1914
La intervención norteamericana en Veracruz (1914). Documento 9. Partes rendidos por el general Gustavo A. Mass, relativos a la invasión del puerto de Veracruz, por fuerzas norteamericanas.
México, mayo 25 de 1914.


 

Partes rendidos por el general Gustavo A. Mass, relativos a la invasión del puerto de Veracruz, por fuerzas norteamericanas. [A. H. D. N., XI/48.5/315. caja 148.]

 

Ejército Nacional

General de División.

Tengo la honra de acompañar a usted el Parte Oficial detallado de los acontecimientos ocurridos en Veracruz el 21 de abril del presente año como ampliación del parte telegráfico que en su oportunidad tuve el honor de rendir a esa Superioridad.

Tengo el honor, mi general, de hacer a usted presentes mi subordinación y respeto.

Libertad y Constitución, México, mayo 25 de 1914.

El General de División.

Gustavo A. Mass.

Recibo al departamento de Estado Mayor para estudio e informe.

Al C. General de Ejército. Secretario de Guerra y Marina.

Presente.

 

Ejército Nacional

General de División.

Tengo la honra de rendir a la Secretaría del digno cargo de usted el parte oficial de los acontecimientos desarrollados el día veintiuno de abril del corriente año, con motivo del desembarque de las tropas americanas en el puerto de Veracruz.

Creo conveniente manifestar, antes de entrar al detalle de este parte, que en la Comandancia Militar de mi cargo no había noticia alguna de que en la fecha citada se efectuaría el desembarque de los invasores; pues si bien es cierto que algunos rumores relacionados con dicho desembarque, corrieron en Veracruz días antes al veintiuno, éstos fueron desmentidos y no se tomaron en cuenta dado que por el largo tiempo que los buques americanos habían permanecido en aguas territoriales hostilizándonos solapadamente, era ya vulgar esa especie.

La noticia verdadera de los sucesos que tuvieron lugar no la recibió nadie antes de media hora, y aun los mismos cónsules de las potencias extranjeras, que por razón de su encargo, debían haber estado informados con anticipación de lo que iba a suceder, lo ignoraron hasta media hora antes de que las tropas invasoras hollaran el territorio nacional, en que les fue comunicada por una Circular del Consulado Americano la resolución del Gobierno de los Estados Unidos del Norte para que el contra-almirante Fletcher tomara el puerto inmediatamente. (Lo anteriormente expresado lo supe por informes que me proporcionaron primeramente el cónsul de Guatemala, D. Enrique D'Oleire, quien me mostró la circular a que antes me refiero, y en seguida, por el vice cónsul de España, D. Manuel Bayón.)

Como dije antes, lo relativo al desembarque de las tropas americanas era ya vulgar; pero en atención a que en el día citado se notó en la ciudad gran alarma, y el Comercio, después de las diez y media de la mañana comenzó a cerrarse, en previsión de lo que pudiere ocurrir, y no con la certeza de lo sucedido; pues como dejo expresado, en la Comandancia Militar de mi cargo no había noticia alguna del desembarque, ordené que las fuerzas de la guarnición, previamente acuarteladas, estuvieran listas para recibir órdenes.

Se estaba cumpliendo con esta disposición cuando fui avisado a las diez y cincuenta minutos de la mañana que del Consulado Americano deseaban hablarme por teléfono: ocurrí a la bocina y el secretario de dicho Consulado me comunicó de parte del cónsul de los Estados Unidos del Norte, Wm. H. Canada, que el contra-almirante Fletcher, en cumplimiento de órdenes de su Gobierno, desembarcaría tropas desde luego para tomar el puerto de Veracruz, y que dicho contra-almirante esperaba que para evitar la efusión de sangre las fuerzas de mi mando no harían ninguna resistencia permaneciendo en su Cuartel, y que yo no tomaría ninguna medida respecto a los trenes y material rodante de ferrocarril que se encontraban en la Estación Terminal.

