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Siglo XX > 1910-1919 > 1919

Revolución y Régimen Constitucionalista. Documento 927. Carta del Lic. Toribio Esquivel Obregón exponiendo a don Venustiano Carranza sus puntos de vista relacionados con la situación política imperante en México.
New York, 3 de mayo de 1919.

 

Carta del Lic. Toribio Esquivel Obregón, fechada en New York, exponiendo a don Venustiano Carranza sus puntos de vista, relacionados con la situación política imperante en México y sugiriendo que "para el mejor orden del Gobierno, se proponga al Congreso que se vuelva al régimen de la Constitución de 1857", que por circunstancias excepcionales hicieron que temporalmente se abandonara su observancia. [F9-77-27. A.I.F.]

 

T. Esquivel Obregón.
52 Broadway
New York.
3 de mayo de 1919.

Sr. D. Venustiano Carranza,
México, D. F.

Señor:

Dirijo esta carta no al gobernante, sino al mexicano inspirado por el amor que sentimos por México todos los que allí hemos nacido, por más que nuestras ideas sean divergentes en cuanto al modo de procurar su felicidad; y la dirijo a usted y no a ningún otro mexicano porque nadie como usted tiene ahora en sus manos el poder de hacer la felicidad o la irreparable desgracia de nuestra patria.

He vacilado mucho antes de dar este paso, y si al fin me resuelvo en el sentido en que lo hago, es porque ante el peligro inminente que en estos momentos, más que nunca, corre la independencia nacional, creo que todos los mexicanos debemos cooperar en el limite de nuestra posibilidad a buscar una solución satisfactoria para la crisis que se acerca inminente. Si el paso que doy no logra despertar un eco de simpatía, me será penoso, pero quedaré tranquilo porque habré cumplido mi deber.

Si quiero dejar antes consignado aquí que al dirigir a usted esta Carta no es mi objeto preparar el camino para obtener ninguna gracia. Usted sabe muy bien que nada he pedido, y lo que hoy sugiero no es para mí, es para México, y si bien se miran las cosas, para el honor, prestigio y estabilidad del gobierno de usted.

Nadie puede dudar de que la situación es gravísima, y que nunca como ahora México necesita contar con el heroísmo de sus hijos. No me refiero al heroísmo militar, que muchas veces sirve para glorificar a los que nada arriesgan. Me refiero a ese heroísmo que consiste en actos que muchos tal vez ignoran, que jamás se aprecia en la plaza pública, que muchas veces sólo nuestra conciencia puede valorar, que consiste en un triunfo sobre nuestro amor propio, triunfo que hay más derecho de pedir de los que ocupan una posición elevada y de grave responsabilidad, pero que precisamente requiere de parte de esas personas más clarividencia y abnegación, porque todo tiende a rodearlos de la impresión de su acierto y a identificar sus intereses y aun sus caprichos con el interés general.

Los hechos que indican la inminencia y gravedad del peligro son los siguientes:

1o. México, a causa de sus revoluciones, ha sido incapaz desde 1914 de pagar los intereses de su deuda y las amortizaciones parciales pactadas con sus acreedores, dando esto por resultado un aumento considerable en su deuda y una pérdida completa de su crédito. Se tiene confianza en los inagotables recursos del país, pero no en la habilidad del gobierno para cubrir sus compromisos.

2o. A causa también del estado revolucionario, se han aumentado las responsabilidades de la nación en cantidad por de pronto incalculable, pero que es de temerse exceda a la que suman todas las pendientes cuando se inició la revolución. Esas responsabilidades proceden de daños causados a los súbditos de naciones extranjeras por fuerzas revolucionarias de todas las denominaciones, y, si se pagan esos daños a los extranjeros, yo no creo que el patriotismo aconsejara dejar sin pagar también a los mexicanos que en igual caso que aquellos puedan encontrarse.

3o. La incautación por el gobierno de los bancos que existían en México, la mayor parte de cuyos accionistas son extranjeros, no solamente ha aumentado la deuda nacional, sino que ha destruído el crédito, sin el cual el valor moral individual no puede aprovecharse, ni la riqueza circular con la rapidez que exige el comercio moderno y que requiere la pronta reparación de las fuerzas económicas del país.

