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Revolución y Régimen Constitucionalista. Documento 898. Serie de artículos sobre el desconocimiento de la Doctrina Monroe, por la Doctrina Carranza.
30 junio 1918.

 

Serie de artículos sobre el desconocimiento de la Doctrina Monroe, por la Doctrina Carranza, por ser ésta más hermanable y más universal, y no estar fundada en intereses transitorios sino en permanentes y universales de la Humanidad. [F9-85-2. A.I.F.]

 

"El Pueblo"

26 junio 1918.

LA DEROGACIÓN DE LA DOCTRINA MONROE POR LA DOCTRINA CARRANZA

EL PROBLEMA INTERNACIONAL DE MÉXICO

Con motivo de la publicación de la nota que el Embajador Mr. Fletcher dirigió a nuestra Cancillería, protestando por la creación de impuestos a nuestra industria petrolera, publicamos una serie de artículos comentando dicha nota. En ellos sostuvimos y demostramos que la protección que el gobierno Americano anuncia prestar a sus nacionales en México, para substraerlos a los efectos de la Ley de impuestos al petróleo, sería, de llevarse a efecto, una intervención armada, es decir, la guerra; que nuestro Gobierno, al contestar esa nota, debía rechazar enérgicamente la protesta y no reconocer por un solo momento el derecho de protestar contra actos de nuestra Soberanía interior; y finalmente, pusimos de relieve el contraste entre las declaraciones amistosas del Presidente Wilson ante los periodistas mexicanos y los términos duros y amenazadores de la nota de Su Excelencia.

Quisiéramos, a propósito del discurso de Mr. Wilson, referirnos a diversos aspectos de nuestra política internacional, y en particular a la suerte que en nuestros destinos corre la llamada Doctrina Monroe, a fin de hacer del conocimiento del público la obra que ha desarrollado hasta hoy la Revolución.

Nuestra Cancillería, hasta antes de este gran movimiento, no tenía miras, ni objetivos, ni planes, ni siquiera tradiciones. Caminaba al capricho de los acontecimientos y se abandonaba al vaivén de ellos, sin pretender jamás imprimirles una dirección determinada, ni aspirar a un papel representativo de tendencias o de influencias.

La Revolución, en su primer periodo -el del Sr. Madero- no pudo desarrollar ningún plan. El Secretario de Relaciones de éste era un hombre del antiguo régimen y de la antigua rutina, y en cuanto al mismo señor Madero, no pudo sacudir las influencias retrógradas que desde un principio lo rodearon. Por otra parte, nada por entonces alteraba la paz en el mundo y nuestros hombres no habían tenido la ocasión de mostrar sus facultades o de poner a prueba sus energías.

La época en que nuestra Cancillería adquiere la conciencia de sí misma y de su personalidad, comienza con la actuación del señor Carranza y se precisa cuando, triunfante la revolución, toma él la dirección suprema de los negocios públicos. No es nuestro intento hacer la historia de esta época, sino mostrar la actual situación internacional en sus lineamientos generales y su aspecto de conjunto; pero ya podemos caracterizarla desde ahora, por su novedad, por su vigor y por su fiereza.

Las relaciones exteriores de México. Las relaciones exteriores de México revisten un doble punto de vista: primero, su situación en el Continente América no, y segundo, sus relaciones con Europa y los demás países del mundo.

El primer punto de vista abarca un doble problema: Estados Unidos y América Latina.

El segundo punto de vista, o sea el de las relaciones con Europa, no se ha comprendido bien y en nuestros anales nada hay que acuse un esfuerzo para hacer de esas relaciones una fuente de utilidad o de poderío para México. Apenas puede apuntarse a este respecto, la política que se pensó desarrollar en los últimos tiempos del General Díaz, para fomentar la inmigración europea y equilibrar sus intereses con los de Norte América. Nosotros veremos en su oportunidad lo que se debe y lo que se puede hacer en lo relativo a nuestras relaciones con Europa.

El problema fundamental de México. El problema fundamental de México reside seguramente en saber mantener su situación en el Continente Americano: de absoluta independencia de los Estados Unidos y de completa igualdad y una bien cimentada fraternidad respecto de las Repúblicas Latino Americanas.

De esta doble situación, la que debe adquirirse a toda costa, la que debe ser el objeto de los estudios y de los constantes desvelos de nuestros hombres de Estado, la que debe hacer la tradición, la línea de conducta y el plan de nuestra Cancillería, debe ser la que nos de la independencia respecto de Estados Unidos, independencia de hecho, económica, política, diplomática, interior y exterior.

Todos los demás problemas que en materia internacional deben ser el objeto del estudio y la meditación de nuestros hombres de ciencia y de nuestros políticos, irradian del gran problema fundamental: lograr la independencia absoluta respecto de los Estados Unidos.

