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Francisco I. Madero. Epistolario 1900-1909. 2. Mis recuerdos. Enero 10 de 1909.
Enero 10 de 1909

 

 

MIS RECUERDOS

Enero 10 de 1909

NACÍ el 30 de octubre de 1873, en la hacienda de El Rosario, Municipio de Parras, Estado de Coahuila.

Mis primeras letras las aprendí con las virtuosas señoras Albinita Maynes y doña Chonita Cervantes.

Posteriormente estudié con don Manuel Cervantes, quien fue igualmente mi profesor de música.

A la edad de 12 años (año de 1885) ingresé al Colegio de San Juan en Saltillo.

Este Colegio es de Jesuitas y se dedica, más que todo, a desarrollar el sentimiento religioso de los niños.

A mí me impresionaron fuertemente las enseñanzas que allí recibí, al grado de que quería ingresar a la Compañía de Jesús, pues en aquella época llegué a estar convencido de que ese camino era el único que podría llevarme a la salvación eterna.

En ese Colegio mi profesor fue el señor Albereli; era Rector del Colegio el padre Brisac y Prefecto el padre Espina, que se ha hecho célebre por sus teorías astronómicas, en contradicción con los principios hasta ahora universalmente admitidos.

Un año solamente permanecí en [su] dicho Colegio.

Al año siguiente fui al [de] Saint-Mary's College, en St.-Mary, cerca de Baltimore, Estados Unidos.

Allí permanecí un año escolar incompleto, así es que aprendí muy poco inglés, y ninguna otra cosa por [falta de] no conocer el idioma.

El principal profesor que tuvimos allí, fue el señor Lagarde, de las familias francesas de Nueva Orleáns. Este señor era conocido de mi familia desde muchos años atrás, [en que] cuando estuvieron en un Colegio de Hermanas de la Caridad, el de San José, en el mismo pueblito, algunos hermanos de mi papá, habiendo sido [y] él [fue] su tutor. También fue nuestro tutor a la vez que nuestro profesor (hablo en plural, porque estaba yo [junto] con mi hermano Gustavo y los hermanos de mi papá, Ernesto, Manuel y José). Conservo [un] gratísimos recuerdos de aquel señor, que siempre nos trataba con [tanta] gran benevolencia y seguido [con, frecuencia] nos llevaba a su casa [a pasar el día] de recreo.

Estábamos en [ese] el Colegio cuando recibimos la noticia de que había muerto un [hermanito] hermano nuestro, a quien queríamos muchísimo, debido a su precoz inteligencia y a los nobles sentimientos que revelaba. Su muerte fue verdaderamente trágica, pues con un carrizo que él traía, hizo que se desprendiera la lámpara de petróleo que estaba [colgada] pendiente de una pared, y al caer sobre él lo bañó el líquido combustible que inflamó con la mecha. Raulito (así se llamaba aquel querido hermano) sólo sobrevivió 17 horas y murió en medio de grandes sufrimientos, pero con una calma y una serenidad que revelaban la grandeza de su alma. En nuestra familia recordamos con ternura algunas de sus últimas palabras que pronunció antes de morir: "Ya no vuelvo a ir a la cocina, mamacita", porque precisamente cerca de aquel lugar había encontrado la muerte. Ese hermano querido, al abandonar este mundo, no por eso nos abandonó, y desde su mansión [en el espacio] etérea sigue nuestros pasos con solícito cariño, desempeñando con sus hermanos de la tierra el dulce papel de espíritu protector, o sea lo que se llama en términos más poéticos "ángel guardián".

De la época que estuve en aquel Colegio, conservo el recuerdo de paseos en trineo, [ya] tirados por caballos, [o] y de pequeños trineos en los cuales nos sentábamos y bajábamos las pendientes con vertiginosa velocidad; tampoco se me ha borrado el recuerdo de uno que otro asalto de box a puño pelón. Una vez, estuve sosteniendo un asalto de esa naturaleza con uno de mis condiscípulos americanos durante quince minutos, que fue lo que duró el recreo. Todos los estudiantes formaban círculo a nuestro derredor, y al llegar uno de los hermanos que nos vigilaban, suspendimos momentáneamente el asalto, pero él dio su consentimiento para que continuáramos, y tanto él como otro hermano de jerarquía superior, que llegó después, no sólo eran espectadores de ese asalto, sino que nos incitaban a no desmayar. Recuerdo que mi contrincante estaba en un rincón más alto que el punto en donde yo me encontraba, lo cual es muy ventajoso para esa clase de asaltos.
Algunas veces me quedaba en mi lugar, con la esperanza de que él me atacara, y proseguir la lucha en condiciones más ventajosas para mí; pero él nunca abandonó su lugar y yo fui el que tuve que atacarlo constantemente, incitado por los "buenos" hermanos y padrecitos que no dieron en aquella vez grandes pruebas de moralidad.

