Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

      1990-1999

      1980-1989

      1970-1979

      1960-1969

      1950-1959

      1940-1949

      1930-1939

      1920-1929

      1910-1919

          1919

          1918

          1917

          1916

          1915

          1914

          1913

          1912

          1911

          1910

      1900-1909

  Siglo XIX

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XX > 1910-1919 > 1911

Discurso del Lic. Francisco León de la Barra, Presidente Interino, al rendir su informe ante la Cámara de Diputados, el 4 de noviembre de 1911.
4 de noviembre de 1911.

Señores Diputados:

Señores Senadores:

En cumplimiento de la benévola autorización que se sirvió concederme vuestra soberanía, vengo á daros cuenta de los actos de mi gobierno, impulsado por dos motivos que me escudan: mi profundo respeto a la Representación Nacional y el deseo de asumir la responsabilidad de esos actos ante el irrecusable tribunal de la opinión pública.

Apartado de la política durante largos años, en los que otra fué la orientación de mis servicios á la patria, cúpome en honra ser llamado á la más alta investidura de la Nación, en uno de los más difíciles momentos de su historia: cuando frente á la desaparición de un Gobierno de remota fecha constituido, y al que se atribuía condiciones de invencible resistencia, no se alzaban aún los elementos de fortaleza y organización reclamados urgentemente por la tranquilidad y el orden sociales.

Pero aunque sin compromiso con ninguna de las agrupaciones políticas que han combatido y combaten, más ó menos ostensiblemente, en la República, me es satisfactorio expresar mi íntima conformidad con los dos principios fundamentales sostenidos por el movimiento revolucionario: el sufragio efectivo y la no reelección; el primero, como condición de libertad de un pueblo organizado en forma democrática, y la segunda, como resguardo contra un régimen de continuidad, con sus daños inevitables, en países donde los medios de ejercitar esa libertad son menos eficaces que las convicciones.

Para realizar la efectividad del sufragio, en las elecciones que debían verificarse en los términos y dentro del plazo señalados por los convenios que dieron fin á la contienda civil, era indispensable, antes de todo, resolver un problema que ha encontrado graves á veces, y á veces, también, insuperables dificultades : el de la pacificación completa del país, mediante el desarme de las fuerzas revolucionarias, que en número que no se conocía exactamente, pero que se consideraba muy elevado, se diseminaban en la vasta extensión del territorio nacional.

El desarme era, además, una necesidad social: lo reclamaban con apremio los intereses de la comunidad, expuestos constantemente á ataques y vejaciones por parte de grupos mal disciplinados, sin medios de vida y entre los que, desgraciada é inevitablemente, habían estallado algunos gérmenes de bandolerismo.

El desarme ha ido llevándose á efecto, venciendo, como digo, inmensas dificultades: en algunas comarcas, las fuerzas alzadas se contentaban con sumas relativamente reducidas para su licenciamiento; en otras, eran mayores sus pretensiones; en tal localidad, pudo ejercerse una completa vigilancia; en tal otra, amenguaban extraordinariamente esas posibilidades; pero por fundadas que parezcan las críticas elevadas con ese motivo, precisa asegurar que mayor gravedad habría asumido la situación y mayores quebrantos se hubiesen causado á la sociedad, de no haber procurado, aún al precio de innegables sacrificios, la diseminación de esos grupos, que constituían un peligro cada vez más inminente, una amenaza cada día más real y positiva.

En la actualidad existen todavía algunos núcleos de hombres armados que se están licenciando paulatinamente, aprovechándose para el caso de la experiencia que proporcionan los anteriores.

Como es sabido, el procedimiento empleado es el de formar con la gente más disciplinada y de mejores antecedentes, grupos de policía rural que dependan de la federación, y que en mucho contribuirán seguramente -y algunos de ellos han contribuido ya- al importante servicio de la seguridad pública.

Ejemplo característico de la necesidad en que se encontraba mi Gobierno de acudir preferentemente á la desaparición de los grupos armados, so pena, al no hacerlo así, de fomentar los elementos de bandidaje, es el asalto á la fábrica de "Covadonga," del Estado de Puebla, y de que dí cuenta en mi mensaje de 16 de septiembre último al Congreso de la Unión.

