1919
Parte Oficial del asesinato de Zapata, escrito por Salvador Reyes Avilés.
Campamento revolucionario en Sauces, Estado de Morelos. 10 de abril de 1919.


Al margen: Ejército Libertador.
Secretaría particular del ciudadano General en Jefe.

Al centro: Al G. Gral. Gildardo Magaña.
Cuartel General.

Tengo la profunda pena de poner en el superior conocimiento de usted, que hoy, como a la una y media de la tarde, fue asesinado el C. General en jefe, Emiliano Zapata, por tropas del llamado coronel Jesús M. Guajardo, quien con toda premeditación, alevosía y ventaja, consumó la cobarde acción en San Juan Chinameca.-

Para que usted quede debidamente enterado del trágico suceso voy a relatar los siguientes detalles: Tal como se lo comunicó a usted oportunamente, en virtud de haber llegado hasta nosotros informes sobre la existencia de hondos disgustos entre Pablo González y Jesús Guajardo, el C. General Zapata se dirigió a éste último, invitándolo a que se uniera al movimiento revolucionario.

A esta carta contestó Guajardo manifestando estar dispuesto a colaborar al lado del jefe siempre que se le dieran garantías suficientes a él ya sus soldados. Con los mismos correos que pusieron esa carta en manos del jefe, éste contestó a Guajardo ofreciéndole toda clase de seguridades y felicitándolo por su actitud, ya que lo juzgaba hombre de palabra y caballero y tenía confianza en que cumpliría al pie de la letra sus ofrecimientos. Las negociaciones siguieron todavía en esa forma, es decir, llevadas por correspondencia y de toda la documentación adjunto a usted copias debidamente autorizadas. El día dos del actual, el ciudadano general en jefe dispuso, que para arreglar definitivamente el asunto pasara al cuartel de Guajardo, en San Juan Chinameca, el C. coronel Feliciano Palacios, quien permaneció aliado de Guajardo hasta ayer, a las cuatro de, la mañana, hora en que se nos incorporó y misma a la que, según nos dijo, marchaba Guajardo rumbo a Jonacatepec.

Aquí debo hacer mención de un hecho que hizo que el ciudadano general en jefe acabara de tener confianza en la sinceridad de Guajardo. Las versiones que circulaban en público, asegurando que Guajardo estaba en tratos para rendirse al ciudadano general Zapata, se acentuaron a tal grado, que varios vecinos de algunos pueblos que en esos días visitamos, pidieron al ciudadano general en jefe, que fuesen castigados los responsables de saqueos, violaciones, asesinatos y robos cometidos en dichos pueblos por gente de Victoriano Bárcenas, a la sazón bajo las órdenes de Guajardo.

En vista de esta justa petición, el ciudadano general Zapata se dirigió a Guajardo, por conducto de Palacios, pidiéndole hiciera la debida averiguación y procediera al castigo de los culpables. Guajardo, entonces, separó de entre los soldados de Bárcenas, a cincuenta y nueve hombres, que eran al mando del "general" Margarito Ocampo y del "coronel" Guillermo López, todos los cuales fueron pasados por las armas, por órdenes expresas de Guajardo, en un lugar llamado Mancornadero.

Esto sucedió ayer. Guajardo se encontraba en Jonacatepec, plaza que dijo había capturado al enemigo. Al saberlo nosotros nos dirigimos a Estación Pastor, y de allí, Palacios, por orden del jefe, escribió a Guajardo diciéndole que nos veríamos en Tepalcingo, lugar a donde iría el general Zapata con treinta hombres solamente, y recomendándole él hiciera otro tanto. El jefe mandó retirar su gente y con treinta hombres marchamos a Tepalcingo, donde esperamos a Guajardo.

Éste se presentó como a las cuatro de la tarde, pero no con treinta soldados, sino con seiscientos hombres de caballería y una ametralladora. Al llegar a Tepalcingo la columna, salimos a encontrarla. Allí nos vimos por primera vez con el que, al día siguiente, habría de ser el asesino de nuestro general en jefe, quien, con toda nobleza del alma, lo recibió con los brazos abiertos: Mi coronel Guajardo, lo felicito a usted sinceramente, le dijo sonriendo.

