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Siglo XIX > 1880-1889 > 1887

Informe del general de división Mariano Escobedo, dirigido al Presidente de la República.
México, julio 8 de 1887.

República Mexicana General de división retirado

Señor presidente:

Los acontecimientos pasados hace 20 años en Querétaro, ha venido a removerlos en la actualidad la aparición de un folleto escrito en francés y publicado en Roma por el señor Víctor Darán y cuya publicación tiene por título El general Miguel Miramón.

En ella, entre otros episodios de nuestras guerras intestinas, se narran las operaciones emprendidas sobre la plaza de Querétaro por el ejército republicano.

Estando la narración a que me contraigo, escrita bajo un color enteramente inexacto y sobre todo en lo que se refiere al motivo que originó aquella misma operación, dio lugar a que el coronel imperialista Miguel López publicara, en uno de los diarios de esta capital, una carta en la cual me pedía que con toda sinceridad expresara la verdad histórica relativa a aquellos sucesos.

La prensa reaccionaria de México toma del libro mencionado lo que más puede afectar la historia de nuestra lucha contra el llamado imperio.

Se esfuerza con una obstinación vehemente y del todo extraña hoy, a que divulgue la parte secreta de aquel desenlace y que se relaciona con la supuesta traición de López y la toma de la plaza de Querétaro, pretendiendo que a efecto de la intervención directa que este jefe imperialista tomara en ello, traicionando a su soberano y vendiendo a peso de oro su consigna, la plaza cayera en poder del ejército mexicano.

Consideraciones personales posteriores a aquella ocupación y las cuales voy a revelar, han hecho que guarde un profundo silencio sobre aquellos acontecimientos.

Al ofrecer entonces callar, sabía perfectamente que con mi conducta no sufriría el prestigio y lustre de la patria; ni tampoco el honor del ejército que estuvo a mis órdenes en aquella gloriosa época, ni mucho menos la causa por la que combatiera.

La cuestión se reducía únicamente a dos personalidades: la mía, que yo conscientemente juzgara de poca importancia después de despojarme de la alta investidura militar, a que me habían llevado las circunstancias especiales del país, después de realizado el triunfo de la República sobre sus más encarnizados enemigos y la del coronel imperialista Miguel López, intermediario, en efecto, entre el archiduque y yo, en la conferencia tenida para la solución en que se interesaba el porvenir de México, el prestigio de un príncipe extranjero y mi particular honor como soldado y como mexicano, único título de cuya adquisición me siento orgulloso.

Pienso hoy que estuve engañado respecto de mi persona, porque la calumnia, la envidia o el rencor de la facción vencida se ensañan contra mí, no obstante ocultar mi humilde nombre en un debido y conveniente aislamiento.

Duro es para mí tener que recurrir al pasado para dar satisfacción a la curiosidad de muchos y, tal vez, a la mala fe de algunos.

Descorro a mi pesar el velo que oculta sucesos de importancia desconocidos del país y que, por lo mismo, han sido mal juzgados.

Tal vez sirvan mis revelaciones para poner con ellas un infranqueable valladar a la desvergüenza y osadía de los que, teniendo por qué callar, pretenden mancillar mi honor, sin comprender que al iniciarlo tienen que sufrir o la desilusión más completa o el desengaño por una concepción antipatriótica y bastarda.

Por espacio de 20 años se me ha puesto como blanco a la calumnia, las épocas se han sucedido en que mi nombre ha sido insultado y puesta en duda la parte que, por derecho y sólo como mexicano, me corresponde en el triunfo de la patria.

Multitud de extranjeros de todas nacionalidades, presintiendo que algo oculto tenía el funesto fin de Maximiliano, han venido con insistencia a inquirir de mí la verdad y, hasta ahora, nada había dejado traslucir del ofrecimiento hecho por un soldado victorioso a un príncipe sentenciado a muerte.

