1914
La intervención norteamericana en Veracruz (1914). Documento 113. Arthur S. Link, Wilson: The New Freedom.
Por referencia temática se fecha como: Abril de 1914.


 

DOCUMENTO N° 13

Arthur S. Link, Wilson: The New Freedom. Princeton, N. J., 1956.

 

WILSON: THE NEW FREEDOM

La decisión de reconocer la beligerancia de los constitucionalistas se tomó poco después de que el presidente habló con Lind y con House, y el Departamento de Estado abrió negociaciones con Luis Cabrera, el agente de Carranza en Washington, en enero 27 de 1914. El gobierno americano temía, evidentemente, que los constitucionalistas confiscaran la propiedad extranjera, nulificaran concesiones y se negaran a reconocer reclamaciones extranjeras por daños ocasionados con motivo de la guerra civil. La respuesta de Cabrera a las citadas preguntas del Departamento de Estado fue tranquilizadora. Los constitucionalistas, declaró, se proponen llevar a cabo reformas radicales en lo social y en lo económico; pero emplearán métodos legales y constitucionales, respetarán los derechos de propiedad, sostendrán concesiones "justas y equitativas" y evitarán confiscaciones y anarquía.

Estas seguridades era todo lo que Wilson necesitaba para encontrar justificación por lo que era, como admitió, "un curso inevitable de acción dentro de las circunstancias". Ahora se encontraba listo para efectuar un cambio radical en su política hacia México, en resumen, abandonar su primitivo plan de establecer un gobierno provisional en la ciudad de México y cambiar virtualmente a un completo apoyo a los Constitucionalistas. En una comunicación al Departamento de Estado inglés el 29 de enero de 1914, explicó su nueva política:

"El presidente... teme que la revolución en México ha llegado a grado tal, que la especie de arreglo propuesto (por Sir Edward Grey en enero 28 de 1914), o sea la eliminación del general Huerta y la substitución de otros funcionarios en la ciudad de México, no produzca el anhelado efecto de restablecer la paz y el orden. Los hombres del norte, que están dirigiendo una revolución con un programa que va a la misma raíz de las causas que han hecho imposible el gobierno constitucional en México, y que no son meros rebeldes, deberían, no obstante, ser tomados en cuenta.

Ningún plan que pudiera llevarse a cabo en la ciudad de México en estos momentos críticos podría servir de base para un arreglo satisfactorio con ellos. Ningún plan que no los incluya puede resultar ahora en otra cosa sino en un cambio de administración en tan irreprimible contienda. Si las potencias europeas pudieran conjunta o separadamente informar a Huerta en términos claros que no podría esperar protección o apoyo moral de ellas, la situación se simplificaría grandemente y el único arreglo posible (esto es, el triunfo de los Constitucionalistas) salta a la vista."

Además, en enero 31 de 1914, el presidente dirigió una circular a las potencias informándoles de sus intenciones "casi inmediatamente para levantar el embargo de exportación de armas y municiones de los Estados Unidos a México". Nadie fuera de México, explicó, podría controlar los asuntos de México. "De muchas fuentes que estimamos fidedignas", continuó, "el gobierno de los Estados Unidos ha recibido informes que lo convencen de que hay más esperanzas de paz, de una seguridad para la propiedad y del pronto pago de las obligaciones foráneas, si se deja a México a las fuerzas que están luchando entre sí, que lo que se obtuviera por un simple cambio de administración en la ciudad de México".

El ajuste por medio de una guerra civil fue una cosa terrible, continuó, "pero debe ocurrir ahora, queramos o no, a menos que alguna potencia extranjera barra a México de punta a punta, con tropas, lo que sería el comienzo de un problema todavía más difícil".

Wilson dio el funesto paso de levantar el embargo de armas en febrero 3 de 1914. Los Constitucionalistas, por supuesto, estuvieron de plácemes. "¡La guerra terminará pronto! ¡La guerra terminará pronto!", gritó el general Francisco Villa, uno de los principales jefes de las fuerzas de Carranza, cuando escuchó la noticia. Huerta aparentó indiferencia diciendo que este acto del presidente no pensaba importaría mucho.

