1874
Memoria del último de los primeros soldados de la independencia, Pedro José Sotelo.
Dolores Hidalgo, 1 de agosto de 1874.


NÚMERO 178 - Tomo II

MEMORIAS del último de los primeros soldados de la independencia Pedro José Sotelo, dedicadas al ciudadano licenciado Sebastián Lerdo de Tejada, presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, por el ayuntamiento y jefe político de esta ciudad Dolores Hidalgo.

Año de 1874

En el año de 1802 falleció mi padre José Feliciano Sotelo, y quedamos huérfanos, mi hermano Pedro Salomé Sotelo, con el único amparo de mi madre.

Mi hermano, por una cuestión que tuvo con un individuo, a quien en la riña le dio un golpe de piedra en la cara, del cual cayó en tierra sin sentido, corrió hasta salirse de esta población por temor del castigo que le esperaba si le aprehendían; porque don Manuel Salas, que era juez de acordada en este tiempo, era muy cruel en sus operaciones, y tomó el rumbo de México en donde le agarraron de leva y le hicieron soldado de regimiento de la Corona.

Quedé yo solo con mi madre, y mirando esta señora que no era capaz de darme una educación cual convenía según mi sexo, y que era preciso que un hombre dirigiese mi conducta por buen sendero, inculcándome las mejores máximas de moralidad para vivir con mis semejantes en lo sucesivo, se resolvió a ponerme a las órdenes y disposición del señor cura don Miguel Hidalgo y Costilla, quien tuvo la dignación de admitirme en su casa, arregladas que fueron las condiciones que por ambos fueron propuestas.

Esto fue en el año de 1803, para el que tenía yo trece años de edad.

El señor cura me recibió afectuosamente, me manifestó desde luego un estilo afable, y me doctrinaba con mucha dulzura, dándome buenos consejos y enseñándome a vivir bajo el temor de Dios.

Me dediqué al arte de la alfarería, y viendo el señor cura mi aplicación me puso bajo la dirección del maestro de pintura don José Ignacio N. para que me enseñara el oficio.

Tenía por costumbre el señor cura dar misa en el Llanito diariamente, y al volver visitaba sus dos oficinas, primero la sedería y luego la alfarería, que era donde por lo regular se detenía más tiempo, tanto en ver sus operarios como en estudiar, para lo cual tenía un lugar en un costado de la alfarería hacia el poniente, en cuyo punto tenía una silla, y allí leía silenciosamente sin que nadie se atreviera a interrumpirlo.

No corrió mucho tiempo de mi aprendizaje sin que el señor cura, después de pagar a todos los oficiales el día sábado, del dinero que sobraba empezó a darme un peso o cuatro reales con el carácter de gratificación, y al darme este dinero me decía “para su madre” pues por lo que tocaba a mi persona estaba bien servido de alimento y ropa en el curato.

Así continué hasta el año de 1807 en que dio orden el señor cura al maestro Germán González, que era el que estaba encargado de llevar las listas o apuntes de los precios de toda clase de pinturas, para que me pagara igual a todos los oficiales.

Esto resultó del manejo de mi conducta, tanto en la oficina como en la casa del señor cura; pues yo veía que me tenía afecto con especialidad como el más joven de todos los oficiales, y yo por mi parte procuraba no disgustarlo, y atraerme su cariño más y más, haciendo cuantos servicios estaban a mi alcance.

Corrió el tiempo hasta el año de 1809, en cuyo intervalo gozamos de una vida angelical y tranquila al lado del señor cura, paseándonos en su compañía; porque como la mayor parte de todos los alfareros eran músicos, cuando a este señor le ocurría hacer un baile, un paseo de campo, o cualquiera diversión o pasatiempo honesto, no hacía más que llamar a sus músicos, e inmediatamente se hacía lo que él disponía, y quedaba servido y agradecido de todos.

En la casa del señor cura asistía un señor que se llamaba don Santos Villa, que era el director de la música, por lo cual y por el parentesco que tenía con la familia Hidalgo, lo apreciaba mucho el señor cura.

Este señor don Santos era de genio jovial y de una educación muy fina; con todos los alfareros tenía mucha amistad, por cuyo motivo, por su conducto, de tarde en tarde sabíamos lo que el señor cura decía respecto del estado en que caminaban los negocios políticos de aquella época, que sabía por las gacetas o periódicos.

Yo por lo regular no entraba en conversación, porque mi edad no me lo permitía; pero notaba que algunas veces el señor cura, en su lugar de estudio, se quedaba meditabundo y como formando allá en su mente algún proyecto.

Con motivo de mis adelantos en la pintura, me consideré capaz para tomar estado, lo que puse en conocimiento del señor cura; este señor accedió a mi intento y se encargó de ir a pedir a mi esposa al señor don Mariano Abasolo, porque allí estaba como hija de la casa, pues era huérfana de padres; resolvieron que sí, y se verificó mi matrimonio, cuyos gastos fueron hechos por el señor cura, y no supe qué cantidad sería, porque el señor cura nunca me manifestó ninguna cuenta, ni me exigió pago.

