Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

  Siglo XIX

      1890-1899

      1880-1889

      1870-1879

          1879

          1878

          1877

          1876

          1875

          1874

          1873

          1872

          1871

          1870

      1860-1869

      1850-1859

      1840-1849

      1830-1839

      1820-1829

      1810-1819

      1800-1809

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XIX > 1870-1879 > 1876

Apuntes biográficos del señor cura don José María Mercado.
Guadalajara, 25 de mayo de 1876.

NÚMERO 194 - Tomo I
 
Para concluir lo relativo al puerto de San Blas y al señor cura don José María Mercado, hemos creído conveniente hacerlo con los siguientes apuntes biográficos.

DON JOSÉ MARÍA MERCADO

Sucede siempre que en las largas guerras en que se combate por la libertad de los pueblos, sucumben millares de víctimas, que, al alcanzar la palma del martirio, no alcanzan, sin embargo, el lauro de la gloria.

Sus nombres permanecen en el olvido, y sus proezas y sacrificios, quedando igualmente ignorados y cubiertos por el indiferentismo más punible, no pasan a la posteridad, concluyendo así con su muerte la historia de esos hombres.

Y después, cuando las sombras más oscuras han cubierto esas tumbas sagradas, la patria busca en vano a sus defensores; quiere que sus nombres pasen a la inmortalidad y sus esfuerzos y hazañas sean conocidos del mundo entero; pero es tarde, porque ya el olvido y la ignorancia han ocultado esos mártires de la tiranía y de la historia, y entonces sólo consagra a su memoria una gratitud acompañada de confusos recuerdos.

¡Y cuántos de estos héroes ignorados cuenta México en su vida! ¡Cuántos patriotas sacrificados sin que noticia alguna se tenga de sus esfuerzos infructuosos! ¡Y cuántos también que habiendo cooperado en primer término a la independencia y libertad de su patria, han obtenido sólo un lugar secundario entre sus libertadores, siendo, por tanto, víctimas de la injusticia, aun más allá de la tumba!

Y entre esas víctimas inmoladas sin recibir el premio merecido, debe contarse al benemérito cura don José María Mercado, que habiendo prestado a su causa sagrada servicios de la mayor magnitud, sólo se le cuenta entre los que de una manera secundaria sirvieron a la patria en aquellos días aciagos, y su nombre se halla confundido entre los soldados de la independencia de segundo orden, cuando debiera estar escrito con letras de oro en la página más brillante de la historia patria.

El señor don José María Mercado nació en el Teul y fue hijo de don José Mercado, de una familia honrada y acomodada, y desde su infancia descubrió un talento no común, por lo que fue dedicado a la carrera de las letras.

Hizo sus estudios en el seminario de Guadalajara, donde dedicado a la Teología concluyó unos brillantes cursos, recibiendo las sagradas órdenes.

Habiendo el señor obispo Cabañas establecido en aquel tiempo el clerical para propagar la enseñanza de la Iglesia, dedicaba para él a los sacerdotes más distinguidos por sus conocimientos y ejemplar conducta, por lo que destinó a Mercado para ese establecimiento, como uno de los más a propósito para ejercer el apostolado.

Cuando estalló la revolución gloriosa de 1810, estaba Mercado de cura en Ahualulco, donde era subdelegado don Juan José Zea; y teniendo noticia de la toma de Guanajuato por Hidalgo, de la derrota que éste dio a los realistas en el Monte de las Cruces y de la que sufrieron los de Nueva Galicia en Zacoalco por don José Antonio Torres, así como de la marcha de este jefe sobre la capital, se decidió a abrazar la causa de la independencia, conociendo desde luego que por ella se habría de levantar bien pronto el pueblo entero.

Se sublevó contra el gobierno virreinal en Ahualulco a principios de noviembre de 1810, con el subintendente Zea.

El pronunciamiento del cura Mercado causó grande admiración, por ser de unas costumbres purísimas, ¡como si el abrazar la más noble de las causas, la independencia y la libertad de su patria, se opusiera a la virtud! Mercado nunca desmintió la buena opinión en que era tenido, probando así que un jefe insurgente podía ser, como realmente era, superior a muchos realistas, tanto en su conducta privada, como en inteligencia, pues a muchos, y entre ellos a Hidalgo, les fue negada esta facultad por los realistas, negándoles así su naturaleza humana y llamándoles EX-HOMBRES.

