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Siglo XIX > 1870-1879 > 1872

Crónica detallada de los funerales de Benito Juárez.
19 de julio de 1872.

Desde las ocho de la mañana la plaza de la constitución era invadida, lo mismo que las calles que debía recorrer la comitiva fúnebre, por la mayor parte de la población de la capital, que acudía ansiosa a ocupar un lugar desde donde pudiera contemplar punto por punto cuanto iba a pasar en la ceremonia que se preparaba.

En el palacio nacional había multitud de grupos formados por las corporaciones, los empleados y cuantas personas deseaban concurrir a tributar los últimos honores al difunto Presidente de la República.

Los cuerpos de la guarnición, destinados a formar la columna que debía cerrar la marcha del cortejo, se extendían en una línea de batalla de la derecha de palacio a las calles del Reloj, y todos aguardaban en silencio que sonara la hora en que debía dar principio la triste solemnidad.

A las nueve en punto fue bajado el cadáver del Sr. Juárez del catafalco en que estuvo expuesto al público en el salón de embajadores; y colocado en una caja de zinc en presencia de multitud de espectadores, y presidiendo el acto el Sr. gobernador de palacio, Gral. don Francisco Zérega y el Sr. coronel don Francisco Novoa, ayudante del Sr. Juárez.

Acto continuo se encerró la caja de zinc, soldada ya, en un sencillo ataúd de caoba, que no tenía otro adorno que dos ramas realzadas de oliva y de laurel en cuyo centro se destacaban esculpidas estas dos letras: B. J. — Camilo, criado de la presidencia, depositó espontáneamente en el féretro una corona de siemprevivas, y el cadáver fue conducido al carro mortuorio.

Bajado por la escalera principal de palacio. Escoltábanle unos valientes, escogidos entre los que habían acompañado al Sr. Juárez en su azarosa peregrinación hasta la frontera del norte. Todos ellos tenían los ojos arrasados de lágrimas.

Mientras tanto, los concurrentes descendían por la escalera del ministerio de Relaciones al patio de honor, y allí se organizaban para acompañar al cementerio los restos del egregio difunto.

A las diez y diez minutos de la mañana, cuatro cañonazos anunciaron a la ciudad que el cadáver del ilustre difunto salía por la puerta del centro del palacio nacional para ser conducido a su última morada.

Los millares de espectadores que invadían las calles de la carrera que debía seguir la comitiva, se agitaron, y el fúnebre cortejo empezó a desfilar por entre una compacta valla de pueblo en la que se confundían personas de todas clases, edades y condiciones.

Todos los balcones de las casas particulares de las carreras y de los edificios públicos ostentando enlutados cortinajes, estaban atestados de gente; casi todas las señoras que había en ellos vestían luto; las azoteas estaban coronadas de inmensa muchedumbre, y en cada encrucijada se aglomeraban y movían miles de individuos, codeándose, enderezándose sobre las puntas de los pies y manifestando una curiosidad ávida para no perder ningún detalle de la majestuosa ceremonia que iba a tener lugar ante sus ojos.

Una escuadra de batidores del 2º cuerpo de caballería, vestidos de gran uniforme, montados en briosos y magníficos caballos prietos, y conducidos por un sargento primero, guía del expresado cuerpo rompía la marcha.

Seguían luego los alumnos de las escuelas municipales y los asilados de los establecimientos de beneficencia, entre los que había intercalado el ayuntamiento de Mixcoac, cerrando el grupo el colegio de Minería y la escuela de Sordo-mudos, y formando por todo una masa de cerca de mil individuos.

Los pobres niños de las escuelas gratuitas llevaban en el brazo izquierdo lazos negros en señal de duelo.

Inmediatamente después, se ostentaba un pabellón blanco coronado por un águila de ébano y adornado con crespones y cordones negros, y que tenía escritas con letras negras también estas palabras: "gran círculo de obreros de México".

Dominaba un grupo de doscientos obreros que caminaban de dos en dos y con digno y decoroso aspecto, precediendo inmediatamente a los alumnos de las escuelas preparatorias de jurisprudencia y de medicina que venían en seguida.

Al frente de las oficinas iban los empleados de la tesorería general de la federación y confundidos con ellos algunos convidados, entre los que pudimos notar a los señores don Juan Hondero, don Alejandro Argandar, y a los miembros de la comisión francesa, entre otros los señores don Pedro Martín, Buichenné Debray, Fourcade, Deverdum, Jauffred y otros varios.