A poco tiempo de casado en el mismo año de 1809 un día me llamó el señor cura reservadamente, ya yo había visto que lo mismo había hecho con los demás oficiales, llamándolos aparte y hablando en voz baja y con seriedad, nosotros lo atribuíamos a reprehensión o regaño, y más cuando estos señores no decían absolutamente nada de lo que les decía; un día como dije antes me llamó y me dijo: “hombre, si yo te comunicara un negocio muy importante y al mismo tiempo de mucho secreto, ¿me descubrirías?” y yo le contesté, no, señor;

“Pues bien, me dijo, guarda el secreto y oye: no conviene que, siendo mexicanos, dueños de un país tan hermoso y rico, continuemos por más tiempo bajo el gobierno de los gachupines, éstos nos extorsionan, nos tienen bajo un yugo que no es posible soportar su peso por más tiempo; nos tratan como si fuéramos sus esclavos, no somos dueños aun de hablar con libertad; no disfrutamos de los frutos de nuestro suelo, porque ellos son los dueños de todo; pagamos tributo por vivir en lo que es de nosotros, y porque ustedes los casados vivan con sus esposas, por último, estamos bajo la más tiránica opresión.

¿No te parece que esto es una injusticia?”

Sí, señor, le contesté.

“Pues bien, se trata de quitarnos este yugo haciéndonos independientes, quitamos al virrey, le negamos la obediencia al rey de España, y seremos libres; pero para esto es necesario que nos unamos todos y nos prestemos con toda voluntad, hemos de tomar las armas para correr a los gachupines y no consentir en nuestro reino a ningún extranjero.

¿Qué dices, tomas las armas y me acompañas para verificar esta empresa?

¿Das la vida si fuere necesario por libertar a tu patria? Tú estás joven eres ya casado, luego tendrás hijos, y no te parece que ellos gocen de la libertad que tú les des, haciéndoles independientes, y que gocen con satisfacción de los frutos de su madre patria?” Y yo le contesté, sí, señor, y confieso ingenuamente que al oír hablar de tal negocio al señor cura, sentía en mi corazón una emoción de júbilo que me animaba y tarde se me hacía dar mi respuesta al señor cura.

Me dijo luego, “pues guarde usted el secreto, no se lo comunique a nadie, ni a sus compañeros aunque le pregunten...”

Después de un rato de silencio, me dijo: “no hay más remedio, es preciso resolvernos a verificar nuestra empresa, vaya usted y silencio.”

En la pieza de la esquina de la alfarería que está al oriente, calle de la Represa, se encontraban tres artesanos talabarteros, hermanos los tres, y se llamaban José Pulido, Teodosio Pulido y su hermano menor; el primero era conocido por Chepe Pulido.

Ninguno de los alfareros sabíamos con qué objeto se encontraban en aquella pieza; igual caso sucedía con tres herreros que se llamaban Nicolás Licea, Ignacio su hermano y Pedro Barrón; éstos iban de noche al curato y se esperaban en el zaguán hasta que el señor cura quedaba enteramente solo, entonces entraban y hablaban con este señor, les daba dinero, les intimaba silencio y se retiraban sin hablar ni una sola palabra.

Asimismo veíamos que don Juan Quintana, artesano de carpintería, labraba unos palillos como reja de ventana, redondos y como de cinco cuartas de largos, de madera de encino que traían los leñeros que acarreaban la leña para la alfarería.

Preguntábamos a dicho Quintana para qué eran aquellos palitos, y nos contestaba, quien sabe para que querrá el señor cura estos palitos, ideas que no lo faltan al señor cura, con esta respuesta acallaba nuestra curiosidad, y no nos daba lugar a trascender más.

Cuando el señor cura me descubrió el secreto, como he dicho antes, hasta entonces comencé a entender que los talabarteros, herreros y carpintero estaban al tanto del negocio; no me equivoqué; pues como luego se vio que los herreros hacían las armas, lanzas, machetes, etcétera, y los talabarteros hacían las cubiertas de aquellos, y fabricaban hondas, y el carpintero labraba los palos de las lanzas.

Todo esto caminaba bajo un sigilo riguroso, porque aunque ya todos sabíamos el proyecto del señor cura, ninguno nos atrevíamos a descubrir el secreto.

El señor don Ignacio Allende y don Juan Aldama, originarios de San Miguel el Grande, con mucha frecuencia visitaban al señor cura, y observábamos que tenían sus conferencias reservadas, particularmente de noche, por lo que entendíamos que trataban del mismo negocio que nos había comunicado el señor cura.

Un día llegaron estos señores al curato, y le dijeron al señor cura, que venían a esperar aquí a los emisarios que debían llegar de San Diego, como en efecto llegaron estos señores, cuyos nombres no supe; eran cuatro, de carácter serio pero agradables.

Hablaron con el señor cura a puerta cerrada, y fue tal el gusto que les causó el buen resultado de su comisión, que dispusieron una corrida de toros, la que se verificó en la plaza de gallos, que estaba entonces frente a la casa del señor cura, que ahora es huerta de la casa de don Manuel Hernández, habiéndose traído los toros de la hacienda de Rincón.

En esta corrida toreó don Ignacio Allende, y luchó con un toro, con cuya acción dejó admirados a los espectadores y lo aplaudieron con vítores y palmoteos.

Corría el tiempo y las cosas seguían avanzando bajo secreto.

El señor cura, empeñoso como siempre en sus fábricas de seda y loza, ocupando gente para el corte de la hoja de moral para el alimento de los gusanos de seda, y en la alfarería haciendo experimentos con composiciones de metales para hacer colores y vidrios, y discurriendo nuevas figuras en las piezas de barro, tanto de rueda como de molde.

Esta constante ocupación del señor cura no daba lugar a que se trascendiese el proyecto que tenía formado.

Nosotros con impaciencia deseábamos que llegara el día grande en que debíamos dar la voz de independencia y libertad.

