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Siglo XX > 1900-1909 > 1901

Francisco I. Madero. Epistolario 1900-1909. 41. Carta de Madero al Sr. Don Antonio Gurza, su tío, en la fija su posición respecto a la autenticidad e interpretación de los Evangelios.
Diciembre 2 de 1901

 

 

EPISTOLARIO 1901

Diciembre 2

Sr. Don Antonio Gurza.
Durango.

Muy querido tío:

Ayer tarde recibí su grata del 29 pasado que voy a contestar en lo que yo considero esencial.

Empezaré por decirle a Ud. que no le puedo dar una contestación tan categórica como Ud. lo desea sobre si admito o no los textos evangélicos.

Me explico. Para mí, esa cuestión es sinónima de ¿hasta qué punto puedo admitir la autenticidad de los Evangelios?

Para contestar esa pregunta en juez (como usted dice) imparcial o más bien como crítico severo, debo de desprenderme de toda preocupación, de toda idea preconcebida, debo de estudiar hasta donde me alcancen mis fuerzas, las opiniones de todos los genios de primera talla que han hecho estudios aducibles sobre esa cuestión y para guiarme en ese laberinto de contradicciones debo hacer y hago lo que tanto me recomienda usted: "Pedir de todo corazón a nuestro Padre que está en el cielo que me ilumine, que permita que en mis estudios sea alumbrado por su luz divina, la verdad".

De lo poco que he leído y estudiado sobre la autenticidad de los Evangelios, resulta:

1o. Fueron escritos desde 60 hasta 110 años después de la muerte de Jesucristo, muchos Evangelios según dice San Lucas capítulo I versículo 1, 2, 3 y 4: "Habiendo muchos tentado a poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido del todo certificadas", etc. etc.

2o. De todos esos escritos se sacaron multitud de copias y de traducciones al griego, y

3o. El papa Dámaso confió en el año 384 a San Jerónimo la misión de redactar una traducción latina del Antiguo y Nuevo Testamento para que esta traducción fuese en lo sucesivo la única considerada como ortodoxa y sirviese de regla a las doctrinas de la Iglesia. Eso es lo que se ha llamado Vulgata.

Pues bien, para saber el valor que podemos darle a esta Vulgata oigamos lo que dice su autor, el mismo San Jerónimo encabezando la traducción latina de los Evangelios:

"De una antigua obra Ud. me obliga a hacer una nueva, Ud. quiere que yo me ponga como árbitro entre los ejemplares de las escrituras que existan desparramadas por todo el mundo y como ellos difieren entre sí, que yo distinga los que están de acuerdo con el verdadero texto griego. Es ése un piadoso trabajo, pero también es una audacia muy peligrosa de parte del que tiene que ser juzgado por todos de juzgar él mismo a los otros y de querer cambiar la lengua de un viejo y de convertir a la infancia al mundo ya viejo.

"Quién será en efecto el sabio y aun el ignorante que, cuando tenga en la mano un ejemplar nuevo, después de haberlo recorrido totalmente una vez, viendo que está en desacuerdo con el que está acostumbrado a leer no se ponga inmediatamente a gritar pretendiendo que yo soy un sacrílego, un falsario, porque yo me haya atrevido a cambiar, o corregir alguna cosa en los antiguos libros.

"Un doble motivo me consuela de esta acusación. La primera es que Ud. que es el Soberano Pontífice me ordena hacerlo, la segunda es que la verdad no sabría existir en dos cosas que son diferentes no obstante que ellas tengan por su lado la aprobación de los ..."

San Jerónimo termina así:

"Este corto prefacio se aplica totalmente a los cuatro Evangelios en el orden siguiente: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Después de haber comparado un cierto número de ejemplares griegos, pero de los antiguos que no se alejasen mucho de la versión itálica, los hemos cambiado de tal manera que corrigiendo solamente lo que nos parece alterar el sentido hemos mantenido el resto tal cual está." (Obras de San Jerónimo, edición de los Benedictinos, 1699, S 1 cal 1425).

Esta Vulgata fue posteriormente aprobada en el concilio ecuménico de Trento en 1545, pero declarada insuficiente y errónea por Sixto Quinto en 1590. Una nueva edición fue hecha por su orden, y la edición que resultó y que llevaba su nombre, fue modificada por Clemente VIII en una nueva edición que es la que está actualmente en uso.

Después de que los estudios profundos de la historia han hecho todas estas revelaciones, ¿hasta qué punto creemos que puedan ser auténticos los Evangelios? ¿Qué no estará permitido suponer que alguno de tantos que han modificado esos textos no lo haya hecho con miras torcidas a fin de aprovecharse y hacer aumentar su autoridad?

Debemos pues de ser circunspectos y mucho muy desconfiados en admitir al pie de la letra esos textos evangélicos.

Lo que sí se desprende claramente de su lectura, lo que ningún traductor ni reformador se ha atrevido a tocar, lo que hace su prestigio, lo que ha servido de bálsamo para curar las heridas de la humanidad y lo que ha dado a los mártires su sublime abnegación, es su sublime doctrina de amor que él resume en estas pocas palabras: "Amaos los unos a los otros." "Amad a vuestros enemigos."

En esas máximas y en el amor de Dios encerraba toda su doctrina y según él mismo dijo muchas veces y muy claramente, lo cual está repetido por todos los evangelistas es que con eso bastaba para salvarse.