Le contesté que tal desembarque no lo podía consentir y que, con los elementos de que disponía, repelería toda agresión que se hiciera a la Soberanía Nacional, así como que, respecto a los trenes y material rodante del ferrocarril obraría en la forma que lo estimara conveniente. Como si esta declaración no hubiese bastado, se me hizo repetir la resolución que tomaba, y entonces la expresé con mayor energía, separándome del teléfono.

Cuando abandonaba el aparato recibí por distintos conductos y de viva voz, la noticia de que las tropas americanas se dirigían en lanchas sobre los muelles y estaban llevando a cabo su desembarque en el que está frente a la Estación Terminal; de modo que apenas transcurrieron diez minutos entre el telefonema del Consulado Americano, y el desembarque de los marinos.

Desde luego ordené al mayor Diego E. Zayas, jefe de los trenes militares, que a la sazón regresaba a darme cuenta del desempeño de una comisión que le confié, que pusiera inmediatamente a salvo las máquinas y el material rodante del ferrocarril que hubiera en la Estación. En seguida, en compañía del coronel médico cirujano Arcadio T. Ojeda, que llegaba comunicándome la noticia y pidiéndome instrucciones, me dirigí a los Cuarteles con objeto de ordenar que inmediatamente salieran tropas que fueran a batir a los americanos que ya estaban desembarcando.

En el Cuartel del 19° Regimiento de Infantería ordené al teniente coronel Albino R. Cerrillo, que fue el primer jefe que se me presentó, que con parte del citado regimiento marchara por la Avenida de la Independencia rumbo al muelle de la Terminal, con la misión de rechazar, a toda costa, a las tropas invasoras e impedir que continuaran su desembarque. Al Gral. Francisco A. Figueroa, jefe del Cuerpo, que bajó después a presentárseme, le ordené que alistara y municionara al resto de la tropa del mismo para que con esa fuerza, más los individuos que formaban el Depósito de Reemplazos y algunos otros piquetes, quedara en el Cuartel con objeto de proteger el edificio de la Comandancia Militar y recoger los pertrechos de guerra y demás objetos que por la premura del tiempo no había sido posible alistar para ponerlos en salvo.

En el Cuartel del 18° Regimiento ordené al Gral. Luis B. Becerril, jefe del mismo, que alistara toda su fuerza y procediera a formar en el interior del Cuartel a todos los paisanos del pueblo de Veracruz que acudían en masa para aprestarse a la defensa de la Patria, a fin de que se les proveyera de las armas y municiones, que con tal objeto fueron llevadas violentamente de los Almacenes de Artillería del Puerto.

En la Prisión Militar ordené al teniente coronel Manuel Contreras que armara y municionara a los procesados y sentenciados reclusos en la expresada, para que juntamente con los paisanos marchara por la Avenida del Cinco de Mayo rumbo al muelle de la Terminal, con el mismo objeto que el teniente coronel Cerrillo.

A continuación ordené se comunicara a la Batería Fija estuviera dispuesta a la mayor brevedad en espera de órdenes para salir a tomar posiciones.

Hecho todo lo que antecede monté en un coche en compañía del Cor. Ojeda, del Cap. de navío Aurelio Aguilar, del mayor de ingenieros Joaquín Pacheco, y dos oficiales para dirigirme a los muelles a fin de darme cuenta exacta de lo que estaba ocurriendo. Tomamos por la Avenida de la Independencia, en donde ordené al mayor Pacheco que en compañía del capitán 2° de ingenieros Pedro P. Romero fuera a encontrar al mayor Zayas y le prestara ayuda para dar cumplimiento a las órdenes que tenía, y al capitán de navío Aguilar que se dirigiera a la Escuela Naval a esperar mis órdenes.

Al llegar a la Plaza de Armas me dirigí a la Estación Terminal por las calles de Zamora y Zaragoza; en esta última un paisano subió al coche en que íbamos para avisarme que efectivamente los americanos habían desembarcado ya y se encontraban posesionados de la Estación Terminal, edificio de Correo y Telégrafos y se disponían a marchar sobre la Aduana Marítima, haciéndome ver que no tenía objeto que me dirigiera al muelle por encontrarse en poder de los marineros americanos. En vista de esto, regresé en compañía del coronel Ojeda y un oficial por las mismas calles. Al llegar a la plaza de Armas encontré al teniente coronel Cerrillo que al frente de unos ciento cincuenta hombres del 19° Regimiento venía por la Avenida de la Independencia a cumplir la orden recibida; lo puse al tanto de la situación, tal como la conocía, y ordené que rechazara el avance del invasor que ya había desembarcado.