Al terminar el recreo, terminó el asalto: los dos teníamos los ojos inflamados, las narices chorreando sangre y [toda] la cara llena de contusiones. Fuimos a la pila de agua a darnos una buena refrescada, y muy cortésmente nos ofrecíamos el primer lugar para verificar esa operación. Después un shake hands puso término a nuestra rivalidad.

Las vacaciones las fuimos a pasar a Parras; [y] a Gustavo mi hermano y a mí nos mandaron una vez pasadas éstas, a París, aprovechando la oportunidad de que hacía un viaje a Europa un tío nuestro, don Antonio V. Hernández. Con nosotros emprendió el viaje un primo nuestro, Eduardo A. Zambrano.

Nos embarcamos en Nueva York en el vapor de la Trasatlántica francesa "la Bretagne", y pasamos en el mar el 13 de octubre, día del cordonazo de San Francisco.

Sólo el primero y el último día de la travesía los pasé bien; el resto del tiempo fui mareado, y recuerdo que me sentía tan molesto con ese malestar, que iba ideando el modo de no volverme a embarcar, y pensaba que sería mucho más agradable hacer el viaje de regreso por Siberia y el estrecho de Behring, aun en el caso de que tuviera que hacerlo a caballo, que siempre ha sido mi sport favorito, pues desde nuestra más tierna infancia hacíamos, mis hermanos, parientes y yo, grandes viajes a caballo.

Llegamos a París, el cerebro del mundo, como decía Víctor Hugo; fuimos a parar a casa de un tío nuestro, hermano de mi madre, don Lorenzo González Treviño. Muy pronto nos instaló en una pensión particular de un señor Frillé. [Allí aprendimos francés con un profesor peruano cuyo nombre no recuerdo; después fuimos al Colegio Chaptel, que es de los sostenidos por la municipalidad de París.] Allí estuvimos algunos meses, hasta terminar el año escolar, y pasamos el año de 87 al Liceo de Versalles, al que posteriormente se le cambió de nombre, llamándose ahora Liceo Hoche, en recuerdo del ilustre y modesto guerrero del mismo nombre, que tuvo su cuna en aquella histórica ciudad.

En [ese] aquel Liceo es en donde más aprendí, pues estaba yo [al corriente] en posesión del idioma. Sin embargo, sólo permanecí [dos años] un año y meses, y pasé a la Escuela de Altos Estudios Comerciales en la Plaza Malesherbes, París, en donde [permanecí] estuve tres años hasta terminar mis estudios comerciales, hacia el mes de junio [del año] de 1892.

En este último colegio [los estudios] son muy completos los cursos, pues no solamente se estudia contabilidad y taquigrafía, como en las escuelas similares de los Estados Unidos, sino que se hacen estudios muy interesantes sobre mercancías, el modo de fabricar cuanto objeto manufacturado existe, los aparatos y máquinas más modernas que se emplean, los lugares en donde se encuentran las materias primas, los mercados para las manufacturas, los precios de costo y, en general, cuanto dato puede interesar a una persona que desee establecer algún negocio industrial o mercantil. Además, teníamos cursos muy completos de Economía Política, Geografía Comercial, Matemáticas en sus aplicaciones y toda clase de operaciones financieras; de Código Civil y Comercial; Legislación de Presupuestos; así es que los estudios en aquel plantel son muy importantes y hacen tener, a [los que] quienes salen de [él] allí, un espíritu amplio que les permite apreciar las cosas desde un punto de vista superior.

Mis impresiones de colegio, durante los cinco años que estuve en Francia, son de las más gratas.

El francés es muy hospitalario y trata al extranjero con una cortesía llena de afabilidad. Nosotros, los de raza latina, cuando vamos a Francia, nos sentimos más en nuestra casa que en los Estados Unidos, pues nuestro carácter congenia mucho más con el francés que con el anglosajón.

