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Siglo XIX > 1870-1879 > 1872

Discurso que en los funerales del C. Benito Juárez, pronunció a nombre de la prensa asociada, el C. José María Vigil
20 de julio de 1872.

Señores:

Los homenajes que los pueblos tributan a sus grandes hombres no son ni pueden ser el fruto de la adulación o de algún otro sentimiento bastardo. El respeto, la admiración, la gratitud, el duelo que la multitud resiente en las ocasiones solemnes, reconocen un principio superior a las inspiraciones del interés o del egoísmo.

Los pueblos al honrar a sus caudillos, al ceñir de laureles las frentes de sus guerreros, al erigir estatuas a la memoria de sus sabios y de sus artistas, al procurar eternizar por todos los medios imaginables el recuerdo de los benefactores de la humanidad, no hacen más que obedecer a los impulsos del bello ideal que vive en su inteligencia, rodeado de los prestigios de la imaginación, sintiéndose orgullosos de sí mismos al hallarle reproducido en esas extraordinarias personalidades, destinadas a vivir en la historia, a perpetuarse en la conciencia de las generaciones futuras.

¿Qué vienen a ser, en efecto, esos personajes de destinos misteriosos, que aparecen con una misión visiblemente providencial en las épocas de crisis sociales, en que los pueblos se transforman bajo la acción de una ley incontrastable?

¿De dónde vienen esos caracteres heroicos, templados con una fuerza sobrehumana para alzarse como puntos de mira que reconcentran todas las aspiraciones, todas las esperanzas de una generación que se levanta, pero también todas las cóleras de la generación que sucumbe, y que abrazada con el fantasma de la tradición que se desvanece, no abandona su puesto sino después de haber apurado los esfuerzos de una lucha desesperada?

¿De dónde procede la fe que vivifica a esos seres privilegiados? ¿Cuál es la mano misteriosa que los preserva de los peligros? ¿Por qué intuición extraordinaria llegan a penetrar en las sombras del porvenir, dirigiéndose sin vacilación ni desconfianza en medio de obstáculos que arredrarían al común de los hombres, y que para esas naturalezas superiores son sólo poderosos estímulos que las enardecen y las hacen triunfar?

Si buscamos en el plan general de la creación, no puede menos de suponerse una ley que presida a sus manifestaciones tanto físicas como morales, que no por sustraerse al rigor de un análisis positivo deja de existir, y que tiene que establecer relaciones necesarias entre el individuo y el conjunto, análogas a las que median entre el individuo y las partes que le componen.

Fácil es deducir, desde luego, que esas figuras grandiosas que caracterizan las evoluciones sociales, son como el nombre del fenómeno que determinan, como la encarnación de la idea que representan, como su limitación concreta en las regiones infinitas del tiempo y del espacio.

Y entonces los pueblos que se posternan ante esos símbolos animados de su redención progresiva, no es porque se rebajen al culto grosero de un vano simulacro, sino que absortos en la contemplación de su propio destino, ven la imagen refleja de la idea que los agita, y le rinden sin reserva los homenajes de sus afecciones más puras.

En estos momentos, México obedece a esas secretas inspiraciones que rápidamente he querido bosquejar. Las coronas que depone sobre ese túmulo, el incienso que quema en su derredor, y las lágrimas que tal vez enjuga con mano silenciosa, no son las simples manifestaciones de una pompa oficial.

Detrás de la ceremonia está el pensamiento que vive, el pensamiento que busca y no encuentra ya al hombre, pero que volviendo sobre su obra dirige una mirada al pasado, contempla sin zozobra el porvenir, sintiendo que esa obra está asegurada, que tiene la garantía de la duración, porque ella reposa sobre un hecho verdadero, sobre una evolución consumada por el varón ilustre a cuyos restos inanimados venimos hoy a dar la última despedida.

Así es como el duelo de las naciones difiere esencialmente de los pesares privados que no traspasan el círculo de la familia.

No es el hijo que al cerrar los ojos de su padre, tiene la sombría convicción de que ningún ser volverá a llenar sobre la tierra el inmenso vacío que la muerte ha dejado en su alma.

Los pueblos poseen, en el sentido literal de la palabra, las glorias de sus prohombres; se enorgullecen con ellas como con una propiedad inalienable, y al recoger la herencia preciosa de sus virtudes y de su ejemplo, saben que es sólo para enriquecer el caudal de títulos que tiene al respeto y a la estimación de los demás pueblos.

Hubo un tiempo en que el problema político y social de México, que fue planteado por el heroico caudillo de 1810, llegara a presentar un aspecto casi desesperante para los que soñaban con el ideal de una República democrática, pero cuya fe, debilitada por largos desengaños, por incesantes reacciones que dejaban en pos de sí gérmenes fecundos de inmoralidad, flaqueaba y casi sucumbía.