La reacción en los Estados Unidos fue generalmente favorable, especialmente entre los miembros del comité de relaciones extranjeras del Senado, muchos de los cuales habían estado instando al presidente desde hacía tiempo, para que levantara el embargo de armas. Pero los comentaristas ingleses, muchos de los cuales consideraban a los Constitucionalistas como bandidos y secuestradores, se sulfuraron. "Hablando llanamente", declaró un periódico en un editorial típico, "jamás había habido nada tan cruelmente inmoral y tan cínicamente cruel en la historia del mundo. Ningún Estado que se jacte de civilizado ha anunciado jamás su disposición para proveer a los elementos anárquicos de un país vecino de los medios para el robo y el asesinato como mero lucro... Para completar la siniestra monstruosidad de la intervención del presidente Wilson, los Estados Unidos están 'oficialmente en paz' con el desventurado pueblo de México".

Mientras que Wilson esperaba que los Constitucionalistas llegaran rápidamente a la ciudad de México después de levantar el embargo de armas, los sucesos parecieron conspirar para destruir sus esperanzas de deponer a Huerta sin la intervención militar activa de los Estados Unidos. Las razones para esta evolución fueron complejas, pero no obscuras. Para comenzar, las filas constitucionalistas principiaban a romperse por una fiera rivalidad entre Carranza y Villa, quien tramaba arrebatar al Primer Jefe el mando de las fuerzas revolucionarias. Como consecuencia, ambos jefes parecían más a menudo interesados en reforzar su propio poder para una guerra final de exterminio, que en batir a Huerta. Muchos mexicanos autorizados, informó Lind, temían que la guerra civil pudiera continuar por años.

Una causa más importante para esta paralización fue el hecho de que Huerta continuaba creciendo en prestigio y poder. Después de la derogación americana del embargo de armas, la Iglesia y los propietarios de México sabían que su única esperanza de sobrevivir estribaba en una ayuda activa a Huerta. A principios de marzo correspondieron con tan enorme empréstito doméstico, que el Gobierno provisional tuvo al fin fondos suficientes para estabilizar el cambio y proseguir la guerra. Por su parte Huerta dio crecientes muestras evidentes de su habilidad para gobernar y pacificar el país. Había dejado de beber con exceso, hizo alianza con la Iglesia y con el Partido Católico, y reforzó su ejército y sus defensas.

Es difícil creer que Wilson haya considerado seriamente las implicaciones de sus anteriores amenazas contra Huerta, pero estaba atrapado ahí por sus propias promesas esencialmente temerarias. Como Lind insinuó en un mordaz consejo desde Veracruz, el Presidente tenía que hacer algo o de otro modo quedar ante los gobiernos del mundo como un fanfarrón.

Durante marzo y a principios de abril de 1914, Wilson debe haber procurado muchas veces encontrar alguna manera de intervenir y deponer a Huerta sin incurrir en el riesgo de una guerra general. Y no obstante, parecía que no había otro camino. En estas circunstancias, como la presión para una acción militar venía aumentando, el presidente por vez primera pensó de una manera cabal en el problema mexicano, el significado de la Revolución, y en lo que él pensaba ser su gran oportunidad para ayudar al pueblo de México. En realidad, él estaba buscando una justificación moral para un programa de participación en gran escala en los asuntos mexicanos; pero con él el proceso de interpretar racionalmente era inconsciente, automático y por completo satisfaciente.

En primer lugar, él vio ahora claramente las raíces profundas y el gran significado de la Revolución Mexicana. "Hasta cierto punto", observó en abril de 1914, "la situación en México es parecida a la de Francia en la época de la Revolución". La Revolución Mexicana en suma no era una simple lucha por el poder personal y riquezas. Era una "revolución tan profunda como la que ocurrió en Francia", un momento glorioso para la historia de la libertad humana.