Pero hoy, que uno de mis compañeros de armas asienta hechos que en su calidad de jefe subalterno no le era posible conocer; hoy que se tolera la expresión de la duda en la cuestión militar de Querétaro, adornándola con injurias y versiones deshonrosas; hoy que se me obliga a revelar la conferencia tenida con López, comisionado en jefe del archiduque, lo hago no para ceder al encono de los periódicos reaccionarios ni al de los inquisidores de un hecho que presume será vergonzoso al partido republicano, sino para satisfacción mía, depositando ese secreto, con predilección, en poder del Supremo Gobierno de la República, a fin de que se conserve en los Archivos de la Nación este documento histórico que pueda robustecer la fe de nuestros ideales políticos, cuando algún día, en las severas páginas de la historia de nuestra patria, quede consignada con toda imparcialidad la gigantesca lucha que sostuvo México contra la Francia, contra el imperio que ella importara con sus bayonetas y contra los desgraciados que olvidaran sus deberes para servir, primero de guías al invasor y después de elemento espúrico (sic) para el sostenimiento de una intrusa monarquía.

El coronel imperialista Miguel López, aunque infidente para con la patria, ni traicionó al archiduque Maximiliano de Austria, ni vendió por dinero su puesto de combate.

Las circunstancias porque atravesaba nuestra patria desde 1862 a 1867, vinieron a colocarme en la elevada posición de general en jefe del cuerpo de ejército del Norte y después sin quererlo, sin pretenderlo y, todavía más, renunciándolo, como general en jefe del ejército de operaciones sobre Querétaro.

En esa capital, como es sabido, se encontraban los principales elementos de guerra del llamado imperio mexicano, con los mejores generales y jefes imperialistas valerosos y de conocimientos militares.

Allí estaban Miramón, Márquez, Mejía, Castillo, Méndez, Arellano y otros más de conocido prestigio.

Entramos en lucha con ellos.

Por alguna vez y, aisladamente, les fue propicia la victoria; pero de efímeros resultados, porque en seguida aquélla se tornaba en desastre forzados a volver a sus parapetos con menos moral de la que les alentara para llevar a cabo sus impetuosas salidas y caer sobre un puesto de la línea de sitio.

Siempre a los triunfos de los imperialistas, arrancados a determinadas tropas de las que sitiaban a Querétaro, venía en seguida la derrota; de tal suerte que, después de la operación ofensiva contra los sitiadores el 27 de abril de 1867, sobre las colinas del Cimatario, en que fueron a la vez vencedores y vencidos los soldados del archiduque, sus posteriores ataques y empeños fueron más flojos y sin ningún éxito, porque aquellas tropas ya no resistían al fuego del adversario.

La suerte de los sitiados estaba ya definida; no tenían más recurso que rendirse a discreción o resolverse a rechazar un asalto sin ninguna probabilidad de lograrlo, que yo había querido y deseaba evitar a todo trance; porque era mi sentir que no debía exponer a la población al rigor y a las desastrosas consecuencias de una ocupación llevada a cabo a fuego y sangre y con los excesos consiguientes de una tropa victoriosa y ávida de venganzas.

El ejército del príncipe alemán encerrado en Querétaro carecía de víveres; las municiones de guerra eran de mala calidad y, lo más lamentable para él, ya no tenían sus tropas esa cohesión que da la moral y la disciplina militares.

Después del 27 de abril ya mencionado, todas las noches que precedieron a la toma de la plaza, bandas de desertores de la clase de tropa y algunos jefes y oficiales se presentaban a nuestras obras de aproche solicitando, antes que clemencia y consideración, alimento para restablecer sus decaídas fuerzas vitales.

Por estos infelices, por las solicitudes que los soldados extranjeros enganchados en aquellas fuerzas me enviaban, pidiendo garantías y ofreciendo los puestos que guarnecían, los cuales en verdad no eran de gran importancia, y por las noticias de los agentes que tenía en la plaza, conocía perfectamente el estado de desmoralización y anarquía en que se encontraban los defensores de la monarquía en Querétaro.