Continué en seguida mi marcha por la Avenida de la Independencia hasta llegar al crucero de la calle de Francisco Canal en donde el coronel Ojeda se separó de mi lado para trasladarse al Hospital Militar a tomar todas las providencias necesarias para atender eficazmente a los heridos que fueran llevados en el curso del combate; tomando la calle de Francisco Canal seguí por la de Cinco de Mayo rumbo a los Cuarteles; llegado a ellos encontré que a excepción de las fuerzas del teniente coronel Cerrillo, los sentenciados y procesados de la Prisión Militar, y los voluntarios que se habían presentado y que fueron alistados por el teniente coronel Contreras, el resto de las fuerzas no se encontraba aún listo debido a la negligencia de los jefes y muy especialmente del general brigadier de infantería Francisco A. Figueroa, a quien reproché su apatía y le previne que le quitaría el mando si no daba cumplimiento a mis órdenes.

Mandé al general Becerril que marchara por la Avenida del Cinco de Mayo a fin de apoyar a las fuerzas que ya se habían empeñado en el combate. En estos momentos, once y media de la mañana, la lucha con los invasores se había entablado por distintos puntos de los que paso a dar cuenta pormenorizada:

A las once y minutos de la mañana la tropa del teniente coronel Cerrillo tomó contacto con el enemigo al desembocar por la Avenida Morelos a la Plazuela que está frente al edificio de Correos y Telégrafos, del que se habían posesionado las fuerzas americanas. El tiroteo que ahí se entabló fue nutrido y no obstante que el enemigo era superior en número y elementos (contaba con numerosas ametralladoras), los soldados federales lo mantuvieron a raya no dejándolo avanzar un palmo de terreno y causándole entre tanto bastante bajas.

La fuerza del teniente coronel Contreras al llegar a la Plaza de Armas se dividió en dos fracciones; una de las cuales, a las órdenes de dicho jefe, marchó por las calles de Zamora para ir a situarse en la de Zaragoza frente a los cobertizos de la Aduana, en donde batió al enemigo con vigor impidiendo por más de dos horas que los invasores se posesionaran del edificio; y la otra fracción se reunió a las fuerzas del teniente coronel Cerrillo que continuaba batiéndose.

Al efectuar el invasor su desembarque por los malecones que se encuentran frente a la Escuela Naval fueron recibidos con un fuego muy nutrido por los alumnos de ese Plantel desde cuyo punto lograron obligar al enemigo a reembarcarse en sus lanchas y retirarse, viéndose precisado a hacer uso de la artillería de sus barcos para apoyar un segundo desembarque, bombardeando el edificio de la Escuela Naval en donde los alumnos resistieron heroicamente el ataque de los americanos, cubriéndose de gloria. Es de lamentarse la muerte del alumno de dicho Establecimiento Virgilio C. Uribe, que fue mortalmente herido sucumbiendo en breves instantes.

En la Batería Fija, el comandante de ella, capitán 1° Leonardo Anchondo, se ocupaba en alistar todo su material. Como las fuerzas invasoras que desembarcaron por el muelle de Sanidad la atacaran haciendo un fuego intenso sobre ella, dispuso el capitán Anchondo que el capitán 2° Luis G. Salas con una pieza se pusiera en batería en la esquina de las calles de Esteban Morales. Este oficial, auxiliado eficazmente por los tenientes José Azueta y Alfredo Cañete protegió a la Artillería mientras se efectuó el atalaje y se reunió el material y pertrechos restantes en los Almacenes de Artillería.