Nuestras relaciones con América, el grado de influencia que podemos alcanzar sobre las demás Repúblicas Latino-Americanas y nuestro prestigio, dependen, indiscutiblemente, de nuestra situación respecto de los Estados Unidos.

Nuestras relaciones con Europa y la importancia que se nos conceda, así como la atención que se nos preste para todo género de negociaciones, están condicionadas por nuestro gran problema fundamental: alcanzar y conseguir la absoluta independencia de los Estados Unidos.

Jamás nos cansaremos de repetir que ese es nuestro grave, nuestro profundo problema, porque no debemos hacernos ilusiones sobre la situación que guardamos respecto de los Estados Unidos. La dependencia económica en que vivimos es la parte más visible y más elocuente en prueba de lo aseverado; tenemos necesidad de acudir a ellos para el fomento de nuestras industrias, para la importación de capitales, para el mantenimiento de nuestras líneas de comunicación, para traer toda clase de maquinaria y para obtener hasta los artículos más indispensables para las necesidades de la vida. Esta dependencia económica no sólo no fue combatida por el régimen tuxtepecano ni se vio de parte de sus hombres el menor esfuerzo para sacudirla, sino que muy al contrario, se cimentó, se fomentó y se vigorizó, haciendo de ella un negocio personal, a tal punto que ha sido una de las obras más difíciles que ha tenido que acometer la revolución, tratar de substraer al país un tanto de sus efectos, principalmente ahora que tenemos necesidad de atenernos a nuestros propios recursos.

Y no es que no entendamos que es una ley social inflexible aquella que quiere que los pueblos de la comunidad internacional estén entre sí ligados tan estrechamente, que el progreso, o la decadencia, o la situación de uno de ellos, tenga influencias poderosas y resonancias perceptibles en todos los demás; pero ésta, que es la Ley de la inter-dependencia, supone en todos ellos el principio de la igualdad jurídica que les reconoce el Derecho internacional; y es ese principio y esa igualdad la que México debe conquistar y mantener a toda costa.

Estudiemos, pues, el problema fundamental: México y Estados Unidos.

 

"El Pueblo"

27 junio, 1918.

LA DEROGACIÓN DE LA DOCTRINA MONROE POR LA DOCTRINA CARRANZA

México y los Estados Unidos

Las relaciones entre México y los Estados Unidos pueden caracterizarse así: México ha girado dentro de una órbita en que exclusivamente se han favorecido los intereses Americanos; y en la mayor parte de los casos ha asumido una actitud defensiva, respecto de agresiones o notas amenazadoras o intenciones poco amistosas de su vecino. Para ellos, México ha sido el país de conquista y de inversión, campo favorable para las grandes y rápidas fortunas y por la poca o ninguna competencia, el monopolio de muchas industrias y explotaciones.

El interés legítimo de procurar la inversión del capital extranjero, condujo al régimen del General Díaz, a conceder todo género de prerrogativas, de leyes de excepción y de protección exagerada a toda propiedad o derecho norteamericanos, dando tal conducta origen a una serie de abusos que pasaron a ser tolerados y a convertirse en costumbre y creando así una situación privilegiada para los ciudadanos Americanos, que la revolución, con grandes dificultades ha tratado de combatir, a fin de someterlos a una completa igualdad con los nacionales.

La influencia Americana no sólo era el resultado de las facilidades y de las complacencias que encontraba en México de parte del Gobierno del General Díaz, sino que también era y es el resultado de un sistema que se practica en Centro y Sud-América de tal manera, que la situación y las relaciones de México con Estados Unidos, no son una situación particular sino una política general que metódicamente busca el predominio en el Continente y la intervención más o menos visible, más o menos disfrazada en los asuntos interiores y exteriores de los demás países.

La doctrina de Monroe. Para sancionar esta política se ha tenido el cuidado de confeccionar de "toutes pieces", una especie de principio, de programa de conducta internacional, que se ha llamado la Doctrina de Monroe. No es la llamada Doctrina de Monroe la que ha originado la serie de actos que caracterizan la política internacional de los Estados Unidos; son, al contrario, estos actos, de tendencias imperialistas y de espíritu hegemonista, los que se ha pretendido explicar y justificar por una llamada Doctrina a la que se ha dado lugar en el Derecho Internacional.

Sabido es que el Presidente Monroe, en su mensaje al Congreso de los Estados Unidos, de 2 de diciembre de 1823, hizo las declaraciones que constituyen lo que se ha convenido en llamar "Doctrina Monroe". Estas declaraciones contienen dos puntos: El primero es relativo a la colonización del Continente Americano, el otro, a las tentativas hechas por España para reconquistar sus colonias. Al fin del mensaje, los Estados Unidos se constituyen en protectores de todo el Continente Americano y proclaman su injerencia en todos los negocios americanos del Norte y del Sur.

