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Siglo XX > 1900-1909 > 1901

Artículo 736. El general Bernardo Reyes considerado como gobernante
Regeneración, t. II, núm. 56, 30 de septiembre de 1901

 

Continuamos hoy la serie de artículos (1) encaminados a demostrar que el general Reyes no reúne las condiciones apetecidas para ser un buen presidente de la República.

Ahora vamos a ver que no tiene aptitudes para gobernante. Esta afirmación no es meramente dogmática, sino que ella es el resultado del análisis de su gestión administrativa en Nuevo León, practicado sobre los múltiples datos que arroja a la consideración pública esa misma gestión.

Un raciocinio vulgar, cuando se refiere a los adelantos del pueblo, siendo incapaz de profundizar sus investigaciones para desmenuzar uno por uno los variados elementos cuyo conjunto armónico al desarrollarse y crecer constituye el progreso de un pueblo, sólo se fija en las exterioridades más o menos aparatosas para declarar con el suficientismo de los necios que una sociedad progresa, sin preocuparse con la circunstancia de si ese progreso es como un edificio de hermosa forma al que no se le han puesto cimientos y propende, por lo tanto, a derrumbarse al menor contratiempo.

Al hablar de la gestión administrativa del general Bernardo Reyes como gobernador de Nuevo León no faltan espíritus superficiales, y lo que es peor, hombres con talento, que se deshagan en elogios al gobernante que, como el general Díaz, ha cuidado de ocultar nuestra miseria cubriendo la mendicidad del mexicano con los pintarrajeados activos de una riqueza más extranjera que nacional.

En efecto; los espíritus superficiales baten palmas por el adelanto material de Nuevo León así como por el adelanto de toda la República, y de ese adelanto sacan una consecuencia absurda cual es la de considerar como los autores de esa prosperidad, que tanto se alaba y de la que los más no participan, a los actuales gobernantes del país.

Nuevo León, durante la administración del general Reyes, no progresó. El adelanto de que tanto alarde se hace y que envanece a los gárrulos aduladores no se ha hecho sensible más que en la capital, Monterrey, pero aparte de esta ciudad los demás pueblos del estado están sumidos en el más completo abandono y la miseria que hay en ellos es más notable que la que sufrían en los años atrás, mucho tiempo antes que el notable estadista hiciese la felicidad del estado, como lo proclama la desvergüenza.

Hemos comenzado por el progreso material porque es el gastado argumento que a falta de otro esgrime la bajeza para patentizar que la tiranía hace progresar al país. Nosotros hemos dicho infinidad de veces que de nada sirve que haya tres o cuatro ricos cuando la miseria se alberga en casi todos los hogares, y que el progreso material es un progreso ilusorio cuando no hay ciudadanos sino esclavos a quienes explotan una docena de sindicatos enfermos de avaricia.

Pero sin divagarnos, y dejando esas consideraciones para el final de este artículo, vamos a ver si el general Reyes es el autor del progreso material de Monterrey, ya que las municipalidades del estado guardan una situación más precaria aún que bajo el régimen de otra tiranía tan funesta como la actual, la de Santa Anna.

El general Reyes no es el autor del progreso de Monterrey. Entre nosotros se ha acostumbrado atribuir a los gobernantes los beneficios que la iniciativa particular procura a los pueblos en que esa iniciativa se pone en actividad. El progreso de Monterrey, o al menos la mayor parte de él, se debe a la iniciativa particular, a la actividad del señor Robertson. (2)

Este señor organizó la Compañía del Ferrocarril del Golfo con el que se comunicó a Monterrey con Tampico y con el Ferrocarril Internacional por cuya vía llegaron los metales de Sierra Mojada a Monterrey, lo que provocó el establecimiento de fundiciones.

Con este solo hecho, el señor Robertson, y no el gobernador Reyes, hizo progresar notablemente a Monterrey poniendo a esta ciudad en comunicación con el importante puerto de Tampico. El comercio, por lo mismo, recibió notable impulso, y la industria con la comunicación al importante centro minero, Sierra Mojada, tuvo que crearse y se hubiera creado forzosamente por la virtud de las circunstancias, así como por esta misma virtud se hubiera enriquecido el comercio, aunque el notable estadista no hubiera ni pensado gobernar el estado de Nuevo León.