Si antes de que hubiera salido Márquez de aquella plaza para México, ya había surgido la división y recelosa conducta entre los principales jefes imperialistas, después que practicó su movimiento con la caballería del archiduque, la unidad de mando quedó proscrita entre los sitiados.

Precursora del desastre esta falta a los preceptos más importantes de la ciencia de la guerra, vinieron a acibarar aquella situación la miseria, la extenuación de las tropas por tantas fatigas, el desaliento consiguiente después que sus valerosos esfuerzos no tenían más resultados que sangrientos reveses y, sobre todo, como lo he expresado, la ninguna buena inteligencia que había ya entre los jefes que mandaban puestos, con los generales, comandantes de brigadas o divisiones y la poca confianza que éstos tenían en la energía del archiduque y éste para con aquéllos.

Todo me indicaba y con justicia, el próximo y violento fin de aquella situación tan tirante.

Ella me hacía poner en constante actividad, redoblando más y más la vigilancia en la línea de sitio para hacer de todo punto imposible la comunicación con los sitiados por la parte de afuera y viceversa.

Estas disposiciones tenían el doble objeto de aislarlos completamente para hacer más violenta su condición y también para que no recibieran noticias de la derrota de Márquez, porque presumía y con fundamento, que al verse sin esperanza del importante auxilio que aquél debía proporcionarles, auxilio con tantas angustias y con tanto anhelo esperado, la desesperación que causara este desastre les hubiera sugerido la firme resolución de hacer un esfuerzo para romper el sitio, lo que me habría contrariado en extremo, porque entonces no tenían las tropas de mi mando la dotación de municiones de infantería en cartuchera, para sostener media hora de fuego y la artillería no contaba en sus cofres más que seis o siete tiros por pieza.

El violento estado en que me hallaba, sobre todo en los últimos días del sitio, por la falta de municiones, varió después de derrotado Márquez en San Lorenzo por el cuerpo del ejército de Oriente, a cuya acción de guerra concurrieron activamente los 5,000 caballos que a las órdenes del general Amado Guadarrama desprendí en observación de los movimientos de Márquez.

Esta caballería regresó a su campamento de Querétaro hasta después que se abrigaron, en la capital de la República, los restos de las tropas imperialistas que pudieron salvarse de aquella derrota.

Además, el teniente coronel Agustín Lozano, a quien había enviado con misión especial cerca del general Díaz, en jefe del ejército de Oriente ya mencionado, volvía al cuartel general del ejército de operaciones conduciendo 200 cajas de municiones de infantería, que aquel general remitía y las cuales fueron distribuidas inmediatamente.

Con la plena confianza en el valor de las tropas que eran a mis órdenes acechaba con ansiedad la salida del enemigo, de que ya tenía conocimiento se preparaba a emprender para resolver, en una batalla campal, la suerte de los dos jefes, el republicano y el imperialista.

Tenía seguridad en el resultado, porque en época anterior a las operaciones sobre Querétaro y cuando los imperialistas estaban en toda su moral y altivez, habían sido batidos siempre por los soldados que inmediatamente eran a mis órdenes, con menos efectivo y con menos elementos de guerra que los otros, en combates de importancia, que determinaron la condición en que se encontraba en la plaza el archiduque Maximiliano.

Después del 12 de mayo en que llegaron al parque general las municiones de que he hecho mérito, sólo dos empeños de consideración hubo entre los sitiados y sitiadores pero de consecuencias desastrosas para los primeros.

El día 14 recorría yo la línea de sitio.

A las siete de la noche un ayudante del coronel Julio M. Cervantes vino a comunicarme, de orden de su jefe, que un individuo procedente de la plaza y que se encontraba en el puesto republicano, deseaba hablar conmigo; en el acto me dirigí al punto indicado en donde me presentó el coronel Cervantes al Coronel imperialista Miguel López, jefe del regimiento de la emperatriz.

Éste me manifestó que había salido de la plaza con una comisión secreta que debía llenar cerca de mí, si yo lo permitía.