Llegó por fin el deseado día; y aunque no fue el que se había elegido, el día 29 de septiembre el nombrado para la grande empresa, pero el día 15 de dicho mes a las diez de la noche, llegó el señor Allende y algunos compañeros, los cuales no pudieron hablar con el señor cura porque tenía visitas, y en la esquina de los Olivos esperaron que se desocupara.

No tardó en quedar solo el señor cura, inmediatamente se presentaron el señor Allende y los que le acompañaban, y con semblante serio y grande agitación comunicaron al señor cura que el negocio estaba para fracasar, y en un momento perderse todo lo que tenían intentado.

“¿Usted dirá que hacemos?” dijeron, y el señor cura respondió:

“En el acto se hace todo, no hay que perder tiempo; en el acto mismo verán ustedes romper y rodar por el suelo el yugo opresor.”

Salió violentamente a la calle y dijo al mozo: “Llámame a los serenos.”

Éstos eran dos únicamente: se llamaban José el Rayeño y Vicente Lobo.

Vinieron en el acto, y el señor cura les comunicó el negocio, ellos se sometieron a sus órdenes y se resolvieron a hacer cuanto les dispusiera.

Les ordenó que fueran inmediatamente a llamar a los oficiales alfareros, y sederos, y mientras estos venían, decía el señor cura a don Ignacio Allende: “No hay que pensar, ahora mismo damos la voz de libertad.”

Llegaron algunos alfareros y sederos, y cuando estuvieron reunidos como quince o dieciséis hombres, alfareros, sederos, serenos, algunos del pueblo que no pertenecían a la casa del señor cura, pero que al rumor de la novedad se habían levantado de sus camas, y otros que los mismos artesanos habían convidado al pasar por sus casas, entonces dio orden el señor cura a los alfareros para que fueran a la alfarería y trajeran las armas que allí estaban ocultas, que eran machetes, lanzas y hondas.

Todo esto era hecho en un momento, porque el señor cura era muy activo en todos sus negocios; y como los oficiales conocían bien su carácter, corrían apresurados a cumplir sus órdenes.

Cuando ya estuvieron allí las armas, las repartió el señor cura por su propia mano a los que estaban presentes las que pedían, diciéndoles: “Sí, hijos míos, las que gusten, para que nos ayudemos a defender y libertar a nuestra patria de estos tiranos.”

Mandó llamar al presbítero don Ignacio Balleza, en el acto vino este señor y lo nombró jefe de una comisión para que aprehendiera al padre Bustamante, que era español y sacristán mayor de esta parroquia; fue el primer paso que se dio; en seguida arengó el señor cura en pocas palabras por la ventana de su asistencia a los que se habían reunido, animándolos para comenzar vigorosamente la empresa de nuestra independencia, y levantando la voz con mucho valor, dijo: “Viva Nuestra Señora de Guadalupe, viva la independencia.”

Y acompañado del señor Allende y los demás, salimos a hacer la aprehensión de los gachupines, para cuyo efecto se nombraron comisiones que sorprendieran en sus casas a cada uno de ellos.

Pusimos en libertad la prisión que había en la cárcel, y ésta se unió con nosotros para ayudarnos a poner presos a los españoles.

Fue aquello una vocería terrible, vitoreando al señor cura y gritando, mueran los gachupines.

En esto nos ocupamos la noche del 15 de septiembre de 1810; amaneció el día 16, día domingo, memorable y glorioso para nuestra posteridad.

Como fue día de concurrencia por el comercio, se nos reunieron muchos individuos de la jurisdicción y vecinos de la población.

En la mañana de ese día se le mandó un recado al señor don Mariano Abasolo, invitándolo para la empresa, e inmediatamente resolvió sin vacilar que estaba anuente y a las órdenes del señor cura, que con mucho gusto tomaba las armas para acompañarlo, y a pocos momentos se presentó.

Don Juan Lecanda, español, administrador de la hacienda de Rincón (de Abasolo) ignorando lo que pasaba en la población, vino a misa, pero entrando a la casa del señor Abasolo, le dijeron lo que habían hecho con los españoles, e inmediatamente se volvió a salir sin apearse del caballo y se fue para Guanajuato.

El señor cura con mucha actividad no cesaba de disponer y ordenar la gente que se había reunido, y mirando que ya se contaba con un número considerable de gente adicta, resolvió organizarla en forma de tropa y encomendó esta comisión a don Ignacio Allende; porque este señor era instruido y práctico en la disciplina militar, y porque conocía a varios señores que podían servir de oficiales para la organización de la tropa, aunque improvisamente.

Para este efecto fueron nombrados los señores Rivascacho, don Miguel, y su hermano don Cresencio, Dionisio Rodríguez, Julián Zamudio, el sargento Moctezuma (alias el gato) don José Aguirre profesor de medicina, José Antonio Zapata y Nicolás Licea etcétera.

Se armaron estas compañías con el resto de armas que habían quedado en la alfarería y a los indígenas se les habilitó de hondas y algunas lanzas.

Las armas que se les recogieron a los españoles también se repartieron, y cuando ya no hubo armas dio la orden el señor cura que con palos o con lo que tuvieran en sus casas se armaran, lo que se verificó en el acto.

Cuando ya estuvieron ordenadas las compañías del mejor modo que se pudo, se les dio sueldo sin tasación ni distinción, a como les tocaba por suerte.

Este dinero se tomó de los fondos de la aduana, estanco, administración de correos y parte de los caudales que tenían los gachupines atesorados.