4o. A consecuencia de esto y de la inquietud que prevalece en varias partes del territorio nacional, el pueblo no puede proporcionar al gobierno los elementos que necesita para nivelar su presupuesto, no obstante que en la actualidad no se cubre el servicio de la deuda reconocida, ni aún se liquida y se cubre la procedente de las responsabilidades de la revolución. Y debe advertirse a este respecto que los tenedores de bonos de los dos últimos empréstitos, tenedores en su mayor parte ingleses y franceses, tienen por leyes del congreso mexicano una hipoteca de la totalidad de los impuestos sobre el comercio exterior, estando hasta reglamentado ya el modo como ha de hacerse efectiva por los acreedores la percepción y liquidación de esos impuestos.

5o. A la falta de garantías para las vidas y las propiedades que es debida al estado revolucionario existente en México, ha venido a agregarse una más grave causa de alarma procedente de la constitución adoptada en Querétaro, la cual desconoce el principio, que se considera fundamental en el derecho de los pueblos modernos, de la no retroactividad de las leyes, o al menos la interpretación que se da por el gobierno a algunas de sus disposiciones ha dado lugar a violaciones de ese principio, con perjuicio de nacionales y extranjeros.

6o. Que por todos estos antecedentes y no viéndose el termino de esta situación, Inglaterra se negó a discutir siquiera la recepción del plenipotenciario mexicano acreditado ante su gobierno, mientras no se viera que el mexicano se mostraba más capaz de garantizar la vida y los intereses de los súbditos británicos.

7o. Aquí en los Estados Unidos, en vista de ese estado de cosas, se forma una asociación de carácter internacional que tiene por objeto la protección de los intereses extranjeros en México, liga que cuenta con grandes recursos para lograr sus propósitos.

8o. Por su parte el presidente de la República Francesa se negó a recibir al enviado mexicano, habiendo de particular en esto que a la sazón se hallaba en París el Presidente Wilson, que sostiene relaciones amistosas con México, y cabe suponer que el enviado mexicano trataría de lograr por medio de dicho señor que removiera los obstáculos que se presentaban, y si esto fue así, como es lo más probable, hay que concluir o que el presidente Wilson no quiso mediar por graves razones, o que su mediación no dio resultado, por razones más graves todavía.

Debe advertirse que las dos naciones que han tomado esa actitud con México son precisamente las más interesadas en el pago de la deuda mexicana, y a las que más convendría llegar a un avenimiento con nuestro gobierno para restablecer el servicio de la misma.

9o. Aún ha venido a ser más desairada la posición de México al omitirse su nombre en la lista de los pueblos independientes invitados a formar parte de la Liga de las Naciones. Según todas las probabilidades este paso se dio no a iniciativa del presidente Wilson, que no ha cesado de manifestarse amigo del actual gobierno mexicano, tampoco es de suponerse que fue a iniciativa del Japón, que no tiene interés ninguno en esa exclusión, ni de Italia, más directamente afectada por cuestiones de un carácter europeo; la iniciativa, según todas las probabilidades partió de Inglaterra o de Francia, y el presidente Wilson, también por gravísimas razones, se vio en la necesidad de someterse.

Fuera de los países enemigos de los aliados, y de Rusia, con la que actualmente no mantienen estos relaciones diplomáticas, sólo Costa Rica y Santo Domingo participan de la excomunión de México.

10o. El resultado practico de esto es que las naciones que tengan quejas contra México y que no puedan obtener la satisfacción adecuada, presentarán su reclamación ante el tribunal de la Liga de las Naciones, y México, o consiente en que ese tribunal resuelva puntos aun de su legislatura interior, o rehúsa someterse, y entonces la nación o naciones quejosas quedarán en libertad de acción para hacerse justicia por sí mismas.

11o. Es un hecho basado en las tradiciones del derecho internacional, que las naciones imparten su protección a sus ciudadanos residentes en otros países, y esa protección, cuando se trata de ciudadanos de una nación poderosa, no se imparte según el concepto que de la ley venga el país obligado, sino según el que tiene el país acreedor. Desgraciadamente nosotros hemos tenido una idea tan errada de la soberanía de nuestra nación, en estos últimos tiempos, como algunas de nuestras gentes la tienen respecto de la libertad individual, que creen que es la facultad que cada hombre tiene de hacer lo que quiere, sin atender a la necesidad de la convivencia, que define y limita la libertad con la noción del deber. Así también se ha creído que la soberanía nacional es el poder incondicionado del país de hacer lo que les venga a la mente a sus gobernantes, sin atender para nada a los deberes que imponen el concepto e intercambio de las naciones en la vida moderna.

