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Siglo XIX > 1870-1879 > 1872

Discurso pronunciado por el señor don José María Iglesias, orador oficial en los funerales del señor Benito Juárez.
20 de julio de 1872.

Eran las cinco de la mañana del día 19 de julio de 1872. La ciudad de México, entregada a sueño tranquilo, despertaba al estampido de cuatro cañonazos, seguidos luego de otro cada cuarto de hora.

Ese anuncio de un acontecimiento importante llenó pronto las calles de gente, y con la velocidad propia de las malas noticias, supo a poco la población entera la triste causa del ruido inusitado que había perturbado su reposo.

Funcionando a su vez el telégrafo extendido ya por casi toda la República, llevó en diversas direcciones la fúnebre nueva de una muerte que es un duelo nacional.

En efecto, la noche anterior, a las once y media, había fallecido el ilustre patricio Benito Juárez, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos. Ignorada de casi la totalidad de la población la breve enfermedad que le llevó al sepulcro, su fallecimiento inesperado produjo una sorpresa general acompañada de la más profunda, de la más dolorosa angustia.

Semejante a esas tempestades tropicales que, sin preparativos ni anuncio, se desatan con furia en medio de un día sereno, resistióse el ánimo a creer que en breves momentos había sido segada una vida llena al parecer, todavía poco antes, de lozanía y de vigor.

Muerto Juárez a los sesenta y seis años, deja una memoria imperecedera, no sólo en la patria sino en todo el mundo civilizado. Su historia, durante cerca de tres lustros que ejerció el poder supremo, es la historia de México.

En ese período, breve si se computa su duración natural, inmenso si se consulta su importancia histórica, ha sido Juárez la figura más prominente y heroica.

Las terribles convulsiones de la reforma social; la lucha legendaria de una intervención extranjera; el obstinado combate emprendido para arraigar el principio de autoridad, se han encarnado en un hombre, que hubiera sido grande con sólo acometer una de esas tres colosales empresas y que, habiendo abarcado sucesivamente las tres, logró con ese empuje asombroso, elevarse a la altura inconmensurable en que le contemplamos.

No es este un trabajo biográfico ni me propongo recordaros los laboriosos principios de una grandeza reconocida y confesada por amigos y enemigos.

En una vida de tan prodigiosa fecundidad deben sólo entresacarse, para una solemnidad como la presente, los rasgos capitales en que se cifra y apoya el derecho a una gloria inmortal.

Y para tener desde luego la clave de tantos triunfos alcanzados en obras de bien difícil realización: para presentar de bulto la importancia de un móvil reservado a pechos varoniles de poder inmenso, pero de escasa y dificultosa imitación, fijémonos en la cualidad característica de Juárez, nunca desmentida, vista a cada paso con creciente asombro por propios y extraños.

La fe inquebrantable, la constancia a toda prueba, la firmeza de voluntad decidida a sucumbir, pero no a cejar, forman esa cualidad distintiva.

Cuando Juárez, después de madura reflexión creía en conciencia que estaba obligado a obrar de determinada manera, no había poder humano que le hiciera desistir de su propósito.

Ningún peligro le arredraba entonces para hacerle flaquear en la empresa acometida; ningún obstáculo era bastante poderoso para detenerle en su camino.

Corrió una y mil veces el riesgo de estrellarse contra los escollos que encontraba a su paso, como no podía menos que acceder a quien con ánimo tan decidido afrontaba situaciones de extremada complicación; pero entre azares y aventuras de todo género, alcanzaron siempre sus esfuerzos el éxito feliz que es, por lo común, compañero de la audacia.

Probó una vez más con su ejemplo el sabido proloquio de que "querer es poder", verdad generalmente reconocida y que, sin embargo, pocas veces tiene aplicación en la práctica, cuando se trata de cosas de alta magnitud, porque en tales casos la firmeza en el querer es propia solamente de unos cuantos seres privilegiados.

Un hombre de este temple de alma necesitaba únicamente para darse a conocer, para brillar, un teatro a propósito, una época fecunda en peripecias y acontecimientos complicados. Juárez encontró lo uno y lo otro.

El período más importante de su vida le ofreció repetidas veces la ocasión requerida por la eminente cualidad de su carácter. Aprovechándola siempre, llegó a ser una de las grandes notabilidades del siglo XIX.

En la larga serie de revoluciones habidas en México desde que conquistó su emancipación de la antigua metrópoli, las más habían tenido por objeto simples cambios de personas y algunos cambios de forma de gobierno, dejando todas casi intactos los principios cardinales de la cuestión social.

