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Siglo XIX > 1860-1869 > 1869

El gran baile del teatro nacional en honor a Seward.
México, diciembre 18 de 1869

Después de las revistas que, a propósito del magnífico baile que se dio en el gran teatro nacional en honor de Mr. Seward, se han publicado en diversos periódicos de México, sería inoportuno y aun atrevido de nuestra parte publicar otra de nuestra pobre pluma.

 

Se ha hablado ya del lujo y buen gusto con que fueron decorados el vestíbulo y el salón del soberbio edificio, como que tal trabajo se encargó a Manuel López Meoqui, cuya habilidad y excelente gusto son harto conocidos en México para que necesiten más elogios. Se ha dicho ya que la concurrencia fue numerosísima y escogida.

 

Nosotros agregamos que, a pesar de los augurios de algunas personas exacerbadas por el recibimiento hecho al eminente republicano de los Estados Unidos, en la concurrencia notamos a personas de todos los colores políticos, y a centenares pudimos contar a las que pueden llamarse aristócratas, no sólo por su opulencia, sino por sus antiguos títulos de nobleza y por su elevada posición social.

 

En cuanto a señoras, pocas veces México ha visto a tantas y tan hermosas reunidas en sus salones. Verdaderamente se deslumbraba uno y si hay alguien que por haber estado en las regias reuniones de los monarcas en París, en Londres, en Viena o en Madrid, mueva los labios con desdén, nosotros, pobres mexicanos que no hemos tenido semejante dicha, declaramos no necesitarla, contentándonos con haber visto a tantas hermosas hijas de México, a tantas mujeres divinas como encerró en su dorado seno el gran teatro en el baile dado a Mr. Seward.

 

Los hipocondríacos, enemigos de todo lo que pasa bajo el sistema de la república, han visto con positivo pesar que lo más granado, que lo más distinguido de la capital haya concurrido a esa gran fiesta; pero así pasó, y no es culpa nuestra si las lindas mexicanas no han hecho maldito el caso de las execraciones y de los anatemas lanzados anticipadamente por los que no quisieran que hubiese ni alegría, ni expansión, ni música siquiera, rigiendo las ideas liberales.

 

El baile fue espléndido. Muy pocas familias del círculo más distinguido faltaron, y eso por circunstancias especiales, por cuidados íntimos o por estar de duelo, ninguna por animadversión al gobierno nacional ni al ilustre huésped, que cogido entre ojos por unos cuantos partidarios de la monarquía, es festejado y recibido como conviene a la proverbial hospitalidad mexicana, por todas las clases de la sociedad.

 

Como lo hemos dicho, ya el barón de Gostkowski y Alfredo Torroella han hecho una descripción minuciosa del baile en sus respectivas revistas, que hemos creído conveniente reproducir, para que los lectores de El Renacimiento las puedan saborear.

 

Nosotros sólo consagramos aquí unas cuantas palabras, que desearíamos que fueran esencia de rosas, o incienso de Arabia, para presentarlas como un homenaje a los pies de la diosa de la danza habanera.

 

¿Sabéis quién es esta diosa, de quien habla también Gostkowski, y que ha dejado hondos recuerdos en un centenar de admiradores?

 

Pues es una joven veracruzana de dieciséis a dieciocho años, más bien pequeñita que alta, muy linda, de ojos negros, vivaces y ardientes, de boca encarnada y risueña, que deja ver dos hileras de dientes deslumbrantes por su blancura, de talle esbelto y cimbrador y de pies de hada.

 

Cuando nosotros comenzamos a observarla, bailaba con ella Manuel Rincón, el poeta y diputado, que por ser también un famoso danzador, hacía lucir a la pequeña diosa todos sus encantos en el delicioso baile.

 

Había entonces en medio del salón un gran grupo de muchachos expertos, peregrinos un poco fatigados en el viaje de la vida y que componían, por decirlo así, un jury muy exigente. Para ellos la belleza común, la belleza de la forma no tenía atractivos. ¡Han recorrido tanto el mundo!

 

¡Han visto ya en Europa y América tantos ejemplares de hermosura plástica con que la naturaleza ha embellecido a la humanidad y el genio a las artes, que sus ojos no se detienen ya en todo, sino con una especie de tedio y desfallecimiento.

 

Pero esa noche uno de ellos, un joven muy conocido por su gusto artístico y por su reputación de hombre de mundo, nos llamó y llamó a todos para que contemplásemos un tesoro que acaba de descubrir.

 

Era la diosa.

 

"Vean ustedes, nos dijo, esa danza, y digan si han visto en su vida algo mejor."

 

En efecto, en el cuerpo de esa hechicera joven se agitaba sin duda algún dios desconocido, el genio ardiente de la danza africana, danza de fuego que hace hervir la sangre en las venas, palpitar el corazón, languidecer los ojos y dibujarse en la boca una sonrisa indefinible.

 

Y nosotros estábamos ahí, estáticos, palpitantes, mudos, contemplando a la linda deidad vestida de azul, que inclinaba la frente sobre el hombro de su compañero, y que apenas movía su joyante y negra cascada de rizos que caía sobre sus hombros redondos y blancos como los de una Venus antigua; aquel cuerpo parecía conmoverse a las cadencias de la música y al son del huiro, más bien que por una especie de temblor acompasado que por su movimiento académico.

 

Y luego, como Manuel Rincón parecía trasportado a las regiones ardientes de Veracruz, se separaba un momento del común de los mortales, y la pareja hacía un rodeo singular, que en el país de la danza se llama el cangrejito.

 

¡Oh cangrejito delicioso! bendito seas, y que los siglos venideros te divinicen, como divinizamos hoy las danzas griegas de los funerales de Adonis.

 

La pequeña diosa conoció, y ¿cómo no conocerlo una deidad?, que nosotros éramos sus adoradores, y se dignaba dirigirnos de cuando en cuando una mirada incendiaria y una sonrisa de ángel, inclinándose luego para someterse a la influencia del huiro y de la música de Delgado, que esa noche estrenó algunas danzas que había compuesto para embriagar a la concurrencia de México.

 

Tal fue el baile para nosotros. Se resumió todo lo que hubo de magnífico en él, en la danza de la hermosa y joven hija de Veracruz, que para ser enteramente justos, debemos decir que tuvo una rival, si no a su altura, sí muy próxima, en su hermana D., una rubia que también se atrajo las miradas del jurado aquel de que hemos hecho mención.

 

[…]

 

Ignacio [Manuel] Altamirano

 

Fuente:

 

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.

 

Nota de Jorge L. Tamayo: Se reproduce únicamente la parte relativa al baile ofrecido al ex Ministro estadounidense.