Detrás de estos señores marchaban los redactores del Diario Oficial, los empleados del correo, del ministerio de Fomento, de la diputación y de la recaudación de contribuciones, del ayuntamiento y del Montepío.

Luego vimos pasar a un grupo de masones, al cuerpo médico, a los empleados de la aduana y del papel sellado, y a los jueces de lo criminal.

A los individuos que componen la sociedad de Santa Cecilia y los del club Alemán, que venían inmediatamente después, seguían los empleados del gobierno del distrito federal, los prefectos de las inmediaciones, los oficiales francos, los jefes del ejército, los empleados de la comandancia militar, los generales, y el ayuntamiento con el señor secretario del gobierno del distrito.

Un espléndido carro fúnebre tirado por seis hermosos caballos tordillos cubiertos de negras gualdrapas, conducía el ataúd en que iban depositados los restos mortales del Sr. Juárez. Empuñaba las riendas el cochero Juan Urueta que había estado con el señor presidente en Paso del Norte.

Los señores magistrados don Luis Velázquez, director de la escuela de Jurisprudencia, don Alejandro García, comandante general de la Plaza, don Manuel P. Izaguirre, tesorero general de la nación y don Alfredo Chavero, miembro del ayuntamiento, llevaban cada uno un cordón de los cuatro que pendían de los extremos del féretro.

Seis lacayos enlutados tenían del diestro los caballos. Los ayudantes del Sr. Juárez y una compañía del 1° de infantería con su banda escoltaban el cuerpo.

Luego seguía el carruaje de la presidencia, vestido completamente de negro y tirado por cuatro caballos, tordillos también.

Detrás de él seguían los diputados todos que se encuentran en la capital, los periodistas, los individuos de la sociedad filarmónica mexicana, multitud de abogados y comerciantes, y por último los señores secretarios del despacho, el cuerpo diplomático y el señor presidente interino de la república.

Los oficiales mayores de los ministerios hacían los honores de esta manera:

El Sr. Gómez Pérez, de Gobernación, al Sr. Sánchez Azcona, presidente de la diputación permanente.

El Sr. Alcaraz, de Justicia e Instrucción Pública; al Sr. Ogazón, presidente de la Suprema Corte de Justicia.

El Sr. Díaz Covarrubias, de Fomento, al Sr. don José Ma. Iglesias, orador oficial.

El Sr. Benítez, de Guerra, al Sr. Bliss, secretario de la Legación de los Estados Unidos.

Los cuatro secretarios del Despacho daban la derecha a los señores ministros extranjeros.

Cerraba la marcha la columna de honor montada por el Sr. Gral. Alcérreca y organizada de la manera siguiente:

El Sr. Gral. don Agustín Alcérreca con cuatro ayudantes.

La banda de zapadores, ejecutando varias piezas fúnebres y, reiteradamente, la marcha de Jone.

Los alumnos del Colegio Militar formados en cuatro mitades y con su digno director al frente.

Una batería de cañones de a doce con su dotación correspondiente de hombres y de parque, mandada por el capitán 1º Cabrera y por el 2º Oliver.

El primer batallón de infantería al mando del Gral. Yepes con su banda, y formado en doce mitades.

El primer cuerpo del distrito, con su banda también, que ejecutaba lúgubres melodías.

El primer cuerpo de caballería con su mayor a la cabeza.

El segundo mandado por el capitán Treviño, y el 11 que llevaba a su frente a un comandante de escuadrón.

Entre alumnos, empleados, funcionarios, convidados y soldados, acompañaban el cuerpo del señor presidente cerca de cinco mil individuos.

Nunca se habían visto en México exequias tan concurridas.

Detrás de la columna venían el carruaje de la familia del Sr. Juárez, y el del Sr. Lerdo (de Tejada), y el del Sr. don Ignacio Mejía, el del señor gobernador del Distrito y otros cincuenta más, entre los que recordamos los de los Sres. Islas, Barreda, González, Martínez de la Torre, Barrón, Rubio, Chavero, Bustos, Gargollo, Lascurain, Yáñez, Iglesias, Julián Montiel, Ramón Fernández, Ramón Guzmán, Luis Rivas, Goytia, Agustín Andrade y Escandón.