Convencido además de que los Constitucionalistas intentaban efectuar una verdadera regeneración económica y social y guiar a las masas mexicanas finalmente a una democracia política, Wilson estaba dispuesto, para la primavera de 1914, a aceptar una solución revolucionaria más bien que "constitucional". Él explicó estas nuevas convicciones:

"Mi ideal", le dijo a un repórter en abril de 1914, "es un gobierno ordenado y honrado en México; pero mi simpatía es por el 85% tiranizado del pueblo de esa República que ahora lucha por su libertad".

"¡Desafío a ustedes a citarme un ejemplo en toda la historia del mundo en que la libertad haya venido de arriba hacia abajo!

La libertad siempre se logra por las fuerzas que trabajan abajo, muy abajo, por el gran movimiento del pueblo. Eso, fermentado por el sentido de la falsedad, de la opresión y de la injusticia, por la agitación de los derechos humanos que quieren lograrse, trae la libertad."

"Es cosa curiosa que cada demanda por el establecimiento de orden en México tome en consideración, no el orden para beneficio del pueblo de México, la gran masa de la población, sino el orden para provecho del antiguo régimen, para los aristócratas, para los intereses creados, para los hombres que son responsables de esta misma condición de desorden. Nadie pide orden, porque el orden significa la ayuda a las masas del pueblo para obtener una parte de sus derechos y de sus tierras; pero todos lo demandan de manera que los grandes propietarios, los señores, los hidalgos, los hombres que han explotado ese rico país para sus propósitos egoístas, puedan continuar sus procedimientos sin ser molestados por las protestas del pueblo del que han obtenido esa riqueza y ese poder."

"Los peligros que rodean la República se deben a las dificultades individuales y colectivas de esos hombres, no a las continuas injusticias que se han acumulado en ese vasto sector del pueblo que ahora está luchando para recobrar por la fuerza lo que siempre ha sido de ellos por derecho."

"Ellos quieren orden -el antiguo orden-; pero yo digo a ustedes que ese antiguo orden está muerto..."

"Dicen que los mexicanos no se encuentran capacitados para la autonomía; y a esto yo replico que, cuando propiamente dirigido, no hay pueblo que no esté apto para la autonomía. El mismo hecho de que la extensión del sistema educativo de Díaz trajo cierto grado de comprensión entre alguna gente que motivó que despertaran de sus errores y que lucharan inteligentemente por sus derechos, hace absurdo ese argumento. Yo no sostengo que los peones mexicanos estén en la actualidad capacitados para la autonomía como otra gente, la nuestra, por ejemplo; pero sí sostengo que ese sentimiento general de que nunca serán capaces de ser autónomos, es perversamente falso y palpablemente absurdo."

Era inevitable que un hombre de la activa disposición de Wilson creyera que los Estados Unidos no podía rehusar la oportunidad, aun el deber, de ayudar al pueblo de México. "Yo sostengo que ésta es una maravillosa oportunidad", declaró, "de probar al mundo que los Estados Unidos de América no son solamente humanos sino humanitarios; que no nos guían otros motivos sino el mejoramiento de las condiciones de nuestro desventurado vecino, y el deseo sincero de hacer progresar la causa de la libertad humana". Los Estados Unidos, prosiguió, deben guiar a los mexicanos por los senderos de la tranquilidad y de la prosperidad, dejando a ellos labrar su propio destino si posible; pero siempre observando e insistiendo en que ellos acepten dirección cuando la necesiten. "No es mi intención", añadió, "abandonar esta empresa una vez comenzada -a menos que me vea forzado a hacerlo- hasta que yo tenga la seguridad de que los grandes y lamentables errores que el pueblo ha sufrido están en vías de un arreglo satisfactorio".

