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Siglo XIX > 1870-1879 > 1872

Discurso pronunciado por el señor don Gumersindo Mendoza, en representación del Consejo Superior de Salubridad durante el funeral de Benito Juárez.
20 de julio de 1872.

Ayer aún el cielo y la tierra concurrían de acuerdo para mantener el sublime fenómeno de la vida en esos restos del hombre que lleva unos cuantos momentos de sufrir las transformaciones que constituyen el otro fenómeno que se denomina muerte.

Ayer todavía esos restos mortales eran un hombre que, con mano fuerte y con voluntad inquebrantable dirigía la nave del Estado en medio de la tempestad revolucionaria, y hoy están allí para depositarlos en el seno de la madre tierra.

Estamos aquí para cumplir este deber sagrado.

Las ceremonias y la ejecución de este acto solemne han sido varias, según las creencias de los pueblos; son varias todavía según las creencias actuales de la humanidad; esas creencias han sido y son una consecuencia de las ideas adquiridas y admitidas acerca del mundo.

La ciencia arroja ya mayor luz sobre la inteligencia humana, y ésta comienza a comprender las relaciones íntimas que la ligan con el universo; comienza a comprender, que la infinita variedad de mundos y de seres constituye un gran todo en el que todo se transforma, pero no se destruye.

La inmortalidad es un hecho.

Las hierbas del campo nacen en la primavera, florecen y dan frutos para morir en el invierno; es decir, para transformarse y devolver a la tierra lo que era de la tierra, a la atmósfera lo que era de la atmósfera, y que de ambas había tomado para formar a ser uno; una unidad con vida, y desempeñar un papel determinado en el gran teatro del universo; así pasan, pero no se aniquilan, recorren un círculo perpetuo de transformaciones y de ellas algunas dejaron un recuerdo por la belleza de sus flores o por lo sabroso de sus frutos, y por este recuerdo se conservaron sus semillas y se cultivan con esmero.

Las otras mueren desapercibidas; pero como las primeras, van envueltas en la corriente majestuosa de las transformaciones que son el alma del universo, la manifestación de la actividad divina.

Los hombres, como las plantas, nacen y mueren en cumplimiento de la ley de los perpetuos cambios, y como aquéllas, no todos se distinguen, sólo sobresalen entre los demás por las flores de sus brillantes hechos; entre esos pocos está el eminente ciudadano que desaparece ya de entre nosotros, que paga su tributo como todos los héroes; pero que nos deja una memoria imperecedera.

Sus hechos fueron ejecutados a la luz del día en presencia de todos los pueblos; todo el mundo los conoce; están encarnados en la grande obra de la Reforma que llevó a cabo, y por esta razón no hay necesidad de referirlos.

La ley está cumplida: ahora "lloren las mujeres, para ellas es honroso; los hombres recordamos", como era costumbre entre los germanos, bárbaros de ayer y los primeros pensadores de hoy, según el dicho de Tácito.

Los hombres debemos recordar los hechos del ciudadano, y permítasenos hacer uso de las palabras de Horacio: "Los hombres debemos recordar las virtudes republicanas del varón justo y constante que no supo temblar ante el rostro de las tiranías", y que semejante a Moisés ha cruzado los desiertos y ha luchado contra toda clase de obstáculos, y contra las preocupaciones del pueblo mismo que conducía a la tierra prometida de la santa libertad.

Recordemos sus hechos en la historia de nuestra patria, en sus monumentos, en la tradición de padres a hijos, para sembrarlos como una semilla preciosa en la memoria de las generaciones que vienen; así es como el espíritu de los hombres goza de la inmortalidad; así es como germinan y se propagan en la fecunda tierra de la inteligencia humana que se renueva y perpetúa en las generaciones que suceden a las que se transforman en el acto del gran todo.

Cuando se descubrieron en el sol las manchas de su brillante atmósfera, nadie pensó arrojar a la frente del padre de la luz y de la vida inculpaciones por esta causa; así del hombre cuya memoria queremos perpetuar, tal vez alguno pudiera observar algunas sombras entre la luz de gloria que le circunda; pero inculparlo por esto sería tanto como desconocer la naturaleza del hombre y de las cosas.

La perfección sólo puede existir en el conjunto del universo; un ser cualquiera examinado en sus relaciones y al través del prisma egoísta del individuo, siempre tendrá defectos.

De tiempo en tiempo, el seno de los mares se levanta y arroja sus hirvientes aguas sobre los continentes, destruyendo a su paso todo cuanto vive.

Estos tremendos cataclismos parecen un gran mal a los ojos de los que sufren o presenciaron sus terribles consecuencias, pero apartemos el espíritu de egoísmo de nuestras reflexiones, y hallaremos que esos movimientos titánicos son necesarios para renovar la superficie de la tierra y perfeccionar la vida general.

La fruta que nos alimenta, muchas veces lleva consigo los elementos de la muerte.

La flor que nos deleita con sus matices y sus perfumes oculta entre sus pétalos el insecto que hiere nuestra mano e infiltra en ella un veneno corrosivo.

Recorramos los seres uno a uno y a todos les hallaremos un defecto; pero busquemos del sol su luz vivificante; del mar sus aguas que forman las nubes y las lluvias para fertilizar los campos, que aligeran nuestras naves para unir los diferentes pueblos de la tierra en lazos de amistad y de comercio; tomemos del fruto lo que sea necesario para mantener el equilibrio de nuestras fuerzas y gozar del bien inapreciable de la vida; aspiremos el perfume de las flores como uno de los placeres que nos proporciona éste nuestro planeta que debemos transformar en paraíso; pero no inculpemos a ninguno de estos seres, quienes como nosotros sólo cumplen su destino en el seno de la materia, del espacio y del tiempo, manifestaciones visibles a nuestros ojos del gran espíritu universal.

De la misma manera, del ciudadano cuyos hechos recordamos, imitemos sus virtudes y los que le han dado fama en las naciones y estima entre conciudadanos, y así honraremos su memoria, cual conviene a un corazón agradecido, y al espíritu fuerte y pensador de los varones.

Estos son los sentimientos del consejo de salubridad que yo interpreto: de ese cuerpo que existe en todos los pueblos civilizados, cuya importancia había comprendido el jefe supremo de la nación que acaba de morir y que comenzaba a plantear de una manera digna del grado de civilización a que hemos llegado.

A nombre de ese consejo uno mi voz a la de todos para decir el último "adiós" a esos restos mortales que vuelven al seno de la tierra; para afirmar ante su tumba que unimos nuestro pensamiento al pensamiento del pueblo mexicano para inmortalizar el espíritu que los animaba en el monumento imperecedero de la memoria de nuestros hijos.

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.