El señor Robertson, emprendedor inteligente y activo, organizó los trabajos para la construcción de otro ferrocarril que contribuyó a hacer progresar más y más a la capital neoleonesa, y se construyó el ferrocarril de las Minas de San Pedro. Con este ferrocarril fácil será suponer que aumentó la industria y creció el comercio también por virtud de las circunstancias creadas por la iniciativa particular y no por el gobernador Bernardo Reyes.

El señor Robertson, que no Reyes, continuó haciendo progresar a Monterrey y organizó las campañas de Carros Urbanos, luz eléctrica y construyó magníficos hornos para fabricar ladrillo. No se puede decir, por lo mismo, que don Bernardo es el autor de ese progreso, sino Robertson.

Los capitales formados gracias a la iniciativa del señor Robertson naturalmente tenían que atraer otros capitales, y de aquí que el comercio y la industria hayan tenido un buen desarrollo en Monterrey, que no sólo contaban con los capitales que primeramente se formaron sino con vías de comunicación fáciles creadas por la iniciativa particular.

El señor Robertson continúa trabajando en la organización de nuevas compañías y atrayendo nuevos capitales, aparte de los que por sí solos toman asiento en la importante plaza fronteriza.

Aparte del señor Robertson, otras muchas personas han seguido su ejemplo y entre todas han hecho efectivo el progreso material de Monterrey.

Si esos hombres en lugar de escoger Monterrey hubieran escogido otro punto de la República, esa ciudad, a pesar de la notabilidad del estadista que pasó sobre ella, estaría en las mismas condiciones que cualquiera otra del país en donde no hayan entrado ni la industria ni el comercio.

Nada, pues, le debe Monterrey al general Reyes, nada que sea de provecho. Lo único que le debe es la inmensa tolerancia que disfrutan unos individuos que se llaman Chapa Gómez y Quiroga, que regentean casas de juego en aquella ciudad; garitos que dejan pingües utilidades a los que viven con la explotación de los incautos. Esto es lo que se debe al general Reyes como gobernador de Nuevo León y contra lo que debería protestar el hediondo Círculo Unión y Progreso, no de lo que decimos nosotros.

Las minas que hay en el estado no serían explotadas si a consecuencia de la construcción del Ferrocarril del Golfo no se hubiera puesto a Monterrey en comunicación con Tampico. Para la construcción del ferrocarril, el señor general don Jerónimo Treviño (3) desplegó grande actividad como presidente de la compañía, actividad que indudablemente se había desplegado de igual suerte, aunque no hubiera sido Reyes gobernador del estado.

El Ferrocarril Internacional tomó en cuenta las utilidades que obtenía el Ferrocarril del Golfo, y por esta razón concluyó su línea hasta Monterrey hace dos años, y no porque el general Reyes hubiera sido gobernador.

Por lo anterior, vemos que el general Reyes se lo debe todo a Monterrey, pues si ese funcionario hubiera tenido que gobernar un estado como Guerrero o como Chiapas, pasaría tan desapercibido como cualquier otro gobernante, y si no hubiera habido un Robertson en Monterrey nadie oiría hablar de tal gobernante, ni habría círculos serviles.

Este es, a grandes rasgos, el progreso de Monterrey, que nada le merece a Bernardo Reyes.

Pero aparte de que nada puso de su cosecha para el adelanto de la capital fronteriza, puso en las municipalidades alcaldes parecidos o peores que aquel Barreda de Candela, Coahuila, y jefes militares como Aureliano Díaz, el que hostilizó a los liberales de Lampazos.

Mató toda clase de libertades y los periodistas huyeron en Monterrey para ponerse a salvo de la inquina oficial.

Tanto descuidó al estado, que muchas autoridades fueron señores de horca y cuchillo de sus respectivas municipalidades y la ley fuga sembró el espanto entre los pobres fronterizos.

En el estado no hubo seguridad alguna, pues el bandidaje exhibió su infamia y el dinero y las vidas de los ciudadanos estaban a merced de cualquier bandido. A millares murieron los ciudadanos al golpe de los asesinos. El señor doctor don Ignacio Martínez fue una víctima del bandidaje.

Y esto a pesar de que los rurales como Pedro Hernández se multiplicaban en la frontera...

