1919
Elocuente discurso pronunciado por el ciudadano Álvaro Obregón, en la velada celebrada la noche del 7 de noviembre de 1919, en Mazatlán, Sinaloa.
Mazatlán, Sinaloa, 7 de noviembre de 1919.


Vive en mi corazón, como un recuerdo imperecedero de gratitud, la manifestación cariñosa que el pueblo de Mazatlán me tributara en 1917, en aquella fecha, cuando terminado el período de la revolución, y devuelto a la República el orden constitucional, que le había sido arrebatado por la usurpación, tocaba yo este puerto, de paso para Sonora, después de haberme despojado de mi investidura militar y de haber renunciado el cargo de Secretario de Guerra y Marina ; y era entonces al ciudadano al que el pueblo de Mazatlán, con una manifestación de simpatía, le daba su sanción por la línea de conducta que había seguido.

No es ahora una sorpresa para mí que este mismo pueblo se haya congregado en masa para recibirme con vivas muestras de cariño y adhesión hacia mi candidatura, y es que ahora, como en aquella vez, mi conducta no ha cambiado; que ha sorprendido a los espíritus timoratos, porque mi candidatura nació sin el bautismo oficial.

No voy a pronunciar un discurso.

Voy a hacer, como dice el programa, algunas disertaciones sobre los principales problemas que en mi concepto más directa e inmediatamente reclaman una pronta resolución.

El problema político que dejé señalado en mi manifiesto, es el que reclama, antes que ninguno, nuestra atención.

Mientras el pueblo mexicano no recobre su soberanía, eligiendo libremente a sus mandatarios, sería ridículo que nos ocupáramos de atender otros problemas; si se viola la libertad del sufragio, todos los demás principios habrán desaparecido.

Los pueblos que saben ejercitar sus derechos se ahorran el sacrificio de acudir a las armas.

Si México, durante un período de un siglo, había tenido que ocurrir a las armas periódicamente, fué sin duda porque la gran mayoría de los ciudadanos de la República se mostraban indiferentes en la hora del sufragio.

Por fortuna para nuestra patria, la experiencia que hemos tenido que comprar tan cara, ha venido a servirnos para que en estos momentos, amparados por la ley, vayamos con entusiasmo y decisión a ejercitar el derecho del voto.

Por fortuna para nuestra patria, en toda la nación ya los ciudadanos se preparan a ejercitar sus derechos, y se aprestan a reclamar y exigir que se les permita el libre uso de ellos.

Nosotros debemos felicitarnos, y debemos bendecir a los que cayeron en la lucha armada, porque con su sangre y con su esfuerzo conquistaron las libertades que ahora estamos disfrutando.

Yo be lamentado muy sinceramente el error tan grande que cometió nuestro gobierno el día que decretó el embargo de los derechos de todos aquellos ciudadanos que sirven a la administración, porque hubiera sido para nosotros mucho mayor el regocijo, si todos los hijos de la nación hubiéramos podido expresar con toda claridad y con toda libertad nuestras ideas políticas; pero ese embargo ha venido a incapacitar a esos ciudadanos.

Yo tengo esperanzas de que se reconsiderará tal disposición, para que ellos puedan tomar parte en este acto tan solemne y trascendental, con las mismas libertades que todos los ciudadanos de la República disfrutamos en la elección pasada, en que designamos al Presidente Constitucional que habría de regir los destinos de nuestro pueblo, ya terminado el período de la revolución, y entonces, todos los empleados de la administración expresarán con claridad sus credos políticos, y ejercitarán sus derechos sin restricciones.

Creo pues, como antes dije, que aprovechando la amarga experiencia adquirida a base de sangre, sabremos corresponder en la lucha política a la actitud que asumimos en la lucha armada, y entonces la nación habrá recobrado su soberanía absoluta, habrá resuelto el problema básico, y después seguirán nuestros esfuerzos y nuestros anhelos en pos de la realización de otros problemas que reclaman una inmediata atención.

El capital y el trabajo es un problema que tiene preocupado al mundo entero, no solamente a México.

Es posible que México esté más capacitado para resolverlo, porque sus recursos naturales son enormes, y mayores aún si se establece la relación por los pocos habitantes del país.

El problema del capital y el trabajo ha preocupado a muchos hombres de Estado.

Yo he oído a oradores que dicen que el mejor gobernante será aquel que se ponga de parte de los trabajadores; a otros he oído decir, que el mejor gobernante será aquel que se apoye en los hombres de negocios.