Al principio creí que el citado López era uno de tantos desertores que abandonaban la ciudad para salvarse y que su misión secreta no era más que un ardid de que se valía para hacer más interesantes las noticias que tal vez iba a comunicarme del estado en que se encontraban los sitiados; sin embargo, accedí a hablar reservadamente con el coronel imperialista Miguel López, apartándome a distancia del coronel Cervantes y los ayudantes de mi Estado Mayor que me acompañaban.

Entonces, brevemente, López me comunicó que el emperador le había encargado de la comisión de procurar una conferencia conmigo y que al concedérsela me significara de su parte que, deseando ya evitar a todo trance que se continuara por su causa derramando la sangre mexicana, pretendía abandonar la plaza, para lo cual pedía únicamente se le permitiera salir con las personas de su servicio y custodio por un escuadrón del regimiento de la emperatriz hasta Tuxpan o Veracruz, en cuyos puertos debía esperarle un buque que lo llevaría a Europa, asegurándome que en México, al emprender su marcha a Querétaro, había depositado en poder de su primer ministro su abdicación.

Para satisfacción suya y para que estuviera yo en la inteligencia de que sus proposiciones eran de entera buena fe, me manifestó el coronel López que su soberano comprometía para entonces y para siempre su palabra de honor de que al salir del país no volvería a pisar el territorio mexicano; dándome, además, en garantía de su propósito, cuantas seguridades se le pidieran, estando decidido a obsequiarlas.

Mi contestación a López fue precisa y decisiva, concretándome a manifestarle que pusiera en conocimiento del archiduque que las órdenes que tenía del Supremo Gobierno Mexicano eran terminantes, para no aceptar otro arreglo que no fuera la rendición de la plaza sin condiciones.

En seguida el coronel López manifestó que su emperador había previsto de antemano la resolución a sus anteriores proposiciones.

Siguiendo el curso de la conferencia establecida, me expresó, de parte de su soberano, que eran bien conocidos por mí los jefes militares que estaban a su lado, por su prestigio, valor y pericia; e igualmente la buena organización y disciplina de las tropas que defendían la plaza, con las cuales podía a cualquiera hora forzar el sitio y prolongar los horrores de la guerra por mucho tiempo; que en verdad esto era sumamente grave y un irreparable mal para México y al cual no quería exponerlo, siendo esta la razón porque deseaba salir del país.

Juzgando yo demasiado altivas las frases últimas vertidas por el coronel imperialista López, a nombre de su soberano, le contesté que nada de lo que me refería era desconocido para mí, pero que tenía exacto conocimiento del estado en que se encontraban los defensores de Querétaro; que estaba enterado de los preparativos que hacían en la plaza para efectuar una vigorosa salida, en la que estaba basada su salvación, que estas columnas, formadas ya, esperaban solamente el momento en que se les diera la orden de pasar las trincheras y chocar con los republicanos, que esto era para mí sumamente satisfactorio, de tal suerte, que para facilitarse su movimiento tenía pensado dejarles paso abierto en cualquier punto de la línea de circunvalación por donde se presentaran; bien entendido que después de que hubieran salido todos, caería sobre ellos con los 12,000 caballos del ejército, victoriosos una parte en San Jacinto y la otra en San Lorenzo y cuya formidable caballería dejaría el campo convertido en un lago de sangre imperialista.

El comisionado del archiduque volvió a reanudar la conferencia que yo ya creía terminada, diciéndome que el emperador le había dado instrucciones para dejar terminado el asunto que se le había encomendado, de todas maneras, en caso de encontrar resistencia obstinada por mi parte.

En seguida me reveló de parte de su emperador que ya no podía ni quería continuar más la defensa de la plaza, cuyos esfuerzos los conceptuaba enteramente inútiles; que en efecto, estaban formadas las columnas que debían forzar la línea de sitio; que deseaba detener esa imprudente operación, pero que no tenía seguridad de que se obsequiaran sus órdenes por los jefes que, obstinados en llevarla a cabo, ya no obedecían a nadie, que no obstante lo expuesto, se iba a aventurar a dar las órdenes para que se suspendiera la salida, obedecieran o no, me comunicaba que a las tres de la mañana dispondría que las fuerzas que defendían el Panteón de la Cruz se reconcentraran en el convento del mismo; que hiciera yo un esfuerzo cualquiera para apoderarme de ese punto en donde se me entregaría prisionero sin condición.