Como se ve, los dos primeros puntos han perdido su oportunidad; el final del mensaje es el que ha sido objeto de aplicaciones desarrolladas, interpretaciones y aun enmiendas. Porque la "Doctrina" ha evolucionado y sufrido las transformaciones que le imprime la manera de ver personal de cada Presidente o los intereses de momento de la Unión Americana, de tal manera que en su estado actual en nada se parece a las declaraciones primitivas.

El estado actual de la Doctrina. Declarándose los ardientes defensores de ella, los Estados Unidos "han, poco a poco, desarrollado una política personal que ha revestido doble forma: 1ro., política tendiente a asegurar su preponderancia en el Nuevo Mundo y política de intervención en los asuntos exteriores o interiores de los Estados de la América Latina, pero respetando siempre la independencia de los Estados Americanos; es la política de hegemonía; 2do., política de los Estados Unidos tendiente a establecer su superioridad política o comercial en todas las partes del mundo, por medios que implican una limitación a la independencia de los demás Estados: Es la política imperialista".

Las declaraciones de Monroe son esencialmente intervencionistas y atentatorias. Un comentarista (Pradier Foderé) dice de ellas: "Declarando -el Presidente- que la gran República Americana consideraría como peligrosa para su tranquilidad y su seguridad toda tentativa de parte de las potencias europeas para extender su sistema político a una parte cualquiera del Continente Americano, él -el Presidente- se ha mezclado indirectamente en los asuntos interiores de las Repúblicas del Nuevo Mundo, ha hecho intervención por anticipado y en provecho de la Unión, porque prohibir a los demás gobiernos intervenir, es intervenir".

Efectivamente, la Doctrina ha proclamado desde un principio la intervención en todas las Repúblicas latino-americanas, y ha sido el pretexto que se ha invocado para disfrazar graves atentados, como las intervenciones en Cuba, Panamá y Santo Domingo; la anexión de Texas, los proyectos de anexión de Yucatán y de Santo Domingo y la guerra contra España. Y cuando no ha servido para los actos de fuerza, sirve para los trabajos de desorganización de las prosperidades crecientes de algunos países latino-americanos. Admirable Doctrina, flexible y acomodaticia que sirve para todo evento, que se alarga o se acorta, se disfraza o se desnuda, provoca la guerra o establece la paz, distribuye los bienes y los males y dicta el Derecho o fulmina el rayo destructor. A ella deben los Estados Unidos esa desconfianza y ese recelo que inspiran en toda la América, y por ella fracasan y fracasarán siempre los intentos de acercamiento y de amistad que intenten, porque no serán creídos.

El intervencionismo, el imperialismo o afán de conquistas, y la hegemonía a toda costa o influencia única, política comercial y de todo orden, se han erigido en "Doctrina". Con el nombre de Doctrina se han cubierto las ambiciones y el capricho.

Las Repúblicas latinoamericanas jamás han reconocido ni expresa ni tácitamente, semejantes principios, ni han aceptado regir su vida internacional según la regla suprema que quisiera dictarles Washington. Ni tan siquiera han creído que la famosa Doctrina sea la llave de la seguridad del Continente, porque todas y cada una de ellas han adquirido la conciencia de su nacionalidad, de sus instituciones y de su libertad, y llegadas a la mayor edad, rechazan enérgicamente la tutela que se les ha pretendido imponer en las declaraciones de Monroe.

La declaración de Monroe -y así la llamaremos en lo sucesivo- puede decirse que está para desaparecer de la historia; pero no por obra de los sumergibles teutones, como decía un articulista ignorante a quien, además ciega el espíritu de partido -sino por la obra enérgica, perseverante y lúcida que en la República mexicana ha realizado el Presidente Carranza, Jefe de la Revolución. Toda la reprobación de que ha sido objeto la declaratoria de Monroe, todo el horror y la desconfianza que ha inspirado en países que con justicia ya se creen capaces de regirse por sí mismos sin la tutela deprimente que se les ha querido imponer, todo ese instinto de defensa que se manifiesta en la unión mecánica y apretada de América Latina, toda esa aspiración para una verdadera libertad de movimientos y de intención, han concretado en lo que desde hoy podemos llamar la Doctrina Carranza, que ella si es Doctrina, porque enseña y muestra principios de confraternidad universal y prácticas de dignidad y de verdadera independencia; y está llamada a dar al traste con los efectos que se han pretendido atribuir a la otra.

La Doctrina Carranza deroga la Doctrina Monroe. Expongamos lo más correctamente posible la Doctrina Carranza.

 

"El Pueblo"

28 junio, 1918.