Inmediatamente se dirigió Mercado a Torres, pidiéndole autorización para emprender la campaña de Tepic y San Blas, la que le fue dada, con gran placer de aquel patriota.

Desde luego demuestra Mercado su talento al haberse empeñado en hacer esa campaña que tenía la mayor importancia, porque era la única parte de la Nueva Galicia que aún permanecía en poder de los realistas, pues allá se habían refugiado las principales autoridades de Guadalajara, como el obispo Cabañas, los oidores Recacho y Alva y muchos españoles; y principalmente porque la revolución ganaría un ciento por ciento con la adquisición de San Blas, en virtud de haber allí multitud de elementos de guerra, de que carecía, y por tener abierta la comunicación con el exterior.

Por esto comprendió el nuevo insurgente que ese puerto era una fuente de recursos de que debía apoderarse inmediatamente y marchó para allá con menos de seiscientos indios, armados como todos los que componían las huestes independientes, es decir, con uno que otro fusil, flechas, hondas, lanzas y palos.

Llegó a Tepic el día 20 de noviembre y deteniéndose en la loma de la Cruz clavó allí una bandera blanca, y mandó a don Juan José Zea en unión de otros dos jefes a intimar rendición, quienes se dirigieron al señor cura don Benito Antonio Vélez, por no estar ahí los jefes militares, pues el comandante estaba en San Blas y el jefe de los veteranos, que era la única tropa que allí se hallaba, había sido llamado a Guadalajara por Abarca.

Sin disparar un tiro entró de paz Mercado, cerca de las ocho de la noche del mismo día, habiendo recibido las seis piezas de artillería que allí había y uniéndosele los veteranos.

Una vez dueño de Tepic, permaneció allí siete días que se dedicó a propagar la revolución por aquellos pueblos, insurreccionando toda la Sierra y todas las poblaciones de indígenas, por lo cual muy en breve vio aumentarse su indisciplinado ejército hasta cerca de dos mil hombres con seis cañones, con los que se dispuso a atacar a San Blas, punto objetivo de sus operaciones.

Llegó a aquel puerto, del cual era jefe el comandante de navío don José Labayen, el día 28 de noviembre e intimó rendición a éste; mas no habiendo recibido contestación alguna, el 28 dirigió un ultimatum, en el que amenazaba llevar la campaña a sangre y fuego si dentro de la medía hora siguiente no salían parlamentarios de paz.

Amedrentado Labayen por la terminante y valiente intimación de Mercado, así como por los informes que de los insurgentes le dieron el obispo y los oidores fugitivos, que en esos momentos se embarcaron para Acapulco en el “San Carlos” y el “Activo” y aunque sin ver las fuerzas asaltantes, creyéndolas numerosísimas, mandó de parlamentario al alférez de fragata don Agustín Bocalán, quien celebró el 29 unos tratados según los que, entraría Mercado con sus fuerzas a San Blas dando algunas garantías.

Dichos tratados fueron aprobados por el jefe realista, por lo que entró Mercado el día 1° de diciembre de 1810 al “puerto más fortificado de la Nueva Galicia”, como le decía el comandante Labayen.

El día 30 a la madrugada recibió Mercado de Hidalgo el nombramiento de comandante en jefe de las Fuerzas del Poniente, nombramiento que celebró con salvas de artillería, y cuyos disparos; fueron los únicos que oyeron los realistas de San Blas.

Parece increíble, y sólo la audacia de Mercado pudo hacer que en su poder cayera aquel puerto que estaba perfectamente fortificado y con toda clase de elementos de guerra.