A las 10 P.M. salimos de Tepalcingo rumbo a Chinameca, a donde llegó Guajardo con su columna, mientras que nosotros pernoctamos en Agua de los Patos. Cerca de las ocho de la mañana bajamos a Chinameca. Ya allí, el jefe ordenó que su gente (ciento cincuenta hombres que se nos habían incorporado en Tepalcingo), formara en la plaza del lugar; mientras él, Guajardo; los generales Castrejón, Casales y Camaño, el coronel Palacios y el suscrito, nos dirigimos a lugar apartado para discutir planes de la futura campaña. Pocos momentos después empezaron a circular rumores de que el enemigo se aproximaba.

El jefe ordenó que el Cor. José Rodríguez (de su escolta), saliera con la gente a explorar rumbo a Santa Rita, cumpliéndose luego con esa orden. Después Guajardo dijo al jefe: Es conveniente, mi general, que salga usted por la 'Piedra Encimada', yo iré por el llano. El jefe aprobó, y con treinta hombres salimos al punto indicado.

Ya al marchar Guajardo, que había ido a ordenar a su gente, regresó diciendo: Mi general, usted ordena; ¿salgo con infantería o con caballería? El llano tiene muchos alambrados; salga usted con infantería, replicó el Gral. Zapata, y nos retiramos. En Piedra Encimada exploramos el campo y viendo que por ningún lado se notaba movimiento del enemigo, regresamos a Chinameca. Eran las doce y media de la tarde, aproximadamente.

El jefe había enviado al coronel Palacios a hablar con Guajardo, quien iba a hacer entrega de cinco mil cartuchos y llegando a Chinameca, inmediatamente preguntó por él. Se presentaron, entonces, el capitán Ignacio Castillo y un sargento y a nombre de Guajardo invitó Castillo al jefe para que pasara al interior de la hacienda, donde Guajardo estaba con Palacios arreglando la cuestión del parque.

Todavía departimos cerca de media hora con Castillo, y después de reiteradas invitaciones, el jefe accedió: Vamos a ver al coronel, que vengan nada más diez hombres conmigo, ordenó, y montando su caballo -un alazán que le obsequiara Guajardo el día anterior- se dirigió a la puerta de la hacienda. Lo seguimos diez, tal como él ordenara, quedando el resto de la gente, muy confiada, sombreándose debajo de los árboles y con las carabinas enfundadas.

La guardia parecía preparada a hacerle los honores. El clarín tocó tres veces llamada de honor y al apagarse la última nota, al llegar el general en jefe al dintel de la puerta, de tal manera más alevosa, más cobarde, más villana, a quemarropa, sin dar tiempo para empuñar ni las pistolas, los soldados que presentaban armas descargaron dos veces sus fusiles, y nuestro general Zapata cayó para no levantarse más. Su fiel asistente, Agustín Cortés, moría al mismo tiempo. Palacios debe haber sido asesinado también, en el interior de la hacienda.

La sorpresa fue terrible. Los soldados del traidor Guajardo, parapetados en las alturas, en el llano, en la barranca, en todas partes, (cerca de mil hombres), descargaban sus fusiles sobre nosotros. Bien pronto la resistencia fue inútil; de un lado éramos un puñado de hombres consternados por la pérdida del jefe, y del otro, un millar de enemigos que aprovechaban nuestro natural desconcierto para batimos encarnizadamente. Así fue la tragedia.

Así correspondió Guajardo, el alevoso, a la hidalguía de nuestro general en Jefe. Así murió Emiliano Zapata; así mueren los valientes, los hombres de pundonor, cuando los enemigos para enfrentarse con ellos, recurren a la traición y al crimen. Como antes digo a usted, mi general, adjunto copias debidamente autorizadas de todos los documentos relativos. y haciéndole presente mi honda y sincera condolencia, por la que nunca será bien sentida la muerte de nuestro ciudadano general en jefe, reitero a usted, mi general, las seguridades de mi subordinación y respeto.

Reforma, Libertad, Justicia y Ley.

Campamento revolucionario en Sauces, Estado de Morelos.

10 de abril de 1919.

El secretario particular mayor, Salvador Reyes Avilés.

Fuente:

Diccionario Histórico y Biográfico de la Revolución Mexicana / Tomo IV. Por Valentín López González. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. México, 1991