Según las últimas noticias recibidas por el Ejecutivo, el voluminoso proceso instruido acerca de este asunto está á punto de terminarse.

Bien recordaréis la actitud resuelta que asumió el Ejecutivo en aquella ocasión y sus enérgicas disposiciones, dentro de los límites de la ley, para cooperar al descubrimiento y castigo de los autores de tan criminal atentado; deseoso de mostrar que si he considerado conveniente y hasta indispensable, no extremar las medidas represivas tratándose de actos generados por las pasiones políticas, no he perdido de vista la obligación de garantizar las vidas é intereses de los habitantes de la República y de proceder con todo rigor respecto de aquellos hechos cuya impunidad se traduciría por una inmoral y afrentosa burla á los altos fines de la justicia.

Pero entre todos los acontecimientos de este orden que más han conmovido al país, se encuentran los del Estado de Morelos, de los que estimo deber mío hacer una explicación, tan clara y terminante como lo demanda y con justa causa, la opinión pública.

En Morelos, y á virtud de razones que expondré brevemente en el curso de este informe, el problema del desarme y dispersión de las fuerzas revolucionarias encontró, desde un principio, más serias y graves dificultades que en algunos de los otros Estados de la Federación, pues aunque en la apariencia aquellos hombres se manifestaban dispuestos á regresar pacíficamente á sus labores, primero de una manera oculta, y más tarde en forma descubierta, adoptaron una actitud insumisa, que bien pronto degeneró en un manifiesto movimiento de bandolerismo.

Ante ese movimiento, y teniendo en cuenta las apremiantes solicitudes de un grupo muy considerable y caracterizado de vecinos de Morelos, el Ejecutivo resolvió el envío de un cuerpo de tropas, con instrucciones precisas y terminantes de perseguir tenazmente á los malhechores, siempre que éstos no se sometieran á las autoridades tan pronto como se presentasen las fuerzas federales.

En aquellas circunstancias, el señor don Francisco I. Madero, impulsado ciertamente por un sentimiento que no habría derecho para reprobársele, ofreció de una manera espontánea su intervención personal en el conflicto, con el objeto de ver si su influencia como Jefe de la Revolución podía evitar el derramamiento de sangre; proposición que no hubiese rechazado ninguno que alentase ideas de humanitarismo.

Por desgracia, tan laudable intento no alcanzó el propósito perseguido, y como los alzados no sólo no se avinieron á someterse sino que continuaron cometiendo todo género de fechorías, después de un plazo de cuarenta y ocho horas como ultimátum á su rendición incondicional, el Ejecutivo ordenó que se procediese á su persecución formal é inmediata.

La campaña se inició desde luego, y puedo aseguraros que las órdenes que con motivo de ella se expidieron al General en Jefe de las operaciones, han sido todas transmitidas por los conductos debidos y que ningún acuerdo importante ha sido tomado por el que os dirige la palabra sin haberse antes discutido en Consejo de Ministros.

En cuanto al resultado de esas operaciones, el informe rendido por el General en Jefe da á conocer las dificultades que impedían el sometimiento de esos bandidos ó su destrucción total: tratábase de pequeños grupos que raras veces presentaban un encuentro formal á las tropas regulares y se diseminaban fácilmente para volverse á reunir á corta distancia, en una comarca que les es perfectamente conocida.

La campaña contra esas gavillas se ha convertido en una verdadera función de policía rural, á la que pueden y deben consagrarse los cuerpos creados al efecto.

Hecha esta exposición, cabe preguntar: ¿á qué se debe la prolongación de una lucha que parecía fácil de dominar en un breve espacio de tiempo?

El Gobierno envió un Jefe de prestigio al mando de las fuerzas que éste creyó necesarias; las instrucciones que se le dieron fueron, como digo, precisas y terminantes, y los sucesos que se han desarrollado en el Estado, muestran que la enérgica represión de los bandidos se imponía para alcanzar una paz definitiva.