También iba el coche en que viajó el señor presidente desde Monterrey hasta Río Bravo. La comitiva tardó dos horas largas en llegar del palacio nacional al cementerio.

La plazuela de San Fernando estaba rodeada de un cordón de soldados; pasó la comitiva debajo de un arco de triunfo octocolumnario, un poco mezquino, y llegó debajo de un lujoso toldo adornado con cintas de crespón, y pisando una alfombra de hojas de mirto y ciprés, hasta la puerta del panteón; allí, en un ángulo del jardín, se había levantado un monumento fúnebre de estilo griego que recordaba en pequeño el partenón y estaba cubierto de un cortinaje de crespón negro con franjas de oro que pendían de dos órdenes de columnas de estilo jónico.

En la parte central de la base, o primer cuerpo, se veía un trofeo de banderas tricolores dominadas por el águila nacional enlutada; colocóse el ataúd sobre una grande urna funeraria cubierta con coronas de laurel de oro y siemprevivas; en el triángulo superior se veían el alpha y el omega, símbolo de todo principio y de todo fin, y en la cúspide del templete el busto del Sr. Juárez.

El mausoleo estaba rodeado de cirios colosales; en ambos lados por la parte anterior, se ostentaban dos magníficos jarrones cinerarios de alabastro de donde se desprendían, en dos espesas columnas, los vapores del oloroso incienso y de la perfumante mirra.

Delante del monumento se colocó el porta-estandarte del batallón de supremos poderes empuñando la bandera nacional enlutada y en medio de una guardia de honor. Las paredes todas del jardín de San Fernando estaban tapizadas de merino negro y adornadas con ramos y coronas de tuya y ciprés.

Sentáronse indistintamente en un millar de sillas y sillones colocados en las calles laterales de la plazuela, los altos funcionarios de la federación, los diputados, los empleados de las diversas oficinas públicas, los delegados de los residentes extranjeros, los generales, jefes y oficiales de la guarnición, unas comisiones de los estados de Puebla, México e Hidalgo, y gran número de convidados.

A la derecha del templete se sentaron los miembros del Ejecutivo, los del cuerpo diplomático, los oficiales mayores de los ministerios, los ayudantes del Sr. Juárez, los representantes del Poder Judicial y de la diputación permanente en esta forma:

El Sr. Lerdo de Tejada en el centro: a su derecha el Sr. Manuel Dublán y a su izquierda el Sr. don José V. Maza, quienes representaban a la familia del Sr. Juárez.

Junto al Sr. Dublán el Sr. Lafragua, ministro de Relaciones, y al lado de éste el Sr. Nelson, representante de los Estados Unidos y decano del cuerpo diplomático; a la izquierda del Sr. Maza, el Sr. Gral. Mejía, ministro de la Guerra, y luego el Sr. Herreros de Tejada, representante de España; seguía el Sr. don Francisco Mejía, secretario de Hacienda, con el barón de Erzenberg, ministro de Alemania; el Sr. Balcárcel, secretario de Fomento, y el Sr. García Granados, enviado extraordinario de Guatemala; después el Sr. Alcaraz, oficial mayor de justicia, con el Sr. Ogazón, presidente de la Suprema Corte; el Sr. comandante general don Alejandro García, y a corta distancia los coroneles Díaz, Armendáriz y Novoa, ayudantes del ilustre difunto.

Del otro lado estaban colocados cerca del Sr. Nelson el Sr. Gómez Pérez, oficial mayor de gobernación que tenía a su derecha al Sr. Sánchez Azcona, presidente de la diputación permanente del Congreso general.

Pronunciáronse doce discursos.

El del Sr. Iglesias es, como verán nuestros lectores, un modelo de sentimiento, de noble moderación, de corrección intachable; un trozo literario, en fin, digno de Bossuet, de Massillón y de Baudelaire.

El del Sr. don Ignacio Silva es un arranque de patriotismo y una expansión de gratitud nacional al héroe de la reforma, que fue el salvador invicto de la segunda independencia.

El del Sr. don Alfredo Chavero es una brillante peroración que revela toda el alma y la inteligencia superior del joven y elocuente orador.

