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Siglo XX > 1910-1919 > 1916

Revolución y Régimen Constitucionalista. Documento 782. Conferencia dictada por el Ing. Alberto J. Pani ante los miembros de la "American Academy of Political and Social Science".
Atlantic City N. J. Noviembre 13, 1916.

 

Conferencia dictada por el Ing. Alberto J. Pani ante los miembros de la "American Academy of Political and Social Science", y de la "Pennsylvania Arbitration and Peace Society", en Philadelphia, Penn., bajo el tema "El Gobierno Constitucionalista ante los problemas sanitario y educativo de México". [F9-35-X. A.I.F.]

 

Comisión Unida Mexicana-Americana
Hotel Traymore, Atlantic City N. J.
Noviembre 13, 1916.

Señor don Venustiano Carranza,

Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Encargado del Poder Ejecutivo.

Ciudad de México.

Muy estimado y respetable amigo:

Tengo el gusto de enviar a usted adjunta una copia del discurso que pronuncié en la Sesión que la "American Academy of Political and Social Science" y la "Pennsylvania Arbitration and Peace Society" celebraron en honor de la Comisión Unida Mexicana-Americana. El tema adoptado para dicho discurso fue el de los ataques que han venido haciendo últimamente nuestros enemigos de este país al Gobierno que usted dignamente preside.

Con este motivo me es grato repetirme de usted afectísimo amigo y atento seguro servidor.

Alberto J. Pani


EL GOBIERNO CONSTITUCIONALISTA ANTE LOS PROBLEMAS
SANITARIO Y EDUCATIVO DE MÉXICO

Señor Presidente:

Señores Miembros de la Academia y de la "Pennsylvania Arbitration and Peace Society"

Señoras y Señores:

Durante el período más agudo y violento de una Revolución Armada -un verdadero caos infernal en que parece que el pueblo, furiosamente, después de aniquilarlo todo, se va a suicidar en masa- las noticias de hechos aislados, por horripilantes que sean, casi no impresionan ante el espanto causado por la catástrofe general.

A medida que la lucha se organiza, por el agrupamiento de los hombres alrededor de los diversos núcleos que representan los principios antagónicos en acción, los individuos van adquiriendo, cada vez, mayor importancia, hasta que, preponderando absolutamente el grupo que mejor supo interpretar y sostener las ambiciones y necesidades de la mayoría del pueblo, se comete comúnmente el absurdo de exigir a su núcleo director el cumplimiento fiel de todas las obligaciones que corresponden a un Gobierno definitivamente constituido: el escándalo que provocan entonces las noticias de casos aislados de desgracias sufridas por los individuos, en sus personas o en sus intereses, alcanza una intensidad tanto más grande cuanto menor es la frecuencia con que se suceden dichos casos.

Esto es lo que pasa, ni más ni menos, con el Gobierno actual de México: Tómense dos fechas cualesquiera, desde que empezó a organizarse, compárense honrada y desapasionadamente las condiciones relativas de la vida nacional y se tendrá que convenir en que el país marcha aceleradamente hacia el restablecimiento de su normalidad política y social. Es un hecho indiscutible también que, por ejemplo, la interrupción momentánea de una línea de comunicación o el asalto de un tren o de un pequeño poblado por los rebeldes o los forajidos, causa ahora una impresión exagerada, quizás porque se ha olvidado que, hace muy poco tiempo aún, la mayor parte de las líneas ferroviarias y de las ciudades de toda la República estaban en poder de dichos rebeldes o forajidos y, además, que en el territorio dominado por el Gobierno Constitucionalista, eran asaltados con demasiada frecuencia, los trenes y las ciudades.

Pero lo que sí es enteramente inconcebible es que se pretenda hacer responsable al Gobierno actual de las faltas cometidas por los Gobiernos anteriores. La Revolución misma es una consecuencia natural de estas faltas: toca a los Gobiernos pasados -que no supieron evitarla- la responsabilidad de los males que haya podido ocasionar y, si la Patria se salva -que sí se salvará- será sólo debido a los ciudadanos que hayan querido y quieran en lo sucesivo, con tan alto y noble propósito, sacrificarse. El sacrificio, en efecto, es el único material con que puede intentarse la construcción de una verdadera Patria.

