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Siglo XX > 1900-1909 > 1901

Artículo 737. La muerte en la frontera
Regeneración, t. II, núm. 56, 30 de septiembre de 1901

 

A la ya enorme lista de asesinatos cometidos en la frontera norte de la República cuando el inepto del gobernador Reyes no pudo impedir tanto crimen ni castigo a los asesinos, hay que agregar un conato de homicidio del que se dice que es responsable el capitán segundo Aureliano Díaz, aquel valiente que se ensañó contra los honrados liberales lampacenses.

Como ya hemos dicho, millares de ciudadanos han sido brutalmente asesinados en la frontera, mientras Bernardo Reyes fue gobernador de Nuevo León. Ahora iba a ser asesinado el señor Elpidio Canales.

Veamos cómo se llevó a cabo el nuevo atentado.

Recordarán nuestros lectores que el señor Elpidio Canales fue injustamente procesado por el hecho de haber quemado un Judas la soldadesca que guarnece a Lampazos. El señor Canales fue puesto en libertad por ser inocente, en unión de otros compañeros suyos inocentes también y miembros del Club Liberal Lampacense.

Recordarán también nuestros lectores que el capitán Aureliano Díaz tiene aptitudes de esbirro, cualidades que son muy apreciadas en esta época de opresión.

Aureliano Díaz, el esbirro, quedó contrariadísimo con el fallo de la justicia federal que declaró inocentes a los que él y su colega, el verdugo Pedro Hernández, habían calumniado soezmente y vejado peor.

El señor Canales, ciudadano de irreprochables costumbres, salió en su carruaje la noche del 12 del actual en compañía de los señores Manuel Villarreal, José Ma. Villareal y Julián Peña. El carruaje que ocupaban los cuatro caballeros pasó entre ocho y nueve de la noche frente al cuartel del 12° Regimiento, y al verlos el capitán Díaz ordenó al cochero que se destuviera. El cochero no oyó tan imbécil orden y continuó su camino, pero a una segunda orden paró el carruaje.

Entonces el capitán, del modo más grosero, injurió la respetable memoria de la autora de los días del señor Canales y terminó su ultrajante discurso con una bravata de ebrio de plazuela, diciendo al señor Canales: "que no le acontezca volver a pasar por aquí, PORQUE TENGO ORDEN DE MATARLO como a un perro".

El señor Canales, con entera sangre fría, que indudablemente envidiarán más de una docena de soldaditos, que sienten temor de mujer histérica cuando están en presencia de un Judas ardiendo, contestó a Díaz como lo hacen los caballeros, pero el esbirro, fuera de sí, ordenó a varios de los rurales que indignamente manda el verdugo Pedro Hernández que apearan del coche al señor Canales. El señor Canales quiso bajar por su voluntad, pero tropezó y cayó.

Entonces Aureliano Díaz del modo más cobarde se atrevió a dispararle dos balazos, pero como afortunadamente a los cobardes les tiembla la mano cuando se trata de asesinar, las balas no tocaron al señor Canales.

Viendo el joven agredido que su vida peligraba, porque en la frontera el asesinato es cosa común y corriente en virtud de que no se castiga a los asesinos, trató de escapar de las garras del verdugo y huyó, logrando salvar su vida.

Díaz, llamado a declarar respecto del asunto, dijo con cinismo inaudito que el señor Canales le había disparado un balazo y que él se lo había contestado. Después dijo que dos habían sido los tiros que había disparado el señor Canales y uno de él, y por último, tratando siempre de eludir su odiosa responsabilidad, dijo que se habían cambiado dos tiros cada uno.

El cinismo de Díaz es inaudito, como decimos, porque el señor Canales no disparó ningún tiro; ni siquiera llevaba arma. Este escandaloso atentado ha quedado sin castigo y la impunidad ha enfatuado a Aureliano Díaz, quien a cada momento trata de ofender a los pacíficos ciudadanos de Lampazos.

El hecho ocurrió en presencia de varias personas honorables, entre las que se encuentran el banquero señor don Luis G. Vázquez, que con su familia se encontraba en las ventanas de su casa; don Ramón García y un tío suyo; el señor capitán don Gregorio G. García y el alcalde primero de Lampazos, señor don Cresenciano López.

¿Quedará impune este delito? Creemos que sí, porque no hay justicia, porque la inmoralidad administrativa dio a la ley el tiro de gracia hace ya veinticinco años.

Sin embargo de que sabemos que no se hará justicia, queremos, no sólo nosotros, sino todos los ciudadanos que se preocupan por el decoro de la patria, que se aplique la ley en este caso, pues de no hacerlo en el extranjero se formarán triste idea de nosotros.

También lo exige el honor de la nación, que se descubra ese ser misterioso que da órdenes para que se asesine a los ciudadanos, pues que Aureliano Díaz ha dicho que TIENE óRDENES DE MATAR al señor Canales como si fuera un perro.

¿Qué monstruo es ese que se oculta para expedir sangrientas órdenes de matanza? Interróguese a Aureliano Díaz para que exhiba a ese monstruo a quien sirve de instrumento para ejercitar innobles venganzas. Interróguese a este militar para que denuncie el asesino hipócrita, que más cobarde que el instrumento se oculta en quién sabe qué infecto tugurio o magnífico palacio para desembarazarse cómodamente de sus enemigos.

Y una vez que se haya descubierto el hediondo cómplice; una vez que la repugnante personalidad del monstruo haya sido esclarecida en el proceso, aplíquese a esa hiena, a esta repugnante pantera, el castigo que se merece, sin necias piedades, porque esos espantosos engendros no tienen derecho para inficionar a la sociedad con sus acciones purulentas.

Castíguese con ejemplar energía al instrumento y su cobarde cómplice, sin fijarse en que éste pueda ser un miserable o un potentado.

Es necesario que haya justicia, y así lo exigimos.

Ven nuestros lectores que la muerte amenaza a los ciudadanos. Que no hay garantías y que la vida de un hombre es un juguete para los asesinos.

 

Nota Bene: Véase la nota del editor de las Obras Completas de Ricardo Flores Magón aquí.

 

Fuente:

Obras Completas de Ricardo Flores Magón. REGENERACIÓN (1900-1901) Segunda Parte.
Artículos escritos por Ricardo Flores Magón en colaboración con Jesús y Enrique Flores Magón.
Jacinto Barrera Bassols INTRODUCCIóN, COMPILACIÓN Y NOTAS. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. México, 2004. pp.1134-1137.