En Francia son tan republicanos y profesan tal culto [por el principio de] a la igualdad, que en los colegios del gobierno tratan sin ninguna distinción a los franceses y a los extranjeros, aunque éstos sean negros del Africa, turcos, chinos [o de la América Latina] o de las partes más atrasadas* del globo.

El método de enseñanza en los colegios franceses me parece excelente: las clases son orales y los alumnos [tienen que tomarlas] las toman en cuadernos especiales, lo cual influye para que se les grabe más la idea. Esto no excluye, en ciertos casos, el que se consulte con libros de texto, pero éstos son muy poco empleados en los colegios profesionales. Además, los alumnos están sujetos a constantes exámenes, lo cual los obliga a estudiar todo el año, mientras que aquí, en México, como no hay más exámenes que los de fin de año, los alumnos que no son muy estudiosos [emplean en pasearse] se pasean la mayor parte del tiempo y sólo dedican a estudiar unos cuantos días antes de los exámenes de fin de año.

Pasando a otro orden de ideas, diré que en el año de 1889 llegó toda mi familia que fue a pasar toda una temporada a Francia. Tuvimos muchísimo gusto en verla, pues hacía dos años que [no la veíamos] nos habíamos separado de ella.

Después de pasar en París los últimos meses de la Exposición Universal, mi familia se fue a radicar a Versalles en la calle d'Angervillers 18 bis.

Conservo recuerdos muy vivos de aquella época: el palacio y el parque son dignos de conocerse, por su magnificencia el primero y por su belleza el último.

También conservo un recuerdo muy preciso del excelente señor Julio Serrano, francés descendiente de español, profesor en el Liceo Condorcet, que estableció una pensión de familia en la cual estuvimos mucho tiempo, ya en Versalles, ya en París, a donde fue a radicarse posteriormente. Tanto él como su esposa y sus niños eran excelentes personas.

Ese querido amigo ya murió y su señora ha seguido con una pensión en que da alojamiento y comida a algunos estudiantes.

Entre mis múltiples y variadas impresiones de aquella época, [El principal acontecimiento que debo narrar, creo] el acontecimiento que ha tenido más trascendencia en mi vida fue que el año de 1891 llegaron a mis manos, por casualidad, algunos números de la Revue Spirite, de la cual mi papá era suscritor; [y que] se publica en París desde que la fundó el inmortal Allan Kardec.

En aquella época, puedo decir que no tenía ninguna creencia religiosa, ni ningún credo filosófico, pues las creencias que alimenté en mi infancia y que tomaron cuerpo cuando estuve en el Colegio de San Juan, se habían desvanecido por completo.

Yo creo que si no hubiera ido a ese colegio en donde me hicieron conocer la religión bajo colores tan sombríos y tan irracionales, las inocentes creencias que mi madre me inculcó en mi tierna infancia, hubieran perdurado [por] mucho más tiempo.

Pero el hecho es que en aquella época no tenía yo ninguna creencia, así es que no tenía ninguna idea preconcebida, lo que me puso en condición de [poder] juzgar al Espiritismo de un modo desapasionado e imparcial.

Con gran interés leí cuanto número encontré de la Revue Spirite, y luego me dirigí a las oficinas de la misma publicación, que es en donde existe la gran librería espírita. Mi objeto era comprar las obras de Allan Kardec que había visto recomendadas en la Revista.

No leí esos libros, sino los devoré, pues sus doctrinas tan racionales, tan bellas, tan nuevas, me sedujeron, y desde entonces me considero espírita.

Sin embargo, a pesar de que mi razón había admitido esa doctrina y la había aceptado francamente, no influyó desde luego en modificar mi carácter ni mis [tendencias] costumbres. La semilla estaba puesta en el surco, [pero no germinó desde] y aunque desde un principio germinó por haber caído en tierra fértil, no por eso fructificó desde entonces, pues [esa creencia, como toda planta necesitaba] aunque había comprendido el alcance filosófico de la doctrina espírita, no comprendí desde luego su alcance moral y práctico. El tiempo, las vicisitudes, las consecuencias de mis actos [irreflexivos] apegados a la ley de mis nuevos conocimientos, me harían meditar profundamente y me harían comprender con claridad las enseñanzas morales de la doctrina espírita.