La indignación conmueve al organismo cuando se recuerda el sinnúmero de asesinatos efectuados en Nuevo León por individuos a quienes ni se juzgó siquiera. Uno de los asesinatos que produjo mayor escándalo fue el cometido en la persona del joven comerciante don Manuel Alanís en Sabinas Hidalgo.

En Lampazos se asesinó a un señor Herrera, al que los bandidos no respetaron a pesar de llevar consigo dicho señor una carta del general Reyes en que este funcionario le ofreció toda clase de garantías.

En Sabinas Hidalgo también fue asesinado un señor Flores y llenaríamos las planas de Regeneración si fuésemos dando cuenta de todos los asesinatos que han hecho lúgubremente famosa a la frontera de la República...

Está comprobado, pues, que Bernardo Reyes, como gobernante, no ha sido siquiera un gobernante mediocre, sino un pésimo mandatario a quien la iniciativa particular ha dado nombre entre los que no conocen los antecedentes administrativos de esta personalidad oficial, funesta a todas luces.

Deploramos que este artículo haya tomado tan grandes proporciones: pero pidiendo perdón a nuestros queridos lectores, vamos a ver a grandes rasgos si es un beneficio para el país el progreso material, para que, aun suponiendo, sin conceder por supuesto que, Bernardo Reyes fuese el autor del progreso material de Monterrey, como tampoco lo es Porfirio Díaz del de la República en general, porque lo que aconteció en Monterrey, bajo la pesadumbre de Reyes, es lo que acontece en toda la nación bajo la pesadumbre de Díaz, vamos a ver, repetimos, lo que significa ese cacareado progreso material que se nos pone en los ojos como una venda para impedirnos ver y apreciar la magnitud de nuestra desgracia labrada por la tiranía.

No hablamos nosotros, sino que habla el señor licenciado don Genaro Raigosa a quien no podrá tacharse de oposicionista. Dice el señor Raigosa en su magnífico estudio titulado La población de México. (4)

... no creo que la Patria sea nada más que un vasto territorio surcado de vías férreas, envuelto en redes telegráficas, poblado de caseríos más o menos extensos; con puertos artificiales y muelles metálicos, con Bancos y Establecimientos de Crédito, con fábricas y talleres y factorías, y bosques de preciosas ansías, y ricos criaderos metalíferos con Tesoro próspero y paz asegurada, y orden inalterable... yo creo que sobre todo esto... hay algo más en la idea de Patria, hay algo que es lo esencial, que es lo más importante, que lo prima todo y todo lo absorbe y abarca en su conjunto, y ese algo... es la gente, es la raza, es el pueblo, es la Nación... Es la comunidad de sangre, la comunidad de ideas, la comunidad de idioma, de costumbres, de leyes, de religión, de historia, de defectos y de virtudes, y dé instintos y de Ideales, de glorias y de dolores, de tradiciones y de esperanzas... es la comunidad del nombre, es la población... es el mexicano en fin...!

Si pasamos rápida revista a nuestra situación presente, vemos que la banca, el alto Comercio, la gran Industria, las vías férreas, las mejores minas, la propiedad territorial más productiva, el Crédito Público federal y local... todo lo que significa movimiento y vida; todo lo que acusa propiedad y crecimiento, en su mayoría, en su inmensa mayoría, no pertenece a mexicanos; no pertenece a elementos activos que se funden en la masa nacional naturalizándose, desleyéndose, incorporándose a aquella en totalidad; sino a elementos activos colocados encima con estratificaciones distintamente individuales, a elementos de género parasitario y frecuentemente transitorio que explotan la vena mientras produce, pero constituye el panal en floresta lejana al abrigo de otro sol y el abrigo de otras brisas.

Los partidarios del laissez faire, laissez passer; los que opinan que todo va bien como se encuentra, y que nada sucede que suceder no deba, pueden encontrar satisfactorio que el mexicano por virtud de esta selección artificial, vaya quedando relegado a las profesiones literarias, a los empleos administrativos, a la pequeña industria a domicilio y a la servidumbre personal o de la gleba... puesto que al fin queda en el fondo un residuo de riqueza real y sirve en todo caso de medio educativo, de carácter práctico y... a la larga, provechoso. Pero para discutir tales ideas, yo veo que un país por sus condiciones geográficas, ni puede aislarse dentro de una muralla monográfica para esperar tranquilamente esa lenta solución educativa, para evitar los efectos de la ley física que obliga a los líquidos contenidos en dos vasos separados por un diafragma, a sufrir, el de menor presión, la endosmosis del que la experimenta mayor, por su altura de nivel o por propia densidad más grande.

