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Llegada de Mr. Seward y su comitiva.
México, diciembre 4 de 1869

El hombre de moda hoy en México es Mr. Seward. Todo el mundo habla de él y de los obsequios que se le han hecho, y todos tienen curiosidad de conocerle, lo cual es muy fácil porque el ilustre viajero recorre diariamente nuestra capital visitando los monumentos públicos, los establecimientos industriales y los pintorescos alrededores de la ciudad.

 

Mr. Seward es un venerable anciano de setenta y cuatro años, de constitución poco robusta aparentemente, pero que bien observada manifiesta un gran vigor todavía.

 

Su andar es seguro, sus movimientos fáciles, y a pesar del gesto grave que caracteriza la fisonomía de todo norteamericano, se nota en su semblante la vivacidad de la juventud. Su conversación es amena, fluida e instructiva.

 

Manifiesta, en todo, conocer a fondo nuestra historia y nuestro carácter; hay profundidad en sus juicios sobre los acontecimientos, bondad en sus apreciaciones sobre los hombres; pero, sobre todo, rectitud de principios y una energía varonil e incontrastable en sus opiniones republicanas.

 

Se conoce desde luego al estadista que ha dirigido por tanto tiempo los negocios políticos de su país, que ha defendido con tesón los intereses de la América, que ha sido uno de los sostenedores de la guerra más grande que ha conmovido al nuevo continente, y que ha impuesto a la Europa con su actitud y sus resoluciones.

 

El espíritu de este anciano es la personificación del espíritu de ese pueblo norteamericano, firme, positivo, progresista, poderoso. Vienen con frecuencia a México viajeros europeos, cuyos juicios frívolos y desacertados sobre nuestras cosas y sobre la América en general, da grima oír.

 

¡Cuán difícil es encontrar entre todos ellos un hombre que piense como el gran barón de Humboldt, y que examine nuestro pueblo con esa profundidad de miras y con esa despreocupación que han inmortalizado los estudios del sabio alemán!

 

Pero Mr. Seward, que ha viajado tanto, que conoce muy bien los pueblos europeos, que ha podido comparar los diversos caracteres de ellos y que ha estado siempre consagrado a los intereses americanos, juzga de muy diverso modo que las grullas sabias que nos envía el viejo mundo de cuando en cuando, y que han contribuido en gran manera, con sus patrañas, a extraviar la opinión de aquellos pueblos sobre nosotros. Mr. Seward, antes que todo, es americano y liberal, y profesa como un dogma la doctrina de James Monroe.

 

Lo acompañan algunos personajes distinguidos: Mr. Fitch, su amigo de la niñez; su hijo Federico que ha sido su compañero en los trabajos de gabinete, así como en el grave peligro que les hizo correr la mano alevosa de los asesinos que sacrificaron al ilustre Lincoln y, por último, Mr. Alberto Evans, un notable escritor y periodista, altamente simpático e instruido, que se propone escribir un libro sobre México tan luego como llegue a los Estados Unidos.

 

Los obsequios al anciano ex ministro han abundado en estos días.

 

La compañía franco-americana que trabaja en el circo Chiarini le dedicó una de sus funciones, que estuvo concurridísima, y en la que los Bell y Buislay se esmeraron en sus trabajos.

 

Al entrar Mr. Seward al edificio, que se hallaba espléndidamente iluminado, el público, no sólo del patio, sino también de las galerías, le saludó con un aplauso universal que duró algunos minutos.

 

[…]

 

El miércoles de la semana pasada el Presidente de la República invitó a Mr. Seward a pasar un día de campo en el hermosísimo bosque de Chapultepec.

 

Esta manifestación era enteramente privada, y en agradecimiento de las consideraciones personales y afectuosas que el ministro americano prodigó a la familia del señor Juárez en los Estados Unidos.

 

Así pues, a esta reunión sólo fueron invitados los ministros de Estado, sus familias, la del señor Seward y su comitiva, y algunos amigos privados.

 

La apreciable familia del Sr. Juárez hizo los honores con esa exquisita finura, amabilidad y sencillez que le son características, y que les atraen el cariño y el respeto de cuantos la tratan.

 

Mr. Seward parecía contentísimo en aquel bosque magnífico, y admiró por largo tiempo, desde las alturas del Castillo, el panorama encantador que presentaba el valle de México por todas partes.

 

Todo el mundo conoce el histórico y soberbio bosque de Chapultepec, tan célebre en nuestros anales antiguos y modernos; se sabe también que Maximiliano, con el objeto de hacer de él su mansión favorita, hizo reposiciones al edificio, y le decoró con muy buen gusto.

 

Así es que para una reunión como la del miércoles, Chapultepec es un lugar sin rival en los alrededores de México; y Mr. Seward aseguró que conocía muy pocos sitios en el mundo que pudieran sostener una comparación razonable con nuestro célebre bosque.

 

El banquete fue suntuoso y exquisito. Lo sirvió Omarini. Reinaron en él la cordialidad y la alegría y su carácter íntimo desterró de él esa reserva que aun en el mayor entusiasmo se nota en los banquetes oficiales.

 

El Sr. Juárez pronunció el primer brindis, manifestando su agradecimiento al hombre que durante la lucha con Francia en México, y en los momentos en que la suerte nos era adversa, había sabido tratar con una distinción y un afecto extraordinario a la familia del que luchaba aquí en la desgracia, defendiendo la independencia nacional.

