1914
La intervención norteamericana en Veracruz (1914). Documento 112. Justino N. Palomares. La invasión yanqui en 1914.
Por referencia temática se fecha como: Abril de 1914.


 

DOCUMENTO N° 12

Justino N. Palomares. La invasión yanqui en 1914, México, 1940.

 

APUNTES DEL CORONEL MANUEL CONTRERAS

En los mismos apuntes del teniente coronel Contreras figuran los siguientes relativos a los muertos:

Virgilio Uribe. Muerto en el interior de la Escuela Naval Militar al salir a una de las ventanas de la planta alta del edificio; cuando pretendía colocar un cargador de parque en su arma, recibió una bala en la frente que lo privó de la vida instantáneamente y cayó en brazos de su compañero Carlos Meléndez.

José Azueta. Pertenecía a la arma de artillería y estaba comisionado para dar instrucción de ametralladoras a los batallones 18° y 19°, de guarnición en el puerto. Azueta resultó gravemente herido cuando con un valor espartano detenía la avalancha de invasores que luchaban por adueñarse de la ciudad, causando a los intrusos un buen número de bajas. Azueta se encontraba franco el día de la invasión; pero al notar la presencia de los yanquis, fue al cuartel por una ametralladora, situándose en las calles de Landero y Cos y Esteban Morales, frente a frente de la Escuela Preparatoria.

Jorge Alasio Pérez. Falleció el día 22 de abril en el Hospital de San Sebastián. Pérez, que era cadete del 18° Batallón, en la tarde del día 21 fue puesto bajo su mando un grupo de voluntarios y "rayados" para que se unieran a otras fracciones que se encontraban defendiendo las calles del Cinco de Mayo, Francisco Canal, Hidalgo y Guerrero. El cadete Alasio Pérez recibió órdenes precisas de replegarse al oscurecer, pero se ignora por qué no lo hizo y muy al contrario se internó tan cerca de la zona peligrosa ocupada por el enemigo, que se vio precisado a ocultarse en una casa situada en las calles de Benito Juárez.

Al amanecer salió de dicha casa, pero al atravesar las bocacalles de Francisco I. Madero y Lerdo, recibió un balazo que lo hizo caer gravemente herido y hubiera allí continuado en el más completo abandono si no hubiera sido porque un caballero de nacionalidad española lo recogió y lo llevó a su casa, trasladándolo poco después al Hospital de San Sebastián para que se prestaran al lesionado los cuidados que su grave estado exigía. Desgraciadamente, cuantos auxilios se prestaron a Alasio Pérez, resultaron inútiles, pues el mismo día 22 de abril falleció, habiendo reclamado su cadáver el señor don Javier Troncoso y rodeándose de misterio lo velaron en el domicilio de dicho señor, para sepultarlo el día 23 a las tres de la tarde en humilde fosa del panteón veracruzano.

Aurelio Monfort. Gendarme municipal. Murió heroicamente en la esquina de Lerdo y Morelos donde se encontraba de servicio en los momentos en que vio salir de los patios de la Aduana a las primeras columnas de soldados norteamericanos. Monfort inmediatamente empuñó su pistola y comenzó a disparar sobre los invasores, quienes al verse atacados por el policía, le hicieron una descarga cerrada y lo acribillaron materialmente a balazos.

A no dudarlo, este heroico gendarme fue el primero que disparó contra el enemigo y el primero en morir por la Patria en mano de los invasores. El cuerpo de este patriota quedó tirado con la cabeza sobre la banqueta correspondiente a la cantina "La Flor de Lis", siendo recogido hasta el día 22 a las tres de la tarde en compañía de otros buenos mexicanos que murieron el día 21 y que fueron enterrados en número de dieciocho en una zanja que se abrió en la playa Norte.