Las anticuadas ideas de siglos pasados seguían ejerciendo un dominio absoluto en nuestro modo de ser. La ignorancia, el fanatismo, la intolerancia, las preocupaciones de todo género reinaban en un país llamado, por irrisión, democrático, republicano y constituido bajo el sistema federal.

Esos negros nubarrones cubrían por completo el horizonte sin dejar paso a la luz. Todavía hoy, después de tantos años de combate en que han llevado la peor parte, se aglomeran de nuevo y se arremolinan, y así seguirán hasta que acaben al fin por desaparecer, porque forzosamente tienen que ser vencidos en su lucha con el sol.

Hasta 1855, lo repito, nuestra sociedad parecía condenada aún por mucho tiempo a lo que formaba entonces su estado normal. Las tinieblas en que se hallaba envuelta parecían de duración indefinida.

La aurora de la gran regeneración social no asomaba todavía. Como dice Julieta a Romeo en el gran drama de Shakespeare, era el ruiseñor, no era la alondra el ave que cantaba en la enramada.

Triunfante la revolución de Ayutla, cupo a Juárez la insigne gloria de haber librado el primer combate y obtenido la primera victoria en el campo cerrado de la reforma.

Su célebre ley sobre extinción de los fueros eclesiástico y militar abrió una nueva era de completa transfiguración. La igualdad legal de los ciudadanos de una República había sido hasta entonces sacrificada a la necesidad o a la conveniencia de transigir con las clases privilegiadas.

La cuestión religiosa apareció también, desde aquel momento, con todo su vigor, queriendo presentar como de derecho divino las concesiones hechas al clero por la potestad regia en épocas en que estaba enteramente supeditada a la teocracia.

Elevado Juárez, poco después, a la presidencia de la Suprema Corte de Justicia, llamado en seguida por ministerio de la ley a ocupar la primera magistratura de la República, se puso al frente de la administración que representó la causa liberal, en los tres años que duró la guerra llamada de la reforma.

La contienda fue larga y encarnizada, como sucede siempre en las guerras de religión.

Nacida de las primeras tentativas reformistas, vinieron a enardecerla más los célebres decretos expedidos en Veracruz, en cuyas resoluciones se comprendía una completa revolución social.

La antigua legislación teocrática desaparecía, arrancada de cuajo por la hoz de la civilización moderna.

Los principios conquistados a fuego y sangre, en el largo espacio de varios siglos, por los pueblos más avanzados del antiguo continente, y aun algunas reformas que están allí todavía por conquistar, fueron proclamadas con nervioso ardimiento por un puñado de hombres, verdaderos apóstoles, mártires algunos de la democracia.

Sin disminuir ni un ápice el excelso renombre de sus ilustres colaboradores, justo es dar a Juárez la parte que debidamente le corresponde en esa obra hercúlea.

Él era el presidente de la administración que la llevó a cabo; él quien la sostuvo con invencible constancia; como expresión visible de sus ideas más arraigadas, como fruto opimo de sus aspiraciones patrióticas.

En las victorias que se alcanzan sobre el enemigo, adquiere siempre merecida fama el general en jefe, que con brío y acierto ha dirigido sus huestes en la batalla.

La reforma triunfó; su primer representante fue elevado, en agradecimiento a sus servicios, a la silla presidencial.

Honrado y querido de los mexicanos, ocupaba ya un lugar distinguido en nuestra historia.

Faltábale, empero, recorrer en su brillante carrera, la senda gloriosa que ha servido de alfombra a su creciente popularidad.

Las intrigas maquiavélicas del partido vencido en la República Mexicana, buscaron como último medio de salvación la intervención extranjera.

Dócil oído prestó a sus quejas un potentado que se juzgaba dueño de los destinos del mundo. Para deslumbrar con el falso brillo de la nombradla militar al pueblo a quien había robado sus libertades, se metía en frecuentes empresas aventureras.

La de México, combatida desde el principio con las armas de la razón y de la elocuencia, tuvo efecto por un capricho de su omnipotente voluntad.

Poco tardó el castigo en seguir a la culpa. Esa injustificable expedición tuvo una parte muy directa en los desastres espantosos que llora hoy en el destierro el hombre de Sedán.

Vencidos los franceses por el inmortal Zaragoza, en la inolvidable batalla del 5 de mayo de 1862; reforzados luego considerablemente; ayudados por la discordia civil; provistos de elementos bien superiores a los del gobierno nacional, avanzaron como un alud barriendo cuanto se encontraba a su paso.