Los enemigos del nuevo Régimen -irreductibles, principalmente, por su incapacidad para soportar la parte de sacrificio que les ha impuesto- queman ahora sus últimos cartuchos, pretendiendo cargar injustificadamente sobre el Gobierno Constitucionalista el peso de muchas de las calamidades que motivaron la Revolución y que dicho Gobierno, siguiendo el impulso generoso que lo engendró, intenta corregir. Así se explican muchas de las protestas de los descontentos y -preciso es reconocerlo- el fenómeno monstruoso de que las mencionadas protestas sean más enérgicas y ruidosas cuando tienden a defender el capital que cuando se dirigen a la defensa de la vida misma.

El tema que he escogido para mi Conferencia de esta noche, se refiere, precisamente, a una de esas calamidades -herencia vergonzosa del pasado- que empieza ya a ser aprovechada para atacar al Gobierno Constitucionalista, el primero, de cuantos Gobiernos han regido los destinos de México, que se preocupa seriamente por dicha calamidad y se empeña anhelosamente en curarla. Habiendo sido yo el designado por el Encargado del Poder Ejecutivo de México, Ciudadano Carranza, para hacer el estudio relativo, sólo tendré que resumir o copiar, para desarrollar el tema enunciado, algunos fragmentos de dicho estudio.

"Una de las obligaciones más imperiosas que la civilización impone al Estado es la de proteger debidamente la vida humana -para posibilitar así el crecimiento progresivo de la Sociedad- popularizando los preceptos de la Higiene privada y practicando los de la Higiene pública; para lo primero, dispone de la Escuela, como un excelente órgano de propaganda; para lo segundo, con influencia más directa sobre la salubridad, recurre principalmente a Establecimientos especiales (curación, desinfección y profilaxis), a obras de Ingeniería Sanitaria y a leyes y reglamentos de cuya observancia responde un personal técnico, administrativo y de policía, convenientemente organizado. Puede decirse, por lo tanto, sin temor de exagerar, QUE EXISTE UNA RELACIÓN NECESARIA DE PROPORCIONALIDAD DIRECTA ENTRE LA SUMA DE CIVILIZACIÓN CONQUISTADA POR UN PAÍS Y EL GRADO DE PERFECCIONAMIENTO ALCANZADO POR SU ADMINISTRACIÓN SANITARIA".

Las actividades, en este respecto, del Gobierno del General Díaz, durante los treinta y tantos años de paz forzada y de aparente bienestar material, se dedicaron, casi exclusivamente, a la realización de obras que satisficieran a la vanidad o que dieran ocasión de lucro y, muy pocas veces, a las reclamadas por las verdaderas y más urgentes necesidades del país.

Se construyeron, en efecto, grandiosos edificios -sólo en el Teatro Nacional y en el Palacio Legislativo, que no hubo tiempo de concluir, se pensaba gastar cerca de sesenta millones de pesos- y cuando solía emprenderse algunos trabajos de utilidad pública, la ejecución de éstos se sujetaba siempre a los fines bastardos indicados: así, por ejemplo, las obras de urbanización de las ciudades -que no llegaron a terminarse ni siquiera en la Capital de la República, a pesar de las manifiestas condiciones de insalubridad de algunos centros importantes de población- se iniciaban siempre con elegantes y dispendiosos pavimentos de asfalto que había que destruir y reponer, posteriormente, cada vez que se decidía la construcción de una atarjea o de un tubo de agua.

La gestión educativa oficial, finalmente -sin cuyo concurso valen poco, en un país como el nuestro, los demás intentos de engrandecimiento nacional- parecía dedicar atención muy preferente a la construcción de costosos edificios para las Escuelas: sólo así se comprende, en efecto, que la proporción de los individuos que saben leer y escribir, ni siquiera llegue al 30% de la población total de la República.