En la Estación Terminal el mayor Zayas procedió a su vez, y con toda actividad, a expedir sus órdenes a los maquinistas para que arrastraran el material rodante y lo sacaran de la estación conduciéndolo a Tejería, órdenes que fueron efectuadas con mucha prontitud no obstante que para hacerse obedecer, tuvo necesidad de intimidar a algunos maquinistas. Solamente se abandonaron dos máquinas que estaban fuera de servicio y algunos carros dormitorios y de pasaje que en número de doce o catorce habían llegado en los trenes de la mañana, los cuales no fue posible sacar por encontrarse las fuerzas americanas ya posesionadas de la Estación. La salida de los últimos trenes se efectuó bajo el fuego del enemigo, y una vez que habían pasado todos ellos por la Estación de Los Cocos procedió a interrumpir la vía levantando un tramo de cincuenta metros en el punto donde se cruza con el Ferrocarril del Istmo.

En el Hospital Militar la primera providencia que tomó el coronel Ojeda, director del mismo, fue mandar uniformar a los enfermos que se encontraban en aptitud de tomar las armas, a cuyo efecto ordenó que un oficial fuera a recabarlas a los Almacenes de Artillería del Puerto, habiendo obtenido setenta fusiles y tres cajas de cartuchos que el mismo director distribuyó a los citados enfermos y a algunos paisanos que se presentaron a prestar sus servicios, formando con estos elementos una pequeña fuerza que puso a las órdenes del teniente del 18° Regimiento de Infantería Abraham López, al que posteriormente quitó el mando por su indecisión e ineptitud, dándoselo al subteniente del mismo Cuerpo Bruno Negrete. Procedió en seguida, ayudado por los médicos cirujanos tenientes coroneles Marcelino Mendoza y José R. Ortiz, así como por el médico civil auxiliar, Pedro F. Correa, a atender con toda eficacia a los heridos que fueron levantados por el personal de Ambulancia a sus órdenes, en los lugares más expuestos.

Entre tanto se efectuaban estas maniobras recibí dos mensajes de esa Secretaría: uno de ellos cifrado, disponiendo que los invasores no fueran batidos hasta no pisar tierra mexicana, y que se hiciera resistencia, poniendo a salvo el honor nacional, y después otro, en que se me ordenaba que con los elementos disponibles me replegara a la estación de Tejería a esperar órdenes. Las instrucciones recibidas fueron cumplidas exactamente, pues los invasores no fueron batidos hasta que se hallaron en tierra, siendo entonces rechazados por las fuerzas de mi mando con energía y valor; y para dar cumplimiento a la orden de usted, que dispuso me replegara a Tejería con las fuerzas de mi mando ordené lo siguiente:

Que el general Figueroa se replegara a la Estación de Los Cocos, lugar donde debía esperar la llegada de la Batería para proteger su retirada a Tejería.

A la batería fija que emprendiera su retirada a Los Cocos, donde se embarcaría en un tren protegido por las fuerzas del 19° Regimiento, disposición que fue cumplida con toda oportunidad y en perfecto orden. En esta maniobra se distinguió el teniente José Azueta, que con una ametralladora protegió la retirada de la Batería hasta quedar fuera de combate con tres heridas. Para facilitar su incorporación debido a que en aquella parte del camino la marcha hubiera sido muy difícil, dispuse que de las máquinas que habían sido enviadas a Tejería regresara una a Los Cocos llevando los furgones necesarios para el embarque de la Artillería y del 19° Regimiento que se incorporaron juntamente a las doce de la noche del mismo día.

Al 18° Regimiento que aún no había entablado combate con el enemigo ordené se replegara a Tejería lo mismo que las fuerzas del teniente coronel Contreras, dejando solamente la del teniente coronel Cerrillo para proteger la retirada.

A la Escuela Naval y al Hospital Militar, que se les comunicara también la misma orden. Posteriormente he sabido que al primero de los establecimientos citados no llegó dicha orden, y que el segundo la obtuvo por un oficial de su personal que de órdenes del director fue a inquirir informes a la Comandancia.