El jefe del movimiento sedicioso se hizo popular entre las clases incultas del Estado por ofrecimiento de repartición de tierras, sin tener en cuenta los derechos de propiedad, y halagando por éste y otros medios semejantes las pasiones de los individuos de la clase más humilde, que no se dan cuenta de que la situación económica de ese Estado, como la de los demás, no se modifica por medio de actos violentos y contrarios á las leyes.

Las promesas hechas en nombre de la revolución respecto á la cuestión agraria, han despertado esperanzas entre aquellas gentes, que suponen que al inaugurarse el Gobierno que substituirá al interino, lograrán ver realizados sus deseos de entrar en posesión de las tierras prometidas, sin pensar que ese problema debe ser resuelto dentro de la ley y conforme á un plan cuidadosamente meditado.

Es probable también que muchos de los individuos alzados en armas no hayan querido deponerlas con la esperanza, que es infundada, pues conozco los sentimientos de justicia del Presidente electo, de que, inaugurado el nuevo Gobierno, no tendrán que responder ante las autoridades judiciales correspondientes, por los delitos del orden común de que se sientan culpables.

Pero, como se ve, el Gobierno ha procedido con toda firmeza, siguiendo un programa racional y sin olvidar que es deber del poder público evitar hasta donde sea posible, sin perjuicio de la justicia y sin desdoro de la autoridad, que se derrame la sangre de hermanos aunque en el caso de Morelos se ha derramado más sangre por parte de los sediciosos en sus atentados, que por la de las fuerzas federales al repeler los ataques de que fueron víctimas.

La explicación que acabo de daros de la conducta del Ejecutivo, está perfectamente comprobada por los documentos que acompaño como anexos de este informe, y sólo me resta agregar, ahora, que, á últimas fechas, la tranquilidad pública se ha asegurado en Morelos, según noticias recientes que transmite al Ejecutivo el Gobernador provisional de aquel Estado.

Explicada ya la actitud que asumió el Gobierno interino en el Estado de Morelos, réstame dar cuenta de otros casos, por fortuna poco numerosos, en que el poder central ha tenido que intervenir, sin salir de sus facultades constitucionales, obligado por una necesidad imperativa, en los asuntos de los Estados.

Profundamente respetuoso para la soberanía de éstos, debo afirmar que esa injerencia sólo se ha llevado á efecto por un peligro inminente y en momentos de crisis agudísimas y de malestar social.

Sólo en esos casos, y cediendo á la petición de comisiones que reclamaban el amparo y protección para vidas é intereses, el Gobierno interino ha dictado acuerdos encaminados á remediar tan aflictivas situaciones, tratando de no lesionar el principio á que he aludido y que es parte fundamental del régimen de la República.

Me referiré desde luego al Estado de Sinaloa, donde se suscitó un conflicto entre un jefe revolucionario y el de las fuerzas rurales á las órdenes de la Secretaría de Gobernación, que perturbó durante algún tiempo el orden de' aquella entidad federativa.

El ejecutivo federal se vió obligado, pues, á intervenir en dicho conflicto, con el fin de restablecer la tranquilidad temporalmente perdida, nombrando un jefe de fuerzas rurales y dictando las disposiciones necesarias á fin de que los otros jefes de menor categoría lo reconocieran y acataran sus disposiciones.

En. Aguascalientes surgieron desavenencias de importancia entre el pueblo y la Legislatura del Estado, que asimismo causaron una perturbación del orden público; y como un gran número de vecinos se dirigió al Ejecutivo federal solicitando que las fuerzas que se encontraban allí, permanecieran en el Estado á fin de evitar nuevos disturbios, el Gobierno no tuvo inconveniente en acceder á esa solicitud, dejando, sin embargo, la más amplia libertad para que se resolvieran, como ha sucedido, las cuestiones políticas locales.