Y o yo soy un perfecto iluso, o es preciso cerrar los ojos para no ver la infiltración creciente de todos los tejidos del organismo nacional por la continua afluencia a través del vasto cuanto poderoso diafragma de nuestra frontera, de una corriente de penetración profunda que no se amalgama con nada de lo existente, que no tiene afinidades próximas, ni remotas, ni con los hábitos, ni con las tendencias, ni con el idioma; pero que sin embargo se impone, se asienta, se consolida y se afirma por virtud de leyes físicas también, que inexorablemente distribuyen los líquidos por orden de gravedad específicas; evacuando el lugar de los menos densos ante los de mayor peso.

Y que son de mayor peso esos elementos atómicos de saturación progresiva, no tiene duda alguna; porque están mejor armados para la lucha "por la existencia" gracias a una educación superior en todos los sentidos; pero especialmente en el industrial y práctico que, derivado de la aplicación a la vida real de los tesoros de la ciencia moderna, les ha dotado del más poderoso instrumento de su propia elevación. Que esa infiltración sea benéfica, altamente benéfica para un país llamado México, considerado en su conjunto "externo"; considerado como un miembro autónomo de la sociedad "internacional", considerado como "un factor de importaciones y exportaciones que alimenta el comercio universal", ¿quién podría discutirlo, ni menos negarlo...?

Pero que sea benéfica para la raza, que sea benéfica para la población nativa, que sea benéfica para los mexicanos en las presentes condiciones de inferioridad individual de la gran masa, para competir con éxito en el campo del trabajo con una avalancha cada día mayor y obligarla a amalgamarse y fusionarse en el gran conjunto nacional; no parece tan claro definirlo afirmativamente. Por lo contrario, a una simple ojeada puede notarse ya que aun en el terreno de la pequeña industria, el taller y la obrería nativos van cediendo el lugar, lenta pero irremisiblemente, al taller y la obrería extranjeros, mejor organizados, mejor dirigidos, más prósperos, más activos, sin duda alguna: pero estrechando más y más el círculo de trabajo nacional, relegando más y más al mexicano a la vida del simple jornalero, cerrando los horizontes de la raza y acentuando los lineamientos de su evolución regresiva...

Ya vemos, por lo anterior, lo que significa nuestro cacareado progreso y hemos visto, además, por los otros puntos que contiene este artículo, que el general Bernardo Reyes sería un pésimo presidente de la República. La anarquía, con todas sus consecuencias, vendría a poner fin a la tiranía que implantase ese militar siguiendo las huellas de su antecesor Díaz.

El asesinato sería cosa común en el país; porque está visto que no saben reprimir el bandolerismo, y si en la frontera han sido asesinados millares de ciudadanos, en toda la República perecerían millones y las hecatombes seguirían a las hecatombes, y habría la necesidad de empuñar el fusil y abandonar la pluma para hacerse respetar...

 

(1)   Véase el artículo 706.

(2)   Joseph Andrew Robertson (1849-1939). Empresario, militar y abogado oriundo de Kentucky, EUA. Se estableció en Monterrey en 1870. Fundó The Monterrey News (1892). Trazó y construyó el Ferrocarril del Golfo (Monterrey-Tampico, 1889); en 1895 fundó la Compañía Manufacturera de Ladrillos Monterrey. Introdujo tranvías urbanos y electricidad en la zona regiomontana.

(3)   Jerónimo Treviño (1836-1914). Militar neoleonés. Combatiente contra la Intervención francesa. Gobernador de Nuevo León al restaurarse la República, en 1867, y en 1869, 1871 y 1913. En 1888 organizó la Compañía del Ferrocarril del Golfo.

(4)   Véase el artículo 201.

 

Nota Bene: Véase la nota del editor de las Obras Completas de Ricardo Flores Magón aquí.

 

Fuente:

Obras Completas de Ricardo Flores Magón. REGENERACIÓN (1900-1901) Segunda Parte.
Artículos escritos por Ricardo Flores Magón en colaboración con Jesús y Enrique Flores Magón.
Jacinto Barrera Bassols INTRODUCCIóN, COMPILACIÓN Y NOTAS. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. México, 2004. pp.1127-1134.