En dicho lugar se colocó primeramente una cruz de madera pintada de negro y más tarde una estatua de yeso a la que el pueblo llamaba "La Mona" y que después se supo tenía una original historia. Parece que dicha estatua cuando fue introducida al país causó, por concepto de impuestos, una cantidad insignificante; pero un "vista" muy perspicaz y conocedor de la misión que tenía encomendada, descubrió que la citada estatua ocultaba en su interior objetos considerados como contrabando, demostrándose al romper un brazo de la escultura que el "vista" no se había equivocado en sus presunciones, pues del brazo mutilado cayeron relojes, sortijas, cadenas y otros muchos objetos de joyería barata.

Una vez extraídos todos los objetos de contrabando, la estatua fue abandonada en uno de los departamentos de la Aduana, pero el autor de estos apuntes, recordando la existencia de dicha estatua y con el deseo de que no se perdiera el lugar en que yacían los restos de los primeros muertos por las balas de los invasores, comisionó a uno de sus compañeros para que "La Mona" fuese colocada en el lugar que marcara el último lecho de aquellos patriotas. Hasta la fecha, dicha estatua, existe en ese sitio.

Benjamín Gutiérrez Rodríguez. Teniente. Fue herido en la calle del Cinco de Mayo como a las dos de la tarde, y como su herida no presentaba caracteres de gravedad, una vez que fue atendido en la Cruz Roja, regresó al sitio donde había sido lesionado para seguir combatiendo. No debe pasarse inadvertido que este patriota se encontraba enfermo de la vista a causa de padecer diabetes. Ya por la tarde solicitó y se le dieron como cuarenta hombres entre presos y "rayados" y con ellos se fue rumbo a la Plazuela de la Campana, y sólo habrían pasado dos horas, cuando llegó uno de los voluntarios a dar parte que el teniente se encontraba herido de gravedad. Por este motivo mandé a unos hombres para que a mi nombre pidieran en la casa de los señores Deschamps, que facilitaran un catre para conducirlo al Hospital de San Sebastián, en donde falleció pocos días después.

Andrés Montes Cruz. Maestro carpintero. Pertenecía al Cuerpo de Voluntarios de Veracruz. A la hora del desembarque de los primeros soldados de infantería de Marina, corrió a las puertas de las galeras de la Prisión Militar y reclamó su arma y parque y marchó con la pequeña columna a mis órdenes. Al llegar al Portal de la Parroquia, como salieran los primeros grupos, Montes tomó el mando de uno, y así llegó hasta la esquina de Hidalgo y Lerdo a donde vivía su familia y según refieren los que lo acompañaban, los abandonó por unos instantes para irse a despedir de su esposa y de sus hijitos, a quienes escribió en una botica una especie de testamento, regresó en seguida, dirigiéndose con los suyos por las calles de Arista, para entrar en las de Zaragoza, pues según se le había ordenado, que perdiera el contacto con las fuerzas que defendían los portales y calles inmediatas, para que él y los suyos prestasen su contingente en los puestos menos defendidos.

Habían pasado dos horas cuando un paisano del grupo de Montes regresó con la noticia de que Montes se encontraba gravemente herido. Se nombró una pareja de voluntarios en la que iba Víctor Velasco y en un catre que proporcionó la casa comercial "La Norma", fue conducido casi moribundo al Hospital Militar, donde lo recibió el doctor Arcadio Ojeda. Estos hechos pasaban como a las siete de la noche del 21 de abril. Instantes después falleció el patriota Montes Cruz, enviándose su cadáver con otros al Hospital de San Sebastián.

Cristóbal Martínez Perea. Este héroe, pocos momentos antes de que desembarcaran los primeros invasores, al tener conocimiento de que iban a invadir el puerto, tomó un coche de los de alquiler abordándolo con su joven esposa -pues que apenas si tenía unos cuantos meses de haberse casado- ya en el vehículo se dirigió a los malecones por el lado del embarcadero de Sanidad; tomó después una lancha dirigiéndose al vapor "Carlos V", en donde dejó a su esposa, regresando a su casa habitación situada en la esquina de Emparan, casi al frente de las oficinas de Correos y Telégrafos.