Era preciso dudar del que se llamaba agente del archiduque, no podían entrar en mi ánimo semejantes proposiciones del príncipe después de sus enérgicas y varoniles determinaciones de Orizaba, pocos meses antes.

Así, con toda franqueza lo expresé al mensajero del archiduque, quien inmediatamente me manifestó que debía desechar toda sospecha hacia su persona y su cometido; que no hacía más que cumplir estrictamente las órdenes del emperador, por quien no evitaría sacrificio, esperando que mis determinaciones lo salvarían de la situación en que se encontraba.

López se retiró a la plaza, llevando la noticia al archiduque de que a las tres de la mañana se ocuparía La Cruz, hubiera o no resistencia.

Tomé desde luego a mi cargo la responsabilidad de los acontecimientos que iban a surgir.

Con toda oportunidad envié orden a los jefes de líneas y puntos que estuvieran listos para emprender una operación sobre la plaza.

En el momento pasé a ver al general Francisco M. Vélez y le comuniqué, a él únicamente, la conferencia tenida con el comisionado del archiduque en lo concerniente a la comisión que debía desempeñar.

Le di a conocer mi resolución de aprovecharme inmediatamente de la debilidad y aturdimiento en que se hallaba el príncipe alemán para llevar a cabo la operación propuesta por él de ocupar La Cruz.

En esta virtud, desde luego, puse a las órdenes del general Vélez a los batallones "Supremos Poderes", mandado por el general Pedro Yépez y el de "Nuevo León", cuyo jefe accidental era el teniente coronel Carlos Margain, por estar herido su coronel Miguel Palacios, debiendo acompañarle el general Feliciano Chavarría, mi ayudante teniente coronel Agustín Lozano con dos ayudantes más de mi Estado Mayor, para que me comunicaran todo incidente que fuera preciso que yo conociera y para que si se necesitaba la cooperación de las fuerzas que guarnecían puestos inmediatos al del enemigo que debía ocupar, pudiera llevarlas con oportunidad el teniente coronel Lozano.

Personalmente acompañé al general Vélez con su columna hasta la línea avanzada de sitio, indicándole detalladamente los puntos por donde debía emprender la operación que se le encomendaba, esperando que la ejecutaría con arrojo, apoderándose del Convento de la Cruz a la hora prefijada.

Di instrucciones al general Vélez para que si al tomar esta posesión del enemigo se encontraba en ella al archiduque Maximiliano, lo hiciera prisionero de guerra, tratándolo con las consideraciones debidas.

Advertí además al mismo general, que era de temerse una traición y bajo tal influencia debía normar su movimiento a fin de no caer en un lazo, tal vez bien premeditado.

Preparado para toda eventualidad, di orden al coronel Julio M. Cervantes para que, cubriendo su línea con el batallón de cazadores, estuviera listo para hacer el movimiento que se le indicara con los batallones 4º, 5º y 6º de su brigada.

A los generales Francisco Naranjo y Amado A. Guadarrama para que la caballería que estaba a sus órdenes estuviera lista, brida en mano, para moverse a primera orden.

La operación se practicó a la hora prescrita por el general Francisco Vélez, a entera satisfacción mía; pero el parte de la ocupación de La Cruz se hizo a mi juicio dilatar e impaciente por no haberle recibido, me adelanté personalmente hacia La Cruz y, al entrar al panteón, recibí del teniente coronel Lozano el parte de estar ocupado aquel punto enemigo.