El Sr. don Francisco T. Gordillo habló en nombre de los masones del rito nacional mexicano; es un entusiasta panegírico del Sr. Juárez, que termina con estas palabras: "lo mismo que el redentor, con su muerte nos ha redimido."

El del Sr. don José María Vigil, representante de los periódicos de la capital, es un homenaje sincero expresado en nobles palabras; "el gran Juárez que dio a la prensa una libertad sin límites."

El del Sr. don José María de Baranda es la expresión lacónica, pero sentida y espontánea del reconocimiento de la Sociedad Filarmónica Mexicana a la que protegió tan generosamente el presidente, patrono ilustre de la instrucción pública.

El del Dr. Morón es un tributo de la sociedad médica "Escobedo" al gran patricio, y una dulce lágrima, un himno de ternura de un agraciado a su benefactor.

El del Sr. don Victoriano Mereles, orador del gran círculo de obreros, una expresión ardiente del cariño que las clases trabajadoras profesaban al grande hombre que las impulsaba en la vía fecunda de la educación y del trabajo.

La poesía del dulcísimo vate Sr. don José Rosas Moreno fue una verdadera flor de inefable sentimiento ofrecida con exquisita delicadeza.

Los pequeños discursos de los niños Antonio Álvarez y Salvador Martínez Zurita, alumnos del Texpan de Santiago, pronunciados con la tímida y trémula voz de la inocencia, hicieron asomar lágrimas a todos los ojos.

El del Sr. don Gumersindo Mendoza, es una reflexión profunda de un sabio y de un pensador a la par que el grito de reconocimiento brotado del corazón de un buen ciudadano.

A la mitad de la ceremonia ocurrió un incidente que hubieron de extrañar los concurrentes, pero que es de fácil explicación: el Sr. Nelson, ministro de los Estados Unidos, se hallaba bastante indispuesto; había manifestado con anticipación al Sr. Lafragua, según se nos asegura, que acaso no le sería posible acompañar al gobierno hasta San Fernando.

No obstante, llegó hasta el cementerio y permaneció allí hasta que terminó el discurso del Sr. Silva, pronunciado en representación de la diputación permanente del Congreso. Levantose entonces, se acercó al señor Presidente de la República y, según pudimos percibir, le presentó sus excusas que fueron amablemente aceptadas, y se retiró.

Concluidos los discursos, se bajó la caja mortuoria del monumento, y se procedió a la inhumación en el sepulcro de familia del Sr. Juárez.

Presidió el acto el Sr. Lerdo acompañado de sus ministros; en el momento en que se depositaban los venerados despojos en la cripta fúnebre, se inclinó la bandera, alzóse en la torre de San Fernando una señal y resonaron veintiún cañonazos . . .

Pensamos entonces en la atribulada familia que debió estremecerse y lanzar un grito de desolación, al oír el fúnebre estampido que le anunciaba que quedaba separado para siempre del padre amoroso e idolatrado. . . Miramos a los amigos, allí presentes, del Sr. Juárez.

El semblante del Sr. Gral. Mejía, que es siempre la imagen del estoicismo y de la firmeza, se reflejaba un dolor acerbo que ya no podía contener ni disimular; Alcaraz se ocultaba detrás de Vigil para que no vieran las lágrimas que brotaban en abundancia de sus ojos; Balcárcel, con los labios pálidos y la mirada fija, parecía estar petrificado; aterrado estaba Altamirano.

Dublán bajaba la vista; Maza volvía la cabeza y no tenía valor de contemplar aquel lúgubre espectáculo; Pancho Mejía, consternado, abatido, las contracciones de su rostro demostraban los esfuerzos que hacía para (no) sollozar; Sánchez Azcona estaba trémulo de emoción; el Sr. Lerdo (de Tejada) se sentía oprimido y se apoyaba en su bastón de mando, guardando, merced a un esfuerzo supremo de voluntad, la actitud digna que correspondía a su elevado carácter oficial.

¡Ah! ¡aquellos hombres estaban hondamente conmovidos!

A las dos menos cuarto, todo estaba concluido, y se retiró triste y silenciosamente la comitiva.

El cuerpo de Juárez descansaba en su postrer morada terrenal, y su grande alma desde lo alto de la mansión eterna, debió derramar una suprema bendición sobre sus compatriotas que tanto le amaron, que tanto le respetaron mientras habitó este valle de lágrimas.

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.