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Siglo XIX > 1870-1879 > 1872

Discurso pronunciado por el c. Francisco T. Gordillo a nombre de la sociedad masónica, durante el funeral de Benito Juárez.
20 de julio de 1872.

Ciudadanos:

Hay en la vida de las naciones como en la de los individuos, días aciagos que las llenan de consternación hasta el grado que olvidadas de sí mismas se entregan a un duelo, sin esperar ni pretender consuelo alguno. En estos días el dolor de la patria es augusto, como es santo el de la madre que llora sobre la tumba de su hijo predilecto. Todos se afanan en venir a recoger ese llanto, reliquia preciosa que se deposita en aras de ese mismo dolor, engrandeciendo a las sociedades la manifestación de su pena.

México hoy pasa por una de esas terribles aflicciones; se siente conmovido y no pudiendo devorar en silencio su pesar, se nota en el aspecto de toda la nación un dolor profundo, inmenso, inexplicable. Ha muerto el hombre de la época; ha dejado de existir el hijo predilecto de nuestra cara patria; ha bajado a la tumba el fundador de la reforma y el redentor de esta nación; cumplida su obra, ha desaparecido del catálogo de los vivientes.

Juárez, aquél que ofreció su vida en sacrificio a las instituciones republicanas, aquél que levantó la bandera de la libertad más alto que lo que el mundo pudo verla, el mismo que dio a México independencia, vida pública y respetabilidad hasta el otro lado de los mares, yace cadáver dentro de ese ataúd y nuestros ojos no volverán a verle.

Sus hermanos, los que lo inspiraron en esos sentimientos, los que avivaron esa misma inspiración, alentaron su espíritu, movieron su brazo y afirmaron su voluntad, vienen hoy como buenos mexicanos, a depositar sobre esa tumba el tributo justo de su admiración, y las dolorosas expresiones de su amor fraternal.

El hombre es conocido, sus hechos contrarios a los de los conquistadores, y que consisten en haber dado libertad a un pueblo e independencia a una nación, notorios a todo mexicano, no necesitan celebrarse, porque ellos mismos relevan a la pluma y a los labios de cualquier elogio, por más que intentara sobrepujar a la misma adulación.

Por otra parte, ¿cuándo el dolor ha permitido hablar? ¿Cómo es posible que el sollozo entrecortando las palabras, no deje sin sentido las frases? ¿Por qué mejor no derramando en silencio nuestras lágrimas, con un recogimiento respetuoso nos acercamos a esa tumba, permaneciendo en su derredor hasta que saciada nuestra pena permita separarnos?

¡Ah!, yo sé bien que ni la elocuencia de los oradores, ni la fecunda imaginación de los poetas, ni la bien cortada pluma de los escritores públicos de México, han encontrado expresiones que llenen sus deseos, para formar el elogio de este hombre, ni para explicar el sentimiento de dolor que embarga el corazón de todos los mexicanos; nuestras lágrimas son el mejor poema, el mejor discurso, el elogio más cumplido del hombre que nos llenó de gloria.

Un destello de ella, un solo reflejo de esa luz, llegó hasta mi e inundó mi corazón; me siento orgulloso con sólo enseñar a mis hijos a pronunciar el nombre del ínclito varón.

Pero, ¿qué sabré decir, ni cómo podré interpretar los sentimientos ni el pesar de los francmasones del R... N... M... mis hermanos no encontraron otro que elevado a la altura del héroe, con más aciertos os dirigiera la palabra, encomiando las virtudes de Juárez? Sí, pero acaso quisieron que un neófito ocupara esta tribuna para enseñar a los demás que no deben olvidar el nombre y las virtudes del h... Juárez.

Hablaré; pero nada de los hechos gloriosos, humanitarios, filantrópicos, públicos y privados de esa figura gigantesca, que representa una época, no sólo en México, sino en todas las naciones civilizadas del orbe: nada diré de su abnegación, de sus sacrificios, de su valor civil, de su constancia indomable, de su austera severidad, de sus virtudes privadas; ni tampoco de su amor a la patria, de su liberalismo sin tacha, de su impasibilidad en los trabajos, ni de su energía incontrastable, ni de su obra magna de la reforma; nada, nada de eso toca al masón hacer ver, ni mi pluma podría tampoco (abajar) [bajar] esas virtudes pretendiendo ensalzarlas.

Yo os hablaré del móvil de todas estas acciones sencillas o grandiosas, públicas o privadas, de trascendencia para la familia o para la patria; porque acaso sirva para inspirarnos a su ejemplo y atraernos a su imitación.