Yo soy de opinión, y a ello encaminaré mis energías, si el voto de mis conciudadanos me lleva al poder, que el mejor gobernante será aquel que encuentre el fiel que establezca el equilibrio entre estos dos factores, para que sobre un plano de equidad, encuentren las ventajas recíprocas que ambos deben obtener.

Si nosotros no damos garantías al capital, si lo hostilizamos, si no le damos las facilidades que necesita para el desarrollo de nuestros recursos naturales, dentro de las limitaciones que nuestras leyes le marcan, el capital permanecerá dentro de las cajas o fuera de nuestras fronteras, y entonces nuestros trabajadores tendrán que seguir saliendo del país, en peregrinaciones hambrientas, para ir a buscar el pan a otros países donde el capital tenga las garantías que aquí no puede encontrar.

Soy testigo presencial, y mi corazón se ha sentido conmovido muchas veces cuando he visto descargar en Nogales furgones enteros de gente, como jaulas de ganado, que los enganchadores vienen a sacar de nuestro país, aprovechados de ese apremio económico en que los tiene la falta de trabajo, y he visto volver a muchos de esos hombres, pocos días después, llegar a la línea internacional, pidiendo un plato de comida y un pasaje para volver a su hogar.

Hombres que para salir al extranjero han tenido que vender su metate, algún burro, y hasta las vigas de sus chozas, hechas leña, atraídos por las halagadoras promesas de los enganchadores, y cuando han vuelto, ya no hay metate, y ya no hay burro, ni hay choza; pero en cambio, nosotros seguimos llamándonos muy nacionalistas, diciendo que no necesitamos del resto del mundo, que podemos vivir solos y reñidos con la lógica.

Es, pues, necesario pensar en el porvenir; es necesario abarcar el porvenir, es necesario ir a él y no esperar a que el porvenir venga a nosotros.

Nada hablarían los que usan huarache y sombrero de petate, si quitáramos el sombrero y los zapatos a los que ya los tienen, en nombre de una igualdad que nos haría desandar un siglo en la lenta evolución que hemos tenido; es, pues, necesario que nos esforcemos por dar zapatos a los que tienen huaraches y no quitárselos a los que han logrado adquirirlos.

Si nosotros atentamos contra lo que está ya creado, matando todo estímulo, seremos inconscientes con la civilización.

Nosotros vemos muchos villorrios en que se alumbran con aceite y hasta con velas de sebo, y vemos también a nuestras principales ciudades alumbradas con luz eléctrica.

¿Por qué vamos a destruir las plantas eléctricas de las ciudades, por un espíritu de igualdad mal entendido, para que éstas no queden en condiciones superiores a los pueblos a que antes me refiero?

No, señores, nuestro esfuerzo debe encaminarse a luchar porque esos villorrios y esos pueblos, con el desarrollo de su industria y de sus recursos naturales, puedan tener también plantas eléctricas y alcanzar las ventajas que las ciudades tienen.

Los recursos de nuestro país son inmensos, el capital está deseoso de que nosotros le demos garantías, nuestros hombres de trabajo están deseosos de un mejoramiento económico y social, y no podremos con leyes de trabajo alcanzar ese mejoramiento, mientras no se establezca la competencia.

El día que un minero salga a contratar cien operarios, y pueda encontrar solamente cinco, la situación económica de nuestros trabajadores se, habrá conquistado; pero mientras se busquen cinco trabajadores y se encuentren cien, su situación empeorará cada día.

El día que la nación recobre su crédito, el día que el capital fiado en nuestra seriedad, venga a nuestro país, el problema de las clases trabajadoras está resuelto.

Voy a terminar.

He expresado cuáles son mis ideas sobre los dos problemas capitales que están enfrente de nosotros: el problema político que consiste en que el pueblo recobre su soberanía con la libre elección de sus mandatarios, y el problema del capital y del trabajo, que consiste en el desarrollo de todas nuestras fuentes de riqueza.

Yo exhorto a todos los ciudadanos que se encuentran aquí, y exhortaré a todos los demás que encuentre a mi paso por las otras ciudades que toque durante mi jira política, para que abarquemos esos y los demás problemas que reclaman nuestra atención, y unamos nuestro esfuerzo para resolverlos.

Fuente:

Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Primera parte. Discursos de 1915 a 1923. 410 pp. Páginas 65 a 73.