Este equivocado concepto de la soberanía que se ha traducido en disposiciones atentatorias, hace el caso de México muy difícil, y si se persiste en el, imposible de defender.

12o. En el caso de que las cosas sigan así, no quedará salvación posible para la independencia de México; ni aún siquiera tendremos la ocasión de caer con un gesto heroico; la guerra moderna ha salido decididamente de la época heroica; si hubiera hoy un Leonides que se opusiera al paso de los tanques de guerra, de los aeroplanos y de la artillería de grueso calibre, el enemigo pasaría adelante tal vez sin notar la presencia del abnegado guerrero, sin pararse a recoger su nombre con que enriquecer, no ya la historia, pero ni el diario de operaciones.

Ante la evidencia de los hechos que quedan enumerados, todo el mundo se pregunta ¿qué nos proponemos? ¿qué gana México con llegar a enfrentarse con las dificultades que se han venido acumulando en su marcha, cuando no tiene ni dinero ni equipo militar moderno que le de una remota probabilidad de éxito en la lucha? No creo que haya un solo mexicano que no quisiera ver a su patria engrandecida por el trabajo y la armonía de sus ciudadanos, más bien que correr una aventura que nos saldrá tan mal como otras en que nos hemos encontrado, por no atender a lo que es más substancial para la prosperidad de nuestra patria.

Por grave que sea la situación, no la creo, sin embargo, irremediable; si hasta ahora no se ha encontrado el remedio, es porque no se ha sabido buscarlo, es que por tradición nos viene el error de buscarlo por fuera en lugar de buscarlo dentro de nuestro propio país. Lo primero que ha ocurrido a nuestros gobiernos para consolidarse, es buscar el reconocimiento de Washington y de los otros gobiernos, y una vez obtenido, las fuerzas sociales nacionales no cuentan para nada.

La base de la conciliación y el ajuste de esas fuerzas para utilizarlas en el bien común, lo que constituye la esencia de la ley, se abandona, y el grupo gobernante, para no reconocer que hay allí una labor de ciencia y de justicia que hay que realizar sobriamente, declara esas fuerzas incompatibles con el bien social, exagera sus males, considera como crímenes los errores o aun las opiniones opuestas a las suyas, cierra los ojos aun a lo que hay en ellas de evidentemente bueno y tiende a aniquilarlas, sin ver que aniquila así una parte de México. El gobierno, descansando en el reconocimiento de otros países, se sostiene en el interior, no por la lealtad de los ciudadanos, sino por su resignación, por su inextinguible sed de paz que los hace buscar el acomodo a las condiciones que se les imponen. Esa situación es deleznable, la estabilidad de nuestros gobiernos depende del extranjero y la paz interior es producto de la fuerza.

El gobierno, sin embargo, no quiere que el pueblo se de cuenta de que el extranjero le ayuda o le ha ayudado, y un nuevo peligro se origina de los esfuerzos que hace por manifestar ostensiblemente independencia con actos de aquella falsa soberanía de que antes he hablado; entonces el país, desgarrado en el interior por las facciones, debilitado por el desaliento, se ve acusado en el exterior, y presentado como un caso de mal rebelde a todo tratamiento que no sea el de un médico que venga de fuera.

Esto es la síntesis de nuestra historia desde que somos nación independiente; los grupos gobernantes han buscado su apoyo según sus tendencias, unas veces en Inglaterra, en Roma, en España, o en Francia; otras veces en los Estados Unidos; jamás han querido buscar en la cooperación de las fuerzas nacionales el secreto de la marcha armónica del país. Los mexicanos vivimos así eternamente descontentos, y llegamos a creer que somos tan perversos que no podemos formar una nación. La verdad es que los mexicanos, individualmente considerados, no somos mejores ni peores que el resto de los hombres; no tenemos ni una pasión menos ni una pasión más que ellos; pero en otros países las pasiones individuales están aprovechadas para el bien social; están socializadas, como consecuencia de una labor del gobierno que busca en el interior del país la fuerza en que ha de sostenerse el orden.