Pueblos, ciudades, estados enteros cayeron bajo su dominio; dióse por seguro el éxito de la intervención: un imperio postizo levantándose sobre las ruinas humeantes de la República. Nunca como entonces mostró Juárez su grandeza de alma, su fortaleza de espíritu.

Llevando en sus manos, sin soltarla nunca, la bandera de la independencia, no se dejó amedrentar por los incesantes reveses de una causa casi ya sin esperanza.

Trabajó, padeció, luchó, no haciendo el papel de guerrillero, como ha habido ilusos que se lo echan en cara, sino el que le correspondía hacer, el de jefe de la República, el de centro de la unidad nacional, el de representante de su país ante las potencias extranjeras.

Arrojado de lugar en lugar, por los avances del enemigo, llegó al último extremo del territorio, si bien decidido a no abandonarlo nunca. De allí emprendió luego su marcha triunfal a la capital de la República.

En cuatro años de lucha desigual, fue su compañera inseparable la antigua virtud de que había dado ya tantas pruebas: una indomable perseverancia.

Resignado a cuanto pudiera sobrevenirle; dispuesto siempre a sacrificar su vida en aras de la patria, desafiaba el poder del tirano de la Francia.

Ese poder inmenso era impotente para hacerle quebrantar sus deberes. Animado de santa confianza, inculcaba su fe con la energía de un apóstol.

Cuando el insigne descubridor del nuevo mundo navegaba por mares entonces desconocidos, más de una vez estuvieron a punto de sublevarse los que tripulaban sus carabelas. Perdida la fe en el éxito de su empresa, conteníalos en sus arrebatos de desesperación el tranquilo continente, la confianza sublime del gran almirante.

El éxito coronó tan grandioso esfuerzo; sin él la América hubiera tardado en ser descubierta quién sabe por cuánto tiempo más.

El hábil piloto que, de 1863 a 1867, dirigió en México la nave del Estado, tuvo necesidad de emplear un procedimiento semejante al de Colón para reanimar a los muchos que habían perdido la fe.

A medida que pasan y se olvidan o desvirtúan con el tiempo ciertos graves acontecimientos, se rebaja el mérito de los que en ellos han figurado.

Pocos años han transcurrido desde que terminó la terrible crisis a que me refiero, y se desconoce ya o se niega, por espíritu de partido, la noble abnegación de los que fueron fieles a sus deberes, cuando corrían peligro inminente de sucumbir con la independencia nacional, las instituciones republicanas.

En aquellos días angustiosos: cuando el patriotismo parecía próximo a extinguirse; cuando el imperio se tenía ya por un hecho consumado con el que era forzoso conformarse; cuando de locura se calificaba desafiar el poderío inmenso del emperador de Francia, el desaliento cundió en las filas de los republicanos, y la resignación llegó a ser estimada por muchos como la última virtud.

Los más animosos continuaban la lucha, no ya con la halagüeña esperanza del triunfo, sino con la firme decisión de sacrificarse noblemente en cumplimiento del deber.

En medio de tanta desolación, nunca perdió Juárez la confianza en el porvenir. Animado también del heroico propósito de morir en la demanda, si tal suerte le deparaba el destino, sentíase a la vez lleno de esa fe entusiasta que a todo se sobrepone y de la que hacía partícipes a los demás, mediante el contagio que propagan siempre los grandes sentimientos.

Con razón esa invencible resistencia acabó por llamar la atención de las naciones extranjeras. Quien ofrecía tan sorprendente espectáculo a la admiración universal, ha tenido la envidiable dicha de que su fama traspase en todas direcciones los límites de su tierra natal.

Ignorada casi por completo nuestra historia en países extraños; desfigurada comúnmente por los pocos eruditos que la tocan, son punto menos que desconocidos aún los nombres ilustres de nuestros primeros hombres.

Por un privilegio singular, Juárez es sin duda el mexicano más conocido en el exterior de cuantos figuran en nuestros anales. Las repúblicas americanas, enlazadas con México por medio de los vínculos más estrechos, no sólo le conocen, sino que le aman y respetan.

Repetidos testimonios de su ardiente simpatía han comprobado esta verdad. Juárez lleva el gloriosísimo título de "Benemérito de América", con el cual se denota la importancia de sus servicios, encaminados de una manera satisfactoria, no sólo a la salvación de su propia patria, sino a libertar del ominoso yugo extranjero, a consolidar la forma de gobierno republicano en el mundo de Colón.

En cuanto al antiguo continente, le aclaman también y le ensalzan hombres muy esclarecidos, como Víctor Hugo y Castelar. Podrá ser que algún soberano destronado le honre con su odio, o que se le deteste en alguna corte.