Si queremos saber por qué este hombre, arrojándose en brazos de su destino, marcha recto hasta colocar la bandera de la libertad y de la reforma, o el pendón de la independencia en ese lugar de donde nunca podrá descender; si queremos saber cómo es posible que ni las contrariedades, ni la muerte que alguna vez lo amenazara, pudieron revocar los acuerdos de su inquebrantable voluntad; si lo vemos desde el principio de su vida pública combatir la tiranía, predicar y establecer la igualdad, levantar una constitución para garantizar a un pueblo entero; si estudiamos sus leyes de reforma, si analizamos hasta sus últimos hechos, tendiendo todos a engrandecer la nación por la libertad y por el orden, por la igualdad y por la instrucción, podremos adivinar, o mejor dicho, conocer sin esfuerzo cuál es el principio que lo guía en todo lo que hace o lo que intenta.

Juárez nace en los días tristísimos para México, en que la colonia de España gime bajo el yugo de la dominación extranjera, pero los primeros días de su juventud se alumbran con la luz de la libertad, y el grito de independencia de la patria, al herir sus oídos, despierta en su inteligencia y cría en su corazón un amor profundo, intenso, puro y ardiente a esa misma patria, en favor de la cual hará más tarde sacrificios nobles e inauditos.

La transición que en México se opera al salir de la abyección y presentarse soberana, hace comprender a Juárez cuán inmoral y escandaloso ha sido el hecho de tenerla subyugada, y es porque ha comprendido que ni en nombre del Dios de las alturas puede ninguno sobreponerse a los demás, porque el hombre, homogéneo en su origen, ninguna supremacía tiene sobre el hombre: ninguna nación es árbitra de los destinos de otra, es decir, tiene entendido que la igualdad en los derechos nace de la misma naturaleza, y ansia por el momento en que pueda llamar a los demás hermanos.

La independencia de México debía traer necesariamente su ilustración, y con ella la tendencia a desatarse de los antiguos vínculos que torpemente la ligaran como vasalla de otro pueblo: México no sólo aspiraba a su independencia, México pretendía su libertad, y el grito unísono de la nación debía hacer eco en aquel hombre que así amaba a los hombres como hermanos: Juárez ansiaba por el día en que pudiera ver feliz a su patria.

Pero e1 tiempo no era: de cataclismo en cataclismo, de crisis en crisis, de revolución en revolución, pero siempre a pasos gigantescos luchando con los amantes del antiguo régimen, caminando por entre abismos y asperezas, era como podía llegarse al goce de la libertad.

Juárez se afilia en el partido de ella, y educado por los patriarcas y apóstoles de este nuevo evangelio, entra a la vida pública, nuevo campeón que no contento con lo que había aprendido, firma con sus contemporáneos las adiciones al código fundamental que poco después había de desecharse como anticuado.

En esa época este buen patriota, honrado liberal, quiso estudiar más profundamente las obligaciones de todo buen ciudadano, y escogió como fuente las instrucciones que le dieran los hermanos masones, perpetuos enemigos de la tiranía: la obra de éstos ya estaba adelantada y tenía inscritos en sus catálogos nombres gloriosos, si no por sus proezas, también y mucho más por su honradez y buen sentido.

La voz de Gómez Farias, de Rejón, de Zubieta, de Ocampo, de Degollado, de otros muchos, fueron a sembrar en el corazón del único que pudo llevar a cabo la idea de la reforma como el medio más seguro de elevar al pueblo, de dar estabilidad al gobierno, y de hacer sucumbir al monstruo detestable del retroceso.

En las LL... SS... y en el secreto de los masones fue donde tuvo origen el feliz pensamiento de destruir los fueros, abolir los títulos e igualar las masas con los pretendidos aristócratas: feliz he dicho, porque la distinción de clases necesariamente quitaba la unidad a la República, dividiendo a los mexicanos contra lo que la naturaleza y las instituciones exigían, y sobre todo destruyendo el bello ideal de los liberales que era la fraternidad.

No fue posible entonces plantear la reforma, pero germinando en el cerebro de un hombre enérgico y constante, debía madurarse hasta producir el efecto consiguiente.

Tímidos o acaso no llamados por el destino los antecesores de Juárez, cuando no habían retrocedido ante la muerte misma, temiendo las armas de Roma o el escándalo del pueblo o el fanatismo que explotaba el sacerdocio, suspendieron los efectos de la reforma, y entronizada una y dos veces la teocracia aún revocó la ley de desvinculaciones que no pudo sostener la debilidad de Comonfort.

Nada importa, ya sabemos que el noble espíritu de Juárez alienta el deseo ardiente, la voluntad eficaz de hacer grande a este pueblo porque lo ama; de unir a él su destino porque de él ha nacido; de cumplir la promesa que ha hecho a sus hermanos arrostrando con la proscripción y con la muerte, quiere a México libre, y cuando ve caer de las manos del primer magistrado el pendón de la patria corre presuroso a levantarlo, marcha con sus hermanos los masones, toma bajo su patrocinio la defensa del pueblo y se ofrece voluntariamente en holocausto en el palacio de Guadalajara, antes que ceder desamparando a sus hermanos y traicionar a sus santos juramentos.

No; la estrella de Juárez, el ángel tutelar de esta nación, lo salva en aquel momento, y conducido por los azares y los contratiempos al lugar por donde entró a México el fanatismo y la superstición, allí mismo proclama las reformas libertando a México de sus últimos opresores, y rompiendo las cadenas que ligaban la conciencia.