El mal era conocido, procedía de la existencia de privilegios incompatibles con las libertades públicas de que aquéllos estaban acostumbrados a abusar.

No habían faltado plumas elocuentes que con valor señalaran el remedio; tampoco la causa republicana había carecido de representantes valerosos que intentaran llevar a cabo una reforma radical; los ecos de la prensa, sin embargo, iban a perderse en el torrente de sofismas que derramaban las preocupaciones heridas, y los esfuerzos de los caudillos de la libertad se nulificaban por la mano inmoral de los pronunciamientos.

Faltaba una oportunidad que neutralizara la acción disolvente de las revoluciones palaciegas, y una voluntad enérgica que supiera aprovecharla; ambas cosas se presentaron con la reacción clerical de 1858, y con la exaltación al poder del C. Benito Juárez.

Abandonando el camino que habían seguido sus predecesores en la revolución democrática, en lugar de ofrecer hipócritas transacciones para adormecer al enemigo, dejando para el día del triunfo la revelación de todo su pensamiento.

Juárez empuñó con mano fuerte la bandera de la reforma, en los momentos más aciagos de la guerra civil, y cuando ya parecía haber asegurado su dominio en el corazón de la República, la reacción vencedora de las huestes liberales. Aquel rasgo de audacia, propio sólo de un verdadero genio, vino a ser la salvación de la causa nacional.

México leyó con toda claridad en el porvenir; el pueblo sintió la regeneradora influencia de la fe que animaba a su primer magistrado; vio abierta delante de si la senda que conducía rectamente al objeto final de sus aspiraciones, y haciendo un empuje poderoso arrolló los obstáculos que se le oponían, y pudo saludar en la efusión del entusiasmo, al caudillo de la reforma, al representante de la ley, que hacía su entrada triunfal en la capital de la República a principios de 1861.

El nudo gordiano había sido cortado: el golpe dirigido por Juárez al partido del retroceso, enemigo tradicional de las libertades patrias, fue de tal modo certero, que puede decirse que desde el día en que se proclamaron las leyes de reforma quedó herido de muerte, siendo para lo sucesivo imposible toda reacción. El gran mérito que Juárez contrajo ante la causa de la democracia, consistió en haber escogido el momento propicio para llevar a cabo una revolución tan importante.

Si asustado de la magnitud de la empresa, hubiera emplazado para más tarde la realización de aquel fecundo pensamiento; si poco seguro del principio que defendía, abrigando una fe mediocre en la decisión del pueblo para secundarle, hubiera aguardado a que la revolución triunfase para dar el paso decisivo, puede decirse que una nueva reacción habría sido inevitable, que los intereses vivos aún de un enemigo refractario a todo progreso, se habrían agitado con más energía, y habrían vuelto a convertir a la República en un vasto teatro de depredaciones e infortunios.

Cierto es que no era posible que la paz se cimentara de luego a luego: quedaba un hondo fermento de desorden, que habría hecho sufrir todavía graves perturbaciones al país; pero el hecho es que se había dado un paso avanzadísimo en la consolidación de las instituciones; que desde entonces podía radicarse el gobierno sobre bases duraderas, y que la República, tal como había sido soñada por los padres de la patria, era dueña del porvenir, no teniendo ya un antagonista que le disputara el campo seriamente.

La serie de acontecimientos que vinieron después confirman la exactitud de estas apreciaciones. La guerra doméstica de los Estados Unidos del Norte reanimó las esperanzas del partido vencido: creyó que era llegado el momento de efectuar el ensueño dorado de una monarquía en México.

Aquel proyecto insensato encontró eficaz apoyo en uno de sus gobernantes europeos, que para mengua de la humanidad había logrado colocarse a la cabeza de un gran pueblo, haciendo servir pródigamente su sangre y sus recursos para sofocar la libertad en todas partes.

La empresa era ardua, pero tentadora: extirpar la República en América era tanto como afianzar los tronos en el viejo mundo; suprimir el ejemplo peligroso de pueblos libres, que serían una protesta, una amenaza constante contra la usurpación tiránica de los derechos del hombre. Creyóse que no podía presentarse una ocasión mejor para realizar tan vasto proyecto.

La gran confederación americana estaba a punto de disolverse; este hecho que se consideraba como indefectible, daría por resultado dos fracciones débiles comparativamente, divididas por intereses encontrados, en cuya oposición podría encontrarse una circunstancia favorable para el buen éxito del pensamiento napoleónico.
Por otra parte, la situación real de México era enteramente desconocida.

