Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

  Siglo XIX

      1890-1899

      1880-1889

      1870-1879

          1879

          1878

          1877

          1876

          1875

          1874

          1873

          1872

          1871

          1870

      1860-1869

      1850-1859

      1840-1849

      1830-1839

      1820-1829

      1810-1819

      1800-1809

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XIX > 1870-1879 > 1871

El general Corona contesta a Donato Guerra en tono amistoso.
Guadalajara, noviembre 24 de 1871.

Sr. Gral. don Donato Guerra

Durango

 

Mi fino amigo:

 

Me he impuesto del contenido de la carta que con fecha 18 del pasado me dirige usted de Zacatecas y que hasta ahora ha llegado a mí poder.

 

No es al gobierno a quien debe usted culpar por no haberle concedido su licencia absoluta las diversas veces que la pidió, ni debe usted ver en su negativa las miras que ha supuesto usted en un documento público; yo soy hasta cierto punto el responsable de ella, porque habiendo usted solicitado su separación dos ocasiones por mi conducto, en cada una de ellas di de usted informes tan favorables, fundados en sus honrosos antecedentes, aseguré de tal modo su lealtad y la grande importancia de sus servicios, que el gobierno no podía, sin hacerse por ello acreedor a un cargo, consentir en que usted dejara un puesto en que a mi juicio era usted una garantía de orden y de seguridad para la paz pública.

 

Yo mismo puse a usted al corriente de los dos informes, pues si bien estaba al tanto de que en la cuestión electoral opinaba usted a favor de la candidatura del Sr. Díaz, como yo en la del Sr. Juárez, en esto no vi de parte de usted más que el libre ejercicio del derecho que tiene todo ciudadano para elegir a los mandatarios que cree que más convienen a su país; pero en la inteligencia siempre de que usted y yo, y todos los liberales que se hallaban en nuestro caso, sabríamos cumplir con nuestros deberes de soldados, y más aún con los de verdaderos liberales, respetando y sosteniendo a los funcionarios que resultaran de la elección verificada conforme a la ley y sancionada con el inapelable voto de los colegios electorales.

 

Por eso, no obstante sus opiniones, tuve respeto a usted y procuré inspirar al gobierno la confianza más ciega en su fidelidad, siendo yo de este modo la causa de que su licencia no le hubiera sido concedida.

 

Dice usted que hace mucho tiempo me anunció una revolución, provocada, según ahora se explica, por la conducta del gobierno.

 

Hace tiempo que yo también temía que pasadas las elecciones no faltaran los motines, pues bastante claro ha estado amenazando con ellos una parte de la oposición para el caso de no triunfar en la lucha electoral; pero desde que esos proyectos revolucionarios se anunciaron, creí constantemente que cuantos nos apreciábamos de demócratas, en cuyo número nunca dejé de contar a usted en primer término, estaríamos siempre unidos para hacer triunfar otra vez la ley sobre aquellos que después de ser vencidos con ella, se levantaran contra ella proclamando como ley su voluntad.

 

Desde que las elecciones se acercaban, la oposición preparó a su sabor en el seno mismo del Congreso, todos los medios que le parecieron conducentes para obtener el triunfo, no deteniéndose ni ante la expedición de leyes anticonstitucionalmente dadas y vejatorias y humillantes para los ciudadanos armados que acababan de conquistar la independencia de México.

 

La oposición entró de lleno en la lucha; puso en juego todos los elementos con que contaba; llevó día por día en sus periódicos la alta y baja de sus victorias en las elecciones primarias, en las secundarias y en el seno mismo de la Cámara.

 

Varias veces se envaneció con haber derrotado a su enemigo; consiguió que ningún candidato para la presidencia obtuviera mayoría absoluta de votos; y sólo cuando la elección del Congreso, hecha a su gusto, por votos individuales y no por estados como debía ser, vino a nombrar al Sr. Juárez, sólo entonces, digo, se consideró ilegítimo todo lo practicado y no faltaron quienes empuñando las armas quisieran mejor sumir a la nación en una nueva guerra civil, que confesar que habían sido vencidos en el campo que ellos mismos escogieron, y que dar una prueba de respeto a la ley sometiéndose a sus resultados.

 

¿Y qué es lo que proclama esa revolución que se inicia? El último manifiesto del Sr. Díaz lo está diciendo: la destrucción por completo de la constitución de 1857, de esa bandera sagrada a cuya sombra combatimos al imperio y que hasta hoy había sido respetada por liberales de todos los partidos; porque esa convención que se quiere y que debe ocuparse de la reconstrucción constitucional, sin reconocer en su origen ni en su modo de proceder los preceptos de la constitución relativos a la manera de modificarla, acaba de un golpe con todo lo pasado, y nos coloca en condición de que hasta el imperio sea otra vez posible, poniendo en peligro no sólo las instituciones, sino también los principios de reforma, cuya conquista ha costado tanta sangre, y que ni siquiera se invoca como cosa que debiera respetarse.

 

No se trata ya de que las últimas elecciones hayan sido nulas, porque entonces el presidente de la Corte de Justicia debería ser llamado a ocupar la presidencia interinamente, y esto no se quiere.

 

Por eso vergonzosamente se pide un nuevo código fundamental y una convención que lo haga; se anuncian como una novedad reformas que, como la abolición de alcabalas, están ya consignadas entre los proyectos constitucionales y la elección directa que ha sido iniciada tiempo hace por el gobierno mismo y vista con desdén por la oposición; pero se aconseja queden excluidos de la futura presidencia todos los ciudadanos que en el actual Congreso, en los ministerios, en la Suprema Corte de Justicia estén ejerciendo algún cargo, para no dejar así más que un candidato probable que no necesito nombrar. ¿Y es ésta la revolución de principios a que usted se ha lanzado y que juzga perfectamente justificada y organizada en todo el país?

 

Siento de veras que usted antes de dar el paso que dio, no haya consultado con sus viejos compañeros de armas, con sus verdaderos amigos que habrían procurado evitarle echarse sobre sí una de esas manchas que no se borran si no es confesando el extravío que se ha sufrido, y que habrían visto con gusto tener a su lado en estas circunstancias a una persona tan digna como usted de toda estimación.

 

En fin, amigo mío, la guerra civil es ya un hecho; yo no cesaré cuanto de mi dependa por evitar sus horrores y demás consecuencias; pero con la conciencia de mi deber por una parte, y guiado por otra por los principios que profeso, siempre me verá usted combatiendo por la causa de la legalidad, por la defensa de nuestra constitución y leyes de reforma que hoy se trata de despedazar, aunque esto alguna vez pueda causarme el profundo sentimiento de tener que ponerme frente a frente de antiguos amigos y compañeros, de quienes nunca llegué a pensar que pudiera verlos convertidos en enemigos de los principios que tantas veces hemos defendido juntos.

 

Dejo con esto, contestada su carta del mes anterior, repitiéndole que, aunque lamentando su conducta, es siempre el mismo el aprecio que en lo particular le ha profesado su afectísimo seguro servidor.

 

Ramón Corona

 

Fuente:

 

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.