Una vez que se hubieron dictado, como dejo expuesto, las disposiciones necesarias para que todas las fuerzas de mi mando se concentraran a Tejería me retiré a la estación de Los Cocos acompañado del coronel licenciado Gonzalo Gómez Baqueiro, del coronel licenciado Manuel Escobar, teniente coronel mayor de órdenes Luis M. Rosas, mayor de ingenieros Joaquín Pacheco, y de algunos otros oficiales de la Comandancia Militar y Mayoría de órdenes; de esta estación continué mi marcha a Tejería. Poco antes de llegar a Tembladeras se observó sobre la vía del ferrocarril la presencia de algunas tropas que un oficial fue a reconocer regresando con la noticia de que era la fuerza del 18° Regimiento que a las órdenes del general Becerril y en cumplimiento a lo dispuesto, marchaba a replegarse al lugar señalado; juntamente con esa fuerza continué mi marcha, llegando después de dos horas de camino a la estación de Tejería en donde establecí la Comandancia a las cinco de la tarde.

En aquel sitio encontré al capitán 1° del 19° Regimiento René Ortega Utrilla, que en la mañana de ese mismo día salió de Veracruz con ciento cincuenta hombres del citado Cuerpo escoltando doscientos noventa reos de la Cárcel Municipal del Puerto que me fueron entregados por orden del gobernador del Estado según instrucciones del Sr. Presidente, y que marchaban a esta Capital a disposición de la Secretaría del digno cargo de usted. Tropa y presos suspendieron su marcha incorporándose a las fuerzas que eran a mis órdenes.

En este lugar se fueron concentrando todos los elementos de que disponía en Veracruz en el orden siguiente:

El 18° Regimiento, que como dejo dicho se incorporó conmigo; poco después llegó la fuerza a las órdenes del teniente coronel Contreras; a media noche el 19° Regimiento y la Batería Fija y a continuación la Escuela Naval Militar, a la que acompañaba el comodoro Manuel Azueta quien me manifestó que habiendo ido a presentarse a la Comandancia y no encontrándome ahí (estaba, como anteriormente expresé, dictando mis órdenes en los Cuarteles) juzgó que su puesto se encontraba en la Escuela Naval a donde se dirigió desde luego permaneciendo en ella hasta que fue ordenada su evacuación por el director.

No faltaban por incorporarse sino la fuerza del teniente coronel Cerrillo que continuó batiéndose en Veracruz hasta media noche, hora en que emprendió su retirada incorporándose el día 22 en Soledad, y el personal del Hospital Militar que a las órdenes del coronel Ojeda estuvo atendiendo a los heridos, que en número de veintidós, fueron conducidos durante el día por el personal de ambulancia; también condujeron ocho muertos, entre ellos, el alumno de la Escuela Naval Virgilio C. Uribe. El jefe citado, antes de evacuar la plaza, procedió a trasladar a los heridos y enfermos que no podían caminar al Hospital Civil, así como los cadáveres de los héroes que murieron en defensa de la patria.

Verificado esto, se aprovisionó el carro del establecimiento con los instrumentos y el mayor número de medicinas que pudieron salvarse, organizando después un convoy que abandonó la población en el orden siguiente: piquetes de soldados de los Regimientos 18° y 19° que reunió el director de los que andaban dispersos por la ciudad, agregándole los enfermos capaces de marchar, todos los cuales puso a las órdenes de un oficial; familias de los enfermeros de la Sección, acompañadas de guías; sección de ambulancia con mochilas de curación y jefes y oficiales, llegando a Tejería a las 7 de la mañana del día 22, y trasladándose a Soledad por ferrocarril adonde llegó en perfecto orden a la una de la tarde. El carro del establecimiento fue preciso abandonarlo por serle impracticable el camino dejando a guardar los botiquines en una casa de los contornos por su excesivo peso, y cargando los instrumentos y el mayor número de medicinas en la acémila que tiraba de dicho carro.