La posición y situación que entonces guardaba el puerto, están perfectamente descritas en un informe que dio a Calleja don Vicente Garro, testigo presencial, que dice así:
“Un terreno que domina el único punto por donde puede ser atacado por tierra, una proporción para aislarle con facilidad por la comunicación de los esteros, un castillo respetable con doce cañones de a 24, que defienden el puerto y puede también arruinar la villa; cuatro baterías en ella y en la mar una fragata, dos bergantines, una goleta y dos lanchas cañoneras, la segura esperanza de que diese fondo de un día a otro la fragata “Princesa” y la goleta particular “San José” con harinas; seiscientas o setecientas cargas de éstas existentes en la plaza; igual número con corta diferencia de arrobas de queso; más de mil fanegas de maíz; de ciento cincuenta a doscientas reses, y facilidad de traer por mar de Las Bocas, Guaymas y Mazatlán, la carne, harina y reales necesarios; abundantes pozos de agua en el recinto de la villa; trescientos hombres de marinería, doscientos de maestranza y más de trescientos europeos armados y dispuestos como aquéllos a defenderse; ciento y tantas piezas de artillería de todos calibres y montadas cuarenta de ellas con sus correspondientes municiones y ocho o nueve oficiales de marina; este era el verdadero estado en que se hallaba la plaza de San Blas el 1° de diciembre de 1810, cuando sin haber disparado un tiro para su defensa, se rindió vergonzosamente a unas muy malas y pocas escopetas hondas, lanzas y flechas manejadas muchas de ellas por ancianos y muchachos de escuela, como todos vieron cuando entró el desordenado y no crecido ejército sitiador con seis cañones de corto calibre que tomó en Tepic.” (Bustamante. Cuadro Histórico, tomo 1° página 142; Alamán, Historia de México, tomo II página 11). (Ver nota 1)

Cumpliendo Mercado lo ofrecido en la capitulación, dio las garantías que se le habían pedido; mas faltando los españoles a su palabra de honor que tenían empeñada, mantuvieron relaciones con algunos realistas dando noticias de las fuerzas independientes, y habiendo llegado esto al conocimiento del jefe insurgente, los amonestó únicamente a que guardaran lo pactado.

Obligado Mercado por la conducta obstinada de los españoles, por una circular de 20 de diciembre dispuso que los comprendidos en la capitulación salieran para Compostela y los demás fueran llevados a Guadalajara, pues así se lo había mandado Hidalgo.

Entretanto, ignorando los sucesos de San Blas, llegó a aquel puerto la fragata española “Princesa”, y siendo de improviso rodeada por lanchas, fueron hechos prisioneros el comandante don Felipe García, el piloto don José Verdía, (bisabuelo del que estas líneas escribe, quien se fugó en Tepic al ser conducido a Guadalajara) y toda la tripulación.

Desde luego que el valiente patriota ocupó el puerto, empezó a mandarle a Hidalgo artillería.

Sólo quien conozca el camino de San Blas a Guadalajara podrá comprender los heroicos esfuerzos que para eso se hicieron, pues además de la aspereza del camino, hay que atravesar las profundas e intransitables Barrancas de Mochitiltic.

Los cañones los mandaba en carretas, conducidas por los indios que en considerable número y guiados por el patriota don Rafael Maldonado, allanaron obstáculos tan considerables, puestos por la misma naturaleza.

En diversas partidas mandó hasta cuarenta y tres cañones de bronce, de distintos calibres, fundidos en Sevilla y en Manila y que le fueron quitados a Hidalgo en la batalla de Calderón.

La última remesa de cañones consistió en cuatro de fierro, de los que, cada uno pesaba 75 quintales (según un parte del general Cruz) y de un muy grueso calibre.

Iban en Mochitiltic cuando supo el jefe que los conducía la derrota de Hidalgo por Calleja y entonces mandó precipitarlos a la barranca, considerando que ya eran infructuosos sus asiduos y penosos trabajos.

El general Cruz, para atacar la isla de Mescala, sacó tres de ellos, costándole esto muchísimo trabajo y dinero, y todavía hoy está el cuarto clavado en la barranca como un monumento dedicado a la constancia y esfuerzos heroicos de los independientes de Jalisco, que venciendo todas las dificultades, se sobrepusieron a los obstáculos que la naturaleza, la ignorancia y la tiranía les presentaban.

El audaz cura Mercado, viendo que su empresa estaba terminada de una manera tan brillante, quiso unirse a Hidalgo para nuevas operaciones, y a este fin se dirigió a Guadalajara.

Llegó a Tepic el jueves 23 de diciembre, entrando con un vestido azul que tenía las vueltas de terciopelo morado.

El día 25 recibió la falsa noticia de que Veracruz había sido ocupado por los independientes y con este motivo solemnizó tan grata nueva con salvas de artillería y repiques.

En Tepic también se aprehendieron a varios españoles, entre ellos don Melchor Aranton, subdelegado de Tepic, los que en número de cerca de sesenta, fueron conducidos hasta el Cuisillo, distante veintitantas leguas al sur de Guadalajara, donde fueron degollados por don Juan José Zea, quien recibió esas órdenes del generalísimo Hidalgo.

Este era el fruto de las represalias que hicieron tan sangrienta la revolución de 1810.