En Chiapas, otra cuestión local vino á perturbar la paz pública, y como los trastornos que en el Estado se registraron llegaron á alcanzar proporciones alarmantes, el Ejecutivo, que hacía esfuerzos para lograr un acuerdo entre los dos grupos políticos principales, tenía resuelto el envío de fuerzas al lugar de los acontecimientos, en espera de que ellas bastasen al restablecimiento del orden, cuando la Legislatura local se dirigió al Senado federal, quien excitó al Ejecutivo para que interviniese en aquella forma en tal conflicto, logrando el Jefe de las fuerzas, por fin, dar una solución satisfactoria á los disturbios, mediante un arreglo celebrado entre los dos grupos contendientes.

A pesar de tales arreglos, algunos grupos numerosos de ese Estado han solicitado del Senado la declaración del estado de sitio.


El Ejecutivo ha puesto á disposición de ese alto cuerpo los informes que le han sido transmitidos, á fin de que en su sabiduría resuelva lo conveniente.

Tengo la satisfacción de comunicar á la Representación Nacional, que el Territorio de la Baja California está pacificado por completo; lo que permitirá el retiro de una parte de las fuerzas enviadas para aquel fin.

Una comisión formada de hombres de ciencia estudia las condiciones del Territorio para que sean aprovechadas sus riquezas y para colonizarlo convenientemente.

Además de los problemas del desarme y de la pacificación del país, el gobierno interino se ha encontrado frente de otros, que si menos urgentes en la superficie, tenían en el fondo una importancia capital; puesto que algunos de ellos explican claramente el malestar de las clases populares, que diera origen á la pasada revolución: me refiero, en primer término, al problema agrario, que de tiempos atrás ha conmovido tan intensamente á la Nación y cuyas causas se descubren en cada uno de nuestros grandes sacudimientos públicos.

Nunca imaginé que en el corto tiempo que durara mi interinato llegara á resolverse cuestión tan ardua y compleja; pero quise, mirando al porvenir, poner las piedras de cimiento para una obra que algún día reflejara el definitivo bienestar y la conquistada tranquilidad de la Patria.

Cuando la tarea de los campos se haya intensificado de tal suerte que no quede un solo palmo de suelo cultivable que no eleve un penacho de espigas, cuando la tierra, trabajada por el esfuerzo y el amor de sus hijos, produzca de sus entrañas el sustento de todo un pueblo, cuando cada hombre sea dueño de su parcela y la cuide y la ampare y la defensa de la propiedad particular sea el baluarte más firme de la propiedad colectiva, entonces la humilde Comisión Agraria creada por este Presidente interino habrá sin duda desaparecido; pero acaso como impulso de los tiempos presentes perdure el recuerdo de esta sencilla iniciativa.

Al lado' del agrario, comienza ya á agitarse en el país el problema obrero, consecuencia ineludible del progreso industrial realizado en el curso de los últimos años.

En realidad, el problema obrero es el problema del trabajo, y afecta, al par que á las clases menesterosas, á todos los interesados en el desarrollo de la riqueza pública: es decir, á todos los ciudadanos de la Nación.

De tanta trascendencia como el agrario, sugiere el problema obrero distintos órdenes de iniciativas, ora se le examine desde el punto de vista económico, ya desde el social.

La mejor distribución de los braceros, en forma de que la demanda sea, en lo posible, equilibrada por la oferta; el exacto conocimiento de los más importantes centros de labor y de los tipos de jornales que se pagan en ellos; la supresión de los abusos ejercidos por parte de los agentes que intervienen en los contratos entre empresarios y trabajadores; la vigilancia oficial de las fábricas y talleres, con objeto de que se presten á los operarios todas las garantías que merece la vida humana; la reglamentación de las labores de la mujer y del niño; la eliminación de ciertas prácticas perjudiciales á la salud y progreso de las clases obreras; la creación de tribunales de arbitraje y la fijación de principios y reglas que puedan resolver preliminarmente los conflictos surgidos en este campo de lucha eterna, son otras tantas materias, no sólo de investigación y estudio, sino de preceptos legales que regulen en México, como en la mayoría de las naciones de la tierra, las relaciones entre el capital y el trabajo.