Estando en Tejería, llegó de Veracruz un enviado del coronel Ojeda portando un pliego del comodoro Alejandro Cerisola, en el que me pedía instrucciones. En atención a que ni dicho comodoro, ni el coronel Vigil, ni la fuerza que componía el destacamento de Ulúa pudieron incorporárseme, debido a la rapidez y forma en que se sucedieron los acontecimientos que dejo relatados, comuniqué al comodoro Cerisola con el mismo portador instrucciones para que en el Arsenal Nacional, donde se encontraba al desarrollarse los hechos, esperara lo que pudiera ocurrir y que, si le era posible, se me incorporara con los elementos de que disponía. Estas instrucciones trasmití también al coronel Vigil. Este pliego no pudo llegar a su destino, quedando sin instrucciones los jefes citados.

Con posterioridad se presentaron: en Soledad, el comodoro Cerisola, a quien di orden para venir a esta capital, y en Paso del Macho, el capitán 1° Juan Jiménez Figueroa, comandante del destacamento de Ulúa con la mayor parte de su tropa, que no obstante haber quedado presos, teniendo la ciudad por cárcel, se evadieron presentándose al cumplimiento de su deber: el coronel Vigil no ha llegado a presentarse, ignorando la causa por lo que no lo ha efectuado.

Con los elementos que se habían concentrado en Tejería durante la tarde y noche del 21 creí conveniente marchar a establecer la Comandancia Militar en Soledad de Doblado, en atención a que en la primera de las estaciones citadas se carece por completo de toda clase de elementos de vida y combustible y agua para las máquinas: al efecto dispuse se alistaran los trenes necesarios para que en la madrugada del 22 saliéramos de Tejería, como lo hice, habiendo llegado a Soledad a las 9 de la mañana de ese día, lugar en que tuve la honra de rendir a usted parte telegráfico de lo ocurrido en Veracruz el día anterior.

Antes de salir de la estación de Tejería, ordené al mayor Zayas que procediera a levantar la vía del Ferrocarril Mexicano desde Tembladeras con objeto de impedir que las fuerzas invasoras pudieran aprovecharla en el caso remoto de que avanzaran: esta orden comenzó desde luego a cumplirse.

Me es honroso poner en el superior conocimiento de usted que los jefes, oficiales y tropa a mis órdenes se condujeron con valor y dignidad combatiendo al invasor americano, y muy respetuosamente me permito mencionar con especialidad a los jefes y oficiales siguientes:

El coronel médico cirujano Arcadio T. Ojeda, que cumplió con su deber a mi entera satisfacción atendiendo a los heridos hasta que fueron trasladados al Hospital Civil, habiendo salido en seguida de la ciudad en el más perfecto orden como lo dejo expresado, y siendo éste el último jefe de corporación que abandonó la plaza a la 1:35 de la mañana del día 22. En su tarea fue eficazmente secundado por los tenientes coroneles médicos cirujanos Marcelino Mendoza y José R. Ortiz, y el médico civil auxiliar Pedro F. Correa, único de éstos que se presentó al cumplimiento de su deber. Del personal que estuvo a sus órdenes se distinguieron los tenientes David Payán León, comandante de la Sección de Enfermeros y Norberto Cánals, ayudante de Farmacia, quienes desempeñaron con decisión y valor todas las comisiones especiales que les fueron encomendadas.

Igualmente, la Sección de Ambulancia, despreciando el peligro, recogió de los lugares más expuestos veintidós heridos y ocho cadáveres, habiendo muerto únicamente el soldado de ambulancia Isaac Ruiz, que se dio como disperso y cuya muerte, en el cumplimiento de su deber, se comprobó posteriormente.

El mayor Diego E. Zayas, jefe de Trenes Militares, desplegó una actividad y energía digna de encomio, logrando salvar más de veinte máquinas que arrastraron el material rodante que fue posible enganchar, verificando esta maniobra bajo el fuego del enemigo que ya se había posesionado de la terminal, en cuya tarea fue secundado eficazmente por el conductor Ciriaco Flores, el maquinista Martín Cuburu y el obrero de la Batería Fija Miguel Garrido.