Don Nicolás Rincón que era el subdelegado en ese tiempo, al exigirle que entregara el dinero de las oficinas referidas, se resistió resueltamente, por lo que se incomodaron con él, el señor cura y don Ignacio Allende, tuvieron una cuestión muy acalorada, resultando de ella que despojaran del empleo a dicho Rincón y lo desterraran en el acto.

Sustituyó a este señor en el cargo de autoridad civil el señor don Ramón Montemayor, y en lo eclesiástico fue nombrado cura encargado por el señor Hidalgo, el presbítero don José María González.

Arreglado este paso dio orden el señor cura para la marcha de la fuerza para San Miguel, llevando al mismo tiempo a los españoles que teníamos presos en la cárcel, los cuales fueron: don Toribio Cacielles, el padre sacristán llamado Francisco Bustamante, don José Buenaventura, Gil Revoleño, don Francisco Santelices, que se aprehendió el día 16 por la mañana, porque la noche anterior se escondió y no lo consiguieron, don Alejandro Malanco, don Manuel Deleza, otros y don José Antonio Larrinúa;

Este señor al presentarse la comisión para hacerlo preso la noche del 15 hizo resistencia, y uno de los comisionados, Casiano Exiga, que tenía un agravio con dicho Larrinúa, por negocios de comercio, le dio un golpe en la cabeza con un machete y lo hirió, por cuyo motivo no caminó en la prisión, se le concedió que se quedara curando, pero en calidad de preso, bajo la responsabilidad del señor Montemayor; don Luis Marín, español, por su ancianidad y por el carácter que tenía sumamente pacífico y que con nadie se metía, se le concedió que se quedara en su casa en plena libertad.

De estos españoles y otros que ya no me acuerdo de sus nombres, fue el cuerpo de prisioneros que caminaron para San Miguel el Grande, cuya salida fue entre doce y una de la tarde, porque para todo se daban los señores mucha prisa.

Al disponer el señor cura su marcha para San Miguel, nombró una comisión para el arreglo de la alfarería y sedería cuya comisión recayó en don Francisco Barreto, Manuel Morales y yo, con orden que, arreglado que fuera todo, y recogido el dinero que debían algunos marchantes de loza que habían sacado fiada y estaban para llegar de viaje, entregando el dinero a Vicentita, hermana del señor cura, y arregladas las herramientas y útiles de la alfarería, encerrando toda en las piezas más seguras, nos fuéramos a alcanzarlo donde estuviera.

Con la mayor eficacia y prontitud desempeñamos nuestra comisión y luego nos fuimos para Guanajuato que era donde estaba la fuerza.

Nos presentamos con el señor cura, dando cuenta de nuestra comisión, y nos ordenó este señor, que nos pusiéramos a las órdenes del señor don Mariano Hidalgo, hermano del señor cura y nos dijo: “no se separen, todos anden reunidos los que son de mi casa, alfareros y sederos, ya tiene orden Mariano para que se empleen ustedes”.

Nos presentamos con el señor don Mariano, y este señor nos dijo: el señor cura me ha dicho que todos ustedes me han de ayudar a cuidar del tesoro y equipajes de los señores generales; porque los demás del ejército no le inspiran confianza para este encargo.

Cuando llegamos a Guanajuato ya había sucedido la guerra del castillo de Granaditas, nosotros no nos hallamos en ella por el motivo que he dicho antes, de la comisión que nos dio el señor cura para el arreglo de la alfarería.

Al emprender mi marcha para Guanajuato dejé abandonados a mi querida madre, a mi cara esposa y a mi hijo tiernecito fruto primogénito de mi matrimonio, sin más auxilio ni recurso que la Providencia Divina, impulsado por el deseo que tuve siempre, de ayudar en cuanto fuera posible por mi parte a hacer la independencia de mi cara patria, y cumplir la promesa que solemnemente hice al señor cura, de dar la vida si fuere necesario para llevar a efecto la libertad de todo nuestro país.

Confieso que no era otro el interés que yo tenía.

Cuando llegamos a Guanajuato encontramos al señor cura y a todos los señores generales en el cuartel de San Pedro; porque ni los españoles ni los criollos vecinos de aquella ciudad dieron alojamiento particular a estos señores.

El sábado de la semana en que llegamos a Guanajuato; se mandó una comisión para Dolores para que aprehendieran a don Manuel Salas juez de Acordada que era aún, y a don Félix Alonso con su dependiente, porque ambos eran españoles, pues la noche del 15 no se aprehendieron porque andaban por tierra adentro.

Salas hizo resistencia y en ella murió; lo mismo sucedió a Alonso y a su dependiente ambos murieron en la resistencia que hicieron el domingo por la mañana.

El cadáver de Salas lo pusieron en una mula y así lo condujeron para Guanajuato, los otros cadáveres los dejaron en Dolores.

En la guerra del castillo de Granaditas murió un hijo de Dolores Hidalgo, era muy hombre de bien se llamaba Martín Larrea, era muy buen tirador y se hizo de nombre por su valor y buena puntería; todos sus paisanos lo sentimos mucho.

Se venció el castillo a fuerza de hondazos y balazos con las pocas armas de fuego que se habían reunido, y unos cañones de artillería de madera que se improvisaron forrados de cuero crudío y reforzados con cinchos de fierro.

En el cuartel de San Pedro se hizo un acopio de capellinas o piezas de bronce que se recogieron de las haciendas de plata de los españoles para hacer piezas de artillería, lo que

se puso en obra inmediatamente.