A este fin tiende la iniciativa que presentó el Ejecutivo á esta Honorable Asamblea y que está pendiente de vuestra resolución, proponiendo el establecimiento de una oficina encargada, al mismo tiempo que de recopilar y publicar datos estadísticos y de cualquiera otro orden relacionados con el trabajo nacional, de formar reglamentos sobre los contratos é inspección de las instalaciones industriales y aún de mediar amistosamente en los conflictos á que acabo de referirme.

El Ejecutivo cree, y así lo manifestó en la exposición de motivos que funda la mencionada iniciativa, que el ideal que en estos momentos persigue el pueblo mexicano, y al que no es por cierto ajeno el Gobierno interino, quedaría sin realizarse si al par que se asegurasen á las clases populares los derechos que señala la Constitución, no se proporcionara á esas clases los medios de obtener su mejoramiento económico.

Los hechos que acabo de enumerar os dan á conocer los esfuerzos realizados por mi gobierno en cumplimiento de la primera parte del programa que tenía enfrente: la pacificación del país, no sólo por medio de medidas directas y conducentes de una manera inmediata á la destrucción de los focos de desórdenes, sino por iniciativas encaminadas al estudio de los grandes problemas económicos cuya solución será en lo futuro la verdadera base de la paz nacional.

Cuanto á la segunda parte de ese programa, que era (no lo habéis olvidado) asegurar la efectividad del sufragio, puedo afirmaros sin temor de ser desmentido, que las elecciones últimas se han efectuado sin la más leve presión por parte del Gobierno Federal, y que si en ellas se hubieren registrado algunos fraudes y violaciones á las leyes, ajenos ciertamente á mi voluntad y á mi deseo, las autoridades judiciales, en primer término, y vosotros, después, habéis sido los llamados á juzgar de la certidumbre ó falsedad de tales imputaciones, en la forma que os lo haya dictado vuestra ilustración y de acuerdo con vuestro patriotismo y vuestra conciencia.

Por lo que á mí hace, quedaba un compromiso personal con uno de los principios revolucionarios aceptados por la opinión pública: la no reelección.

Y ese compromiso lo he mantenido en pie, con igual firmeza al expirar mi período presidencial que al iniciarse; sin que hayan quebrantado mis resoluciones el hecho de que la ley que sancionaba ese principio no era aún un precepto constitucional, la postulación en favor mío sostenida por varias agrupaciones políticas que han llevado á cabo su programa á cara descubierta y á luz plena, ni las insinuaciones deslizadas en la sombra y que rara vez dejan de escuchar los hombres que habitan, siquiera sea un sólo día, las grandes alturas tan favorables á esa enfermedad ambiente que se llama el vértigo.

A unos y otros he dado invariablemente la misma respuesta, inspirada por una convicción, al par que era impuesta por un deber, que de no haber contraído con la nación habría contraído conmigo mismo: el de entregar la Primera Magistratura de la República al designado por la voluntad popular.

Tenía, además, el interinato el compromiso de reorganizar los servicios públicos, y aunque ya he dado á conocer en mi mensaje á las Cámaras le marcha de los diversos ramos administrativos, he de agregar, ahora, que se ha proseguido esa tarea con toda actividad, según lo demuestra la enumeración de los acuerdos é iniciativas posteriores á aquel mensaje y que figura entre los anexos del presente informe.

Deseo, sin embargo, referirme á la situación financiera de la República, que, no obstante los trastornos ocasionados por la revolución, continúa siendo bastante satisfactoria.

Según os anuncié en mi mensaje de 16 de septiembre, el ejercicio fiscal último se cerró con un sobrante en los ingresos sobre los egresos, cuyo monto no era conocido aún en aquella fecha; en la actualidad puedo informaros que ese superávit pasó de siete millones de pesos.

El ejercicio económico que comenzó el 1 de julio se ha iniciado bajo muy buenos auspicios, pues en los tres primeros meses las recaudaciones de las dos principales rentas (los derechos de importación y la Renta del Timbre) sólo acusan una diminución de poco más de dos millones, en relación con igual período de 1910-1911, que fué verdaderamente excepcional á causa del movimiento determinado por las fiestas del Centenario; comparativamente al primer trimestre de 19091910, que fué un año normal, la baja es únicamente de $ 600,000.