Cuando los primeros soldados yanquis de la infantería de marina salieron de los patios de la Aduana Marítima, pretendiendo avanzar hacia el centro de la ciudad, el señor Martínez Perea, desde los altos de su casa les hizo nutridos disparos. Cuando los yanquis se dieron cuenta del lugar de donde salía el fuego que les había causado numerosas bajas, comenzaron a hacer descargas cerradas directamente a los balcones de su casa. Entonces el referido señor Martínez Perea dejó aquel lugar y se fue con dos carabinas y mucho parque a la azotea, lugar estratégico donde los invasores no podían hacer ningún blanco; pero dominando desgraciadamente la zona Norte, ascendieron a las azoteas de la calle inmediata, precisamente al edificio del Consulado yanqui, de donde ya pudieron cazar al señor Martínez Perea, quien recibió un balazo en la cabeza que le destrozó el cráneo. Así acabó la vida de este gran patriota que sólo era mexicano por haber nacido en Veracruz, pues que su padre fue español.

Gilberto Gómez y Antonio Fuentes. Estos jóvenes, el primero de diecinueve años y de veintidós el segundo, pertenecían al Cuerpo de Voluntarios, el día 21, al invadir la ciudad los norteamericanos, fueron a las galeras de la Plaza, donde solicitaron armas y parque. Una vez armados, marcharon conmigo hasta los Portales de la Parroquia y Diligencias, donde permanecieron luchando todo aquel día hasta la noche que se retiraron con otros voluntarios que lo solicitaron, no pudiendo llegar a su casa esa noche, ignorándose los motivos.

A la mañana siguiente, el 22, la madre de uno de ellos, señora Julia Méndez viuda de Gómez, salió a recibirlos en momentos en que una pareja de soldados yanquis los perseguía y como al entrar a su casa, sus perseguidores ya los habían perdido de vista, preguntaron por ellos a un paisano y éste -maldito traidor a su Patria-, los delató, indicándoles a los invasores la casa en que se habían refugiado dos individuos armados. Con las señas dadas llegaron los soldados hasta la puerta en donde dispararon sus armas y una vez en el interior, ya heridos Gómez y Fuentes, fueron asesinados a marrazos, dejándolos muertos en presencia de la angustiada madre de Gómez y madre adoptiva de Fuentes, pues que lo había criado, la que presa de cruel y acerbo llanto, los tendió en medio de su humilde cuarto. A la cuatro de la tarde, unos vecinos le ayudaron para abrir una zanja en los patios del Ferrocarril y allí fueron sepultados los dos cadáveres.

Cuenta doña Julia que los invasores pretendieron quemarlos, pero que ella se opuso.

En el lugar en que dichos héroes quedaron sepultados, la gratitud de algunos buenos veracruzanos, mandó levantar una pequeña columna que los recuerda.

En el Hospital de San Sebastián de la ciudad de Veracruz, en aquellos aciagos días, desempeñaba el puesto de administrador, el señor doctor don Manuel Valdés y refería todavía hace pocos años, que habiendo recibido el día 21 y el 22 de abril, muertos por las balas explosivas de los yanquis, setenta y dos hombres y una mujer y por el estado de descomposición en que se encontraban los cuerpos, tuvo necesidad de mandar abrir en el segundo patio del edificio, una fosa de trece metros de largo y de metro y medio de profundidad, siendo colocados en ella los cuerpos de setenta y tres personas. Casi la mayoría de las personas al serle entregadas estaban desnudas.

Por los datos del doctor Valdés Díaz se ha sabido que fueron enterradas en aquel lugar; pero no pudieron ser identificados los cuerpos, por lo que sus nombres quedaron ignorados, resultando que fueron muertos en combate defendiendo la Patria y, por lo mismo, pertenecen a los héroes anónimos.