Estando en el arreglo de muchos negocios que había que arreglar en Guanajuato, una noche le dieron noticia al señor cura que el general Calleja, amenazaba entrar a Guanajuato por el mineral de Valenciana, (aunque esto fue pretexto para que saliera el ejército de la ciudad como después supimos) inmediatamente se puso en movimiento el ejército y como la noche estaba oscura, dio orden el señor cura que se iluminara la ciudad, para que la tropa saliera cómodamente y se evitaran los desórdenes que con la oscuridad pudieran cometer los soldados.

Dispuso el señor cura que saliera una parte de la tropa por Valenciana y otra por Mellado; caminamos lo más de la noche, camino para Dolores, llegamos a esta población en la mañana, y en ella pasamos el día y la noche y al siguiente día salimos para San Felipe.

Cuando el señor cura salió de Dolores para Guanajuato el día 16 de septiembre, hizo su expedición por San Miguel, Chamacuero, Celaya, etcétera, y de todos estos puntos que fue tocando se le reunía mucha gente, la cual estaba armada con corta diferencia lo mismo que la de Dolores, por cuyo motivo se resolvió el señor cura salir al encuentro de Calleja y atacarlo.

El día que salimos de Dolores para San Felipe, llegamos a la hacienda de la Quemada.

Desde Dolores mandó un correo el señor cura con un pliego para el conde del Jaral, invitándolo y comunicándole la resolución que tenía de atacar a Calleja donde lo encontrara.

El señor cura en confianza de que eran íntimos amigos adelantó la comunicación a este señor, y por tal motivo se confió de tener buen resultado, esperando del conde su adhesión a la empresa; pero fue lo contrario como después dirá.

La noche que estábamos durmiendo en la Quemada como a la media noche llegó el correo del Jaral con la contestación del conde, en la cual le manifestaba al señor cura su adhesión, y le ofreció que corría de su cuenta el persuadir a Calleja que no interrumpiera un negocio tan interesante y justo como era el que se había emprendido.

Todo esto lo ofreció con la mayor formalidad posible, pero aparente; porque tan luego como llegó Calleja al Jaral se unió el conde con él, lo protegió con dinero para los gastos de la guerra, lo animó para que siguiera al señor cura, y se fue en su compañía.

Este señor fue el primero que traicionó a nuestra nación en el principio de la revolución.

Confiado el señor cura en la promesa del conde, al siguiente día mandó que contramarcháramos para Guanajuato, ejecutando la disposición que le indicó el conde, diciéndole que se retirara sin cuidado, que por aquel punto corría de su cuenta la empresa, y que contara con él como fiel amigo.

De esta manera logró el conde que nos retiráramos para Guanajuato para dejar libre el camino y pasara Calleja.

Al contramarchar para Guanajuato mandó el señor cura que se dividiera la fuerza, y una mitad se fuera por Calvillo y la otra se volviera a Dolores.

Como venían muchos señores particulares de Guanajuato con el señor cura, al pasar por el puerto del Gallinero dijeron al señor cura que allí estaba bueno para abrir unos barrenos en las peñas, y que cargados estos con pólvora buena, los harían disparar por medio de mechas ocultas, para que en caso que Calleja no condescendiera con el conde y pasara por el puerto, disparando los barrenos le mataría mucha gente.

Se puso en obra esta disposición, y se nombró una comisión para que cuidara y quemara dichos barrenos, cuyos agujeros hasta hoy existen.

Llegamos a Dolores, y al siguiente día salimos para Guanajuato en donde por espacio de cuatro o cinco días se ocuparon los señores generales, de reponer las autoridades, y recoger los caballos que en las haciendas de plata tenían los españoles, con los cuales y las monturas que estaban en el cuartel de San Pedro de la caballería del Regimiento del Príncipe, se equipó una caballería para avanzar para Morelia; pues a nuestro regreso de la Quemada encontramos un correo de Guanajuato con la noticia de que los españoles se estaban afortinando y haciendo preparaciones, para esperarnos de guerra en aquella ciudad.

Ya repuestas las autoridades, montado y uniformado el escuadrón, repuesto el parque gastado en el castillo de Granaditas, y recogido el dinero de todas las oficinas reales, y de los capitales españoles, emprendimos la marcha para Morelia, y en todos los puntos que íbamos tocando éramos recibidos con mucho entusiasmo, y de cada uno se reunía mucha gente con nosotros, para ayudar a defender la justa causa de nuestra independencia.

Pasamos por Irapuato, Valle de Santiago, Salvatierra, Acámbaro, Sinapécuaro, Indaparapeo y villa de Charo.

Con la gente que de todos estos puntos se iba reuniendo se hizo un ejército formidable, y se aumentó considerablemente el tesoro, parque, armas, y etcétera, y no había necesidad en la tropa, a todos se les daba sueldo no sólo para un día, sino para tres o cuatro, a razón de a cuatro reales los infantes, y peso los de caballería.

Al llegar a la garita del Zapote, encontramos la preparación que tenían los españoles para esperarnos.

Entramos por fin a Morelia sin resistencia ni oposición, fuimos recibidos con el mismo entusiasmo que en los demás puntos, saliendo a recibirnos hasta las mujeres uniendo sus vítores con los del pueblo que era mucho.

Allí hallamos cuatro piezas de artillería de mediano calibre, bien montadas y equipadas.

Estas piezas las hicieron los españoles con la campana de un esquilón que había en la catedral, y yo vi la madera de la cabeza de dicho esquilón, era muy grande.

Descansamos tres o cuatro días en esta ciudad, y en este tiempo se ocuparon los señores de poner nuevas autoridades; luego salimos para Toluca volviendo por el mismo camino que llevábamos para Morelia hasta tomar el camino para aquella ciudad; el objeto era seguir a los españoles que habían tomado este rumbo para México, con los cuales se fue el señor obispo y el colegio apostólico.