El capitán 1° Leonardo Anchondo, comandante de la Batería Fija, llevó a cabo la retirada de ésta salvando todo el material y municiones restantes que había en los almacenes, cuando ya el enemigo, que había desembarcado en el muelle de Sanidad, estaba atacando el edificio. Todos los oficiales tomaron parte activa, disinguiéndose por su valor, contribuyendo a proteger y llevar a cabo la retirada. Únicamente sucumbió el teniente José Azueta, de cuyo digno comportamiento ya me he ocupado.

El teniente coronel Cerrillo, que fue el primero en empeñar el combate, estuvo sosteniéndolo heroicamente hasta la media noche, hora en que emprendió la retirada.

El teniente coronel Contreras sostuvo la lucha con las fuerzas de su mando hasta que recibió la orden de replegarse a Tejería. Los empleados de la Comandancia Militar se ocuparon en comunicar órdenes y desempeñar las comisiones que se les confiaron, distinguiéndose entre ellos el oficial 2° Humberto Lazo, el de su clase Alfonso Pérez, el escribiente Luis Vega, el oficial de la Sección de Marina Federico Barragán y el teniente de la Mayoría de órdenes José Víctor Alcocer; los paisanos Juventino González e Isidro Garibo estuvieron prestando con eficacia su contingente en la trasmisión de las órdenes.

El capitán de fragata Vicente Solache, atravesando uniformado la ciudad por los sitios de mayor peligro, se presentó a la Comandancia en cumplimiento de su deber. (Cuando pasaba por uno de los lugares más expuestos alguien le indicó la conveniencia de apresurar su marcha, contestando lacónicamente que no lo hacía porque iba de uniforme.)

Posteriormente, y con aprobación de la Superioridad di a este jefe el mando del Cuerpo de Voluntarios para que le diera organización, instrucción y disciplina.

Hasta aquí doy por terminado el parte de los acontecimientos relacionados con el día 21, y por separado tendré el honor de informar a la Secretaría del digno cargo de usted de lo acaecido desde esa fecha hasta el día en que por orden superior entregué el mando de las fuerzas que eran a mi cargo al general de división Ángel García Peña.

Tengo el honor, mi general, de hacer a usted presente mi subordinación y respeto.

Libertad y Constitución, 17 de mayo de 1914.

 

Un sello con el Escudo Nacional, que dice: "Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra y Marina. México."

Incidente relativo a los acontecimientos ocurridos en Veracruz, el día 21 de abril último, que pasa el Departamento de Estado Mayor a éste de mi cargo, para que se proponga lo conveniente.

C. Secretario:

Respecto al asunto, dice el Departamento de Estado Mayor:

"En vista del estudio de los acontecimientos ocurridos en Veracruz el día 21 de abril último, relativo al desembarque de las tropas americanas, violando la soberanía nacional, según el parte que rinde a la Secretaría de su digno cargo el C. general de división Gustavo Mass, entonces comandante militar de la citada plaza, este Departamento de mi cargo es de opinión, por lo expuesto en el mencionado parte y con sujeción a la Ordenanza General del Ejército, artículos números 1317 y 1326, que tratan de la defensa y abandono de una plaza, pase a consulta del Departamento de Justicia, Archivo y Biblioteca, para que éste resuelva en la parte correspondiente si hay responsabilidades que exigir al general Mass, lo mismo que a los jefes que acusa en su parte, de negligencia e ineptitud, comandantes respectivos de los Regimientos de Infantería números 18 y 19; y en este último, sobre todo, descarga graves cargos por su apatía en los momentos más críticos de la lucha."

Ahora bien, dado lo expuesto, es inconcuso que lo procedente sería el mandar abrir una averiguación, pero en atención a que en las actuales circunstancias no es conveniente hacerlo, a juicio del suscrito debe mandarse reservar el incidente hasta que la Superioridad lo determine, y devolverlo para sus efectos al Estado Mayor.

Usted, no obstante, se servirá determinar lo mejor.

Córdoba, 15 de mayo de 1914.

El mayor secretario, Humberto Lazo. V° B° El general comandante militar, G. Mass.

