.
Paris, 25 de mayo de 1919.

 

Carta del Ingeniero Alberto J. Pani, fechada en París, Francia, informando a don Venustiano Carranza de su situación desairada como Embajador de México en dicho país, así como de las órdenes giradas para su traslado a Madrid, España. [F9-77-28. A.I.F.]

 

Paris, 25 de mayo de 1919.
Carta No. 24.
Asunto presentación de credenciales al Exmo. Sr. Presidente de la República.

Sr. D. V. Carranza.
Presidente constitucional.

Muy respetable señor Presidente:

En mi oficio número 3 del 13 de enero del corriente año tuve el gusto de informar a usted detalladamente, por conducto de la Secretaría de Relaciones Exteriores, respecto de las atenciones de que fue objeto la misión diplomática que me honro en presidir, por parte de los gobiernos de los Estados Unidos y de Francia, principalmente del primero, en su viaje de México a la ciudad de París a través de la República angloamericana: la cordial acogida en Washington, de Mr. Polk, Secretario de Estado en funciones y de otros altos funcionarios; las visitas que algunos de estos funcionarios hicieron en el edificio de nuestra embajada; las facilidades que se nos proporcionaron para embarcarnos luego en el transporte americano "George Washington", sin las cuales nuestra salida a Europa se habría retardado varios meses; los honores militares que se nos tributaron a nuestra llegada al barco y durante toda la travesía, iguales a los que recibió la delegación de China -país beligerante- a la conferencia de la paz; el banquete ofrecido a bordo por Mr. Roosevelt -Subsecretario de Marina- al tocar el puerto de Brest; la visita, antes del desembarque de las autoridades francesas de este puerto y, finalmente, nuestro viaje en tren especial de Brest a París.

Habiendo llegado a París el sábado 11 de enero, el lunes o martes de la siguiente semana, visité -acompañado de nuestro Cónsul General D. Alfredo Aragón, encargado entonces de los archivos de la Legación-, al jefe de protocolo M. William, quien, dos días después, me correspondió cortésmente mi visita. Como a partir de este acontecimiento, transcurrió casi una semana sin que se me avisara cuando me recibiría el Ministro de Negocios Extranjeros M. Stephen Pichon para fijar la fecha de la ceremonia de entrega de mis credenciales al Exmo. Sr. Presidente de la República, escribí una carta a M. Martin, el 22 de enero solicitando la audiencia respectiva, carta que me fue contestada el 25 del mismo mes, haciéndoseme saber que, en razón de los trabajos de la conferencia, el ministro no podía recibirme luego, que lo sentía vivamente y que esperaba estar pronto en la posibilidad de entrar en relaciones conmigo. Es aquí donde comenzaron a aparecer los abrojos del camino.

Después, en efecto, las entrevistas que celebré con funcionarios del Ministerio de Negocios Extranjeros, con diputados y con hombres de negocios, y, sobre todo, las inquisiciones hechas de modo indirecto a través de personas de mi amistad, y las cartas que casi diariamente recibía de los accionistas de los bancos o de los tenedores de bonos de nuestra deuda, me hicieron sentir el peso de una hostilidad muy fuerte hacia la Revolución Mexicana y, por lo tanto, hacia nuestro actual Gobierno. Sería prolijo pormenorizar los detalles de esta situación, que considero -sin el más ligero temor de exagerar- como una de las más molestas y difíciles de mi vida, porque, exasperando constantemente mi susceptibilidad patriótica, impuso el consorcio en todos mis actos, de los sentimientos incompatibles: el de la prudencia y el de dignidad.

Las causas principales de esa hostilidad son dos: la ignorancia en que aquí se está, de la situación mexicana y los daños ocasionados por la revolución a los capitales franceses invertidos en México. Muy bien pudiera decirse que estos daños forman, por sí solos el prisma a través del cual se ve ahora a nuestro país.