LA DEROGACIÓN DE LA DOCTRINA MONROE POR LA DOCTRINA CARRANZA

La Doctrina Carranza

La Doctrina Carranza está formada, o mejor dicho, se desprende de un conjunto de declaraciones y de prácticas registradas en el curso de la lucha revolucionaria, que dieron nuevas orientaciones a los asuntos exteriores de México. Dichas declaraciones y prácticas forman en rigor una doctrina, porque son desde luego una enseñanza que se impone a los hombres de gobierno que se suceden en México y una línea de conducta para el logro de ciertos fines; y tal doctrina es atribuible al Presidente Carranza, porque los postulados de ella son su pensamiento fundamental, su convicción y las ideas directrices de su actuación pública.

El señor Carranza ha llegado a formular los principios esenciales de ella, en notas diplomáticas, en discursos y en toda clase de manifestaciones al público. Hombre de acción y de gobierno, su conducta es la mejor demostración de sus principios. Son estos los que deseamos difundir en la forma metódica de un sistema armónico, para que la opinión pública los examine y los políticos los acepten mejorándolos y adaptándolos a los ideales que todos perseguimos para bien de la Patria.

Los elementos de la Doctrina. Como hemos dicho, estos elementos son de dos órdenes: los que se desprenden de la conducta, de la práctica observada por el Presidente Carranza en su actuación, ya como Jefe de la Revolución, ya como Jefe del Estado; y los principios proclamados expresa y verbalmente en declaraciones públicas, explicando los motivos porque luchaba la revolución y formulando los ideales de ésta.

La conducta internacional de Carranza. La política que marca una nueva época en los anales del Derecho internacional público de México, se acusa en los siguientes casos principalmente:

1. Cuando el Gobierno Americano pretendió ser el representante de Inglaterra, de Francia y de España, para reclamar al Primer Jefe del Ejército Constitucionalista los perjuicios y daños que los nacionales de aquellos países hubieran sufrido por causa de la revolución, el señor Carranza, con toda entereza, se negó a aceptar tales representaciones, porque ellas significaban que México, para los europeos, era un país tutoreado de los Estados Unidos. El señor Carranza objetó que las reclamaciones todas, de cualquier país que fuesen, deberían dirigirse a él directamente, haciendo así respetar su personalidad y la del Partido Constitucionalista que representaba la Ley y el honor de su Patria. Tal actitud y aquel tono, enojaron a todas las Cancillerías interesadas" ("Don Venustiano Carranza", por Isidro Fabela).

2. El "Caso Benton" es muy notable. Sabido es que Villa asesinó al súbdito inglés William Benton, y que Inglaterra pretendió hacer reclamaciones por conducto de Estados Unidos, quienes a su vez aceptaron ser intermediarios. El Primer Jefe contestó a Inglaterra que debía dirigir sus reclamaciones al Gobierno Constitucionalista de México; y a Estados Unidos que no les reconocía personalidad ninguna para intervenir en la forma en que pretendían hacerlo... la amenaza de intervención fue estupenda; la movilización de las tropas americanas en la frontera se hizo violentamente...; algunos de los nuestros erróneamente pedían al Primer Jefe que aceptara las representaciones que menoscababan nuestra personalidad internacional. Carranza estuvo contra todos manteniendo sin vacilaciones su digno acuerdo y confiando solamente en la razón y justicia que lo asistían. Resistió estoico todas las críticas, despreció todas las amenazas y aceptó las consecuencias de su conducta ante las responsabilidades históricas (Id., Id.).

3. El Gobierno español pretendía obtener ciertas garantías y protecciones en la mina "El Desengaño", de la Municipalidad de Guanacevi, Durango, habiendo hecho su solicitud por conducto del Gobierno Americano. El señor Carranza hizo manifestaciones idénticas a las anteriores, reclamando la negociación directa con el Gobierno Constitucionalista.

Estos casos contrastan notablemente con lo ocurrido en el llamado "Caso Bauch". Fue una reclamación de Estados Unidos en favor de un ciudadano norteamericano, presentada directamente al Primer Jefe, quien la atendió debidamente, dictando con toda eficacia las órdenes necesarias para averiguar el paradero de aquel súbdito americano que se decía haber desaparecido.

Los anteriores hechos tienen un significado de enorme trascendencia. Aun cuando la extensión y la naturaleza de estos artículos no permiten la exposición completa y detallada de ellos, puede anticiparse desde luego, que son el desconocimiento más rotundo que se haya hecho de las Declaraciones de Monroe, en su aplicación a México y a la América Latina. Las Cancillerías europeas, al acudir al intermediario de la Estadunidense, reconocían prácticamente que los asuntos exteriores de México debían ser tratados según la fórmula de Monroe, es decir, con el tutor de América.