La excusa inmediata para una intervención militar sobrevino el 9 de abril, de lo que en otra forma pudiera haber sido un incidente sin importancia, en Tampico, entonces sitiado por los Constitucionalistas. El pagador y tripulación del cañonero de los Estados Unidos "Dolphin", uno de los barcos de guerra que permanecían frente a Tampico, fueron arrestados por un coronel mexicano, un tal Hinojosa, cuando saltaron a tierra sin permiso, detrás de las líneas federales cerca del puente Iturbide, con el objeto de comprar una poca de gasolina.

El comandante local huertista, general Morelos Zaragoza "estaba confundido cuando le informaron del arresto", informó posteriormente el cónsul americano en Tampico. "En ningún momento indicó que la lancha debió obtener un permiso. Se excusó profusamente por la acción de su subordinado y en nuestra presencia ordenó se dieran instrucciones telefónicas para la libertad del pagador y de sus hombres." Zaragoza también mandó una excusa inmediata al comandante de la escuadra americana frente a Tampico, almirante Henry T. Mayo.

Mayo, sin embargo, no estaba de humor para tolerar el "insulto". Por su propia iniciativa contestó inmediatamente a Zaragoza: "Debo requerir de usted me envíe por un grupo adecuado de miembros de su Estado Mayor, una desaprobación y una excusa por el acto, juntamente con su declaración de que el oficial responsable recibirá un severo castigo. También de que usted ice públicamente la bandera americana en un lugar prominente en la playa y la salude con 21 cañonazos, el cual saludo será debidamente correspondido por este buque. Su respuesta a esta comunicación debe llegarme y el saludo ser hecho dentro de las 24 horas a partir de las 6:00 p.m. de esta fecha."

No obstante, el asunto hubiera pasado sin hacer crisis, si no hubiera sido porque el presidente Wilson estaba buscando un pretexto en ese preciso momento para emprender operaciones militares en gran escala contra Huerta. "En realidad", dijo más tarde, "era un momento psicológico". Lo que él quiso decir, lo podemos comprender con sólo leer su informe secreto en el contexto de los hechos ocurridos durante los últimos días que precedieron al incidente de Tampico. Los Constitucionalistas habían recuperado Torreón en abril 1° y 2 de 1914 en una victoria que parecía abrirles el camino a la ciudad de México. Todo lo que se necesitaba para asegurar su rápido triunfo, había urgido Lind, era una acción americana para cortar a Huerta el acceso a los puertos del Golfo. Las acciones de Wilson motivadas por el incidente de Tampico, no dejan lugar a duda de que él consintió y resolvió hacer de éste la mejor oportunidad que tenía a la mano.

En White Sulphur Springs, West Virginia, cuando comenzó la crisis, el Presidente aprobó el ultimátum de Mayo en abril 10 de 1914, y previno a México que "las más graves consecuencias" podían seguir a menos que Huerta cumpliera. Huerta había enviado una excusa efectiva poco tiempo antes y prometido castigar a Hinojosa si una investigación probaba que había procedido impropiamente; ahora, en respuesta a la demanda de Wilson, el dictador pidió una prórroga. Diciendo públicamente que la excusa de Huerta era suficiente, Bryan accedió de buen grado a la petición. El Secretario de la Marina, Daniels, también estaba satisfecho. "Me inclino a creer que el Almirante Mayo, quien, después de todo, tiene todo este asunto en sus manos, dijo a los reporteros, tomará la excusa de Huerta como suficiente. Lo más incluye lo menos, y si el comandante federal en Tampico no saluda efectivamente a la bandera, el Almirante Mayo pasará este asunto, satisfecho con lo que Huerta ha dicho de este incidente."