Defensores heridos de que hubo conocimiento el 21 de abril. Gendarme Manuel Mora, paisano José Flores, oficial de marina Santiago Santa Ana, subteniente José Joachin, Juan Francisco Méndez, Juan Mejía, Juan Escalera, ligeramente herido en una mano; Francisco Flores, Fidencio Morales, Alejandro Gutiérrez, Abelardo García, Jesús Muñoz, Jesús Medina; soldados: Juan Morales, Benito Briseño, Ramón Bernal, Cirilo Cruz; procesado, Ángel Cortés; sentenciados: Juan Lara, Julián Espinosa y Carlos Fernández; mujer, Sara Aguirre; paisano, Antonio Torres, días después murió en el Hospital de San Sebastián; Hipólito Rojas, herido en un pie; Salomón Ávila Grajeda, Heriberto Téllez Flores, Baltasar Aguilar, María Valderrama, Vicente Terán, Antonio Villegas (español), Mario Pérez, T. F. González, Areceño Rodríguez, teniente Conrado Rodríguez, Juan Navarro, Eustaquio Pifaner, Emilio Pardé, Emilio Cortés, señora Asunción Rivera, Joaquín Olano, Francisco Rojas Rivera, Nemesio Vázquez, Jacinto Rodriguez, Martín Echevarría, Regino Ojeda, Eduardo Apolinar, Lorenzo Ferrara, Charles Jones, herido sin pelear; español José Sierra, Juan Neri, José Ferrer y Antonio Alarcón.

Defensores heridos el día 22. Apolinar Mata, Eligio Moctolongo, de nacionalidad italiana; Luis Carrera, herido sin combatir; señorita Mercedes Colón, herida por accidente; Félix Bautista, Félix Ortega, Francisco Hernández; soldados: Wenceslao Ruiz, Alberto López y Lauro Martínez; gendarme Jenaro García, preso Albino Morales, David Neri, Petronilo Bazán, Alejo Ruiz, Juan Sabino, Luis Martínez (segundo), Ernesto Alfonso, Juan Enríquez Lara, Francisco Romero, Julio Montelete, Eleuterio Riegos, Pedro Rodríguez, Constancio Melchor, Manuel Salazar, Isidro Maya, Juan Palacios y el oficial de la gendarmería Laureano López.

Los prisioneros hechos por los norteamericanos durante los días 22, 23 y 24 de abril, fueron: el licenciado Isidro Guerrero, que en esos días desempeñaba el puesto de Agente del Ministerio Público, y quien fue conducido preso en medio de un pelotón de tropa armada.

Don Carlos Minvielle, propietario de fincas urbanas, fue acusado de que junto a su domicilio salieron muchos fogonazos, por lo que los invasores supusieron que fueron disparos contra ellos y los que causaron varias muertes.

El mismo día 22 fueron conducidos a la Casa Redonda diez hombres del pueblo, de los cuales no se volvió a saber, presumiéndose que fueron asesinados por los invasores.

El día 24 fue aprehendido Alejandro Sánchez Alvarado en virtud de una acusación hecha ante los invasores, por los pasajeros del Hotel Diligencias Nuevo, habiendo sido poco tiempo después puesto en libertad, por la intercesión de varios comerciantes.

Conviene aclarar, como nota curiosa, que tanto los cañones de grueso calibre de los barcos de guerra, como los fusiles y ametralladoras que trajeron los invasores, venían completamente "vírgenes", pues jamás habían sida usados antes de venir a las playas mexicanas. Es de pensarse que por tal motivo, los yanquis traían los nervios alterados y, por lo mismo, al ruido producido por los disparos de los poderosos cañones de a bordo y el estruendo de sus cañoncitos de montaña que emplazaron en los diversos puntos del puerto, muchos de los invasores caían víctimas de acerbo terror. Un cañón emplazado en la calle de Morelos con dirección a la estatua de Benito Juárez, logró hacer blanco en las cornisas del monumento del patricio, destruyendo una de las águilas de bronce que adornan el monumento.

