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Siglo XIX > 1870-1879 > 1872

Dicurso pronunciado por el señor doctor Don Roque J. Morón a nombre de la Sociedad Médica "Pedro Escobedo", durante el funeral de Benito Juárez.
20 de julio de 1872.

Hace cinco días que el horrísono y pausado estampido del cañón, al nacer el sol, anunció a los habitantes de esta capital la sorprendente y funesta noticia de que el primer magistrado de la nación, el primer ciudadano mexicano, él fundador de la reforma, el salvador de la República, el benemérito de América, en una palabra, Benito Juárez, personificación de las glorias nacionales, había muerto. . .

Escrito está por el supremo autor de la vida, que todos los hombres han de morir y que sus días serán contados. . . Esta ley inexorable se ha cumplido en el grande hombre de la patria de un modo casi repentino y sorprendiéndole en medio de las continuas ocupaciones de su elevado puesto.

Tan triste nueva ha sido llevada por los conductores del rayo a todos los confines de la República, y hoy la patria de Hidalgo está cubierta de luto, gimiendo bajo el peso del dolor más acerbo por la pérdida irreparable del más ilustre de sus hijos, de aquel que con tanta abnegación y patriotismo reconquistó su autonomía humillando al soberbio Napoleón III, después de haber fundado por medio de leyes y disposiciones sabias los cimientos de la verdadera libertad y progreso que han colocado a México ante las naciones civilizadas en un lugar digno de respeto y de admiración.

Nada más justo ni merecido que el sentimiento público que se revela en el semblante de todos los mexicanos, de cuyos ojos veo rodar una lágrima de amor y gratitud ante los restos inanimados del humilde hijo de Guelatao, que supo elevarse por su genio y por su patriotismo a la altura de los héroes que engrandeciendo a su patria se inmortalizan a sí mismos.

Yo también, señores, con el corazón lleno de amargura y con el llanto en los ojos, vengo a verter una lágrima sobre los despojos venerados del padre de la patria, del buen amigo que tanto me honró con su amistad, del protector de las sociedades científicas; y vengo también en representación de la asociación médica "Pedro Escobedo", a la que tengo el honor de pertenecer, a dar un testimonio público del participio especial que toman en el sentimiento general los miembros de aquella asociación, por la sensible y lamentable pérdida de su ilustre consocio protector, el benemérito C. Benito Juárez, y a depositar en su tumba una flor de gratitud por los importantes beneficios con que favoreció e impulsó los trabajos de aquella corporación científica.

No seré yo el que me detenga en bosquejar siquiera las eminentes virtudes y los distinguidos servicios que prestó a su patria, que constituyen la historia de su preciosa vida, porque ya la sabéis, acabáis de oírla por la voz de la elocuencia en boca de los oradores que antes que yo han ocupado esta tribuna y porque su biografía es la historia de una época brillante a la que todos hemos asistido y cuyos grandes hechos fijará la posteridad en páginas inmortales.

Sólo os diré que su vida fue un foco de luz refulgente que irradiándose por todos los ángulos de la República, disipó las tinieblas de la ignorancia, del fanatismo y del retroceso, sustituyéndolas con la ciencia, la tolerancia, la libertad y el progreso; bienes inmensos que hoy disfrutamos, y son la esperanza y el porvenir grandioso de nuestra patria.

Bajo los resplandores de esa luz vivificante las artes y las ciencias han progresado notablemente; la enseñanza primaria se difunde por todas partes, la prensa, vehículo precioso por donde la instrucción y las ciencias se propagan, no ha conocido límites; el derecho de reunión, animado por el espíritu progresista, se ha establecido en diversas asociaciones científicas e industriales que han dado ya opimos frutos a la ciencia y a la humanidad.

La instrucción popular y el adelanto de las ciencias fue siempre el objeto preferente de su atención en los diversos cargos públicos que desempeñó en Oaxaca, en los primeros tiempos de su carrera pública, y quizá éste fue el fundamento de su prestigio y grandiosa carrera que le elevó a las altas regiones del poder, conducido por las manos de la ciencia y del patriotismo.

¿Quién podrá comprender ¡oh, Juárez! los inmensos bienes que hiciste a tu patria adorada y calcular la inmensa gratitud que te debemos?

Tú, el escogido por la providencia para guiarla por el sendero de la libertad, felicidad y grandeza a que llegará indudablemente, has cumplido y terminado tu misión sobre la tierra dignamente. ¡Descansa en paz!

Hemos venido como hijos agradecidos a darte el último testimonio de ternura, acompañándote hasta el umbral de la puerta por donde vas a entrar a la inmortalidad, cuya corona ciñe ya tu frente inmaculada.

El pueblo mexicano llora al darte el último adiós, porque ya no verá más a su padre amado, al guardián de sus libertades; porque teme perderlas sin tu dirección; pero vivirás eternamente en los corazones agradecidos de tus conciudadanos, y las generaciones futuras te venerarán como veneramos hoy nosotros y recordamos llenos de emoción la memoria imperecedera y los hechos heroicos de Hidalgo.

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.