Siguió Mercado su marcha para Guadalajara.

Saliendo de Tepic a principios de enero de 1811; mas habiendo sabido en el camino el desastre de Calderón, se volvió para San Blas con objeto de resistir allí a los ejércitos realistas, que bien pronto esperaba que lo atacarían.

Tan desgraciado suceso como el que acababa de tener lugar el 17 de enero, no pudo menos de llenarlo de tristeza, porque comprendió que para que la revolución adquiriera de nuevo los elementos perdidos, sería preciso que trascurriera mucho tiempo.

Por esto, a su vuelta al puerto, a fines de enero, no quiso entrar a Tepic, sino que estuvo en sus orillas, en el punto conocido por los “Salates de la Cruz”.

En tanto que él proseguía su marcha, dejó en un punto de la barranca cercano a Taray, a don Juan José Zea, con algunos indios y catorce cañones, con el exclusivo objeto de detener un poco a las fuerzas del rey.

El general don José de la Cruz salió de Guadalajara para perseguir a Mercado, el día 26 de enero, llevando mil hombres y cuatro piezas de artillería.

El día 31 llegó Cruz con sus fuerzas al punto donde le esperaban los insurgentes. Éstos, que no estaban en un gran número y sólo trataban de hostilizar en su marcha al jefe español, abandonaron el campo, poco después de empezado el combate, perdiendo en él ocho cañones y retirándose con los seis restantes.

Ese mismo día tuvo lugar en San Blas la contrarrevolución, hecha por los partidarios del rey.

El cura de aquel puerto don Nicolás Santos Verdín fue el principal autor de esa traición.

Como las fuerzas del patriota cura Mercado se componían de la marinería y maestranza del puerto, que estaban formadas por soldados que habían sido realistas, y de indios, el cura Verdín cohechó a los soldados de la marinería y maestranza y los convocó para que el día 31 a medianoche, se reunieran y aprehendieran al señor Mercado, al comandante don Joaquín Romero y al capitán de artillería don Esteban Matemala; mas tan infame atentado no se perpetró a medianoche, sino entre las ocho y las nueve.

Al toque de una campana acudieron los traidores al cuartel donde se hallaban los indios, y a la contaduría, donde estaban Mercado y Romero; pero en este punto se trabó una contienda, pues el valiente Romero con un soldado hizo una heroica resistencia, matando a dos de los vendidos e hiriendo a varios.

Entretanto Mercado, viéndose perdido por la traición y la perfidia, se salió de la contaduría y se arrojó por un barranco que se hallaba junto a aquella casa.

Los denodados Romero y su fiel soldado sucumbieron, peleando contra una multitud de soldados; muchísimos indios fueros aprehendidos, siéndolo también el respetable padre del héroe, don José Mercado, sin otra culpa que tener un hijo tan virtuoso, patriota, audaz y honrado.

El día primero de febrero se encontró el cadáver del ilustre cura de Ahualulco, quien al arrojarse al voladero sufrió una dolorosa muerte.

Tan luego como el cura Verdín se apoderó de aquel sangriento y venerable cuerpo, mandó azotarlo públicamente para poder darle sepultura.

Así cebaban su furor aquellos monstruos de crueldad en un cuerpo muerto, que había sido animado por un espíritu elevado y firme.

Todos los hombres, en todos los tiempos, han respetado aun los restos de sus enemigos, y hasta el pueblo romano, que tenía su “Roca Tarpeya”, consideró siempre como religioso el sepulcro de un hombre, dándolo así tal respetabilidad a un cadáver, que pudiera santificar hasta el lugar donde fuera sepultado; pero el cura Verdín consideró que aquel cuerpo necesitaba de la flagelación para ser purificado.

Este hecho no lo refiere el señor Alamán, cuando a haberlo cometido un independiente lo hubiera calificado de atentado imperdonable.