Haber admitido tal cosa, hubiera sido aceptar un precedente funesto, porque era nada menos que la enajenación de nuestra libertad exterior. Cierto que los Estados Unidos alegaron en los anteriores casos, que España e Inglaterra no podían hacer representaciones por la falta material de agentes cerca del Gobierno Constitucionalista; pero a esto se contesto fundadamente, que en tal caso debían dar una autorización especial y expresa los Gobiernos interesados, a los funcionarios norteamericanos, los que entonces si serían admitidos a representar, pero no ya en nombre propio o en ejercicio de la tutela Monroe, sino como mandatarios de un pueblo a quien prestaban tales oficios.

Esta conducta ha sido, ante todo, la afirmación categórica de la personalidad de México, de su capacidad y de su independencia. El Primer Jefe rechazó una protección que jamás había  pedido y que no necesitaba, y obligó a Europa a tratar directamente con él.

El desconocimiento de la tutela Monroe, fue paralelo al mantenimiento de una dignidad inmaculada llena de noble altivez y de clara conciencia del presente y del futuro país. Así fue cuando protestó ante los conferencistas reunidos a invitación del A.B.C. para mediar en el conflicto surgido entre México y Estados Unidos, por culpa de Huerta, al darse cuenta de que en las conferencias se querían tratar asuntos del régimen interior de México. La consecuencia de esta protesta fue el fracaso de las conferencias del Niágara.

Igual conducta cuando la ocupación de Veracruz y durante los numerosos incidentes ocurridos en la frontera del Norte, que solamente mencionamos, faltos de espacio para exponerlos con más extensión.

Todos los casos anteriores no son conocidos suficientemente del público porque su naturaleza misma ha exigido cierta reserva y discreción, a fin de no lastimar susceptibilidades. Sin embargo, tiempo es ya de darles amplia publicidad, mostrando la acción que trabajosamente se ha desarrollado y lo que con ella se ha conseguido, para el honor del país y el respeto que debe inspirar.

Tal es la parte práctica de donde deduciremos las fórmulas de la Doctrina, debiendo antes enunciar sus otros elementos, los que, como dijimos, son su parte teórica y de principios.


"El Pueblo"

29 junio 1918.

LA DEROGACIÓN DE LA DOCTRINA MONROE POR LA DOCTRINA CARRANZA

La Doctrina Carranza.

"Nosotros mostraremos en nuestras leyes el bienestar que debe tener todo ciudadano en cualquiera Nación; haremos también una transformación en la legislación internacional, lo cual es ya una necesidad".

(Discurso pronunciado por el señor Carranza, en San Luis Potosí, el 26 de diciembre de 1915.)

Los principios o declaraciones como elementos de la doctrina. Las declaraciones hechas por el señor Carranza como Jefe de la Revolución, en las diversas ocasiones en que se ha dirigido al país, revisten una importancia de carácter histórico, porque manifiestan el pensamiento dominante de la Revolución y los propósitos que debían realizarse al convertirse ésta en Gobierno.

No pasaremos de largo sin hacer notar desde luego, ese aspecto de universalidad que toman los deseos formulados por ese revolucionario de gran talla, que no predica precisamente por el triunfo de su causa, o de su persona o de su Partido, sino que exhibe ante todo los ideales por la grandeza de México, por la unión de la América Latina y su esfuerzo, y por el advenimiento de la paz en la tierra, mediante el reino de la justicia. Nobles pensamientos que sobresalen de en medio de las tragedias de una lucha que al parecer sólo se ha iniciado persiguiendo los intereses particulares de un país y que bien pronto emprenden el vuelo para ir a cubrir los dolores de los demás pueblos, posando en el horizonte lejano su ensueño de fraternidad y enfrentándose con el porvenir de la humanidad.

Ya se había  observado ese gesto de altruismo en los grandes movimientos que han sacudido a los pueblos. La Revolución francesa proclama "los derechos del hombre" y legisla para el universo entero, -declarando al pueblo francés el aliado natural de los pueblos libres y el enemigo de las tiranías. El señor Carranza a su vez, afirma "que las leyes deben ser universales y que lo que aquí conquistemos como una verdad, sea todo aquello que en la ley humana signifique bienestar". "Sería doloroso, añade, que los principios que se van conquistando, sólo sean aprovechables a una nación. La Revolución Mexicana no es solamente una lucha armada, ni los campos ensangrentados que ya se secan, 'es el progreso de la humanidad que se impone' y que, en lo referente a México, a nosotros, por desgracia, por fatalidad o por ventura, nos ha tocado iniciar".

La Revolución proviene del adelanto fatal y necesario de la humanidad y sirve a su vez los más altos intereses de ésta. Fecundo concepto, que como el de Quinet, asigna a las revoluciones fines trascendentales y que quisiéramos comparar con las miras estrechas de ciertos "sabios" que pretenden asumir el tono y el lenguaje científicos. Quinet también decía: "Dios habla a los pueblos por boca de las Revoluciones".