El balance que arroja, en el punto de que se trata, la larga administración del General Díaz, no podía ser más pavoroso: promediando las cifras de mortalidad que corresponden al período de nueve años de 1904 a 1912 -la época de mayor auge de dicha administración- resulta para la ciudad de México, que es el lugar del país en que se ha acumulado una mayor suma de progreso material y de cultura, una mortalidad anual de 42.3 defunciones por cada mil habitantes, esto es:

I. Casi el triple del coeficiente medio de mortalidad de las ciudades americanas de población semejante (16.1);

II. Casi dos veces y media mayor que el coeficiente medio de mortalidad de las ciudades europeas comparables (17.53) y

III. Mayor aún que los coeficientes de mortalidad de las ciudades Asiática y Africana de Madrás y Cairo (39.51 y 40.15, respectivamente) no obstante de que en aquélla el cólera morbus es endémico.

El número medio anual, correspondiente al mismo periodo arriba considerado, de las defunciones causadas en la ciudad de México por enfermedades posiblemente EVITABLES, POR LA DEBIDA SATISFACCIÓN DE LAS PRESCRIPCIONES DE LA HIGIENE PÚBLICA Y PRIVADA -un capítulo incontestable de acusación contra el Gobierno del General Díaz- ASCIENDE A MÁS DE 11,500. Ahora bien, como las muertes ocasionadas por la revolución, en seis años, seguramente no llegan a 70,000, resulta que el Gobierno del General Díaz -tan elogiado por propios y extraños- en plena paz y prosperidad, no mataba menos gente que una Revolución formidable que incendió a toda la República y horrorizó al mundo entero.

Y es que el Gobierno del General Díaz desconoció o aparentó sistemáticamente desconocer la fórmula del Progreso Integral -que es el único que ennoblece positivamente a la Humanidad- y gastó sus energías en manifestaciones aparatosas de un PROGRESO PURAMENTE MATERIAL Y FICTICIO, con su indispensable corte de vicios y de corruptelas. La fastuosa celebración del aniversario de la Independencia Nacional -la más descarada mentira con que se ha engañado al mundo- se verificó, precisamente, en vísperas de que estallara la Revolución Popular de 1910, ante cuyo empuje inicial el Gobierno se derrumbó como un débil castillo de naipes.

Volvamos ahora al Gobierno Constitucionalista: en su bandera trae los propósitos más firmes de mejorar las condiciones de vida individual y social del pueblo y su sinceridad y energía pueden ya demostrarse no sólo con palabras, sino también con hechos.

Durante su estancia en el Puerto de Veracruz -fines de 1914 y la mitad de 1915- mientras el Ejército reconquistaba el territorio de la República -al principio casi totalmente en poder del enemigo- el Gobierno Constitucionalista, a pesar de las constantes atenciones reclamadas por la dirección de la campaña más activa que registra la Historia de México, se ocupaba también en el estudio y resolución de todas las cuestiones relacionadas con la reorganización eficiente política y administrativa del país.

Cualquiera que medio conozca nuestra historia y pueda recorrer con espíritu sereno el largo y complicado proceso de formación de nuestra nacionalidad, desde la época precortesiana -a través de la conquista, del virreinato, de las luchas de independencia, de las convulsiones, sólo interrumpidas por la forzada paz porfiriana, de cerca de un siglo de existencia autonómica- hasta nuestras días, tendrá que descubrir en las manifestaciones más salientes de la vida del organismo nacional, los síntomas inequívocos de un estado patológico grave, engendrado por dos causas principales: LA ASQUEROSA CORRUPCIÓN DE LOS DE ARRIBA Y LA INCONSCIENCIA Y MISERIA DE LOS DE ABAJO".

Los inicuos procedimientos de que se valió Don Porfirio Díaz para imponer la paz, durante más de treinta años, no sólo nulificaron todo esfuerzo tendiente a remediar los males apuntados, sino que, además, determinaron una marcada intensificación de los mismos. En efecto: satisfizo espléndidamente los apetitos desenfrenados de sus amigos; aniquiló despiadada y criminalmente a los que no le eran adictos; fomentó la cobardía y la mentira ambientes, reprimiendo sistemáticamente con mano de hierro todo impulso viril y estorbando siempre la expresión libre y honrada de la verdad; puso la administración de justicia al servicio incondicional de los intereses de los ricos y jamás oyó las quejas de los pobres; en una palabra, aumentó la inmoralidad y corrupción de la reducida y privilegiada clase directora y aumentó también, por consecuencia, los sufrimientos de la inmensa mayoría expoliada, ignorante y hambrienta.