En San Felipe del Obraje nos alcanzaron las piezas de artillería que se hicieron en Guanajuato, éstas iban montadas en ruedas de las de los españoles, y los conductores de dichas piezas dieron la noticia al señor cura que ya Calleja había pasado por Dolores y que en su compañía iba el conde del Jaral contra nosotros.

Se habilitaron de artilleros las piezas, con los hombres que les parecieron a los generales más a propósito para esta maniobra.

Continuamos nuestra marcha hasta Toluca sin ninguna novedad, y por los puntos que íbamos tocando fuimos recibidos perfectamente bien, poniéndose todos a las órdenes y disposición del señor cura, y reuniéndose de todos ellos mucha gente voluntaria.

En Toluca estuvimos dos días, y al tercero continuamos nuestra marcha, hicimos jornada hasta Santiago Tianguistenco, en donde encontramos un extranjero inglés, se presentó éste con el señor cura y le confesó ingenuamente, que él estaba allí con el objeto de hacer cañones de artillería por orden de unos españoles que se habían retirado para México; que él sabía hacer los cañones y sabía el manejo de ellos y que se ofrecía a sus órdenes para este desempeño; el señor cura aceptó el ofrecimiento y lo nombró ingeniero mayor de artilleros bajo el juramento que hizo de ser fiel a la causa de la independencia.

Salimos de este punto al siguiente día, no habíamos tenido noticia de las fuerzas españolas, hasta ese día que como a las ocho de la mañana volvieron nuestros exploradores, con la novedad de que se habían encontrado con una avanzada enemiga, que se habían tiroteado y que el grueso de aquella fuerza nos esperaba de guerra en el puerto de las Cruces.

Esta noticia se probó ser cierta por dos heridos y un prisionero que traían nuestros exploradores; el prisionero informó al señor cura de la disposición de su general Trujillo; el número de fuerza que tenía, las piezas de artillería que no eran más que dos, y sobre todo que nuestra fuerza era mil veces mucho mayor que la del enemigo.

Enterado el señor cura de todo, indultó al prisionero y éste se unió con nosotros.

En el acto se mandó hacer alto, y se reunieron todos los que tenían armas de fuego y juntos con la artillería se dispuso que caminaran a la vanguardia, y a la retaguardia los de honda y arma blanca, caminando atrás el cargamento resguardado con bastante gente.

Como a las diez de la mañana se descubrió al enemigo que había tomado ya colocación en la cima de la sierra en donde estaba una fábrica de aguardiente.

Mientras llegamos a aquel punto fuimos molestados por las guerrillas que nos hacían fuego por entre la arboleda; pero las rechazábamos con nuestras armas, señalándose en esto con más particularidad la gente guanajuatense.

Caminamos hasta llegar al frente del enemigo; se dispuso la gente para la batalla, dividiéndose en tres porciones, en el centro la artillería e infantería, y en ambos costados infantería y caballería.

Se rompió el combate que fue muy reñido, duró lo más del día; se logró el triunfo por nuestra parte a costa de mucha sangre, principalmente de nuestros indígenas que murieron muchos por su poca inteligencia; pues todos se agrupaban, y en ellos hacían las balas enemigas unos destrozos terribles.

Corrió el enemigo como a las cinco de la tarde, dejando en el campo las dos piezas que traía, las armas de los muertos que fueron muchos, un carro de parque y un corto número de prisioneros que se agarraron en el alcance.

Al concluir la guerra se dio orden, para que el ejército continuara su marcha hasta llegar a la hacienda o venta de Cuajimalpa a donde llegamos como a las ocho de la noche.

Antes de llegar se dispararon tres tiros de cañón para ver si el enemigo estaba en dicho punto; cerciorados de que no había nada, llegamos, y se dispuso que la artillería se pusiera en orden de batalla por el rumbo de México.

Concluyó de llegar el ejército como a las dos de la mañana.

Luego que amaneció el día siguiente, se dispuso una comisión, compuesta de los señores que le parecieron más aptos al señor cura, entre ellos el señor don Mariano Abasolo, el presbítero don Mariano Balleza y otros que no conocí por no ser de Dolores.

Esta comisión salió para México con el título de embajadores en uno de los mejores carruajes, en el cual se puso una bandera blanca, habiendo sido custodiada por una fuerza de cincuenta hombres.

Allí se pasó revista general de armas y gente, y se mandó una fuerza que fuera a levantar el campo de la guerra, cuya operación no se hizo antes porque ya era muy tarde.

Volvió la comisión de embajadores en la tarde y dijeron a los generales, que habían sido desairados y que los esperaban de guerra, para lo cual tenían muchas preparaciones.

Se dispuso que avanzáramos sobre México, y al siguiente día se alistó la tropa para la marcha; pero como a las once de ese día hubo contraorden, y volvimos a contramarchar por el mismo camino que habíamos traído, volviendo a pasar por el puerto de las Cruces hasta tomar camino para Querétaro.

Este retroceso resultó del cálculo que hicieron los generales, de que aquella ciudad debía estar débil de fuerza, y que sería fácil tomar aquella plaza y continuar para México por aquel camino.

Hicimos jornada hasta la ciudad de Lerma, día de Todos Santos, y al día siguiente la hicimos hasta San Francisco Ixtlahuan; al siguiente día no alcanzamos a llegar a ninguna población o rancho por lo que nos quedamos en campo raso.