Y si aceptamos, como no puede ser menos, que vencidos los trastornos á que antes he hecho alusión, los negocios volverán á su curso habitual y que el país, generoso y fuerte, seguirá proporcionando á sus hijos nuevos y más amplios elementos de vida, es indudable que muy pronto el Fisco recobrará con creces las sumas perdidas.

En esa consideración, no he vacilado en remitir á la Cámara una iniciativa proponiendo un aumento de tres millones de pesos al presupuesto de gastos, con la certeza de que ese aumento en nada alterará el equilibrio fiscal existente hace años en el país, siempre que no se presenten circunstancias imprevistas y que el Gobierno futuro desarrolle, como es de presumir, una política hacendaria de bien meditada cautela.

Está en vuestro poder una iniciativa solicitando que se autorice al Ejecutivo para disponer de las reservas del Tesoro hasta la cantidad de $ 12.000,000 con destino á erogaciones imprescindibles, entre las que figuran el aumento á los haberes del soldado, la creación de nuevos Cuerpos rurales y el licenciamiento de varios grupos que aún permanecen armados.

Como al mismo tiempo se pide la cancelación de algunas partidas del propio presupuesto de egresos, la cantidad líquida que debe tomarse de las reservas, en caso de que honréis con vuestra aprobación el expresado proyecto de ley, es únicamente de $ 5.800,000, cantidad que como acabo de manifestar, se solicita para atender á necesidades verdaderamente imprescindibles.

Terminaré esta parte de mi informe, consignando que al separarme de la Presidencia de la República, las reservas del Erario Federal, existentes en la Tesorería, Oficinas públicas y Casas bancarias, nacionales y extranjeras, se elevan á 48 millones.

Con placer especial os comunico que durante el período de mi interinato han sido cordialísimas las relaciones de México con los gobiernos extranjeros, sin que un solo motivo serio haya podido perturbarlas en lo más mínimo.

Respecto de los demás ramos, se han tomado varios acuerdos y realizado algunas mejoras cuyas referencias encontraréis en los anexos de este informe, habiendo tendido todos los esfuerzos del Ejecutivo en el de Justicia á la independencia completa de esta función gubernamental.

El Gobierno Interino creó una Junta superior de Guerra, con el fin no sólo de conservar todas las tradiciones militares, sino de resolver los problemas capitales relacionados con el Ejército, muy especialmente el del reclutamiento que vigorice las unidades que tienen á su custodia las armas federales.

Por desgracia, no son todas perspectivas favorables en el cuadro que trazo ante la Representación Nacional; existen sombras y peligros que no se escapan seguramente á vuestra penetración.

Toco ya al final de mi informe; pero antes de separarnos quiero expresaros mi profundo agradecimiento por el franco apoyo que me habéis prestado, y quiero también que recojáis de mis labios la expresión de mi gratitud por las reiteradas muestras de consideración de que he sido personalmente objeto, en un momento de mi vida en que las grandes amarguras han sido compensadas por las grandes satisfacciones.

Y esta es ocasión asimismo de que os manifieste que en este tan difícil período de gobierno, que únicamente acepté por un sentimiento de amor á la Patria, yo he sido el primero en lamentar que la persona encargada del Poder Ejecutivo no haya reunido las capacidades y aptitudes que reclamaban las circunstancias.

A falta de las dotes indispensables para la resolución de los agudos problemas que le salían al encuentro, el Presidente Interino ha tratado de obtener el concurso alentador de todos los intereses sanos de la sociedad, y convencido de que la mejor orientación de un gobernante que aspira á cumplir con su deber, es la libre discusión de sus actos, he dejado que las críticas y las censuras se abriesen paso, sin buscar el auxilio interesado de ningún órgano de la prensa, para la que siempre he tenido las consideraciones que merece este importante factor de la opinión pública.

Creo, sin embargo, que en los momentos actuales se impone la necesidad de una ley de imprenta que dé garantías completas para la emisión libre del pensamiento, fijándole los límites que le señalan los principios de orden público y los derechos individuales, merecedores de todo respeto.