Seguramente que no ha de ser vano ese anhelo de justicia universal por el que claman de cuando en cuando los reformadores de gran talla, y aquellos que, como Carranza, han estado en contacto con los profundos dolores silenciosos de los pueblos. Es que el sufrimiento de unos inclina a buscar el remedio para todos y de allí ese grito que en ocasiones se deja oír, como grito de rabia, o como deseo inmenso, o como voz austera y profunda que traduce la creencia íntima de que la justicia ha de venir: "Vendrá, vendrá, porque se le ha llamado", como clamaba la hermana de Ossian, el digno hijo de Fingal.

No es la parte menos valiosa e interesante ésta que hemos puesto de relieve, de la Doctrina Carranza; que particularmente en América, la hará atrayente, y se comprenderá a maravilla ese gesto noble y majestuoso que se reconocerá inmediatamente como el gesto familiar a los héroes de la raza: Bolívar, San Martín, Hidalgo, Juárez y Carranza, han pronunciado las palabras que encuentran eco en todo latino, porque hablan de fraternidad, de paz y de justicia.

He aquí las declaraciones de tendencias universales y americanistas, que como dice su autor, traerán el reinado, sobre la tierra "de la verdadera justicia"... "Nuestra obra de salvar a la Nación tiene más importancia todavía: La de que México sea el alma de las demás naciones que padecen los mismos males que nosotros, aun de aquellas que vemos más prósperas, como Argentina y Chile, que gozan de la paz de que nosotros disfrutamos aparentemente algunos años". "Ya es tiempo que la América latina sepa que nosotros hemos ganado con la lucha interior el restablecimiento de la justicia y el Derecho, y que ésta lucha servirá de ejemplo para que esos pueblos afirmen su soberanía, sus instituciones y la libertad de sus ciudadanos".

"Debemos unirnos como lo hemos estado durante la lucha, para que en la época de paz y de construcción, después de esta guerra que ha ido realizando una transformación general en todos los sistemas, podamos llegar a la meta de nuestras aspiraciones, logrando el engrandecimiento de toda la América española. Digo sobre todo de la América española, porque ésta la forman naciones que por su significación no han ocupado todavía el lugar distinguido que les corresponde en el progreso de la humanidad" (Fragmentos de discursos en H. Matamoros y en San Luis Potosí).

Las anteriores palabras no son un vano deseo: he aquí los procedimientos que proclaman el autor, y que el mismo pondrá en práctica para su realización:

1. "La lucha nuestra será el comienzo de una lucha universal que de paso a una era de justicia en que se establezca el principio del respeto que los pueblos grandes deben tener por los pueblos débiles".

2. "Deben ir acabando poco a poco todos los exclusivismos y todos los privilegios."

3. "El individuo que va de una nación a otra, debe de sujetarse en ésta, a las consecuencias, y no debe tener más garantías ni más derechos que los que tienen los nacionales." Este principio es uno de los puntos substanciales de la Doctrina, que poniéndolo en práctica, transformará por completo las costumbres hasta hoy observadas en el Derecho Internacional. Se refiere principalmente a los individuos. Estos deben aceptar la ley del país a donde van, tal como ella es, sin pretender obtener más ventajas que las de los nacionales. Esto se puede poner en práctica desde luego, en los países de civilización Occidental.

En cuanto a los demás que correspondan a la clasificación de Lorimer, es decir, aquellos que son objeto de un reconocimiento político parcial, que merecen la aplicación plenaria del Derecho racional y una aplicación restringida del derecho positivo y aquellos otros que solamente tienen derecho a los principios humanitarios del derecho racional, llega la Doctrina hasta el punto de sostener y afirmar que aun en estos, el individuo que a ellos se transporta, debe sujetarse a las consecuencias de su acto, sin pretender a más garantías ni a más derechos que los regionales de ese país.

4. "Reinará sobre la tierra la verdadera justicia, cuando cada ciudadano en cualquier punto que pise del planeta, se encuentre dentro de su propia nacionalidad". Este principio se refiere principalmente a los Gobiernos, por cuanto a que estos deben uniformar en lo posible la legislación para conseguir que cada nacionalidad, siendo debidamente respetada, no tenga que sufrir por el paso de los individuos de uno a otro país y que cada hombre encuentre en las leyes del lugar a donde va, las mismas garantías que en su Patria.

Esta regla de conducta para los Gobiernos, está fundamentalmente basada en el respeto a la persona humana y a sus atributos de libertad y de igualdad en cualquiera parte de la tierra. Llevando a sus extremas consecuencias, este principio facilita extraordinariamente el comercio y el intercambio, porque tiende a derogar las leyes proteccionistas, hacer desaparecer las aduanas y a abolir las alcabalas o derechos de importación, para establecer el libre cambio universal y dejar toda clase de productos y sus precios, exclusivamente al régimen de las leyes económicas de la oferta y la demanda, la competencia, etc.