No obstante, mientras Bryan y Daniels hablaban de paz, el Presidente estaba maniobrando para presionar a Huerta tan fuerte como las circunstancias y la opinión pública lo permitieran. Después de que el dictador envió una respuesta formal en abril 12 de 1914 rehusando rendir el saludo, Wilson regresó a Washington al día siguiente para hacerse cargo personalmente de voltear el asunto en contra del gobierno provisional de la ciudad de México. Un día después de su llegada a la capital ordenó que el total de la flota del Atlántico del Norte se dirigiera a Tampico; envió una comunicación a la ciudad de México advirtiéndola del carácter grave de la situación actual y de las muy serias consecuencias que podrían traer; y compuso un memorándum para informar a la prensa indicando que el asunto de Tampico había sido solamente una manifestación de la aparente determinación de Huerta de proceder despreciativamente con los Estados Unidos.

Aún más, en abril 15 de 1914, el Presidente ordenó que todos los barcos de guerra de la flota del Pacífico se dirigieran inmediatamente a la costa occidental de México.

Al mismo tiempo el Presidente se puso a elaborar con sus consejeros navales un plan perfecto para una acción punitiva y en abril 15 de 1914 llamó a los miembros de las comisiones de negocios extranjeros de la Cámara y del Senado a la Casa Blanca, para una revisión general de la situación en México. Era evidente que él actuaba con gran embarazo cuando comenzó con sus explicaciones. Dijo que su paciencia se había agotado y que "él no podía tolerar más una observancia estricta de la política pacífica que se había trazado cuando se dirigió al Congreso en el asunto de las relaciones con México", porque Huerta se había embarcado en una política deliberada de insultar a los Estados Unidos y a sus ciudadanos. A menos que Huerta cumpliera prontamente con las demandas americanas, continuó Wilson, él planeaba apoderarse de Veracruz y de Tampico y bloquear ambas costas de México. Llevaría a cabo esto sin pedir una declaración de guerra, concluyó; pero pediría al Congreso su aprobación antes de proceder a ejecutar sus planes.

Un cambio ridículo de una serie de notas entre Washington y México sucedió en los cuatro días siguientes a la conferencia de la Casa Blanca en abril 15 de 1914. Huerta accedió finalmente a rendir el saludo a la bandera que Wilson exigía; pero estaba decidido a evitar una humillación total e insistió en que un barco americano de guerra devolviera el saludo simultáneamente. Cuando Wilson demandó el saludo incondicional, Huerta se vengó sugiriendo un saludo "recíproco", "hecho primeramente por la batería de tierra mexicana a la bandera americana que se debería izar en el "Dolphin" en el puerto de Tampico para ser contestado por el "Dolphin" a la bandera mexicana izada en alguno de nuestros buques". Wilson rechazó este compromiso diciendo que por supuesto el "Dolphin" devolvería el saludo, pero que Huerta debería cumplir sin condiciones.

Finalmente, en abril 19 de 1914, Huerta se negó categóricamente a rendirse en forma incondicional y Wilson rompió las negociaciones y se presentó al Congreso al día siguiente para explicar y pedir autorización para una acción punitiva. Describió el asunto de Tampico en su totalidad tan esmeradamente como para hacerlo aparecer como enteramente insignificante. El incidente de Tampico, explicó, era solamente uno de la serie de los que han creado la impresión de que "los representantes del general Huerta se estaban apartando de su camino para mostrar desprecio a la dignidad y a los derechos del Gobierno y se creían perfectamente seguros de hacer lo que quisieran y tomarse la libertad de mostrar de muchas maneras su exacerbación y su desprecio".

Como tal desprecio a los derechos de los Estados Unidos puede conducirnos a un franco conflicto, continuó Wilson, él había apoyado al almirante Mayo en "la totalidad de sus demandas". Huerta había rehusado cumplir, y él, Wilson, había venido ahora al Congreso a pedir permiso para "usar las fuerzas armadas de los Estados Unidos en tal forma y a tal grado necesarios para obtener del general Huerta y de sus partidarios el completo reconocimiento de los derechos y de la dignidad de los Estados Unidos, aun en medio de las condiciones desesperadas en que se encontraba México". Los Estados Unidos, añadió, no tienen el deseo de intervenir en los asuntos de México, no desean la guerra con el pueblo mexicano y buscan solamente mantener intactas su dignidad y su influencia "al servicio de la libertad tanto en los Estados Unidos como en cualquier otro lugar en que tengan que emplearse para beneficio del género humano".