La codicia, que individualizada conduce al robo, socializada produce las empresas gigantescas como la conquista del Oeste, o el canal de Panamá, o los ferrocarriles elevados y subterráneos de las grandes ciudades americanas, que hacen a muchos hombres millonarios, pero al mismo tiempo producen un enorme beneficio a la patria y a la humanidad. La vanidad, que tiende a hacer al individuo egoísta e intolerable, es, socializada, una de las más potentes fuerzas de una sociedad; ella es muchos veces el resorte de esos prodigios de la economía moderna que permiten levantar en unos cuantos días un empréstito de miles de millones de dólares, y tal vez hasta ayude a formar fondos de muchos millones para la caridad y la beneficencia. En México, las pasiones han quedado individualizadas por falta de un elemento que las coordine, que sepa conciliarlas y aun puedo decirlo, fomentarlas.

Tal vez el hecho de que México está ahora aislado, atenido a sí mismo, sea salvador, porque ese hecho nos deja abierto sólo un camino y ese es el bueno; no nos deja más que un remedio, pero el único positivo; el de nuestra propia regeneración, llevada a cabo por nuestro propio esfuerzo. Dejemos de confiar en los demás para poner todo nuestro cuidado en recoger nuestras fuerzas.

Así es como veo yo la situación, y creo que a usted, como gobernante actual de México, a quien le toca seguramente la crisis más grave por la que haya pasado la independencia de nuestro país, puede tocarle también la satisfacción de cambiar definitivamente la ruta de la política mexicana, haciéndola genuinamente nacional.

El mal procede de dos lados: la constitución de Querétaro y el estado revolucionario. Una buena parte del último es debida a la primera. El remedio se encuentra en uno de los antecedentes más respetables de nuestra historia. Durante los años luctuosos de 1846 y 1847, un grupo de hombres, tal vez lo mejor que entonces tenía México en inteligencia y civismo, quiso, con toda la angustia de aquella situación, salvar a México de la ruina y la anarquía, y propuso al congreso, y este aceptó, implantar de nuevo la constitución de 1824. Pero como eran notorias las deficiencias de esa ley, se aprobó en ocho de mayo de 1847 lo que se llamo Acta de Reformas, que contenía todos los principios que entonces se creyeron más adecuados para el buen gobierno.

También ahora todos los hombres que hay en México capaces de juzgar de las instituciones nacionales están de acuerdo en que la constitución de 1857 necesita ser reformada, y por mi parte creo que la Constitución de Querétaro tiene algunos principios que deben conservarse por contener una fórmula acertada para satisfacer necesidades sociales.

Por lo tanto, yo propongo a usted las siguientes medidas: Primera. Declarar, lo que por otra parte es enteramente cierto, que la constitución de Querétaro, por circunstancias particulares de los momentos en que fue formada, no es la expresión de la voluntad del pueblo mexicano, sino sólo la de un grupo determinado tomado de entre el partido político dominante entonces; que las modificaciones que contiene esa constitución debieron haberse hecho de conformidad con lo dispuesto en el articulo 127 de la de 1857, pero el estado particular del país al triunfo de la revolución hizo temer que las dilaciones propias de los cuerpos deliberantes no satisficieran el deseo de la opinión pública de un cambio pronto y radical de las instituciones, y por tal motivo, contra lo prevenido en dicho precepto constitucional y lo ofrecido al pueblo por el plan de Guadalupe, se procedió en forma anómala; que ahora las circunstancias han cambiado, una tranquilidad relativa ha vuelto a dominar en los espíritus, y por tanto, ha llegado el caso de que, conforme al artículo 128 de la constitución de 1857, esta recobre todo su poder; que por otra parte, habiéndose puesto en práctica la constitución de Querétaro, ha producido dificultades en las relaciones de México con otros pueblos, y ha provocado levantamientos en el interior acaudillados por hombres que defienden y proclaman la constitución de 1857; que como, no obstante, hay algunos disposiciones de la nueva constitución que no provocan conflictos ni han encontrado oposición y si se consideran como buenas para las garantías de los ciudadanos y para el mejor orden del gobierno, se propone al Congreso que se vuelva al régimen de la constitución de 1857.