5. "No más bayonetas, no más cañones, no más acorazados para ir detrás de un hombre que por mercantilismo va a buscar fortuna y a explotar las riquezas a otros países y que cree que debe tener más garantías que cualquiera de los ciudadanos de su país, que trabajan honradamente". Este principio completa el sistema de los dos anteriores. Encierra un nuevo concepto de la diplomacia. Esta ya no será, de hoy en más, la protección de intereses particulares e individuales, ni será la causa de que la majestad de las naciones se ponga al servicio de los intereses cambiantes de cualquier súbdito. El papel de la diplomacia será más alto y más noble; tendrá por objeto representar los intereses generales de la civilización y orientar las grandes corrientes de ésta, procurando el intercambio moral, para el establecimiento del equilibrio cultural en la humanidad.

"Esta es la revolución, señores, esto es lo que regirá a la humanidad más tarde, como un principio de justicia."

Así son las declaraciones o principios de Carranza, varón justo.

Expuestos los elementos que constituyen la Doctrina, tratemos ahora de formularla en proposiciones claras y sencillas, haciendo la síntesis de las exposiciones anteriores.

 

"El Pueblo"

30 junio 1918.

LA DEROGACIÓN DE LA DOCTRINA MONROE POR LA DOCTRINA CARRANZA

SINTESIS DE LA DOCTRINA Y MEDIOS DE PERPETUAR SU VIGENCIA

Síntesis. Conocidos los elementos de que se desprende la Doctrina, la expondremos en fórmulas claras y sencillas:

1. Desconocimiento de la llamada Doctrina de Monroe, en su aplicación a México, o en otros términos: México no consiente que sus negocios exteriores e interiores estén sujetos a la vigilancia y aprobación de Estados Unidos. México rechaza la tutela a que pretenden someterlo las declaraciones del Presidente Monroe.

2. Para fundar una política de unión íntima y de solidaridad real con la América Latina, México invita a las Repúblicas Centro y Sudamericanas, a desconocer la Declaración de Monroe y a proclamar la libertad de resolverse y determinarse por sí mismos, asumiendo la entera responsabilidad de sus actos.

3. El mutuo y escrupuloso respeto de la independencia, del territorio, de los derechos y de las organizaciones interiores de cada país y especialmente el respeto de los pueblos grandes a los pequeños. En americano debe haber ni invasiones de territorio, ni conquistas, ni intervenciones de ningún género. América debe adoptar como la base inquebrantable de su solidaridad, el principio de no intervención.

4. Ningún individuo debe pretender a una situación mejor que la de los ciudadanos del país a donde va.

5. Todas las legislaciones deben asegurar igual protección y respeto a la persona humana, y no hacer distinciones -excepto las del ejercicio de la soberanía por causa de nacionalidad. El hombre es ciudadano del mundo.

6. Ni la fuerza de las Naciones ni la diplomacia, deben servir para la protección de intereses de particulares o para ejercer presión sobre los gobiernos de pueblos débiles, a fin de obtener modificaciones a las leyes que no convengan a los súbditos de un país poderoso.

La diplomacia debe velar por los intereses de la civilización y de la humanidad.

La representación diplomática no significa por sí sola la relación de amistad entre dos países; es índice de ella, pero no el único; porque las Cancillerías son capaces de desarrollar un acercamiento entre los pueblos. (Un ejemplo muy instructivo y una brillante aplicación de la Doctrina, ha sido el reciente caso de Cuba, en el que, como es bien sabido, el Gobierno mexicano retiró su representación diplomática y dejó los intereses y los súbditos mexicanos al amparo de la legislación cubana, haciendo protestas de amistad y conservándola real y efectivamente con la Cancillería y con el pueblo cubano).

Esta doctrina, por su carácter de universalidad, por la espontaneidad con que ha nacido del instinto de defensa frente al poder de la Unión Americana, por asegurar a todos los países su independencia y su dignidad, se ganará bien pronto los sufragios del mundo civilizado y en especial de la América latina. México debe mantenerla buscando medidas de carácter permanente, para evitar que perezca una vez que falte la vigorosa personalidad que la sustenta hoy. Estas medidas, a nuestro modo de ver, son tres: 1a. El desconocimiento formal, categórico y solemne de la Declaratoria de Monroe; 2a. Las alianzas con Europa o con otros países; y 3a. Un sistema de tratados con América latina.

1. Desconocimiento formal y expreso de la Doctrina Monroe. Creemos conveniente que el señor Presidente de la República, en un acto solemne, como por ejemplo en su próximo Mensaje a las Cámaras de la Unión, declare categóricamente que la República Mexicana no reconoce ni reconocerá jamás como sistema de principios internacionales a ella aplicables, la Declaratoria conocida generalmente con el nombre de Doctrina de Monroe. Tal declaración será el punto de partida de desconocimientos análogos por toda la América, y servirá para regir las futuras relaciones con Europa y con Estados Unidos, en donde se ha creído que el silencio que han guardado los interesados, es una prueba de su asentimiento.