Mi opinión pues sobre los Evangelios es que debemos buscar el fondo al espíritu de los Evangelios y no admitirlos al pie de la letra.

Ud. toma como base primordial o como origen de la autoridad del Papa los versículos 18, 19 y 20 del capítulo XXVIII del Evangelio de San Mateo que dicen: "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id pues a enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándolas a observar todo lo que os he mandado y que yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos", y el versículo 18 del capítulo XVI del mismo Evangelio: "Y yo también te digo que tú eres Piedra y sobre esta roca edificaré mi iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella."

Primeramente Ud. comprenderá que, aunque no debemos de atenernos a lo que dicen los Evangelios al pie de la letra, podemos en este caso hacerlo y ¿qué encontramos en favor de lo que Ud. alega? ¿Dice algo Jesús de sacramentos, infalibilidad del Papa o de sus apóstoles? ¿Por qué hemos de creer que los sucesores de San Pedro sean tan puros como él que oyó y bebió la palabra de Jesús? ¿Qué es lo único que dijo a sus discípulos? ¿Qué no les dijo también: id y poned vuestras manos sobre la cabeza de los enfermos y éstos sanarán? ¿Qué no les dijo también que aunque predicaran en su idioma serían entendidos por todas las naciones?

Pues bien, si el Papa y los obispos y demás miembros del clero católico dicen que han heredado las facultades que Jesús dio a sus apóstoles ¿por qué no las heredaron todas? ¿Por qué no curan poniendo las manos en la cabeza? ¿Por qué no son entendidos cuando nos hablan en un idioma distinto al que nosotros conocemos?

Además de eso, el clero católico en vez de "No juntar tesoros en la tierra porque no se puede servir a Dios y a las riquezas", en vez de "Ir a predicar sin llevar ni oro ni plata ni otra moneda", Ud. sabe las inmensas riquezas que posee en todo el mundo.

Jesús dijo: "No juzguéis a fin de que no seáis juzgados, pues vosotros seréis juzgados según juzguéis a los demás." En vez de esto, ¿qué ha hecho la autoridad eclesiástica sino tomarse facultades que jamás ha podido Dios dar a ningún mortal de perdonar los pecados o lanzar el ataque contra los pecadores?

Ya ve Ud. cómo los que tan mal han seguido y practicado la divina ley de amor predicada por Jesús no pueden ser sus intérpretes ni se les puede reconocer ninguna autoridad para interpretar los Evangelios que en muchas veces han reformado según sus conveniencias y caprichos.

Ya ve Ud. pues, cuál es el valor que doy a la autoridad del Papa para interpretar a los Evangelios.

En cuanto a lo que concedo a los Espíritas ya le he explicado extensamente en mis anteriores y por no cansarlo le diré únicamente lo siguiente:

1o. Los espíritus que se han manifestado en todo el mundo nos han dicho que la humanidad va derecho a la pérdida por un lado, por el fanatismo religioso que da más importancia a la práctica de ciertas formas o sacramentos o dogmas que a la práctica de la caridad y por el otro lado el fanatismo materialista que como usted dice con tanto "esprit" lo explica todo por los microbios, celdillas y la evolución de la materia sin querer admitir la existencia de un ser infinitamente inteligente que es Dios, ni querer admitir la existencia de otro ser más o menos inteligente que se llama alma o espíritu.

2o. Los espíritus se hacen conocer por sus palabras, es decir "el árbol se conoce por su fruto", y ellos no nos dicen que les creamos al pie de la letra lo que ellos nos dicen, sino que confrontemos las revelaciones que hacen en toda la faz de la tierra, y las pasemos por el tamiz de nuestra razón y de nuestro criterio más severo.

Tienen pues la autoridad que les da la elevación moral e intelectual, su imparcialidad, puesto que no tienen ningún interés en engañarnos y el uso que pueden hacer de facultades o sentidos que no tenemos los que estamos encerrados en esta estrecha prisión que se llama cuerpo.

Su próxima carta no podré contestarla muy pronto porque el miércoles próximo salgo para la frontera a unos ranchos donde me llega el correo con mucho atraso, pero me puede seguir dirigiendo sus apreciables cartas a ésta.

Como usted me recomienda, pido a Dios la luz para el que más la necesite, que los dos la necesitamos mucho para llegar a comprender una cosa muy sencilla.

Qué es más agradable a Dios ¿que le digamos (1) muchas cosas o que hagamos (2) muchas obras que nos ha recomendado mucho?

Esperando que se conserve bien en unión de toda su familia, quedo su sobrino que mucho lo aprecia.

FRANCISCO I. MADERO

(1) Léase "práctica de sacramentos".

(2) Léase "práctica de la caridad".*

C. 2, fs. 188-201.

 


* Estas notas y las llamadas en la parte correspondiente del texto aparecen en el manuscrito.

 

ARCHIVO DE DON FRANCISCO I. MADERO (2)
Epistolario (1900-1909)
Edición establecida por Agustín Yáñez y Catalina Sierra
Edición conmemorativa del cincuentenario de la muerte de DON FRANCISCO I. MADERO
EDICIONES DE LA SECRETARIA DE HACIENDA. MEXICO, 1963. pp.38-40.