La disposición de los señores generales era caer a Arroyo Zarco, lo que se verificó, porque el día que nos movimos de aquel punto despoblado, como a las dos de la tarde volvieron nuestros exploradores con la noticia de que Calleja estaba en Arroyo Zarco con una fuerza muy grande.

Hizo alto el ejército, y el señor cura preguntó qué población había inmediata por aquel rumbo, y le dijeron que San Jerónimo Aculco, pueblo pequeño que estaba a nuestra izquierda, y que está situado en medio de dos lonjas, bastante grandes, y nos dirigimos para aquel pueblo a donde llegamos puesto el sol.

Al día siguiente se volvió a pasar revista, y se dio la orden de que alistáramos las armas y se resolvió esperar allí a Calleja por estar propio el punto para dar la carga y tener el auxilio del pueblo.

En este mismo día como a la una de la tarde, estaban comiendo los generales cuando llegó la avanzada que andaba por el rumbo del norte, y dio aviso que el enemigo se aproximaba sobre nosotros.

Se dio orden de que saliera la fuerza a encontrar a Calleja y atacarlo.

Volvió a salir la avanzada para observar de nuevo al enemigo, volvió la avanzada y dijo que la primera avanzada había tenido noticia por dicho de unos caminantes, que por allí andaba una avanzada del enemigo, la misma que nosotros vimos, y que dijo a los habitantes de aquellos puntos, que la fuerza se movía otro día sobre nosotros.

Con esta noticia se volvió nuestra tropa para el pueblo, y convinieron en dar la batalla otro día para cuyo fin eligieron la loma que está al norte del pueblo de Aculco dejándole al enemigo la que está al sur de dicho pueblo.

Se dio orden de que limpiáramos nuestro puesto, de las piedras que estaban e impedían el movimiento de nuestras piezas.

Esta maniobra fue concluida en un momento, porque como había mucha gente y esta se prestaba con mucho gusto pronto se hacía lo que se mandaba.

Concluida esta operación se dio orden de que el ejército subiera a tomar colocación en la cima de la loma, y se dispuso el plan de guerra del modo siguiente: formaron en batalla al frente del enemigo los fusileros y piezas de artillería, a la retaguardia la caballería, y a la espalda de éstos los de infantería de arma blanca y los indígenas de honda y garrote, colocados éstos a una distancia que no les ofendieran las balas enemigas, lo cual no se consiguió; porque como todos teníamos mucho entusiasmo en tomar parte en el combate y triunfar del enemigo, cuando éste se presentó comenzó en nuestra gente indígena un desorden indecible.

El tesoro, cargamento de pólvora y equipajes de los generales, se dispuso que lo situáramos al pie de una loma que estaba un poco retirada de la guerra, y se le puso una fuerza respetable para su resguardo.

Al día siguiente como a las ocho de la mañana se presentó el enemigo dividida su fuerza en tres trozos; cubriendo uno el centro y los otros dos los costados.

Fueron avanzando con mucho orden hasta ponerse a tiro de cañón: tomada su resolución en el punto, formaron en batalla y rompieron el fuego inmediatamente con sus piezas y fue contestado por las nuestras.

Impulsado yo por el deseo que siempre tuve de ayudar a mis compatriotas a hacer la independencia de mi amada patria, y fiado en la buena calidad de mi caballo, me desmembré de los que estaban con el cargamento, con otros compañeros míos alfareros, tan luego como apareció el enemigo y nos incorporamos con la fuerza batiente, allí vi a nuestro inglés ingeniero que no omitía sacrificio en el desempeño de su empleo, corriendo para cada cañón y dirigiendo las punterías que hacían bastante estrago en el enemigo; pero como los artilleros de Calleja tenían más instrucción, ellos mismos dirigían sus tiros con más certeza y nos hacían grandes destrozos, y como en aquel punto no había objeto ninguno donde escaparse de las balas, se veía claramente su operación.

Esto dio motivo a que se descompusiera nuestra tropa, y fue aquel un desorden tan grande que no pudieron contenerlo ni los generales ni los oficiales.

El enemigo que observaba tal desorden cerraba el fuego con más actividad, y sus tiros hacían más operación sin errar uno solo por los grupos que en nuestra gente se hacían.

Nuestro ingeniero se empeñaba sobremanera en cargar las piezas con violencia; pero no era posible que lo hiciera como el enemigo por estar las de éste mejor servidas.

Fue tal el terror que causó el estrago de las balas enemigas en nuestra gente, que no se pensó más que en la fuga, comenzó a correr la gente por el rumbo del poniente, para ocultarse en una sierra pequeña que a este rumbo teníamos; se desampararon las piezas y se abandonó el campo de batalla, porque el enemigo nos venía flanqueando por ambos costados.

Triunfó Calleja, y se hizo dueño de armas, dinero, parque y todo cuanto era de nuestro ejército.

Yo iba muy inmediato al señor cura, pero al llegar a la sierra como no llevábamos camino alguno, tomamos cada uno el punto más cómodo que nos pareció para subir dicha sierra, y esto dio motivo para que nos perdiéramos de vista, y nos separáramos dispersos por distintos puntos.

Yo con el susto de la guerra, el mal día que pasé y lo estropeado del camino me enfermé como de resfrío, llegando a tal grado el mal que se convirtió en una fiebre furiosa que me tuvo postrado en la cama un mes en el pueblo de Acámbaro.

Allí fui asistido con mucha eficacia por disposición del señor don Antonio Larrondo que era el señor que representaba allí la autoridad, puesto por el señor cura cuando pasamos para Morelia.