Juzgábase que el pueblo era hostil a la reforma, hostil a la República, indiferente a su misma independencia; y que por el contrario, profundamente imbuido en las preocupaciones de la educación colonial, víctima del fanatismo más absurdo, y cansado de las largas contiendas civiles que había sufrido durante medio siglo, se apresuraría a aceptar gustoso el apoyo extranjero que se le presentaba, y se asentaría sobre sólidos cimientos el trono que se improvisaba al noble descendiente de Carlos V.

La reforma empero estaba consumada; la reforma no podía morir; y el emperador impuesto por la intervención extranjera tuvo que reconocer su existencia, que aceptar y sancionar sus resultados, suceso que a la vez que cedía en honra de Juárez, puesto que reconocía su obra el mismo que había sido traído para destruirla, hundía en la más ignominiosa confusión, a los que meciéndose en las quimeras de una imaginación atrabiliaria, habían creído posible hacer retroceder el tiempo y crear una monarquía calcada sobre el modelo de Felipe II.

Juárez, no obstante, comprendió con su claro genio y con su ardiente patriotismo, que la reforma en cierto sentido podía amalgamarse con los intereses de una monarquía; que la reforma por sí sola no constituía un sistema político; que podía subsistir mientras eran despiadadamente sacrificadas las instituciones republicanas, y que sobre todo, la manera altamente irregular y vejatoria con que se había iniciado la intervención extranjera, erigiendo bajo su protección directa el nuevo trono, era un brusco ataque a la soberanía nacional, a su dignidad, a su independencia, bienes preciosos que era menester salvar a todo trance y a costa de los mayores sacrificios.

La situación que se ofrecía en lontananza era bastante para desalentar al corazón más animoso; Juárez, sin embargo, no vaciló ni un solo instante, y poseído de la justicia del principio que representaba, colocado a la altura de la importantísima misión que el destino le había confiado, no temió desafiar al poder formidable del imperio francés, apoyado activamente por un partido doméstico, y se lanzó a la lucha sin más elementos y sin más esperanzas que la fe inmensa que lo sostenía, y la seguridad de que el pueblo no llegaría a abandonarle, sucumbiendo con él si era preciso, antes que rendirse a un destino que parecía incontrastable.

¿Para qué repetir en estos momentos lo que México, lo que la América, lo que todo el mundo saben? Imposible me sería reducir a un pequeño cuadro la gloriosa epopeya que ocupó cerca de seis años de nuestra historia; seis años de luchas de día a día, de instante a instante, en que se vio a un pueblo solo, desarmado, sin recursos, combatiendo sin tregua ni descanso contra un enemigo poderoso, que echó mano de todos los medios imaginables para asegurar una victoria que creyó al principio extremadamente fácil, no llegando a suponerse que fuera posible una resistencia que traspasaba todos los límites de la previsión humana.

Y en medio de esa tempestad imponente, de ese caos deshecho que deja atrás cuanto la fantasía puede forjarse de más terrible, la figura serena, impasible, de Juárez, asoma como un faro de salvación, como una estrella de esperanza, como la dulce y tranquila representación de la patria, de la ley, de la democracia, de la libertad y de la autonomía, no sólo de México, sino de la América entera, de todos los pueblos que se agitan para mantener sus derechos contra las audaces intentonas de monarcas ambiciosos.

Y en toda esa época de tremendas pruebas, de crueles desengaños, de conflictos sin número, la grande alma del presidente Juárez no vacila ni se ofusca, no compromete ni un solo instante la dignidad de su alto puesto, ni mucho menos amengua en lo más mínimo los principios de independencia e integridad nacionales.

Por segunda vez presenció la capital de la República la entrada triunfal de su caudillo predilecto, y pudo contemplar aquella frente cobijada por las alas del genio, coronada con los lauros inmarcesibles de la victoria; no la victoria de un César o un Napoleón, que consiste en transformar en cadenas las libertades populares, sino la victoria imperecedera del derecho sobre la fuerza, de la ley sobre la opresión, de la luz, de la inteligencia, del progreso, sobre las tinieblas de la ignorancia y la superstición.

Y entonces no fue México él solo que saludó a Juárez como a su redentor, sino que la América toda vio en él al salvador del nuevo mundo; al que aniquiló para siempre los viejos proyectos de monarquizarlo; al que se presentó en la liza como el mantenedor denodado de la doctrina Monroe; y la democracia universal le aclamó como una de las glorias más puras de nuestro siglo, como el defensor de las poderosas ideas que vienen agitando a la humanidad desde los tiempos más remotos.