Lleno de orgullo el cura Verdín por el éxito de su reprobada maquinación, dirigió al general Cruz un parte concebido en estos términos: “Tiene este vecindario y yo a su nombre el honor y satisfacción de poner en noticia de vuestra señoría la generosa acción que emprendió la noche del 31 de enero próximo pasado, en obsequio de su rey legítimo por quien no es la vez primera que muestran su fidelidad.—

Estos leales vasallos, noticiosos de que el cura del pueblo de Ahualulco, don José María Mercado, que fue nombrado comandante general de las tropas de Hidalgo, regresó a este pueblo desde el sitio de Barrancas con el fin de hacerse fuerte en él y tratar de una obstinada defensa, y caso de desconfiar, embarcarse en los buques del rey; se convocaron con reserva para apresar a medianoche al mencionado cura, al comandante puesto aquí por él don Joaquín Romero y a Esteban Matemala hecho por él mismo capitán de artillería, como cabezas principales en este suelo del partido de la insurrección, e igualmente a sus familias, y a las compañías de indios que se hallaban de guarnición; pero como a pesar de la reserva con que trataban sorprenderlos, lo llegasen a descubrir, se apresuró la acción y les fue indispensable ponerla en obra entre las ocho y las nueve de la noche; haciendo la señal con tres campanadas, a la que acudieron a los cuarteles y casas de los tres cabezas mencionados, con el fin de verificar su aprehensión sin maltrato a sus personas; pero habiéndose roto el fuego en la casa de don Joaquín Romero por él y el centinela, se procedió a lo mismo por nuestra gente, manteniéndose algún rato a causa de que el citado Romero estuvo a puerta cerrada sosteniéndolo por una ventana con varias armas de fuego que tenía cargadas hasta que fue muerto a balazos y se concluyó la reyerta, habiendo fallecido en ella de la parte contraria el expresado Romero, Esteban Matemala y el indio centinela, y de la nuestra el rondín Ignacio Juárez y el buzo Bernardo del Carpio y salieron heridos cuatro individuos de marinería.

“Al padre don José María Mercado se halló al siguiente día muerto en la profundidad de un voladero contiguo a las casas del comandante y ministros del apostadero, quien desde luego experimentó esta desgracia por hacer fuga.

Sepultados sus cadáveres en el mismo día, no ha ocurrido novedad que perturbe el sosiego de este pueblo, y se mantiene con la correspondiente vigilancia y orden debido, consultándome sus disposiciones y apresando partidas que sucesivamente han ido llegando de sus tropas, convoyando su equipaje, pólvora, granadas y otros pertrechos, todo con el fin de lograr su laudable deseo que es y ha sido tener este puerto a las disposiciones del legítimo gobierno; lo que participo a vuestra señoría para su inteligencia y que se sirva elevarlo al superior conocimiento de su excelencia o para que vuestra señoría diere las providencias que tenga por convenientes, de las que por mi conducto quedará entendido este vecindario y me prometo las cumplirá exactamente en obsequio del legítimo soberano y mejor servicio; en el concepto de que en las críticas circunstancias se halla esta plaza sin jefe alguno en sus distintos ramos o atenciones respectivas a comandancia de marina, ministerio de la misma y real hacienda, juzgado real, administración de salinas y de reales rentas, etcétera, y en el de que nos hallamos con la porción de reos que se han apresado, (entre ellos don José Mercado, padre del eclesiástico difunto, don José Antonio Pérez, los coroneles don José Manuel Gómez y don Pablo Covarrubias, el guardia de corps don Pedro del Castillo y otros eclesiásticos de los mismos honores, sin cárcel competente), con lo que se duplica el trabajo y fatiga de las guardias, y ha obligado a tomarse el arbitrio por ahora de pasar a bordo de la fragata “Princesa” 125 indios prisioneros que formaban dos o tres compañías de guarnición.”

“Es cuanto por ahora puedo comunicar a vuestra señoría, añadiendo que aún no puede darse la extensa noticia de los intereses que tenían en su poder, adquiridos del saqueo y secuestro de los bienes de los europeos, hasta hacer un formal reconocimiento, que la ha impedido la primera importante atención, lo que oportunamente comunicaré a vuestra señoría.

Dios guarde a vuestra señoría muchos años.

San Blas, 3 de febrero de 1811.—

Licenciado Nicolás Santos Verdín.—

Señor comandante general de las tropas del rey.”

Luego que se supo en Tepic el acontecimiento de San Blas, allí también se operó una reacción contra los independientes, favorecidos los realistas por la falta de jefes y tropas insurgentes, y el día 2 de febrero, habiendo predicado el señor cura Vélez un sermón contra la guerra de independencia, se entusiasmaron algunos jóvenes y realistas y salieron vitoreando a su idolatrado Fernando VII.

Después de esto, salieron armados a encontrar a Zea, que derrotado por Cruz en la Barranca, volvía con unos cuantos indios y seis cañones, habiéndolo hecho prisionero y quitándole la artillería.