Cuando ya estuve aliviado me resolví venir a mi tierra a ver a mi familia, con mucho sentimiento por haberme separado del señor cura y demás compañeros.

Puse en obra mi resolución, le di las gracias al señor Larrondo, me despedí de él sumamente agradecido y me regaló dos pesos para mi camino.

Llegué a mi casa, tomé razón de ella, pregunté por las señoras Hidalgo, hermanas del señor cura y me dijeron que al entrar la tropa de Calleja se habían salido de Dolores, que no sabían para dónde se habían ido, y que la casa del señor cura fue cuartel, lo mismo que la alfarería y sedería de la fuerza de Calleja.

Fui a visitar los tres puntos, y en el curato encontré todo en desorden, las puertas abiertas, sin llaves, los muebles hechos pedazos y sucios; las piezas también sucias, no pude menos sino derramar lágrimas de sentimiento al ver el mal tratamiento de la habitación y casa de nuestro señor cura; se me aglomeraban muchos recuerdos y en particular el 15 y 16 de septiembre, que nos reunimos en tan respetable casa para dar la voz de independencia y libertad.

Lo mismo me sucedió al entrar en la alfarería; encontré todos los útiles y herramientas quebrados y muchos quemados, todo convertido en destrozo y lo mismo estaba la sedería.

En el obrador de rueda, en la alfarería, encontré buenos, entre la quebrazón de herramientas que hicieron los soldados de Calleja, dos moldes de madera de mezquite que servían para hacer platones de barro, uno redondo y el otro ovalado.

Estos moldes fueron discurridos por el señor cura, por cuyo motivo los recogí y los he conservado con especial cuidado y curiosidad hasta ahora que los he puesto a disposición de don Ángel Larrea como procurador del ayuntamiento, para que se unan a la parte de muebles que existen hoy en la pieza que sirvió de asistencia a nuestro libertador el inmortal don Miguel Hidalgo y Costilla.

Seguí mis indagaciones para saber de las señoras Hidalgo, y por una criada de la casa supe que estaban en el rancho de las Piedras de esta jurisdicción, que temiendo algunas vejaciones por la tropa de Calleja, se habían ido para aquel punto.

Me resolví ir a hacerles una visita, las encontré en dicho punto y me estuve con ellas hasta que el señor don José María Hidalgo, mandó por ellas para que se fueran para la hacienda de Corralejo, lo que se verificó pronto, acompañándolas yo hasta pasar de Dolores.

Aunque mis deseos eran grandes para ir a alcanzar al señor cura, no me fue posible por lo agotado de recursos, los caminos invadidos por las fuerzas españolas, y la larga distancia que había que atravesar para llegar a donde estaba este señor, y además lo extenuado que quedé por mi enfermedad, todas estas circunstancias me impidieron mis deseos.

A poco tiempo empecé a padecer una persecución atroz, lo mismo que mis compañeros alfareros, a quienes fueron aprehendiendo paulatinamente, porque como sabían que éramos de la familia artesana del señor cura, nos veían con un odio terrible y nos perseguían con tenacidad, por este motivo anduvimos fugitivos, errantes, sin hogar ni domicilio hasta el año de 1822 que se juró la independencia y que ya quedó todo en paz, volvimos a nuestras casas, sin que nadie hiciera mención de los que cooperamos a la grande obra de nuestra independencia, sin título ni premio.

Esta es mi cronológica narración, hecha en el último periodo de mi vida a los ochenta y cuatro años de edad, con la que creo llenar y cumplir los deseos del señor general y jefe de esta ciudad don Ignacio O. Echeverría.

LISTA nominal de los individuos que se reunieron la noche del 16 de septiembre de 1810 para dar el grito de independencia, en la respetable casa del INMORTAL HIDALGO.

Alfareros, sederos, y vecinos conocidos de este lugar.

ALFAREROS

Pedro José Sotelo.

Francisco Barreto.

Juan de Anaya.

Ignacio Sotelo.

Isidoro Cerna.

José María Perales.

Atilano Guerra.

Manuel Morales.

José María Pichin.

Jesús Galván.

SEDEROS

Don Antonio Hurtado de Mendoza.

Pantaleón de Anaya.

Brígido González.

Vicente Castañón.

VECINOS CONOCIDOS

Don Juan Quintana.

Francisco Moctezuma.

Nicolás Avilez.

Miguel Avilez.

Julián Gamez.

Tiburcio Gamez.

Antonio Gamez.

Todos estos señores fueron los primeros cooperadores para la empresa desde la noche del 15 de septiembre, habiendo seguido al señor cura como ya he dicho.

Los Gamez eran coheteros y le regalaron al señor cura una poca de pólvora para las armas de fuego, y él agradeció mucho tal regalo.

El suscrito alcalde primero popular actuando con testigos de asistencia por no haber escribano.—

Certifico:

que el ciudadano Pedro José Sotelo, conserje de la casa del generalísimo don Miguel Hidalgo, ha ratificado por ante mí el contenido íntegro del presente cuadernillo previa lectura que se le dio, y el cual se compone de 19 fojas útiles.

En cuya comprobación, y a su pedimento, extiendo y firmo esta certificación en la ciudad de Dolores Hidalgo a primero de agosto de mil ochocientos setenta y cuatro.

Doy fe.—

Antonio García.—

A.—

Salomé García.—

A.—

Jesús Arredondo.—

Al margen.—

Un sello.—

Juzgado 1º popular de Hidalgo.”

Fuente:

J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

Versión digitalizada por la UNAM: http://www.pim.unam.mx/catalogos/juanhdzc.html