Otras impresiones que conservo son los recuerdos del colegio, íntimamente ligados con muchos buenos amigos que dejé por allá, de los cuales sólo he vuelto a ver a Marc Landreau que viene periódicamente a esta República para sus negocios, y a Alejandro de la Arena, que fue mi condiscípulo por espacio de tres años y que ahora reside en México, ocupado en disfrutar de las rentas que le quedan después de haber gastado la mayor parte de la cuantiosa fortuna que le legaron sus padres.

Fuera de mis condiscípulos, cultivé buenas relaciones con el doctor Ramón Fernández, que era Ministro Plenipotenciario de México en Francia, y que ya murió; con su hijo Ernesto, que siempre fue y es hasta la fecha un buen amigo mío; con el maestro Altamirano**, a la sazón Cónsul de México en París, y con cuya amena conversación pasé ratos muy agradables; y por último, con Juan Sánchez Azcona, con quien trabé íntima amistad que aún perdura y que quizá aumente si nos encontramos otra vez en el mismo medio, pues siempre he sentido gran simpatía por él. Desde que nos separamos en Europa, él se ha dedicado al periodismo y a la política; ha sido diputado al Congreso de la Unión varias veces, y ahora es de los organizadores del Partido Democrático y del periódico México Nuevo. Si lucha con virilidad en la gran campaña electoral que se inicia, no será remoto que llegue a desempeñar papel [de importancia] importante en la próxima administración, pues es inteligente, íntegro y de grandes ideales.

Se me ha [pasado] olvidado hablar de las vacaciones de 1891 que me dejaron para siempre gratísimos recuerdos: cerca de tres meses estuvimos en Rayan, en la embocadura de la Gironda, bañándonos diariamente en el mar y gozando del clima, de los paseos al bosque, de expediciones en veleros pequeños del Casino, y de la buena compañía, pues además de mi mamá y hermanos, estuvieron allí Marcos Hernández y Ernesto, Manuel y José Madero, así como algunas familias francesas, la del señor Serrano, del ingeniero Fredireau, con quienes teníamos relaciones muy cordiales, así como con otras familias francesas.

En aquellas mismas vacaciones, mi mamá, mis hermanas Mercedes y Magdalena, Manuel Madero y yo fuimos a Burdeos, Lourdes, Canterets, en los Pirineos, y a San Sebastián. No describiré viaje tan pintoresco, sólo diré que conservo muy vivo el recuerdo de él y de una hazaña [náutica] que llevé a cabo en la última población, que está situada en la preciosa bahía o concha de su propio nombre. Mi hazaña consistió en irme a nado desde la playa hasta una de las islas que casi cierran la [puerta] entrada de la concha, habiendo recorrido una distancia de dos millas sin más descanso que el que encontramos los nadadores [nadando] boca arriba. En esa hazaña fui acompañado por Manuel Madero que muy pronto se cansó y subió a bordo de un pequeño bote de remos que contratamos para que nos acompañara, pues ignorábamos si las fuerzas nos alcanzarían para llegar hasta las islas y por lo menos lo hubiéramos necesitado para el regreso. La travesía a nado la hice sin gran fatiga, pero hay que advertir que entonces tenía tres meses de estarme bañando en el mar casi todos los días, así es que tenía un gran ejercicio.***

Al terminar mis cursos en la Escuela de Altos Estudios Comerciales, emprendí un viaje por Europa en compañía de don José González Misa y su familia. Fuimos de París a Bruselas, Amberes, La Haya, Amsterdam y Colonia.**** [Llegando allí] De aquí resolví regresar [devolverme] a París a fin de volver [venirme] cuanto antes a México, pues hacía cinco años que estaba fuera de mi patria y tenía grandes deseos de regresar a ella.

Mi papá me había autorizado para que hiciera un viaje por toda Europa en compañía de la referida y honorable familia coterránea nuestra, pero eran tales los deseos de volver a mi tierra, que sacrifiqué ese viaje con tal de [venirme pronto] retornar cuanto antes. Me hacía las cuentas de que pronto volvería a terminarlo, pero no ha sido así, y quién sabe hasta cuándo lo emprenderé; [aunque es una cosa] sobre todo, considerando que el tal proyecto actualmente no ocupa ningún lugar en mi imaginación, llena por completo con otras ideas.