La Cámara aprobó durante la noche de abril 20 de 1914, por una votación de 337 a 37 una resolución conjunta declarando que el Presidente estaba "justificado en el empleo de las fuerzas armadas de los Estados Unidos para hacer cumplir las demandas hechas a Victoriano Huerta". Mientras votaba la Cámara, el Presidente permanecía encerrado en la Casa Blanca con Garrison, Daniels y altos jefes de la armada y de la marina. A las diez de la mañana, los conferencistas habían convenido en un amplio plan de operaciones para apoderarse de Tampico y Veracruz, el posible envío de una fuerza expedicionaria de Veracruz a la ciudad de México, y un completo bloqueo naval en ambas costas de México. Este plan era para ponerse en ejecución después de que el grueso de la flota del Atlántico llegara a aguas mexicanas.

No obstante, el funcionamiento del programa se trastornó por la llegada a las 2.30 de la mañana de abril 21 de 1914, de un telegrama del Cónsul americano en Veracruz. El cónsul advertía que el barco "Ipiranga" de la Hamburg-American Line, entregaría un tremendo embarque de pertrechos a Huerta la mañana siguiente y que una cantidad de trenes permanecían listos para llevar el embarque a la ciudad de México.

Bryan telefoneó la noticia de la llegada del "Ipiranga" a la Casa Blanca y rápidas conversaciones telefónicas se sucedieron entre Wilson, Bryan, Garrison y Daniels. Los conferencistas estuvieron de acuerdo en que los Estados Unidos no podían, a falta de un bloqueo formal, apoderarse del barco alemán o impedir que descargara su embarque. La única manera de impedir que este armamento llegara a la ciudad de México, concluyeron, era apoderarse de la aduana de Veracruz y detener el embarque. Confiaban en que esto podría llevarse a cabo sin un combate efectivo y sin tener que apoderarse de toda la ciudad. Por lo tanto, en la mañana temprano, Daniels envió el siguiente telegrama por la vía inalámbrica al almirante Frank F. Fletcher, comandante de las fuerzas navales en aguas mexicanas: "Apodérese de la aduana. No permita que el armamento se entregue al Gobierno de Huerta o a algún otro partido."

Minutos después de las 11 de la mañana del 21 de abril de 1914, alrededor de un millar de infantes de marina y marinos de la escuadra anclada frente a Veracruz, entró sin oposición en el puerto y rápidamente se apoderaron de la aduana y de otros edificios públicos en la parte baja de la ciudad. A las 12.30 p.m., la guarnición mexicana, compuesta de unos 800 hombres abandonaron sus barricadas y se diseminaron en grupos pequeños en el centro de Veracruz, juntamente con cadetes de la Escuela Naval, y abrieron fuego sobre los americanos desde las ventanas y las azoteas. Como el combate se hacía más fuerte, los mexicanos abrieron fuego de artillería al que contestaron los cañones del barco americano "Prairie". A la mañana siguiente, abril 22, el contralmirante Charles J. Badger llegó a Veracruz con 5 barcos de guerra, el grueso de la flota del Atlántico, y desembarcó 3 000 hombres antes del amanecer. Para el medio día habían derrotado completamente a los defensores mexicanos.

Las bajas mexicanas fueron de 126 muertos y 195 heridos; las americanas fueron 19 muertos y 71 heridos.

Wilson había ordenado la ocupación de Veracruz en la creencia de que los mexicanos no resistirían y de que Huerta pronto se retiraría después de una demostración del poderío americano. Sin embargo, los acontecimientos que siguieron a la ocupación de Veracruz, parecían apuntar inevitablemente a la guerra con un pueblo mexicano unido, con huertistas y constitucionalistas al mismo tiempo.