Mandé orden al general Vélez para que, si creía conveniente, avanzara hasta un punto más al centro de la ciudad; a los generales Naranjo y Guadarrama para que con la caballería se movieran amenazando el Cerro de las Campanas; al coronel Julio M. Cervantes, nombrado con anterioridad comandante militar del estado, para que con la columna avanzara por San Sebastián, amagando al citado Cerro de las Campanas; al general Sóstenes Rocha para que con su columna concurriera al punto donde fuera necesaria su cooperación.

La noticia de la toma de La Cruz por los ejércitos republicanos, cundió entre los sitiados, causándoles un pánico horroroso; omito ciertos y determinados detalles que, aunque de importancia, no son del caso en esta exposición.

Parte de aquellas tropas, quizá sin atender a la voz de mando de sus jefes y oficiales, se desbandaba presentándose en masas desordenadas en la línea de sitio; el resto, en confusión, mezcladas la infantería y caballería con la artillería y sus trenes, se dirigía en tropel hacia el Cerro de las Campanas, en donde se encontraban ya los generales Mejía y Castillo y el archiduque que a pie se había salido de La Cruz al ser ocupada, según se me había comunicado.

Al amanecer el día 15, las fuerzas republicanas que guarnecían las alturas del Cimatario descendieron de la colina y asaltaron la Casa Blanca, todavía defendida tenazmente por los imperialistas.

De igual suerte las que guarnecían los puntos frente a la Alameda, Calleja, garita México, Pathé y la extensa línea de San Gregorio y San Sebastián.

En seguida dispuse que en los puntos tomados permaneciera el ejército sin que entrara en la plaza ningún cuerpo, porque así lo tenía ordenado, con excepción de la columna mandada por el general Vélez que había avanzado hasta ocupar el Convento de San Francisco y la brigada que mandaba el coronel Julio M. Cervantes, que había recibido órdenes para que ocupara la plaza y se dedicara exclusivamente a dar garantías a las familias e intereses, evitando con todo afán, hasta el más ligero desorden, para lo cual se le autorizaba, en caso necesario, a que empleara las medidas represivas que creyera convenientes.

A las seis de la mañana quedó ocupada la línea interior de defensas de Querétaro, que momentos antes estaban guarnecidas por los imperialistas.

El archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo entregó su espada, que en nombre de la República recibía el general en jefe del ejército de operaciones, y todos los generales, jefes, oficiales y tropa que defendían a Querétaro, quedaron hechos prisioneros de guerra y puestos a disposición del Supremo Gobierno para que dispusiera de su suerte.

Preocupándome los acontecimientos del sitio de México, aunque el éxito no fuera de ninguna manera dudoso, desde el día siguiente de la ocupación de Querétaro empecé a desprender fuerzas con dirección a la capital de la República para reforzar al general Díaz, en jefe del ejército sitiador, de tal suerte que, para el día 19 de mayo, habían marchado ya 14,000 soldados de las tres armas a las órdenes de los generales Ramón Corona, Nicolás Régules, Vicente Riva Palacio, Francisco Vélez y Francisco Naranjo, con la bien equipada y mejor armada caballería del cuerpo de ejército del Norte.

El día 18 de mayo recibí parte del jefe que custodiaba los prisioneros en La Cruz, que el archiduque deseaba hablar conmigo.

Impidiéndome salir fuera de mi tienda la enfermedad que sufría, mandé mi coche para que viniera en él Maximiliano y bajo la custodia de los coroneles Juan C. Doria y Ricardo Villanueva.

Habló conmigo el príncipe prisionero; me expresó el deseo que tenía de ir a San Luis Potosí, si se le permitía y hablar allí con el Presidente Juárez, a quien tenía secretos que revelar y que importaban mucho al porvenir del país.

Yo le notifiqué que no tenía autorización para conceder ese permiso, pero que, en obsequio de él, telegrafiaría al Supremo Gobierno pidiéndole instrucciones sobre el particular, que él por su parte podía dirigirse al Presidente de la República directamente, remitiéndome su mensaje al cuartel general, para que por este conducto fuera despachado.

El archiduque se manifestó contrariado por la contestación que yo diera, pero luego, con insinuante modo, me manifestó que agradecería que el señor Juárez conociera su deseo.

