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Siglo XX > 1910-1919 > 1919

Discurso pronunciado por Álvaro Obregón en la ciudad de Morelia, Mich., el 22 de diciembre de 1919.
Morelia, Michoacán, 22 de diciembre de 1919.

Desde que era yo muy niño, cuando mis ojos con dificultad podían posarse sobre las páginas de nuestra historia, empecé a descubrir en ella la silueta robusta de una de nuestras entidades federativas, y cuando supe que esa silueta robusta se llamaba Michoacán, guardé en mi corazón de niño este nombre, juntamente con un sentimiento, con un sentimiento de cariño y de gratitud para este Estado que había dado tantos cerebros y tantos corazones para ofrecerlos a la patria en holocausto de nuestras libertades.

El tiempo ha corrido con relativa ligereza... y cuando más tarde se envolvió nuestra patria en la tragedia que hemos llamado revolución constitucionalista, iniciada por el apóstol de nuestras libertades, Francisco I. Madero, las contingencias de la guerra nos trajeron al centro de la República a disputarles a los traidores, a los usurpadores y a los tiranos los últimos restos de nuestras libertades ; y cuando en los campos de Celaya los ejércitos de la usurpación y de la República se preparaban para medir su espada, me cupo la gloria de comandar el Ejército de la República.

Preparaba yo mi campo, calculaba mis contingentes y calculaba los del enemigo y no podía llegar a ninguna conclusión, porque la diferencia numérica me incapacitaba para desarrollar cualquier plan con probabilidades de éxito, y así forzaba mi cerebro sin encontrar una solución favorable al problema que empezaba a ser pavoroso.

En aquellas circunstancias en que nuestras vidas ocupaban un papel secundario porque no era el peligro de perder nuestras vidas lo que nos preocupaba, sino el peligro de perder nuestras libertades, vino a nuestro encuentro un grupo de hombres que traían en su rostro las huellas de grandes privaciones, y que llegaban con los pechos semidesnudos para ofrecerlos como blanco a las balas de la traición.

Aquel grupo de hombres era hijo del Estado de Michoacán. Buscamos algunas ropas para cubrir su desnudez, buscamos algunos equipos para facilitarlos a aquellos denodados luchadores, y no encontramos sino un residuo de ropas de presidiarios, y con ese residuo los vestimos y desde entonces se llamaron los “rayados.”

Llegaron los ejércitos de la traición ensoberbecidos por su ambición y su ignorancia, se abalanzaron sobre nosotros, creyendo que pasarían como aplanadora sobre un campo sembrado de violetas, y... ¡ qué chasco sufrieron los traidores cuando encontraron aquellos pechos vestidos de presidiarios, dispuestos a regar con su sangre el árbol bendito de las libertades!

Allí la traición se declaró impotente; allí los hombres que defendíamos el derecho pudimos cantar la victoria; y ya la victoria había concurrido con su contingente de gran significación el Estado de Michoacán.

Desde entonces, en mi corazón se robusteció aquel sentimiento de gratitud y de respeto para el Estado. (Estruendosos aplausos.)

Sigue el tiempo corriendo...

Vienen los períodos que yo llamo luctuosos, aunque para nosotros sean de bienaventuranza, porque luctuoso es para mí, ver quiénes renuncian a su dignidad de ciudadanos y quienes pretenden comerciar con nuestras libertades que tan caras han costado al pueblo. (Aplausos.)

Las contingencias de la política nos vuelven a agitar en una conmoción donde van a jugarse de nuevo los intereses de la República y los de la usurpación; los intereses de la República representados sólo por los hombres que buscan el voto popular para llegar al poder, y los de la usurpación, representados por los hombres de consigna, que sólo quieren llegar al poder sin querer saber por cuál camino ni cuántas angustias costará al pueblo esa imposición; y en esta jira política volveremos a tomar contacto con Michoacán y lo encontraremos, como siempre, altivo, enérgico, resuelto a defender con su vida y con su civismo inquebrantable aquellos derechos sacrosantos que defendieron con su sangre sus hermanos “los rayados” en los campos de Celaya; nosotros nos sentimos orgullosos y satisfechos porque nuestra comunión con los hijos del Estado es indisoluble, porque los vínculos que nos unen, no los vínculos de los intereses mezquinos, sino los vínculos del ideal sagrado que hemos sabido defender sobre el mismo plano sin descender a los terrenos donde se mancilla el honor y se manchan las conciencias.