Lo que sí es enteramente seguro es que en ninguna parte se le ve con desprecio; que es considerado en todas como un hombre extraordinario.

Alejada de nuestras playas la intervención, terminado trágicamente el imperio, quedó el gobierno restablecido en su antigua residencia. Por desgracia la paz, la paz tan anhelada, tan indispensable para el bienestar del país, volvió pronto a ser perturbada con una larga serie de sublevaciones a mano armada.

En el estudio de época tan tormentosa, prolongada hasta los momentos actuales, difícil es el juicio que puede formarse de todos sus pormenores.

Dos principios, sin embargo, sobrenadan en ese confuso piélago, como característicos de la política de Juárez; dos principios, sin cuya observancia no hay porvenir posible para este trabajado país: el respeto a la autoridad constituida; la transmisión del poder supremo, no al impulso maléfico de las revoluciones, sino por el ministerio santo y respetado de la ley.

Tales son, y tan eminentes, trazados a grandes rasgos, los títulos de Juárez a la estimación pública.

La historia le proclamará, con letras de oro, CAUDILLO DE LA REFORMA, SALVADOR DE LA INDEPENDENCIA, DEFENSOR DE LA ESTABILIDAD SOCIAL.

Grandes fueron sus virtudes públicas; grandes a la vez las privadas, de las que podemos dar testimonio los que tuvimos la fortuna de tratarle, por espacio de años enteros, en cordial intimidad.

¿Y será verdad que antecedentes tan honoríficos han desaparecido de repente como en un teatro donde se cambia violentamente una decoración?

¿Será cierto que es efímero y engañoso, y destituido de valor positivo cuanto admiramos y encomiamos en nuestro paso sobre la tierra?

No, no; el instinto primero, la razón después, la filosofía de la historia a su turno, se sublevan contra idea tan aterradora. La ley de los contrastes es una de las grandes leyes de la naturaleza.

Y la distinción del bien y del mal, de lo agradable y de lo funesto, de la luz y de las tinieblas, de las virtudes y de los vicios, nos aleja del caos.

Esa ley de infinitas aplicaciones en nada resalta tanto como en el hombre, tan pequeño a la vez y tan grande. Tan pequeño en todo lo que se refiere a su terrenal vestidura, tan grande en cuanto concierne a su espíritu inmortal.

Ese pobre cuerpo, formado de barro, destinado a convertirse en polvo y a ser devorado por los gusanos; esa caña hueca del poder, esa caña de oropel vistoso, llámese cetro de rey o bastón de presidente; esos dones efímeros que duran un día y se disipan como el humo; ese conjunto de insustanciales vanidades constituyen la representación, el símbolo, la síntesis de la miseria humana; pero los grandes descubrimientos científicos, en que se refleja un destello de la inteligencia divina; las grandes virtudes con que se eleva sobre sus semejantes quien las practica, son la rehabilitación de nuestra especie, para la que se conservan, vivos e imperecederos, esos rasgos sublimes.

A no ser por compensación tan marcada, o considerando la vida bajo una concepción enteramente ascética, ese pensamiento nos llevaría, como por la mano a una inevitable locura, a una incurable desesperación.

No, el testimonio de todos los siglos nos demuestra que hay en la humanidad entera la conciencia de que son realmente inmortales las obras de sus sabios, las acciones de sus héroes, de sus semidioses. Veneremos, pues, nosotros las ínclitas del que es fúnebre objeto da esta solemnidad.

Lloremos, sí, al hombre público y al privado, lloremos al buen amigo, al eminente patricio; pero consolémonos con la idea de que ante su mérito calla ya la envidia, enmudece la detracción.

Y ese respeto, tan general ya en estos momentos, subirá de punto con el transcurso del tiempo. Cuando en un porvenir que no alcanza aún a vislumbrar la cortedad de nuestra vista, llegue la nación mexicana al alto grado de la prosperidad que han de proporcionarle sus magníficos elementos, la posteridad, no contaminada con nuestras pasiones de partido, no sometida a la influencia siempre engañosa de los acontecimientos contemporáneos, sabrá apreciar mejor el relevante, el excelso mérito de quien tanto facilitara ese engrandecimiento.

En la historia de los hombres ilustres, el día de la muerte pone el sello a su grandeza. La gloria póstuma es la única sólida, la única duradera.

Ella comienza para ti, Benito Juárez. Del féretro en que yacen tus restos inanimados, se levanta ya a nuestra vista tu figura histórica, grande, egregia, colosal.

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.