En seguida me preguntó si le sería permitido al coronel López que lo viera para hablar con él; yo le manifesté que no había para ello inconveniente alguno, que tanto López como cualquiera otra persona podía verlo, previo aviso del cuartel general.

Empezaba a comprender que el coronel imperialista Miguel López no me había engañado en la conferencia tenida conmigo, no obstante no haberse entregado prisionero el archiduque en La Cruz, conforme lo había ofrecido.

El día 24 se me presentó López pidiendo permiso para hablar conmigo reservadamente; convine en ello y al efecto alejé de mi lado a mis ayudantes y quedé solo con aquel individuo.

Éste me manifestó que el emperador le había recomendado que se acercase a mí para suplicarme guardara el más impenetrable secreto sobre la conferencia tenida conmigo la noche del 14 como su comisionado, porque quería salvar su prestigio y condición en México y Europa, los cuales se perjudicarían si se divulgaran los puntos de aquella conferencia y sus resultados.

Contesté al enviado del archiduque que para mí era del todo indiferente guardar o no la reserva que se me pedía; que ni en uno ni en otro caso quedaba afectado mi honor ni el de mi causa; que a él sí le afectaría directamente mi silencio, porque era bien sabido ya que le criminaban sus compañeros como desleal para el archiduque, al cual había vendido miserablemente.

Mas como yo dudara también de la legalidad de esa petición, porque no tenía una prueba para creerle, no quería celebrar con él ningún compromiso por juzgarlo impropio y fuera de mi carácter.

López respondió con toda indiferencia que le afectaba poco el fallo anticipado que se había dado a su conducta, que él callaría, porque era para él un deber ceder en todo a los deseos del emperador, a quien debía mucho y no podía ser ingrato con él.

Añadió que estaba provisto de un documento que lo lavaba de cualquier mancha de que pudiera inculpársele y que para darme a mí una satisfacción, solamente por las dudas que hubiese manifestado yo, me enseñaba el documento expresado, consistente en una carta que le dirigía el archiduque y cuya autenticidad me pareció indudable.

Tomé una copia de ella cuyo contenido textual es el siguiente:

Mi querido coronel López.

-Os recomendamos guardar profundo sigilo sobre la comisión que para el general Escobedo os encargamos, pues, si se divulga, quedará mancillado nuestro honor.

- Vuestro afectísimo.

- Maximiliano.

En seguida López me preguntó si, por fin, no tenía embarazo en conservar ese secreto, puesto que en nada le perjudicaba.

Contesté que me reservaba yo la divulgación de él para cuando lo creyera conveniente y sin comprometerme a un tiempo determinado.

López concluyó por pedirme un pasaporte para México y Puebla por tener que arreglar algunos negocios de familia, así como una carta de recomendación para el señor general en jefe del cuerpo del ejército de Oriente; le mandé extender el pasaporte y la carta por creer que debía desempeñar algún encargo especial del archiduque.

El 22 recibí del Supremo Gobierno las órdenes para que fuesen juzgados por la ley del 25 de enero de 1862, los generales Miguel Miramón, Tomás Mejía y el archiduque Maximiliano de Habsburgo.

Del Convento de la Cruz habían hecho pasar a los prisioneros al de Teresitas, por ser el local más amplio.

Después pasé al Convento de Capuchinos a los tres citados prisioneros, por estar el local inmediato a mi alojamiento y además por tener las condiciones de seguridad y las comodidades requeridas.

El día 28 les hice una visita particular para saber qué necesidades tenían que yo pudiera satisfacer y me impuse la obligación de verlos en su prisión dos veces por semana.

Durante mi permanencia en el cuarto destinado al archiduque, entró en conversación conmigo sobre su posición asaz desgraciada y fue deslizándose hasta preguntarme cómo trataría el gobierno republicano a los defensores de Querétaro.

Contesté que conocía la ley porque se me ordenaba fuesen juzgados y que particularmente no había recibido ningunas instrucciones; que esto me hacía comprender que el Supremo Gobierno estaba resuelto a hacerla cumplir.