Don José de la Cruz salió de Guadalajara para San Blas, como tengo dicho, el día 26 de enero, y después, de la escaramuza de la barranca, prosiguió su marcha por Etzatlán.

En un parte que da al virrey, recomienda mucho a sus soldados por llevar unos cuatro cañones de corto calibre por tan mal camino y dice que esta tarea es superior a muchas batallas.

Si esto dice el jefe español que llevó unos cañoncitos pocas jornadas, pues los devolvió cuando supo lo acontecido en San Blas y Tepic, ¿qué se podrá decir de las valientes huestes del héroe Mercado, que pasaron multitud de cañones por horribles precipicios y continuos voladeros, cuando pesaban algunos de ellos hasta 3,000 arrobas? ¿No es esta empresa digna de los tiempos heroicos y superior a todo elogio?

Después de este penoso tránsito, llegó con sus fuerzas a Tepic el día 8 de febrero e hizo su entrada en medio de ovaciones verdaderamente fanáticas.

Las calles estaban adornadas, muchas señoras salieron a recibirlo espada en mano, y se le dieron bailes y festines, no escaseando pésimas composiciones en verso.

Estuvo Cruz unos días en Tepic y siguió para el puerto, adonde llegó el día 12.

Al siguiente dirigió una proclama a sus habitantes en la que les daba las gracias a nombre de su rey y señor Fernando VII por su digno comportamiento y los exhortaba a que entregaran varias alhajas y dinero que se habían tomado, de lo que tenían los insurgentes procedente de los bienes abandonados por los españoles fugitivos.

La segunda parte de la proclama demuestra que aquellos realistas no eran muy honrados y prueba que los valientes de Verdía no sólo cometieron el delito de traición.

El día 14 se vio cometer un inaudito atentado, un horrible crimen.

El padre del cura Mercado fue ahorcado a las nueve de la mañana en la plaza principal.

Su delito consistió en ser padre de un insurgente generoso.

Mientras estaba encapillado, daban un baile a Cruz, y don Manuel Varela, oficial español, entró a insultarlo.

Así se portaban los valientes españoles con sus desgraciadas víctimas.

La historia juzgará este hecho como merece y por él señalará a don José de la Cruz como un hombre sanguinario, vengativo y cruel.

El día 14 salió Cruz de San Blas para Tepic, adonde llegó el mismo día a las diez y media de la noche y el 17 salió para Guadalajara.

En Tepic fueron fusilados el martes 12 de febrero el infortunado don Juan José Zea y otros muchos, habiendo colgado a Zea en la salida para Guadalajara, y así lo tuvieron seis meses.

Pocos meses después el pueblo presenció otro espectáculo horrendo.

Por varios días consecutivos estuvieron fusilando en la plaza principal veinte insurgentes y después que los fusilaban los colgaban, y subía un padre a un púlpito colocado junto al patíbulo, y pronunciaba un sermón contra la insurrección.

Este espectáculo sangriento horrorizó aun a los mismos habitantes que tan afectos se habían mostrado a la esclavitud de su patria.

De esta manera se portaban en Nueva España, los soldados españoles.

Los mismos que entonces defendían su patria contra la invasión de Napoleón I.

¡Así los héroes del dos de mayo, los que heroicamente repelían una potencia extranjera, hacían en México el mismo papel que sus invasores, excediéndoles en crueldad!

Así brilló en ese cortísimo período de la historia patria la noble figura de Mercado, como un bólido que al caer, sólo deja en su marcha una ráfaga de luz.

Don José María Mercado y sus denodados compañeros, Romero, Matemala y Zea con una multitud de valientes soldados, murieron peleando por la independencia de su patria, y ésta, reconocida, hará que sus nombres pasen a la posteridad, para que haga justicia a tan esclarecidos patriotas que con su prodigiosa e infatigable actividad en su vida, y con su muerte gloriosa, pusieron los primeros cimientos de la independencia y libertad de México.

Guadalajara, mayo 25 de 1876.—

Luis Pérez Verdia.

Fuente:

J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

Versión digitalizada por la UNAM: http://www.pim.unam.mx/catalogos/juanhdzc.html

Nota en título de J. E. Hernández y Dávalos: (impreso)

Nota de J. E. Hernández y Dávalos:

Nota 1: Este informe consta integro en la página 407 habiendo hecho uso del que publicó el mismo Bustamante en las páginas 70 a la 77 de las campañas del general don Félix Calleja.