Ya he informado a usted, en una de mis cartas anteriores, respecto del carácter especial que da a nuestra deuda en Francia el hecho de encontrarse repartida entre todas las capas sociales, principalmente la media y las bajas, hasta llegar casi al estado pulverulento. Es bien sabido que el banquero, el industrial, el comerciante o el bourgois, lo mismo que el pequeño rentista, el empleado, el garçon de cualquier café, el sirviente o la demimondaine del boulevard, hacen siempre la consabida y embarazosa pregunta al descubrir la nacionalidad mexicana del individuo con quien tropiezan, variando sólo el lenguaje, según las circunstancias del caso o la calidad del demandante (yo transcribo aquí una de sus formas más decentes):

¿Hasta cuando volverá el gobierno de México a pagar los intereses de sus deudas?

De allí mi creencia de que, aun logrando impregnar este ambiente con los relatos de todo lo bueno que hayan hecho o puedan seguir haciendo nuestra revolución y nuestro gobierno, la opinión francesa no se modificará en sentido favorable, sino cuando palpe los efectos del arreglo de nuestras dificultades financieras internacionales, entre las que ocupa lugar preferente -como, con sobrada justificación, usted ya lo ha declarado- la cuestión de los bancos.

Pero me salgo, sin querer, del asunto de esta carta, aunque cada vez que hablaba con algún funcionario francés, este se esforzaba por explicarme, con la mayor cortesía posible, que la tardanza en recibirme era debida a los abrumadores y absorbentes trabajos de las conferencias de la paz, yo bien comprendía que eso no contenía más que una parte de la verdad y que la otra parte, quizás la más grande, estaba en el propósito -engendrado probablemente por los numerosos prejuicios que existían respecto de nuestra revolución- de hacer sentir el desagrado del Gobierno de Francia hacia el de México por los trastornos, no reparados aun, que dicha revolución ocasionó a sus nacionales.

Y como estaban cerradas para nosotros las puertas de todos los diarios de París, me dediqué, para combatir esos prejuicios, a visitar a cuantas gentes pude tener a mi alcance dentro y fuera del círculo oficial: debo mencionar aquí la bondadosa ayuda que me prestaron el Lic. D. Benjamín Barrios, poniéndome en contacto de sus amistades, y D. Enrique Dorn y de Alsua y D. Francisco García Calderón, Enviados Extraordinarios y Ministros Plenipotenciarios, el primero del Ecuador en París y, el segundo de Perú en Bruselas, y delegados ambos de sus respectivos países a las conferencias de la Paz, a cuya experiencia diplomática me acogí, en varias ocasiones, para saber si podía decorosamente seguir esperando, es decir, estirando más aun la cuerda de mi prudencia personal sin afectar la dignidad de mi país.

Por fin, en el curso de abril, esto es, después de casi tres meses de permanencia en París, entablé pláticas en un terreno de absoluta franqueza, para definir mi situación y pedir a usted las instrucciones procedentes, con M. Paul Gauthier, Jefe del Gabinete del Ministro de Negocios Extranjeros, pláticas que parecían encaminarse hacia el término feliz de mi peregrinación, habiéndome dado seguridades dicho funcionario, en la última de ellas, de que pronto sería recibido por el ministro M. Pichon y fijada la fecha de presentación de mis credenciales al Presidente de la República. Pero fue entonces precisamente cuando recibí este telegrama cifrado de la Secretaria de Relaciones Exteriores:

"Ordena el Sr. Presidente que con todo el personal de esa Legación pase usted a Madrid donde recibirá nuevas ordenes, dejando al Cónsul general, Aragón, encargado de la residencia y de los archivos de la Legación en París".