Vi conmoverse al archiduque, pero de momento volvió a tomar el aspecto contristado que se notó en él desde la toma de la plaza; realmente sufría moral y físicamente.

Como si no se hubiese fijado en mi contestación, continuó diciéndome que me debía muchas consideraciones y que éstas eran más apreciables, supuesto que se dirigían a un hombre en la plenitud de la desgracia; pero que esperaba de mí todavía más; que le concediera un favor señalado; que las obligaciones que este favor me imponían, para mí no eran de consecuencias, pero que el concedérselo quedaría aliviado del peso que gravitaba sobre su conciencia, porque, a pesar de poseer ideas liberales, siempre se inclinaba hacia el recuerdo respetuoso de sus ilustres antepasados.

Me manifestó, sereno, que tal vez sería condenado a muerte y temía el fallo de la historia al ocuparse un día de su efímero y escolloso reinado.

Me preguntó si me había hablado el coronel López.

Con mi afirmativa siguió diciéndome que no se encontraba con bastante fuerza de ánimo para soportar el reproche que le harían sus compañeros de desgracia si tuvieran conocimiento de la conferencia habida entre mí y López, por orden de él y que, por lo mismo y no apelando a otro mérito, que a su situación, me suplicaba guardara secreto sobre aquella conferencia, lo que no era difícil ni deshonroso para mí.

Le manifesté que él aparecía como una víctima de la traición de López a su persona, cuyo infame acto era señalado ya con todos los horrores de una deslealtad execrable; que yo no tenía interés en revelar nada de lo pasado; pero en verdad, más bien que dirigirse a mí debía hacerlo con López, que era la persona que quedaba moralmente lastimada en estos acontecimientos.

El príncipe contestó que López no hablaría mientras yo callara; que el plazo que me ponía para que no dijera el resultado final de la conferencia, era cortísimo, "hasta que dejara de existir la princesa Carlota, cuya vida se apagaría al conocer la ejecución de su esposo".

Como último recurso a las súplicas del archiduque, le expuse que me parecía materialmente imposible guardar ese secreto aunque López callara; porque sus defensores, sus generales, los ministros extranjeros o la princesa de Salm Salm, que empleaba cuantos medios estaban a su alcance para salvarlo, no dejarían de hacer uso de las versiones que corrían respecto de la traición de López y su incalificable conducta hacia él como su jefe y protector.

A pesar de esto volvió el archiduque a insistir para que guardara aquel secreto requerido, significándome que la princesa Salm Salm tenía prevención, no tan sólo para no expresar nada en ese sentido, sino también para prevenir a las personas que por él se interesasen, que en ninguna de sus gestiones se mezclara cualquier frase que pudiera referirse a la deslealtad del coronel López, asegurándome que todas esas personas cumplirían exactamente no tocando en absoluto al coronel citado.

La condición que guardaba el príncipe, con su salud quebrantada, preso y juzgándose próximo a ser sentenciado a muerte; su deseo de conservar, todavía aun después de muerto, un nombre sin reproche, me conmovió y cediendo a un sentimiento de consideración por aquel desgraciado reo, le ofrecí que guardaría su secreto mientras las circunstancias no me obligaran a levantar el velo con que hasta ahora he cubierto los precedentes que violentaron la toma de la plaza de Querétaro el 15 de mayo de 1867.

A las siete de la mañana del 19 de junio de 1867, los generales don Miguel Miramón, don Tomás Mejía y el archiduque de Austria Fernando Maximiliano de Habsburgo, fueron pasados por las armas, conforme a los mandatos de la ley.

Señor Presidente; la larga exposición de los hechos que acabo de narrar, tomándolos del diario de operaciones del cuartel general del ejército de operaciones, es la verdad histórica, que deposito en manos del supremo magistrado de la nación para los fines que crea más convenientes.

México, julio 8 de 1887.

Mariano Escobedo
General de división retirado

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.