2. Las alianzas. En América se ha tomado al pie de la letra la famosa recomendación de Washington al pueblo Americano, de no hacer alianzas. En Estados Unidos se ha respetado hasta antes de la guerra actual la recomendación del Gran Patricio, y América latina, por una sugestión muy explicable en países recientes e inexpertos, ha desechado de sus prácticas el sistema de alianzas por medio de vivir en paz. Se dice que la actual guerra europea se ha propagado tan extraordinariamente por las alianzas que mantenían el equilibrio europeo, y con tales antecedentes se proclama, como una de las reformas de más importancia que producirá la guerra, la abolición absoluta de estas.

A nuestro modo de ver, las alianzas no han sido causa determinante de la propagación de la guerra, y ningún pueblo sabio debe aceptar por sistema una conducta que a veces puede estar reñida con sus vitales intereses. En los actuales momentos y para estar listos a las consecuencias de la guerra, México debe armarse hasta los dientes.

Las utopías socialistas del desarme universal y las exageraciones antimilitaristas, han sufrido cruel mentís con la actual guerra que ha mostrado la necesidad imperiosa de ser fuertes. La personalidad de los Estados Unidos se vigoriza, correspondiendo este movimiento en la Sociedad de las Naciones, al principio individualista que rigió la política interior durante los siglos XVIII y XIX. Los que sí se modificarán serán los procedimientos hasta hoy usados, que consistían en el mantenimiento de numerosos ejércitos permanentes y en la imposición de pesadas cargas para atenciones de guerra; pues se puede lograr mejor resultado por medio de la militarización universal: cada ciudadano debe ser soldado.

Particularmente México necesita armarse, organizarse en el interior, poner en alta fuerza sus efectivos, haciendo de cada ciudadano un soldado, y de cada soldado un ciudadano, y sobre todo, contraer alianzas. Alianza con países poderosos cuyas relaciones y cuyos intereses en México sean de bastante importancia a desear se mantenga fuerte e independiente; alianzas morales y materiales, ofensivas y defensivas para imponer respeto, no sufrir vejaciones y ser campo abierto a libre competencia.

La debilidad de México es una cosa que ya debe desaparecer de nuestro lenguaje y no ser el obstáculo que se presenta por delante siempre que se trata de iniciativas valientes o de resoluciones nuevas. Si México ha desconocido la Declaratoria tutelar de Monroe y quiere poner en práctica su Doctrina, la Doctrina Carranza, es preciso que sea fuerte y que se arme. La entereza del Presidente, la firme voluntad de los ciudadanos de hacer una Patria grande, la simpatía y el indiscutible apoyo de América latina, deben estar sustentados en fuerza numérica y efectiva, contante y sonante, y en fuerza posible procedente de las alianzas. Posiblemente la Doctrina de Monroe quiera armarse de todas armas para defender un imperio que se le escapa. Pero la nueva Doctrina Carranza, más joven, más hermanable y más universal, vencerá en cualquier terreno a la caduca.

No debemos estar aislados. América latina es nuestra aliada natural, pero no puede hacer práctica su ayuda sino en una corta escala. En Europa y en otros países es en donde México ha de negociar sus ligas.

3. Los tratados. Un sistema de tratados con la América latina para asegurar el intercambio moral, comercial y de todo orden, dará vida a la Doctrina Carranza, que sustenta México. En esos tratados se estipularán las condiciones liberales apuntadas antes, la plena garantía de todos los súbditos de cualquiera nacionalidad, en México. Esto y un amplio espíritu de concordia y de verdadera amistad, mantendrán la influencia mexicana y harán más perdurable la simpatía hacia nosotros.

México y Estados Unidos han sido hasta hoy los polos de influencia en la América latina. El segundo, en su época presentó como cartabón de sus relaciones una Doctrina estrecha, egoísta, proteccionista e intervencionista. Probablemente la Declaratoria de Monroe desempeñó una función social cuya importancia aun no es bien aquilatada; pero pasada la época, habiendo despertado todas las Repúblicas desde el Bravo hasta el Cabo de Hornos, es unánimemente rechazada, y el porvenir ofrece nuevos lineamientos en que caben todas las aspiraciones, todas las Naciones y todas las razas.

La Doctrina Carranza posee las virtudes sociales necesarias para perpetuarse, porque no está fundada en intereses transitorios sino en permanentes y universales de la humanidad.

 

Fuente:

DOCUMENTOS HISTÓRICOS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA XVIII.
Fundador: Isidro Fabela
Revolución y Régimen Constitucionalista Volumen 6° del Tomo I
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCIA, HUMBERTO TEJERA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1970. pp.44-61.