El regreso a mi patria fue para mí motivo de gratísimas impresiones. Estuve tres meses en la Hacienda del Rosario, en donde pasan el verano gran parte de nuestros parientes y en donde pasábamos y aún pasamos temporadas [gratísimas] deliciosas, con paseos a caballo, baños de natación, bailes, días de campo, meriendas, paseos en coche; todo eso con un clima delicioso, con panoramas bellísimos [a la vista] y paisajes encantadores, [por todas partes] hace que esas temporadas de verano dejen siempre gratísimos recuerdos. [a los que disfrutan de ellas]

Terminadas esas deliciosas vacaciones, fuimos mi hermano Gustavo y yo, así como nuestras hermanas Mercedes y Magdalena, acompañados de nuestro querido papá, a California. Mis hermanas fueron instaladas en el colegio de hermanas de Notre-Dame, y Gustavo y yo en la Universidad de California, en Berkeley, cerca de Oakland, en el Departamento de Agricultura.

En ese colegio permanecimos unos ocho meses, me perfeccioné algo en el inglés y adquirí algunos conocimientos generales de agricultura que me han sido muy útiles posteriormente.

En el mismo convento en que se encontraban mis hermanas, había algunas señoritas mexicanas, entre ellas la señorita Sara Pérez, que después ha llegado a ser mi esposa.

Allí en el colegio apenas la conocí, pero intimó mucho con mis hermanas y esa intimidad fue después motivo para que me encontrara con ella en México y me prendara de sus cualidades.

Al [terminar] concluir el año escolar y mientras lo terminaban nuestras hermanas, fuimos Gustavo y yo a un pequeño paseo por Santa Cruz, en donde se encuentran algunos árboles gigantescos llamados "bigtrees"; de ahí a Monterrey en donde se encuentra el magnífico hotel del Monte y el espléndido paseo de 17 millas que se recorre en buque [casi siempre a orillas del mar] y teniendo a la vista los más variados y espléndidos paisajes. Para terminar nuestro viaje, fuimos al Valle de Yosemite, que es uno de los puntos más hermosos del globo, pues la Naturaleza se ostenta con toda su majestad; los panoramas son imponentes, bellísimos: no ya el paisaje risueño y encantador en donde la mano del hombre alterna con la Naturaleza, sino la Naturaleza sola ostentando majestuosamente sus galas, sus bosques hermosísimos, sus árboles cuya cima toca a las nubes y de los cuales uno de ellos se encuentra perforado en su grueso tronco y oculta un gran carruaje con dos tiros de caballos; las montañas a pique con cascadas de 300 metros, cascadas en que un grueso torrente se convierte en lluvia finísima, que con los rayos del sol presenta las más hermosas cambiantes del iris.

Regresamos a Berkeley, asistimos a la fiesta escolar de nuestras hermanas y regresamos a nuestra patria, pasando por Yuma, en las márgenes del Colorado y por los desiertos que le avecinaban, y en los cuales se siente un calor terrible, pues el termómetro marcaba [en la sombra] dentro del pullman 116° Fahrenheit.

De retorno a mi patria, después de breves vacaciones, me radiqué en San Pedro de las Colonias, hacia el mes de septiembre u octubre del año de 1893.

Como en aquel año no vino agua en el Nazas, me ocupé en conocer todas las propiedades de mi papá, acompañado de Gustavo que vino conmigo, y guiados por don Atanasio González, que entonces era administrador de las propiedades. Este señor, con quien desde entonces conservo gran amistad, fue capitán de caballería en los tiempos de revueltas intestinas y, para nosotros, tenía un gran atractivo el relato que nos hacía de sus campañas.

No quiero entrar en más detalles, pues creo que todo lo que pasó fue de poca importancia; me limitaré a decir que desde el año siguiente, de 1904, principié a cultivar el algodón en las fincas de mi padre, que fue el que introdujo y popularizó en la región baja del Nazas el cultivo del algodón americano que da excelentes cosechas, en vez del algodón del país que se cultivaba antes y cuya siembra no se había abandonado por un espíritu de rutina inconcebible.

