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Siglo XIX > 1870-1879 > 1872

Discurso pronunciado por el C. Diputado Ignacio Silva durante el funeral de Benito Juárez.
20 de julio de 1872.

Señores:

Vengo en nombre de la diputación permanente a cumplir uno de mis más tristes deberes como funcionario público. Vengo a mezclar mi voz dolorida con las lágrimas de un pueblo entero, y no obstante que para hablar dignamente de la muerte y de la gloria de Juárez era preciso elevarse hasta él, supliremos con la admiración más entusiasta y con el cariño más sincero, lo que la inteligencia tiene de pequeño.

Ayer, señores, la patria engalanada y con la sonrisa del placer en los labios se extasiaba con la contemplación de su hijo más querido, de aquel que la había honrado y respetado en lo más íntimo de su corazón y a la faz también de todo el mundo: hoy le ve yerto e inanimado a sus pies en el silencio eterno de la inmovilidad, como el más humilde de los hijos de la naturaleza.

¿Por qué esos hombres de mirada de águila y corazón de león son arrebatados en el misterioso torbellino del infinito como los seres más vulgares?

¿Por qué la tumba abre su horrible seno para aprisionar a los que debían ser luz perpetua del mundo y mentores inmortales de la humanidad? ¿Por qué la providencia nos arrebata en su cólera el bien que nos ha concedido en su bondad?

Inútil es discurrir sobre esos arcanos, que siglo tras siglo han venido fatigando la mente de la humanidad.

En este mundo no hay cierto, claro y positivo más que el dolor; el dolor con toda su aridez, su negación de la esperanza, sus fatídicas sombras que hacen repugnante la vida como un prolongado martirio.

Día por día, el poder formidable y desconocido del destino, va abriendo a nuestro lado un vacío desconsolador que insensiblemente abate nuestro espíritu, y parece que lo prepara para que sea más fácil romper las últimas y endebles ligaduras que nos detienen sobre la tierra.

Hoy nos quita un amigo, mañana un hermano, después un padre, y variando en el arte de sus crueldades, nos acerca también en ocasiones a los seres privilegiados, los eleva a nuestra vista, los deifica para hacerlos rodar en la fosa común, de donde la soberbia y vanidad humanas huyen aterradas.

Juárez ha partido para no volver más, y un grito de dolor se escapa del seno de la República Mexicana. ¡Hace tanto tiempo que le habíamos visto luchar heroicamente por sus conciudadanos!

¡Estábamos tan impuestos a verle marchar impávido para presentar el pecho a la muerte y su reputación a las garras de la calumnia! ¡Teníamos tanta confianza en que su presencia hacía doblegar en el polvo la frente de los enemigos de la patria!

Cuando se llega a encarnar en nosotros la admiración, la confianza y el cariño por los grandes hombres, nos ilusionamos hasta el punto de creer que esos hombres son inmortales, y que a ellos solos están confiadas todas las dificultades, todos los dolores y la gloria de levantar las naciones de la postración y del abatimiento.

Por eso cuando la descarnada realidad entrega a nuestra contemplación los cadáveres de esos emisarios de Dios, el asombro se apodera de nosotros y pugnamos sin cesar por volver a nuestras habituales sensaciones, queriendo ponernos en contacto con el ser querido y admirado, que ha sido la luz de nuestra esperanza, la guía de nuestros vacilantes pasos.

Es inútil recordar hoy hecho por hecho todos los episodios de la vida del gran mártir. ¿Acaso no lo sabemos todos los mexicanos como testigos presenciales? ¿Acaso no lo sabe todo el mundo que ha luchado con el genio de ese humilde mexicano, para poder estimar todo su valor, su talento y sus virtudes?

No es necesario repetir que en la guerra de reforma, Juárez fue el caudillo indomable que a los millones de pesos y a las mortíferas armas, opuso como único contrapeso sus talentos y sus virtudes, a la vez que el pueblo ofrecía su sangre en aquellas carnicerías abominables, que se ha querido considerar como batallas.

No es necesario repetir aquí que cuando la insolencia del extranjero creyó arrollarnos como la débil arista arrebatada por el viento, Juárez, armado con la conciencia de su derecho, y desafiando el poder inicuo del invasor, esperó la hora certera de su triunfo, y entonces, justiciero, grande e implacable, en nombre de la soberanía nacional, hizo rodar en el cadalso una testa coronada, dejando a los pueblos de América y Europa una lección inolvidable de lo que vale la dignidad, el derecho y un carácter contra las infamias y los crímenes, por más que se vean éstos sostenidos e impulsados por las riquezas y por los cuantiosos elementos de que disponen por desgracia los verdugos de la humanidad.

Pero prescindamos de estas consideraciones, hoy que los enemigos de Juárez han lanzado una palabra de admiración; hoy que no se deben resucitar los odios de partido a los bordes de una tumba venerada; hoy que un pueblo inmenso se acerca enternecido a esa tumba, para decir el último adiós al héroe de la democracia americana.

Juárez ha muerto; pero su muerte no ha sido la de los hombres vulgares, porque allí, donde acaba la vida de éstos, empieza la de los héroes. Qué, ¿no ha dejado Juárez una huella imborrable en toda la República? ¿No están impresos su nombre y su memoria en el corazón de todos los mexicanos?

¿No le han dado las naciones extranjeras un lugar muy distinguido entre los hombres grandes? ¿No pasará su nombro bendecido de generación en generación como un modelo de virtudes públicas y privadas?

Y su espíritu, ¿no se ha elevado a la altísima esfera en donde las grandes almas reciben la apoteosis de la gloria? Pues bien, esa es la verdadera vida, la vida inmortal de nuestros hermanos privilegiados con los dones más espléndidos de la naturaleza.

Jamás se apartará de mi imaginación ese homenaje sublime y conmovedor de un pueblo entero desfilando silenciosamente en derredor del venerable padre de la patria.

El palacio nacional nos ha demostrado en estos días una escena capaz de enternecer a un corazón de acero, escena que ha sido todo un poema de amor patriótico y de fiel adhesión.

El pueblo sabía muy bien que la República de 1821 a 1857, no era la de 1857 a esta fecha; el contraste es muy notable para que no se haya podido apreciar todo lo que han conquistado los gigantescos esfuerzos políticos del Benemérito de América.

Y por otra parte, sus virtudes privadas han venido a reflejar un hermoso colorido sobre ese carácter imponente. ¿Quién ignora que Juárez era un excelente jefe de familia, amante esposo, y padre lleno de dulzura para sus hijos?

¿Quién no puede apreciar su carácter modesto y benevolente, enemigo de toda frivolidad e inconsecuencia? ¿Quién ignora los auxilios que prodigaba en secreto a los desgraciados deseando que no fueran conocidos sus beneficios?

Bien sabéis, señores, que la adulación es enteramente inútil cerca de la tumba, y por mi parte, tengo la previsión intuitiva de que cuando las pasiones de la política de la época hayan pasado, y cuando la historia con su pluma inflexible se ocupe de nuestro héroe, entonces se hará a éste plena justicia, y su existencia será señalada como la de esas estrellas que nos refiere la leyenda bíblica, orientando los pasos de un pueblo regenerado.

Entretanto, la patria no debe olvidar las elocuentes lecciones del más ardiente patriotismo que debemos a esta época feliz.

¡Ojalá que los partidos, inspirados por ese sentimiento, depongan sus odios para siempre, y que la muerte de Juárez, así como su vida, sea la regeneración de México!

Antes de separarnos de este sitio, sagrado y melancólico, hagamos en bien de la patria la promesa de imitar la virtud heroica del más grande de los mexicanos.

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.