He aquí, pues, los grandes méritos que Juárez ha contraído ante la posteridad; he aquí los títulos legítimos de su gloria ante la patria agradecida, ante la humanidad que jamás olvidará su nombre y su historia.

En 1859 coronó el edificio cuyos cimientos fueron abiertos por la mano venerable de Hidalgo; en 1867 cortó las últimas cadenas que ligaban a la América con la Europa; hirió en su raíz el atentado conocido con el nombre de intervención, palabra falaz con que el maquiavelismo moderno ha velado el brutal derecho de conquista. La gloria de Juárez en ambos casos es inconmesurable.

Su obra tiene que ser eterna porque se funda en principios indestructibles; su fama pertenece al mundo, al género humano; y donde quiera que haya un pueblo que regenerar, una institución viciosa que destruir, un derecho que defender y un ser político y social que conservar contra toda agresión exterior, allí el nombre de Juárez será pronunciado por el reformador, por el patriota, por el mártir de la libertad, como sinónimo de razón, de justicia, de progreso; como el emblema sintético de las aspiraciones más nobles y más santas de la humanidad.

Después de esto a México no le queda más que llorar sobre los restos que hoy viene a depositar en el seno de nuestra madre común; enorgullecerse con ese nombre y con esa memoria; guardar el precioso legado de la reforma y de la independencia, y convertir esa tumba en un altar en donde se alce, dulce y majestuoso, el genio de la patria, y a cuyos pies se sacrifiquen sin reserva los odios que hoy dividen a los mexicanos, que enrojecen el suelo de la República con sangre fraternal, con sangre de que sólo se puede recoger abundante cosecha de infortunios.

Juárez ha descendido a su ocaso como el sol, después de haber fecundado la tierra en su curso esplendente. Su nombre, identificado con dos de las épocas más importantes de nuestra historia, durará tanto como los fueros sagrados de la justicia, como las aspiraciones inextinguibles de la libertad.

Comisionado por la prensa asociada he venido a nombre de mis colegas a dar un testimonio público de la parte que han tomado en el duelo nacional.

Este acto espontáneo de una asociación tan respetable, no puede ligarse de ninguna manera con una idea política determinada; pero fuera del deber que impone a todos los miembros de una sociedad esos actos de respeto hacia los ciudadanos que han ejercido una autoridad legal, y hacia los funcionarios que han prestado eminentes servicios a la patria, esta vez la justicia exigía una manifestación especial a la memoria del supremo magistrado de la nación, que respetó escrupulosamente la libertad de la prensa, sin que jamás abusara del poder para coartarla en lo más mínimo.

Bajo el gobierno de Juárez el escritor ha gozado de una libertad absoluta para expresar todo su pensamiento. Haciéndose superior a la exagerada susceptibilidad que caracteriza a los déspotas, dejó que cada cual, sin trabas de ninguna especie, analizara sus actos y hasta atacara su persona; porque estaba persuadido que la prensa es la palanca más poderosa del progreso de los pueblos, el guardián más eficaz de sus garantías. Justo es, pues, este solemne homenaje de la prensa reconocida hacia el ilustre demócrata cuyo nombre se habría hecho inmortal por este solo rasgo de su conducta pública.

Señores, la muerte que tan aterradora se presenta a la ignorante superstición, pierde todos sus horrores ante la mirada serena del filósofo, que no alcanza a ver en ella más que el cumplimiento de una ley eterna de la naturaleza.

Poco importa que la parte material y grosera se disuelva en el gran laboratorio del universo, si hay en el hombre un principio que sobrevive y se perpetúa en la larga sucesión de los siglos; si el bien que ha hecho a sus semejantes continúa, su presencia en las generaciones futuras, y si el olvido no puede borrar el nombre de los que habiendo cumplido con su misión sobre la tierra, llegan al término de la jornada a reposar tranquilos en el recuerdo de sus obras.

Juárez ha legado a México dos bienes inestimables: la reforma y la independencia; México, a su vez, le debe una gratitud ilimitada, por haber sabido interpretar sus aspiraciones, satisfacer sus necesidades, defender su honra ante el extranjero.

Ahora no falta más que conservar esa herencia inestimable, y el único medio de conseguirlo es hacer que la paz extienda su sombra benéfica sobre esta patria desgraciada.

La reconciliación sincera de los mexicanos sobre el respeto mutuo y el común acatamiento a la ley, es el solo camino que nos puede conducir a ese anhelado objeto: que el histórico nombre de Juárez logre realizar ese grandioso acontecimiento, y entonces el vale eterno que hoy le dirigimos con las lágrimas en los ojos y el luto en el corazón, se convertirá en el himno de la prosperidad nacional, único homenaje adecuado a la gloria de los padres de la patria.

He dicho.

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.