Los acontecimientos de más importancia para mí, fueron: mi conocimiento de la homeopatía en el año de 1896, que fue enteramente incidental, y que debo al coronel Carlos Herrera que le encargó un botiquín a mi papá. Desde entonces, que me convencí prácticamente de la conveniencia de ese método, he sido entusiasta propagandista de la homeopatía, pero en esto me ha excedido mi papá, que ha ayudado de un modo eficaz para la propaganda a los infatigables apóstoles de la idea, los doctores Segura y Fernández de Lara.*****

A ese sistema debemos la vida de nuestra adorada mamacita que estuvo muy grave de fiebre tifoidea, y que se alivió merced a la bondad y la eficacia de la homeopatía. Durante su enfermedad, que fue bastante larga por sus recaídas, estuve mucho tiempo a la cabecera de su cama y tuve la satisfacción de que en gran parte debiera su salud a mis esfuerzos, pues aunque mi papá y hermanos estuvieron siempre solícitos a su lado, en realidad papá y yo fuimos los médicos por mucho tiempo, y él, Mercedes mi hermana y yo, los enfermeros.

Esta enfermedad fue durante el año de 1902. En esa época, con la vida tan reposada, tan tranquila, tan lejos del bullicio de las fiestas y de los paseos, parece que me reconcentré en mí mismo, pues empezaron a resucitar recuerdos que creía enterrados para siempre, y la imagen de Sarita se presentó de nuevo a mi espíritu. Entonces recordé que no tenía ningún motivo para quebrar con ella, que a nadie podía amar con un amor tan grande, y que difícilmente encontraría quien pudiera sentir igual cariño por mí.

Para esto diré que cinco años antes había estado en relaciones con ella, que la había ido a visitar con frecuencia a México, que llevábamos muy asidua correspondencia y que nos amábamos entrañablemente, pero la distancia y la vida disipada que llevaba yo en aquella época borraron poco a poco en mí esos sentimientos y acabé por romper con ella sin ningún motivo. Para ella fue un golpe terrible y para mí un motivo más [de] para seguir mi vida disipada, pero a pesar de que cortejé a muchas otras señoritas, siempre, en mis momentos de calma, de serenidad, volvía a brotar de las profundidades de mi alma la imagen de Sarita.

Como para la época de la enfermedad de mi mamá había yo [dejado] olvidado mi vida disipada, [mi espíritu pudo hacer que fácilmente] predominaron en mí las tendencias más elevadas y muy pronto me formé el propósito irrevocable de volver a Sarita. Mi constancia triunfó de todos los obstáculos y al fin tuve el inmenso placer de estrechar entre mis brazos a la que debía ser mi inseparable, mi amantísima compañera, y que debía de ocupar un lugar tan predominante en mi corazón. La ceremonia de nuestro enlace civil se verificó el 26 de enero de 1903 en la casa del Lic. Agustín Verdugo, calle de Capuchinas número 8, en la capital de la República, que era la casa donde vivía mi futura esposa, por ser sobrina de la esposa de dicho licenciado. Al día siguiente en la mañana a las 9 a. m. se efectuó la ceremonia religiosa en la Capilla del Arzobispado, habiendo oficiado el mismo señor Arzobispo****** y habiendo dicho la misa el padre Angel Genda, hombre de rara virtud y que había sido por mucho tiempo confesor de mi esposa.

En lo civil, el juez que efectuó la ceremonia fue el conocido señor Briseño.

El banquete de bodas con que nos obsequió mi papá, tan bueno y generoso como siempre, fue en el Hotel de la Reforma, que era donde residíamos. Allí pasamos algunos días Sarita y yo, y luego nos trasladamos a San Pedro, en donde residimos desde entonces.

Antes de hablar de mi vida de casado, debo referir un acontecimiento de la de soltero, que ha tenido inmensa trascendencia en mi vida.

Cuando me penetré de lo racional y lógica que era la doctrina espírita, concurrí en París a varios círculos espíritas, en los cuales presencié algunos fenómenos interesantes. Los médiums, cuyos trabajos fui a presenciar, me manifestaron que yo también era médium [mecánico] escribiente. Desde luego quise convencerme de ello, y me puse a experimentar según las indicaciones que hace Kardec en el Libro de los Médiums. Mis tentativas sólo me dieron como resultado que trazara una pequeña línea con muchas sinuosidades, lo cual atribuía yo al cansancio de la mano al permanecer mucho rato en la misma postura.

Con este motivo y después de algunas tentativas aisladas abandoné esos experimentos.