Nos sorprendemos ahora de nuestros hermanos de Michoacán, vamos satisfechos y orgullosos porque estamos seguros de que en este Estado no podrá encontrar cabida la consigna. (Voces: ¡Nunca!)

Cuando la mezquina voz de la consigna venga a tocar, si es que no ha tocado ya las fronteras de Michoacán, una voz potente, una voz omnipotente se levantará del Estado y su eco será recogido por todas sus montañas, que dirá estas palabras: “Señor, no podemos atender la consigna; nuestra espina dorsal no permite ninguna genuflexión política; somos hijos de Ocampo y nos quebramos antes de doblarnos.” (Nutridos aplausos.)

Sería ingrato, señores, si les dijera que en otros Estados no hay cultos y dignos.

Hemos recorrido una gran parte del territorio nacional, y hemos descubierto en muchas otras entidades federativas la misma decisión de hacer cumplir la voluntad nacional.

Hay unas cuantas entidades, con dolor lo digo, donde ha pasado sobre ellos el espectro siniestro de la consigna, pero sus pueblos no están envilecidos, en el corazón de los pueblos late un sentimiento, un anhelo de reivindicación que podrá realizarse cuando en el gran conjunto de la nación se verifiquen las elecciones que han de dar como resultado la designación del Supremo Mandatario de nuestro país, porque entonces los pueblos de esas entidades, decepcionados y oprimidos, harán un esfuerzo supremo al unísono de las demás entidades y conquistarán definitivamente su emancipación política.

Seríamos ingratos si dijésemos que no hemos evolucionado dentro del orden cívico y del orden moral.

La Revolución ha empezado a dar sus frutos, pues hemos visto surgir en México la prensa independiente, hemos visto cómo hay ya grandes diarios que viven sólo del esfuerzo de los conciudadanos que les dan su sanción y su apoyo económico, precisamente porque les han reconocido esa rara virtud en la prensa de nuestro país.

Vemos ahora que esos grandes diarios nombran sus representantes y vienen con nosotros recogiendo la verdad para hacerla del conocimiento de la nación, sin preocuparles siquiera si van a disgustarse los magnates o van a ensoberbecerse los insolentes, el campo es propicio, pues, para la definitiva conquista de la libertad. (Atronadores aplausos.)

No tendré que hablar de civismo a los hijos de Michoacán, porque el civismo que campea en todo el Estado es más que satisfactorio, y no obstante que conocíamos el ambiente de libertad que aquí campea, ha sido su intensidad una sorpresa para nosotros.

Nada tenemos que hablarles de civismo, y nos limitaremos, pues, a protestarles que los vínculos que nos unen al Estado de Michoacán no podrán ser rotos por la imposición o por el soborno; podrían ser rotos únicamente si por una ley fatal que se ha venido repitiendo periódicamente, algunos de los que ahora predicamos las doctrinas libertarias nos desviásemos del campo de la verdad para seguir el de la ignominia, renunciando para siempre a la estimación de los hombres viriles de toda la República y nuestra propia moralidad.

Yo espero que los hijos del Estado de Michoacán, cuya potencialidad intelectual y moral está a la altura que se necesita para ser un ciudadano, estén siempre atentos de mis actos y ya en el poder, o lejos de él, sepan señalarme con la seguridad y honradez que caracterizan a los hombres que tienen el corazón bien puesto, si llegare a abandonar el camino que he sabido seguir hasta hoy, y que me ha captado la estimación de los buenos hijos de mi patria.

Quiero protestarles una vez más, que si en mi corazón de niño se grabaron sentimientos de gratitud y de respeto para este Estado, ahora en mi corazón de hombre quedan más robustecidos que nunca esa gratitud y ese respeto, y que Michoacán vivirá conmigo, siempre que yo sea digno de vivir en Michoacán. (Nutridísimos aplausos.)

Fuente:

Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Primera parte. Discursos de 1915 a 1923. 410 pp. Páginas 97 a 105.