Telegrama que, dado el reciente giro tomado por mis gestiones, no dejó de desconcertarme bastante; pero que, en atención a los términos en que estaba redactado, y suponiendo que a la tardanza del Gobierno francés en recibir mis credenciales se agregaban otras causas que yo desconocía, apenas acababa de tener noticia de las notas cambiadas entre nuestra Cancillería y la Legación de Francia en esa, con motivo de las pretensiones de confiscación de los bienes de alemanes radicados en México, contesté a la superioridad desde luego diciéndole que ya procedía a cumplir sus ordenes. Esto no obstante, considerando también que el mismo desconocimiento en que yo me encontraba de lo que hubiera podido haber pasado en esa, lo tenía la Secretaria de Relaciones Exteriores, a pesar de mis muchas cartas y comunicaciones respecto de mi verdadera situación en esta, decidí cumplir las órdenes recibidas de manera de dar tiempo a un arreglo satisfactorio, si tal cosa era aún posible.

Al efecto, en vez de mandar directamente mi pasaporte y los del personal de la Legación a la oficina respectiva del Ministerio de Negocios Extranjeros, donde luego hubieran sido visados rutinariamente sin trascender hasta los altos funcionarios del ministerio, dirigí el 22 de abril una nota al Ministro, informándole sobre las instrucciones de mi gobierno, incluyendo para su visa dichos pasaportes. Esta nota, en sobre cerrado, fue llevada por el tercer Secretario Dr. D. Luis Rivero y Borrel al Jefe del Protocolo M. William Martin, con la suplica de hacerla llegar a las manos del Ministro. Hice, además, al Dr. Borrel el encargo de comunicar a M. Martin, en la conversación que con el tuviera, el objeto de la nota.

Esta maniobra produjo el resultado que esperaba, pues el jefe del protocolo, viendo en la nota mencionada un color más político que diplomático, porque, según dijo M. Gauthier le había hablado ya de la proximidad de mi recepción oficial, se negó a recibirla y sugirió que yo mismo la entregara al citado M. Gauthier. Hice, pues, otra visita a este funcionario el 23 de abril, de la cual di a usted cuenta en el telegrama cifrado de igual fecha que decía así:

"Al tramitar visa pasaporte traslado Madrid, cumpliendo sus instrucciones, Jefe Gabinete Negocios Extranjeros manifestó extrañeza por tener ya acuerdo Ministro para convocarme inmediatamente presentación credenciales y sugirió aplazara tramitación pasaportes por significar ruptura relaciones hasta obtener de usted nuevas ordenes. Comprueba tener acuerdo del Ministro en el sentido indicado propúsome convocarme hoy mismo, cosa que rehusé por no crearme situación contraria sus órdenes, pero convine, en vista estas nuevas circunstancias, telegrafiar a usted para obrar conforme su solución. Aseguróme Jefe Gabinete ser recibido inmediatamente en caso respuesta favorable de usted".

Una semana después, es decir, el 30 de abril, recibí este mensaje de la Secretaria de Relaciones Exteriores:

"Su cablegrama para el Sr. Carranza indescifrable".

Repetí entonces dicho cablegrama dos veces: una el mismo día 30 de abril y, la otra, el 1o. de mayo. La respuesta de la Secretaría de Relaciones Exteriores, llegó a esta legación hasta el día 7, en los siguientes términos:

"En vista de lo que expresa su telegrama del día primero, puede presentar credenciales si se le aceptan inmediatamente".

Pero cuando, al otro día, llevé a M. Gauthier la buena nueva, había sufrido ya otro incidente: las declaraciones que la Secretaría de Relaciones Exteriores hizo, desde el 22 de abril, a la prensa de México -y que el telégrafo esparció luego por todo el mundo- relativas a la orden que se me dio de abandonar París sin presentar mis credenciales. La Francia -según palabras casi textuales de M. Gauthier- a raíz de su brillante triunfo sobre el poder militar más fuerte que jamás ha existido sobre la tierra, habiendo sufrido la muerte de millón y medio y la mutilación de un número mucho mayor de sus mejores hijos, para salvar a la humanidad del salvaje despotismo Prusiano, aparecería con tales declaraciones como cediendo a una amenaza del gobierno de México.