Sin embargo, una vez que estaba enfermo de [mal amarillo o de] fiebre gástrica, Manuel Madero, que se encontraba en mi casa, siendo yo su médico y su enfermero, en las largas horas en que estaba pendiente de él o en las que no le dirigía la palabra para no cansarlo, se me ocurrió renovar mis tentativas con verdadera constancia, y a los muy pocos experimentos empecé a sentir que una fuerza ajena a mi voluntad movía mi mano con gran rapidez. Como sabía de qué se trataba, no solamente no me alarmé sino que me sentí vivamente satisfecho y muy animado para proseguir mis experimentos. A los pocos días escribí con una letra grande y temblorosa: "Ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo." Esta sentencia me causó honda impresión y, siendo contraria a lo que yo me esperaba, me hizo comprender que las comunicaciones de ultratumba nos venían a hablar de asuntos trascendentales. Yo estaba acostumbrado a considerar esa sentencia como todas las que aprendí en mi infancia, pero sin concederle particular importancia ni comprender su fondo moral y filosófico.

Al día siguiente volví a escribir lo mismo, así como al tercero, pero entonces ya escribí un poco más, recomendándome el ser invisible que orara. Esto me [acabó de] impresionó aún más, porque si debo confesar la verdad, diré que muy rara era la vez que procuraba elevar mi espíritu por medio de la oración.

Después seguí desarrollando mi facultad, al grado de escribir con gran facilidad. Las comunicaciones que recibía eran sobre cuestiones filosóficas y morales, y siempre eran tratadas todas ellas con gran competencia y con belleza de lenguaje que me sorprendía y sorprendía a todos los que conocían mis escasas dotes literarias.

Estas comunicaciones me hicieron comprender a fondo la filosofía espírita y, sobre todo, su parte moral, y como en lo íntimo me hablaban con gran claridad los invisibles que se comunicaban conmigo, lograron transformarme, y de un joven libertino e inútil para la sociedad, han hecho de mí un hombre de familia, honrado, que se preocupa por el bien de la Patria y que tiende a servirla en la medida de sus fuerzas.

Para mí, no cabe ni duda que la transformación moral que he sufrido la debo a la mediumnidad, y por ese motivo creo que ésta es altamente moralizadora. Como no sería justo que no se beneficiaran mis hermanos (me refiero a toda la humanidad en general) con esos conocimientos y con esa práctica que he adquirido, pienso escribir un libro sobre estos asuntos, tan pronto como pueda disponer de una temporada de calma. No sé hasta cuándo sucederá tal cosa, pues principiando este año voy a lanzarme a la política con todo entusiasmo y quién sabe hasta cuándo pueda disponer de una temporada de [calma] reposo. Quizá al terminar la campaña electoral de 1910, o un poco más tarde, a menos que los azares de la lucha me lleven a algún calabozo, en donde podré dedicarme con toda tranquilidad a escribir mi libro. Esta hipótesis no es muy improbable, dado el carácter que tomará, indudablemente, la lucha electoral.

Pasando a otra cosa, diré que desde que me casé me considero completamente feliz; pues aunque hasta ahora no tengo sucesión, y [esto lo deseo] vivamente deseo tenerla, mi esposa es tan cariñosa conmigo y me ha dado tantas pruebas de su cordura, de su abnegación y de su amor, que creo no poder pedirle más a la Providencia.

Paso ahora a narrar los acontecimientos políticos en que me he encontrado mezclado, puesto que si estas memorias llegan algún día a tener cierta importancia, será por lo que se refiera a cuestiones políticas.

 

* El ms dice: "de la América Latina".

** Don Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893).

*** Este y el párrafo anterior se hallan intercalados en las hojas blancas a la izquierda del cuaderno.

**** En la ed. del Museo se lee Polonia, evidente error de transcripción.

***** Este es el apellido, aunque el ms. dice López.

****** Lo era don Próspero María Alarcón y Sánchez de la Barquera, Arzobispo de México, (1827-1908).

 

ARCHIVO DE DON FRANCISCO I. MADERO (2)
Epistolario (1900-1909)
Edición establecida por Agustín Yáñez y Catalina Sierra
Edición conmemorativa del cincuentenario de la muerte de DON FRANCISCO I. MADERO
EDICIONES DE LA SECRETARIA DE HACIENDA. MEXICO, 1963. pp.2-8.