Algunos me han acusado de poco enérgico, mas puedo asegurar que jamás he dejado de tener firmeza en cuanto se ha tratado de obedecer y hacer obedecer la ley, y á los que aconsejan el uso inmoderado de las medidas radicales, les contestaré que existe mayor dosis de energía en contenerse, cuando las circunstancias parece que justifican todos los extremos, que en servirse de éstos en provecho de un resultado inmediato.

Lo diré de una vez: soy enemigo de la efusión indebida é innecesaria de sangre, y si esto constituye una culpa, gustoso me entrego desde ahora al tribunal de vuestra conciencia, como me someto á los fallos de la historia.

Soy hombre de ley, y convencido de que toda violación de ella, cualesquiera que sean los motivos que se invoquen, encierra un germen de peligrosas transgresiones, jamás pretendo buscar un pretexto para evadir sus preceptos.

Diré más todavía: en las delicadísimas condiciones en que se ha desarrollado mi gobierno (que forzosamente tenía que ser un gobierno de transacción, esto es, un gobierno de tolerancia) el Presidente Interino no podía provocar por su cuenta y riesgo, crisis políticas que trajeran como consecuencia trastornos graves del orden público, sin convertirse en un elemento más de disolución, cuando tantos bregaban en una ansia destructora.

Y así como entiendo el principio liberal, que profeso de todo corazón, como la más perfecta fórmula de respeto á las conciencias, así también estimo que ese principio, llevado á otros campos de acción, debe encerrarse dentro de los límites que le marcan la salud y la conservación sociales.

Termino formulando un vehemente deseo que es al par consoladora esperanza; que todos nos unamos en un mismo sentimiento y en un mismo deber, que demos al olvido disenciones y rencores, que aliemos nuestros esfuerzos y nuestras voluntades y que reclinemos nuestras fatigadas cabezas en el amoroso regazo de la Patria.

Contestación del Dip. Manuel Leví, Presidente del Congreso.

Señor Presidente :

La Cámara de Diputados estima en su justo valor los móviles que. inspiraron vuestro propósito al pedirle que os permitiese darle cuenta de vuestra labor administrativa, y ha escuchado con toda la atención que el asunto requiere, el interesantísimo informe que acabáis de presentarle.

Juzga, sin vacilaciones, que esa vuestra labor en el Gobierno transitorio de la República, ha sido, sin linaje alguno de duda, acertada, prudente, juiciosa, y sobre todo, altamente patriótica.

Vuestros esfuerzos, por nada ni por nadie desmentidos y encaminados á resolver los difíciles problemas de una situación anormal, serán estimados amplia y justamente por todo el pueblo mexicano, quien hará, con su reconocido patriotismo, que vuestro nombre pase á la historia á ocupar el envidiable puesto que merecidamente le corresponde.

La Cámara de Diputados, que á honra tengo presidir y de la cual me creo intérprete en este momento, reconoce que habéis laborado con empeño en bien de la República, colocando á gran altura el excelso nombre de la Patria.

Al retiraros de vuestro altísimo puesto, lleváis Señor Presidente, la gran estimación y la honda gratitud del pueblo mexicano, irá con ellas también la tranquilidad de vuestra conciencia por haber cumplido los deberes que en situación difícil y delicada los impuso el amor á la Patria, por la cual y para la cual no duda que seguiréis trabajando con todo el empeño de que habéis dado inequívocas pruebas.

Admiramos, señor Presidente, un fenómeno político sin igual en nuestra historia: la entrega del Poder Ejecutivo obsequiando y obedeciendo los preceptos constitucionales. Ello es un buen augurio de felicidad para esta Patria á quien tanto amamos.

Fuente:

Los presidentes de México ante la Nación : informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. Editado por la XLVI Legislatura de la Cámara de Diputados. 5 tomos. México, Cámara de Diputados, 1966. Tomo 2. Informes y respuestas desde el 1 de abril de 1876 hasta el 4 de noviembre de 1911.

Los cinco tomos fueron digitalizados por la Universidad de Texas:
http://lanic.utexas.edu/larrp/pm/sample2/mexican/history/index.html