Así, pues, los treinta y tantos años de paz sólo sirvieron para ahondar más aún el abismo secular de odios y rencores que separa a las dos clases mencionadas y provocar, de modo necesario y fatal, la formidable conmoción social que, iniciada en 1910, acaba de sacudir tan frenéticamente a la República entera.

Es inconcuso que los tres aspectos que he presentado del problema -el económico, el intelectual y el moral- coinciden con los fines que persigue la Educación, mediante las Escuelas, tal como han sido idealmente soñadas por los pensadores, esto es, como 'Instituciones que tienen por objeto guiar y controlar la formación de hábitos para la realización del más alto bien social'. Pero nuestras escuelas, por desgracia, no han llegado a tener hasta ahora la fuerza necesaria para atenuar en un grado apreciable, la horrible inmoralidad ambiente o para hacer algún contrapeso a sus efectos inevitables de disolución social.

El problema verdadero de México consiste, pues, en higienizar física y moralmente la población y en procurar, por todos los medios, una mejoría en la precaria situación económica de nuestro proletariado.

La parte que en la solución del problema corresponde, por lo tanto, a la gestión educativa oficial del Ministerio o de los Municipios, debe ser realizada, según lo expuesto arriba, creando y sosteniendo el mayor número posible de escuelas, para lo cual será preciso reducir el costo de éstas por efecto de una simplificación racional de la organización y del programa escolares, sin perder de vista que sus orientaciones preferentes deben estar señaladas: por el carácter esencialmente tecnológico de la enseñanza, para cooperar, con todos los otros órganos del Gobierno, en la obra del mejoramiento económico popular y por la difusión de los principios elementales de la Higiene, como única protección efectiva de la raza.

Y como, finalmente, el medio constituye un factor educativo más poderoso que las escuelas mismas, el País necesita, ante todo y sobre todo, organizar su administración pública sobre una base de absoluta moralidad.

Concretándome, para concluir, al objeto de esta Conferencia, me bastaría citar el hecho de que cuando el Gobierno Constitucionalista dominaba sólo una pequeñísima parte del país, fueron enviados a los principales centros de cultura de los Estados Unidos -en los momentos en que los dólares eran tan necesarios para comprar cartuchos- varios centenares de profesores, con el fin de que estudiaran los mejores métodos de enseñanza y promovieran, a su regreso, reformas adecuadas en la Escuela Mexicana.

Posteriormente, además, a pesar de las innumerables y grandes dificultades que parecían obstruir cada paso del Gobierno, ha sido posible aumentar considerablemente el número de Escuelas existentes antes de la Revolución -al grado de haberse hasta duplicado dicho número en algunos Estados-, se han ejecutado importantes obras de urbanización en las ciudades de México, Saltillo, Querétaro, Veracruz, etc., y están para iniciarse los trabajos de dragado de la boca del Río Pánuco, habiéndose especificado en el contrato relativo que los productos de dicho dragado se utilicen precisamente en terraplenar la zona pantanosa que rodea a Tampico, con lo cual desaparecerá la principal causa de insalubridad de esta ciudad.

En suma, para que el Gobierno emanado de la Revolución Constitucionalista realice su programa de mejoramiento popular, que implica la higienización física y moral de México, no se requiere más que se le deje el tiempo en que humanamente sea posible realizarlo: sólo por arte de magia podría transformar, en un momento, a un grupo de hombres en Coro de Ángeles y a un pedazo de tierra en Paraíso".

Philadelphia, Penn., 10 de noviembre de 1915.

Alberto J. Pani

 

Fuente:

DOCUMENTOS HISTÓRICOS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA XVII.
Fundador: Isidro Fabela
Revolución y Régimen Constitucionalista Volumen 5° del Tomo I
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCIA, HUMBERTO TEJERA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1969. pp.190-197.