Traté de explicarle, en la forma más mesurada de que fui capaz, las exageraciones en que incurría, la no existencia de amenaza alguna y la perfecta justificación de mi gobierno al ordenar el retiro de su misión diplomática, después de más de tres meses de paciencia e inútil espera.

Sin llegar a entendernos, pasamos -por invitación de M. Gauthier- a la Oficina del Jefe del Protocolo, donde continuó entre los tres la discusión. Se pretendía que, antes de efectuarse la ceremonia de presentación de mis credenciales hiciera yo declaraciones a la prensa de París desmintiendo las que la Secretaría de Relaciones Exteriores había hecho en México, pretensión que rechacé al momento; se me propuso entonces que dijera, para lo cual formularon por escrito el texto respectivo, que esas declaraciones habían sido motivadas por un mal entendimiento del gobierno de México, cosa que también rechacé; más como, por el tiempo transcurrido o por la intervención del protocolo o por el proceso natural de las discusiones estas ya se habían suavizado bastante, tuve ocasión de reiterar mis explicaciones anteriores, manifestando, además, que la decisión de recibirme en mi calidad diplomática era solamente la consecuencia de haberme declarado -persona grata-, sin poder estar sujeta a ninguna otra condición y que, por otra parte, como esto no se oponía a mi deseo de complacer al gobierno ante el cual se me enviaba como Ministro Plenipotenciario en todo aquello que lesionara la verdad o el decoro propio y el de mi país, gustoso haría la siguiente declaración:

"Con referencia a una publicación hecha por la prensa mexicana, anunciando mi partida a España sin haber presentado mis credenciales declaro que, en el momento mismo en que aparecía esta publicación, se me acababa de informar que iba ya a fijarse una fecha muy próxima para la ceremonia de que se trata, la cual, en efecto tendrá lugar el..."

M. Gauthier no se manifestó satisfecho, considerando necesario consultar al Ministro, y yo me despedí, después de repetir mi propósito de mandar a los principales diarios de París la declaración anterior si se me notificaba luego, oficialmente, la fecha que se fijara para entregar mis credenciales al Sr. Presidente de la República.

Dos días más tarde -el sábado 10 de mayo- recibí esta carta del Jefe del Protocolo:

"Señor Ministro: En respuesta al deseo que se ha servido usted expresarme, tengo la honra de hacerle saber que el Sr. Ministro de Negocios Extranjeros tendrá gusto en recibirlo pasado mañana a las 11".

"El Presidente de la República ha fijado para las cinco de la tarde del martes la audiencia de presentación de sus credenciales".

"Tendré el honor de ir a buscarlo a las cuatro y cincuenta minutos de la tarde para conducirlo, con el personal de la Legación, al palacio del Eliseo".

"Sírvase aceptar, Sr. Ministro, las seguridades de mi alta consideración. William Martin".

Por fin, después de una espera muy larga y muy penosa, el lunes 12 de mayo, a las 11 de la mañana, visité al Ministro de Negocios Extranjeros M. Stephen Pichon -en cuyas manos puse las copias de mi carta credencial y de la de retiro de mi antecesor- y el siguiente día, esto es, el martes 13 de mayo, a las 5 de la tarde, verificóse en el Palacio del Eliseo, con la imponente solemnidad de estilo -pero sin uniformes ni discursos, suprimidos en estos casos, por fortuna, durante la guerra- la ceremonia de entrega, al Exmo. Presidente M. Raymond Poincare, de las cartas originales que me acreditan como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de México ante el gobierno de la república francesa.

Y termino, sin llegar aun al Gólgota, esta primera parte de mi vía-crucis diplomático.

Sírvase Ud. aceptar, Sr. Presidente, las seguridades de mi afectuoso respeto y alta consideración.

A. J. Pani

 

Fuente:

DOCUMENTOS HISTÓRICOS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA XVIII.
Fundador: Isidro Fabela
Revolución y Régimen Constitucionalista Volumen 6° del Tomo I
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCIA, HUMBERTO TEJERA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1970. pp.259-265.