Ya pueden los mexicanos orgullosos levantar la cabeza, tranquilos respirar el aire de la libertad, la tempestad se ha conjurado y un cielo sereno y apacible deja brillar al sol con su lumbre esplendorosa: Juárez se vuelve a sus hermanos, y depositando en ellos las leyes que integran el código fundamental, les dice:

"La obra que me habéis encomendado aquí está; en medio de infortunios y contratiempos he podido concluirla: mirad que trae escritas las palabras con que me bautizásteis y que ya sin misterio y sin temor podéis pronunciarlas como lema que son de nuestra fraternidad, proclamándolas para defenderlas cuando corran peligro"; los masones leyeron, y allí estaba escrito: libertad, igualdad y fraternidad.

En efecto, desde ese día los mexicanos todos gozamos de los preciosos derechos conquistados en menor tiempo y con mucha menos sangre que la que se ha vertido para hacer daño a los pueblos usurpándoles su libertad.

Sin embargo, Europa no lo cree y llamando bárbara a la nación mexicana, porque busca su libertad y reconquista sus derechos, viene rectamente a ver si eliminando a Juárez puede volver a entronizarse una ridícula monarquía, con una aristocracia todavía más ridícula; pero encarnado en Juárez el hombre justo de Horacio, tropieza la triple alianza con el muro inexpugnable de la voluntad del patricio y convencida de que si el hombre puede envilecerse hasta doblar la rodilla enfrente de otro hombre, no es en América o por lo menos no es en México ni bajo el gobierno del presidente Juárez, cuando se retroceda a los verdaderos tiempos de la barbarie.

Esta época es reciente, apenas si se restaña la sangre que corre de las heridas de la patria, y apenas en este momento no se sienten las fatales consecuencias de aquella locura europea; pero por eso mismo los mexicanos nunca olvidaron el nombre de su jefe; abrazado con su bandera, su constitución y sus leyes de reforma, marcha al camino del destierro no pudiendo compararse ni el mismo sacrificio de Curcio ni el de Catón, ni el de los héroes de la antigua Grecia, al del hijo de Ixtlán, el Salvador de la autonomía mexicana.

La historia, fiel intérprete de los sentimientos que animaron a los hombres grandes, sobrepujando a la poesía, presentará a las edades venideras como tipo de amor patrio, de abnegación y de liberalismo a Juárez, y si ha de ser imperecedera la obra humanitaria de la redención de un pueblo, sobre la tumba de nuestro héroe podrán ponerse las palabras pomposas de Horacio, porque sólo Juárez puede decir con verdad que ha levantado un monumento más duradero que el bronce, indestructible aun con la misma carrera de los siglos.

Pero cada uno de nosotros habrá comprendido cuál fue el móvil que dirigió las acciones de Juárez y cómo el amor a la patria y el amor a sus hermanos lo han elevado al solio en que debe colocarlo la gratitud y el íntimo cariño de los mexicanos.

Masones del rito mexicano, hombres que acompañásteis a Juárez, y mexicanos todos que sentís la benéfica influencia de los servicios que os prestara el eminente ciudadano cuya muerte lloramos, acercaos a su tumba, regadla con las lágrimas de vuestro dolor, y publicad sus glorias en donde quiera que el destino os lleve; pero el que no ame a la patria, y el que en vez de llamar a sus hermanos para estrecharlos en dulce concordia levante la bandera de una guerra fratricida, que no se acerque: en donde reina la paz y el amor fraternal no tiene cabida el faccioso, ni sube al cielo la plegaria de aquel que con sus hechos infame la memoria de este hombre.

Aquí sobre su tumba, enfrente de ese sepulcro que guarda su cadáver, en ese modesto mausoleo que para nosotros es un templo, en memoria de sus gloriosos hechos, e invocando como sagrado su nombre, reconciliémonos, depongamos en honor a su memoria nuestros odios, nuestras ambiciones, nuestros malos deseos; prometámosle vivir unidos para hacer grande a la nación, fructuosa la obra de la libertad y de la reforma, y digno al pueblo de haber tenido por jefe a tan insigne varón.

Nosotros, hermanos, tenemos que hacer otra promesa: mientras el aire aliente nuestras vidas, mientras exista uno solo de los MM.: mexicanos, no permitamos que la huella del soldado extranjero venga a profanar esta tumba; jurémosle a Juárez seguir sus pasos, aprender su ejemplo, imitar sus virtudes y velar en su sepulcro para que nunca crezca en él por nuestro abandono la hierba silvestre, ni los pájaros puedan anidar en su cúpula; recordemos su nombre con veneración, respetemos su memoria con nuestros hechos, y si la paz se llega a establecer en nuestra República por el trabajo, la moralidad y la obediencia a la ley que él nos recomendara, podremos decir a nuestros hijos lo que los primeros cristianos dijeron del Cristo: "Con su muerte nos ha redimido".

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.