Huerta rompió las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos en abril 22 de 1914, y envió a la zona de Veracruz todas las tropas que pudo reunir. Entre tanto, una ola de patriotismo y de furia había abarcado todo México a raíz de la invasión americana. En la ciudad de México, el corresponsal del London Daily Telegraph informó: "Tres años de lucha fratricida se olvidaron en un día", mientras millares de mexicanos se ofrecían como voluntarios. En Saltillo, Manzanillo, Guadalajara, Nuevo Laredo, Monterrey y Mazatlán, el populacho y las tropas saquearon y destruyeron los consulados americanos, quemaron banderas americanas y aprehendieron cónsules y ciudadanos americanos.

Verdaderamente, los sucesos parecían estar fuera de control. Habiendo tomado Veracruz, el Presidente tenía que retenerlo y defenderlo y prepararse para ataques generales. Por lo tanto, el 23 de abril de 1914 ordenó que la Quinta Brigada a las órdenes del general Frederick N. Funston navegara desde Galveston a relevar a los marinos e infantes de marina en el puerto ocupado y mandó tropas adicionales a la frontera; al mismo tiempo, el Departamento de Guerra alistó otras fuerzas y formuló planes para movilizar la Guardia Nacional para servicio en México. Todo esto, sin embargo, parecía solamente el principio.

El Secretario Garrison y sus consejeros militares estuvieron trabajando duramente planeando una campaña general que tenía por mira la toma de Tampico y el envío de una fuerza expedicionaria de Veracruz a apoderarse de la ciudad de México. En un consejo de guerra celebrado en la Casa Blanca durante la tarde del 24 de abril de 1914 Garrison apremió al Presidente para que actuara en forma decisiva a fin de prevenir una matanza general de americanos en México. Por otra parte, Bryan y Daniels abogaron elocuentemente por que las operaciones se limitaran a Veracruz y sus alrededores.

El Presidente tomó el control de la situación desde el 22 al 25 de abril de 1914 y tomó la decisión de suspender operaciones ofensivas posteriores. Primeramente abandonó su plan para un bloqueo general de las costas mexicanas, vetó los planes de la Armada para una expedición a la ciudad de México y dio a Funston órdenes precisas de que no tomara ninguna acción "que tendiera a aumentar la tensión de la situación o embarazara a su Gobierno en sus presentes relaciones con México sin órdenes expresas e instrucciones de la Secretaría en cada caso". Segundo, cuando los representantes argentinos, brasileños y chilenos en Washington ofrecieron en abril 25 de 1914, mediar en el conflicto, el Presidente aceptó en el acto.

Las razones de Wilson para el repentino abandono de sus primitivos planes de dar a Huerta el golpe de gracia por medio de operaciones en grande escala en contra de su gobierno son completamente claras. En primer lugar, es evidente que el Presidente se había metido desatinadamente en hostilidades en la seguridad de que los mexicanos no resistirían. "No tengan la impresión de que va a haber guerra entre los Estados Unidos y México", había dicho a los reporteros antes de dirigirse al Congreso el 20 de abril de 1914. "Esto no es del todo el aspecto general... Esto no necesita embarcarse en una guerra si manejamos el asunto con firmeza y prontitud."

Por consiguiente, el Presidente estaba profundamente desalentado por las noticias del fuerte combate en Veracruz. "Recuerdo cuán pálido, casi un pergamino, semejaba Wilson cuando se puso en pie y contestó las preguntas de los periodistas", recordó después un amigo. "La muerte de los marinos e infantes de marina americanos debida a una orden de él, parecía afectarlo profundamente. Estaba verdaderamente abatido."