COMENTARIO AL DOCUMENTO

Basado en los datos que he expuesto en mi libro Historia diplomática de la Revolución Mexicana, cap. "La ocupación de Veracruz" (pp. 310ss.), datos fundamentados en las fuentes que cito, puedo afirmar que el documento que suscribe el divisionario Gustavo A. Mass no corresponde a la realidad de los hechos, siendo de consiguiente responsable de haber rendido a la Secretaría de Guerra partes oficiales falsos.

Lo cierto es, en síntesis, que después de haber asegurado al cónsul norteamericano Canada que "le era imposible" no hacer resistencia contra la ocupación militar de Veracruz y especialmente de la aduana y demás edificios públicos, se retiró a Soledad, lejos del alcance de las balas de los invasores, no siendo él quien resistiera la intervención extranjera, como era su elemental deber militar, sino el pueblo veracruzano, los cadetes de la Escuela Naval a quienes exhortara vivamente el comodoro Manuel Azueta, según lo afirman tanto el hoy capitán de altura de la marina mercante Edmundo García Velázquez -entonces cadete de aquel instituto- así como el escritor Justino Palomares.

Asimismo combatieron al invasor, para salvar el honor nacional, no obedeciendo las órdenes del comandante militar de Veracruz, los soldados que estuvieron al mando del teniente coronel Manuel Contreras, los cuales resistieron con bizarría los ataques del invasor. También rechazaron a los invasores algunos presos que soltó en libertad el general Mass al abandonar la plaza.

La prueba irrefutable de que la conducta del jefe citado no fue la que correspondía asumir a un militar de su rango en tiempo de guerra y frente al enemigo, es que, según consta en el oficio del 15 de mayo de 1914, suscrito por el mayor Humberto Lazo y que transcribo con el título "Incidente relativo a los acontecimientos ocurridos en Veracruz el día 21 de abril último, que pasa del Departamento de Estado Mayor a éste de mi cargo para que se proponga lo conveniente", estuvo a punto de ser motivo de una investigación jurídico-militar escandalosa.

El Departamento de Estado Mayor sugiere que el parte rendido por el general Mass a la Secretaría de Guerra pase a consulta del Departamento de Justicia de la propia Secretaría para que... "con sujeción a la Ordenanza General del Ejército, artículos 1317 y 1326, que tratan de la defensa y abandono de una plaza..." el precitado Departamento resuelva... "si hay responsabilidad de exigir al general Mass, lo mismo que a las jefes que acusa en su parte..." de haber sido negligentes e ineptos en los momentos más críticos de la lucha. Pero el mayor Humberto Lazo, secretario de la comandancia de operaciones en Córdoba, Ver., al ser requerido para que opine y proceda, responde: ..."es inconcuso que lo procedente sería el mandar abrir una averiguación, pero en atención a que en las actuales circunstancias no es conveniente hacerla...", a juicio del mayor Lazo "debe mandarse reservar el incidente hasta que la Superioridad lo determine".

Todo lo anterior prueba que a las mismas autoridades de la Secretaría de Guerra huertista les pareció indebido el comportamiento del general Mass; o por lo menos sospecharon de la conducta del comandante de las fuerzas federales, quien no estuvo al frente de sus tropas como era su estricto deber para batir al enemigo, sino que abandonó el campo de la lucha -y éste fue un hecho palmario-, dejando que el siempre erguido pueblo veracruzano y los jóvenes cadetes de la Escuela Naval defendieran heroicamente -al igual que lo hicieron sus hermanos de Chapultepec- la tierra de sus ancestros.

Es de recordarse además el hecho significativo de que pocos días después de aquellos acontecimientos trágicos, el general Mass recibiera de sus superiores la orden de entregar el mando de sus fuerzas al divisionario Ángel García Peña. ¿No sería esta orden la consecuencia lógica de su conducta en Veracruz al abandonar el puerto precisamente en los momentos en que era atacado por el intervencionista ejército norteamericano?

 

Fuente:

DOCUMENTOS HISTÓRICOS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA.
Fundador: Isidro Fabela
Revolución y Régimen Constitucionalista Tomo II
La intervención norteamericana en Veracruz (1914)
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de ISIDRO FABELA
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA. MÉXICO, 1962. pp.21-33.