Segunda. A la vez que se presentará al mismo Congreso una acta de reformas, tal como la ya mencionada de 1847 o como la que elevó a la categoría de leyes constitucionales las de Reforma, y en esa acta se incluyen aquellos preceptos de la constitución de Querétaro que son incuestionablemente una mejora, como por ejemplo, la forma en que se reconoce el principio de la libertad de la prensa, la del principio de la garantía de la audiencia judicial y demás contenidas en los nuevos artículos 16, 20, 21 y 22; el precepto del banco único de emisión, los requisitos para ser electo presidente de la República y la forma como han de llenar las faltas temporales o definitivas de ese funcionario; el requisito de la mayoría de las dos terceras partes del número total de votos en el congreso para adoptar una ley contra la cual el presidente ha hecho valer el veto; el principio de la inamovilidad de los jueces, y aquellas reglas relativas a la legislación sobre el trabajo que la experiencia haya demostrado que son practicables en las condiciones de México.

Tercera. Una vez aprobado el proyecto por el Congreso, pasarlo a los Estados para que si la mayoría de estos también lo aprueba, cosa segura, dada la autoridad que usted en ellos disfruta, el proyecto de reformas quede incorporado a la constitución.

Estas sugestiones que me permito hacer a usted tienen las siguientes ventajas:

No se hace en ellas ninguna concesión a exigencias que procedan de una nación extranjera, sino que ellas son el resultado del reconocimiento de la verdad y de una demanda de la opinión pública mexicana.

El reconocimiento de que la constitución nacional de 1857 es la ley de la nación y que sólo circunstancias excepcionales hicieron que temporalmente se abandonara su observancia, es la garantía dada a nuestros propios conciudadanos de que la ley sancionada por el pueblo es al fin reconocida como sagrada por el gobierno, que la fuerza de que el gobierno dispone se inclina respetuosa ante la fuerza moral de esa ley obtenida tras de tantas luchas y en vigor durante tantos años.

Para el extranjero es también la garantía de que nos preparamos para seguir cumpliendo con nuestras obligaciones internacionales y con las leyes que son ahora el patrimonio común de los pueblos cultos, buscando en una política sanamente conciliadora la unión de los mexicanos.

A la vez se procura que la ley nacional refleje fielmente las nuevas necesidades de nuestra vida social, respetando los derechos adquiridos y conciliando los intereses para el bien general, reconociendo que un espíritu de tolerancia devolverá a México su vida propia, con sus caracteres nacionales, bajo los cuales la nación volverá a emprender una marcha pacifica evolutiva.

El gobierno no sufre ningún cambio en el personal, para que no parezca ceder a la presión de ambiciones de carácter individual, con merma de la autoridad que en este momento de reorganización debe conservar cuidadosamente.

Finalmente no se propone ninguna amnistía, como casi siempre ha sido de rigor en casos de esta naturaleza, pues el reconocimiento de la constitución de 1857 como ley suprema de la nación, hace que todos los que por ella han estado luchando se encuentren automáticamente justificados, no amnistiados, cosa que seria para ellos humillante; y en cambio todos aquellos que, a la capa de una revolución de principios han cometido verdaderos delitos, caerán bajo la acción de la justicia, pues la causa de la regeneración nacional no debe servir de pretexto para alcanzar la impunidad de los crímenes.

La simple garantía de la justicia, y una demostración clara del deseo sincero de que la conducta del gobierno sea regida por la ley, hará que vuelvan a México muchos hombres que no quieren hacerlo ahora, porque no desean obtener como favor aquello que solamente gozarán como derecho.

A la vez que dirijo a usted esta carta, mando copia de ella a los periódicos más importantes del país para que la publiquen, si tienen a bien, como un medio de conocer con ello la opinión en México respecto de su contenido, y procuro asimismo su publicación en los Estados Unidos, donde tantos mexicanos expatriados se encuentran esperando la oportunidad de volver a su patria bajo la égida protectora de nuestras leyes. Estos expresaran también cual es su sentimiento sobre mis proposiciones, sugerirán tal vez algunos cambios y su opinión podrá servir de norma a usted en estos graves momentos.

De usted atento seguro servidor,

T. Esquivel Obregón

 

Fuente:

DOCUMENTOS HISTÓRICOS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA XVIII.
Fundador: Isidro Fabela
Revolución y Régimen Constitucionalista Volumen 6° del Tomo I
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCIA, HUMBERTO TEJERA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1970. pp.250-258.