Dos sucesos importantes posteriores reforzaron la natural repugnancia del Presidente e influyeron en limitar sus operaciones. El primero fue la violenta reacción de los jefes constitucionalistas y de las masas después de la ocupación de Veracruz. Wilson había omitido informar anticipadamente a los Constitucionalistas de sus planes para apoderarse de Veracruz; pero antes de que terminara el combate en esa ciudad, envió un mensaje especial a Carranza asegurándole que su solo objeto era forzar a Huerta a una satisfacción. Sin embargo, Carranza respondió airadamente, previniendo que la invasión americana podía, "en realidad, arrastrarnos a una guerra desigual... la que hasta ahora hemos deseado evitar", y demandando que las fuerzas americanas evacuaran Veracruz inmediatamente. Y de las oficinas consulares de todo el norte de México vinieron informes de que Carranza hablaba por la mayoría de sus generales, por sus tropas y por el pueblo.

En realidad, únicamente por las más inusitadas circunstancias y esfuerzos de ambas partes, se evitaron hostilidades entre los Constitucionalistas y las fuerzas americanas a lo largo de la frontera. Temiendo tal estallido, Wilson dictó inmediatamente un embargo para los embarques de armas y municiones para los Constitucionalistas. Al mismo tiempo dirigió una respuesta pública al Primer Jefe, asegurándole nuevamente que los Estados Unidos no tenían ninguna querella con el pueblo mexicano y que "respetarían en todo lo que fuera posible la soberanía e independencia del pueblo de México". En adición, Bryan mandó seguridades privadas aún más fuertes por medio de dos amigos de Carranza y agentes de los Estados Unidos.

Estas manifestaciones de amistad ayudaron a aliviar la tensión, pero el hecho que evitó un conflicto fue la defección del general Villa de las de otro modo sólidas filas constitucionalistas. Proyectando ya arrebatar a Carranza el control de las fuerzas revolucionarias, Villa vio ahora una oportunidad de ganar la buena voluntad americana en el futuro. Se precipitó a Ciudad Juárez y aseguró al agente especial asignado para tratar con él, George C. Carothers, que él aprobaba la acción americana en Veracruz y que no permitiría que se produjera ningún conflicto. "Dijo que ningún borracho, dando a entender Huerta, nos va a llevar a una guerra con su amigo", informó Carothers. Todavía más, poco después Villa envió una nota confidencial a Wilson reafirmando su afectuosa amistad por los Estados Unidos y declarando que Carranza no hablaba por los Constitucionalistas.

Aunque el peligro de hostilidades con los Constitucionalistas pasó prontamente como consecuencia de la actitud de Villa, sin embargo, la amenaza había sido suficientemente viva para hacer que Wilson comprendiera los peligros de futuras operaciones ofensivas.

El segundo suceso que reforzó la decisión de Wilson en contra de incurrir en el riesgo de una guerra general en México, fue el modo de que los americanos y la opinión mundial rechazaron la agresión de Veracruz y exigieron un arreglo pacífico. Debe admitirse que el Presidente fue en gran parte responsable personalmente por la ola popular de acusación que lo envolvió después de su acción en Veracruz. Porque él no había sido franco con el Congreso y con el pueblo, porque él había declarado que su único objeto en usar la fuerza militar era la vindicación del honor de la nación y no la eliminación de Huerta, ninguno fuera de los altos círculos oficiales comprendió las razones para su acción.

En consecuencia, a los ojos de la mayoría de los americanos juiciosos, el presidente apareció como deseando emprender una guerra sobre un absurdo punto de honor. "Nunca más dejaremos tratar con desprecio los más ridículos ritos supersticiosos de la más ignorante tribu salvaje", declaró un editor de Chicago. "...Ciertamente que una cuestión de etiqueta no puede considerarse como justificación para una guerra agresiva." "Tal guerra como la que parece estar pendiente", escribió Andrew Carnegie al Presidente en una nota personal, "podrá ser tenida en lo futuro como semejante a la legendaria guerra de los dos reyes para decidir cuál de los dos extremos del huevo debía romperse primero".

 

Fuente:

DOCUMENTOS HISTÓRICOS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA.
Fundador: Isidro Fabela
Revolución y Régimen Constitucionalista Tomo II
La intervención norteamericana en Veracruz (1914)
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de ISIDRO FABELA
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA. MÉXICO, 1962. pp.227-239.