 

Mr. Seward contestó largamente, manifestando su profunda simpatía hacia el digno Presidente de la República Mexicana, hacia uno de los hijos beneméritos de la América, a quien debían tanto la libertad y el progreso.

 

Dijo que los respetos y consideraciones que tuvo la fortuna de tributar a la virtuosa y amable familia del Presidente, no eran sino el cumplimiento de un deber sagrado para todos los que estimaban los servicios de los patriotas americanos, y que se complacía en ver que hoy, después de sus sufrimientos del destierro, disfrutaban ya de la calma y de la dicha a que sus virtudes la habían hecho acreedora.

 

Después habló de la república, del porvenir de la América, y dijo: que desde niño se había enseñado a creer que la libertad era el único sistema que podía regir en el nuevo continente, y que había confirmado en el curso de su vida aquella creencia. Dijo, en fin, muchas y muy buenas cosas que no recordamos, pero que provocaron el entusiasmo de la reunión.

 

Brindaron también los Sres. Saavedra, Romero, Balcárcel, Arias, Contreras Elizalde y otros, y concluido el banquete la concurrencia pasó a los salones, donde al son de una magnífica orquesta se bailó un poco, hasta que al anochecer los convidados se retiraron a México.

 

El sábado último tuvo lugar en el Palacio Nacional el gran banquete de 400 cubiertos en honor de Mr. Seward. El inmenso salón de embajadores fue el señalado para el efecto, y el aspecto que presentaba esa noche era soberbio.

 

Las paredes decoradas con los retratos de los héroes mexicanos, entre los cuales se veía el del padre de los Estados Unidos; centenares de candelabros alumbraban el salón, entre los que son de contarse los magníficos de plata que estaban colocados en las mesas.

 

Una orquesta muy buena, dirigida por el maestro Melesio Morales, ejecutaba piezas escogidas. El público conoce ya, por haberlos reproducido los periódicos, los brindis pronunciados en esa noche solemne.

 

Los pronunciaron el Presidente de la República, los ministros de Relaciones, de Gobernación, el vicepresidente del Congreso, el magistrado Lafragua, el diputado Rojo, en nombre del Distrito Federal, y otros muchos.

 

Nuestro amigo Santacilia dijo cuatro palabras pero que por su significación reproducimos y que fueron acogidas con nutridos aplausos por mexicanos y norteamericanos. Helas aquí:

 

Señores:

 

Se ha brindado ya invocando la memoria venerada de Washington, que representa en la historia del progreso democrático el gran principio de la emancipación colonial.

 

Se ha brindado también invocando el nombre imperecedero de Lincoln, que representa en la historia de la humanidad y del cristianismo el gran principio de la abolición de la esclavitud.

 

Yo vengo a invocar otro recuerdo, proponiendo un brindis de gratitud a la memoria de otro hombre que también representa un gran principio en la historia gloriosa de nuestros pueblos americanos.

 

Hablo, señores, del eminente estadista, del profundo político, del genio previsor que ha tenido la envidiable fortuna de dar su nombre a esa gran doctrina salvadora del nuevo mundo, y que será en lo sucesivo el verdadero lazo de fraternidad que unirá unas con otras, hasta formar una sola familia, las diferentes nacionalidades republicanas del hemisferio occidental.

 

Brindo, señores, a la memoria de James Monroe; y brindo, además, porque tenga una completa realización práctica el gran principio proclamado por aquel estadista; porque la América sea para los americanos, y porque jamás se mezcle la política europea en los asuntos, sean cuales fueren, que acá se ventilen en nuestro mundo republicano.

 

El ministro de los Estados Unidos, Mr. Nelson, respondió al brindis del Sr. Juárez por el Presidente de la República de los Estados Unidos del Norte, brindando también por el Presidente de la República Mexicana y por la paz y prosperidad de nuestra patria. El discurso del Sr. Nelson fue largo y muy aplaudido.

 

Mr. Seward brindó varias veces, y en todas ellas se manifestó elocuente y buen amigo de México.

 

El Sr. Evans, el escritor americano, brindó también en nombre de la prensa de su patria por nuestro progreso y felicidad.

 

El joven poeta don Justo Sierra recitó unos magníficos versos de los mejores que le haya inspirado su numen ardiente y pindárico. Estos versos provocaron una salva de aplausos entusiastas.

 

Nosotros también dijimos algo en honor de Mr. Seward.

 

El encargado de negocios de la confederación de la Alemania del Norte brindó respondiendo al Sr. Iglesias, ministro de Justicia, que lo había hecho por la Prusia, haciendo votos por la felicidad de México. El pequeño pero entusiasta discurso del representante alemán, fue también muy aplaudido.

 

El banquete se concluyó a las dos de la mañana, y Mr. Seward se retiró conmovido por aquella manifestación.

 

Se prepara un gran baile, en obsequio también del ilustre viajero, que tendrá lugar el jueves de la semana entrante en el Palacio Nacional.

 

Según los preparativos será espléndido, y se ha invitado ya a las familias más distinguidas de la capital.

 

También se preparan algunas funciones de teatro, líricas y dramáticas, en obsequio de Mr. Seward. En fin, él llevará de México un recuerdo agradable.

 

[…]

 

Ignacio [Manuel] Altamirano

 

Fuente:

 

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.

 

Nota de Jorge L. Tamayo: Se reproduce únicamente la parte relativa a la visita de Seward a la ciudad de México.