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Siglo XIX > 1860-1869 > 1869

Quien encabeza la asonada potosina insiste en justificarla.
San Luis Potosí, 23 de diciembre de 1869

Señor Presidente don Benito Juárez

México

 

Mi respetable señor y distinguido amigo:

 

Con pena me he impuesto de su carta fechada el 20 del actual, pues sus conceptos me quitan toda esperanza de que la cuestión de este estado pueda tener la solución que apetece el pueblo potosino, habiéndose iniciado sin derramarse una gota de sangre, sin que el menor desorden haya venido a turbar las habituales ocupaciones de la gente trabajadora y sin que se haya oído hasta ahora una sola palabra de reprobación.

 

Todo esto me hace deplorar la actitud que ha tomado el gobierno general, según usted me lo dice, en acatamiento de sus altos deberes, pues acaso tendrá que ensangrentarse una cuestión de por sí tan sencilla y que ya pertenece a la categoría de los hechos consumados, habiéndose llevado a ese terreno sin ruido y sin escándalo.

 

Mucho pesan en mi ánimo las razones de usted, pues efectivamente soy enemigo de las asonadas, me encuentro poseído de la mejor buena fe en todos mis actos, no me guía en ellos ninguna ambición innoble y, como me precio de ser buen liberal, desearía que todas nuestras cuestiones políticas se resolvieran por los medios legales, pero no puedo menos de reconocer también que hay situaciones que, por desesperadas y por producir el cansancio del pueblo, no pueden remediarse sino por medios extraordinarios y una de ellas ha sido hasta ahora la de San Luis Potosí.

 

Aquí se había perdido toda noción de libertad; las garantías individuales eran holladas a cada paso, las leyes eran conculcadas por los encargados de velar por ellas; el sufragio popular fue convertido en una burla y, en una palabra, no había gobierno ni administración, ni una sombra siquiera de las instituciones democráticas, como usted habrá tenido oportunidad de saberlo si ha pasado los ojos por algunas descripciones que, aunque pálidas, ha hecho de vez en cuando la prensa.

 

¿Quería usted señor, que el pueblo potosino, que fue uno de los que más contribuyeron con su sangre y sus recursos a dar fin en Querétaro a la intervención extranjera, fuera tan sufrido que tolerara todo eso sin dar señales de vida? En tal caso ya no sería abnegado y humilde, sino degradado y abyecto.

 

Esas consideraciones, como expresé a usted en mi carta anterior, lo mismo que la de conservar el orden público, fueron las que me estrecharon a aceptar esta situación, difícil, es cierto, pero justa y legítima, porque el pueblo ha hecho uso de una soberanía que todos los republicanos hemos reputado siempre como inalienable.

 

Ahora bien. ¿Cree usted que sería noble, que sería conveniente para mi reputación, que sería siquiera disculpable, el que después de haber recibido de las mismas manos del pueblo el depósito sagrado de su autoridad, le dijera uno de estos días: te abandono a tu suerte, sigue siendo oprimido por tus verdugos pues no tienes justicia ni derecho ni razón para sacudir tus cadenas? ¿podría hacer yo esto, señor? no, mil veces no, porque tras un procedimiento tan poco decente, tan cobarde mejor dicho, el más grande ridículo me seguiría por todas partes, junto con las maldiciones de mis mismos amigos.

 

Me hace usted presente, señor, que el único medio que hay para que no llegue a ensangrentarse esta cuestión, será arbitrar el modo de que se repongan las cosas al estado que tenían antes del día 15. Tengo el pesar de exponerle que esto es verdaderamente imposible; usted, con su elevado talento, comprenderá cuál sería el papel despreciable y degradante que vendrían a representar los que han tenido aun el participio menos directo en el cambio que se ha operado.

 

Si antes de los sucesos que nos ocupan y en presencia de las fuerzas federales, estaba abolida de hecho toda consideración a los amigos del sistema republicano, ¿qué sería de San Luis Potosí, si se inclinara pacientemente ante sus antiguas autoridades que se creerían favorecidas y sostenidas por toda la influencia y por todo el poder de la federación?

 

Pero, sobre todo ¿quién tendría la suficiente energía, la suficiente fuerza, el magnetismo, por decirlo así, de arrastrar a todo un pueblo a deshacer su obra y a presentarse desarmado y obediente ante el aparato de gobierno que antes había derribado? Yo, por lo menos, no me siento capaz de arriesgar un paso semejante y considero que no encontraría ningún arbitrio, aunque lo buscara, para obrar en el sentido que usted me indica.

 

Me es, pues, doloroso repetir a usted que está fuera de lo posible el retroceder respecto de lo que se ha hecho en este estado; pero sí creo que usted y sus dignos consejeros encontrarán un extremo cualquiera que, sin ajar en lo más mínimo la dignidad del pueblo poto-sino, sin menoscabar el honor de los que hemos aceptado esta situación y sin chocar con el ejercicio de la soberanía de los estados, garantizada por la Constitución, evite el que se derrame, otra vez más, inútilmente, la sangre mexicana.

 

Entretanto me es satisfactorio repetirle a usted mis protestas de particular cariño, como su muy adicto y muy obediente servidor que besa su mano.

 

Francisco Antonio Aguirre

 

Fuente:

 

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.