Con qué elementos se defendió el puerto.

Terminan los "apuntes" del coronel Contreras con los siguientes datos: "Sea permitido al que estos 'apuntes' consigna y que espontáneamente envía a su caro amigo, el señor Palomares, decir toda la verdad, aunque no cuadre a muchos individuos que hoy pretenden hacerse pasar por unos héroes, y así hago constar que los verdaderos defensores del puerto, lo fueron durante los días 21 y 22 de abril de 1914, las siguientes corporaciones: cien soldados del 19° Batallón a las inmediatas órdenes de su teniente coronel Albino Rodríguez Cerrillos.

Los sentenciados y procesados de las prisiones de la Fortaleza de San Juan de Ulúa, a quienes fui a recoger para pasarlos a las galeras de esta ciudad de Veracruz el día 20 del mismo mes de abril, a quienes armé con los fusiles de los voluntarios que tenía en mi poder de orden de la Secretaría de Guerra y Marina.

Los procesados y sentenciados de las mismas galeras de Veracruz de las que yo era su jefe.

Los voluntarios que tenía a mis órdenes como director de la institución "Voluntarios de Veracruz".

Los paisanos que espontáneamente pidieron armas y parque para batir al invasor.

Algunos miembros de la policía municipal a las órdenes del oficial de policía Laureano López.

Algunas mujeres de los sentenciados que acompañaban a sus maridos y que al morir estos hombres, ellas tomaban al arma y el parque para seguir combatiendo.

Numerosos españoles que dispararon sus armas haciendo puntería desde las azoteas sobre los invasores, causándoles muchas bajas. Un capitán de apellido Troncoso que estaba en Veracruz haciendo uso de licencia.

Agustín Gallo, quien parece que también era militar, y que se encontraba de paso en el puerto.

Los reos políticos Manuel Izunza Medina, Diego Montoya y José María Pereda.

Alejandro Sánchez (el Pelón), a las órdenes del coronel Contreras y las "rayados".

Los supervivientes en la actualidad, son muchos, máxime cuando se han agregado algunos, pero los que me constan, son los siguientes:

Teniente coronel Manuel Izunza Medina, Carlos H. Salas, Enrique García Jurado, Samuel Cárdenas, Aquiles E. Castro, José Flores, Librado Manrique, Fernando Arenas, Juan P. Sáenz, Salomé Córdoba, Vicente Esqueda, Salvador Fernández de Lara, Magdalena García de la Cadena, Pedro Cruz, Alejandro Sánchez, Belisario Becerra, José Gilés, Ciriaco Flores, quien el 21 de abril sacó de los patios todas las máquinas del Ferrocarril Mexicano; Víctor Velasco, sargento en aquel entonces y Emilio Contreras que hoy es un honrado comerciante en Puebla; Benito Expósito, de nacionalidad española; Rafael Ventura, Nicolás Cruz, Agapito Romero, Pablo Huerta, Raúl Luna, Jesús Medina, Joaquín Silva, Francisco Irigoyen, licenciado Isidro Guerrero, Francisco y Humberto de Anda, Juan Lagos, Carlos Martí Terán, Felipe Silva, Agustín Gallo, Donaciano Zarrabal, José María Pereda, Teófilo Ortega, Gonzalo Cazar Vela, fallecido el 4 de abril de 1935; Ricardo Lara, Librado Manrique, Aurelio Mújica y capitán Enrique González Jiménez.

La mayoría de los entonces alumnos de la Escuela Naval, que figuran en otra parte, y los heridos que se mencionan en páginas de esta obra, y el autor de estos apuntes."

 

Fuente:

DOCUMENTOS HISTÓRICOS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA.
Fundador: Isidro Fabela
Revolución y Régimen Constitucionalista Tomo II
La intervención norteamericana en Veracruz (1914)
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de ISIDRO FABELA
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA. MÉXICO, 1962. pp.221-227.