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Siglo XIX > 1860-1869 > 1869

Ferrocarriles y población. Una carta del general Rosecranz.
Nueva York, diciembre 22 de 1869

El general Rosecranz, con cuya amistad nos honramos, nos escribe de Nueva York una larga carta que contiene ideas sumamente útiles sobre bancos, caminos y otras empresas, a las que está dispuesto a cooperar con su influjo y buenas relaciones en los Estados Unidos.

Copiamos los párrafos conducentes de la referida carta y creemos que serán leídos con interés por todos los mexicanos que deseando conservar intacta la independencia de México y la integridad de su territorio, consideren que al mismo tiempo es necesario procurar su prosperidad por medios adecuados y conformes con los intereses de la república.

El atraer capitales para dedicarlos a empresas industriales y agrícolas y el procurar la formación de verdaderas compañías de caminos de fierro, son cosas que están fuera de toda discusión y que pocas personas dejarán de aceptar; solamente que es necesario hacer todo eso en términos tales que ni las excesivas pretensiones de los concesionarios impidan la ejecución de las mismas obras, ni México ofrezca nunca lo que no esté seguro de cumplir.

Ciertas reglas prudentes, pero francas, de administración, la concentración de todos los ciudadanos a las mejoras materiales y la paz y el orden público, son, los elementos que deben contribuir a que se realicen las indicaciones del señor Rosecranz.

Por lo demás nosotros abundamos en las mismas ideas y reconocemos en él una persona que con una sana y excelente intención, añadida a los conocimientos científicos que tiene como ingeniero, ha juzgado con acierto del país y ha creído, con razón, que un periodo de diez años bastaría para transformarlo completamente, y hacerlo uno de los más dichosos y prósperos de la tierra.

Quiera la providencia, por medios que no alcanza nuestra limitada inteligencia, que lleguemos a ese término en vez de destrozarnos con la guerra civil.

[Carta del Sr. Rosencranz]

Nueva York, diciembre 22 de 1869

De lo que quiero hablar a usted, inspirado por un sentimiento fraternal, es del interesante asunto del desarrollo y prosperidad futura de México, bajo su propia autonomía.

Así como en el cuerpo humano el desarreglo de unas pocas partículas de una fracción diminutiva del peso entero de la materia que lo compone produce las enfermedades más terribles y fatales, es igual lo que sucede en los cuerpos políticos.

Una nación, poseyendo todos los elementos de vida, dé poder y de progreso, por causas comparativamente insignificantes, puede llegar a un estado de languidez y aun de aniquilamiento.

México es un país en el cual la providencia ha desparramado abundantes riquezas y ventajas naturales; pero México ha tenido que sufrir cincuenta años de angustias y discordias.

Con una población, en lo general generosa, hospitalaria, humana y obediente a las leyes, compuesta de una raza que por la conquista y colonización del continente occidental, desde Nuevo México hasta la Patagonia, ha sabido levantar un monumento de su energía y espíritu de independencia, ¿qué hay, que no sea por la violación de las leyes morales y físicas, tan esenciales para la vitalidad de las naciones, que impida a México el marchar adelante en la carrera del progreso y la prosperidad?

Esté usted seguro que las leyes de la vida nacional no son menos vigorosas que las de la vida orgánica. Si se acatan las leyes de la vida orgánica, la planta o el animal crece y florece; si se descuidan, declina y perece. Lo mismo sucede en la vida social y nacional.

En México se necesitan muchas cosas para restaurar la energía vitálica al estado social y político. La sociedad requiere un aumento en el número y las facilidades para la intercomunicación.

El comercio exige el abundante auxilio de capitales, y la industria y la agricultura medios de transportar sus productos con comodidad y rapidez a los puntos de venta o de cambio.

El gobierno de la nación necesita que sus rentas y su crédito público se establezcan sobre bases seguras y racionales. Cuando los mexicanos inteligentes lean esta proposiciones, dirán: "Sí, éstas son nuestras grandes necesidades; pero ¿cómo las podemos llenar?

¿Existe alguna esperanza para nosotros en la generación actual o en la venidera, por distante que sea, sino es que venga de grandes cambios políticos, o acaso del aniquilamiento de la nacionalidad?

Yo respondo que mi opinión es que estas necesidades pueden llenarse y que se podrá afianzar el pronto y próspero desarrollo de México, bajo su propia autonomía, con la enérgica y sincera concurrencia de todos los buenos mexicanos, en asegurar la rápida construcción de caminos de fierro y aquella inmigración industrial que naturalmente atraerán consigo, bajo leyes benignas y amplia protección.

Con un momento de consideración, se convencerá usted del triste aspecto que México presenta a los hombres de empresa, con su falta actual de caminos y medios de comunicación.

Hoy se puede vivir en Nueva York y comunicar y hacer negocios con Mazatlán con mucha más facilidad que desde la capital de México.

De Nueva York se puede ir a Acapulco en menos tiempo que a mí me costó llegar de aquel puerto a vuestra ciudad.

Desde que salí de casa he caminado más de cinco mil millas y de los 24 días de viaje he pasado más de doce en varias poblaciones donde me he detenido.

Días pasados dejé la casa de un hermano mío en Columbus, Ohio, y al día siguiente comí con otro hermano en Nueva York, habiendo viajado una distancia mucho mayor que de Veracruz a Acapulco, vía de México, sin perder siquiera una noche de descanso.

Con el serio auxilio y buena voluntad de los mexicanos, iguales resultados sé podrían obtener en vuestro país dentro de diez años de la fecha. Pero este esfuerzo debe hacerse con toda prontitud, entusiasmo y eficacia.

Que ningún estadista o patriota mexicano vacile en proporcionar cualquier aliciente razonable que pueda ofrecerse para atraer a su país capital para las empresas de ferrocarriles.

Que cuenten como enemigo de su patria y de los intereses individuales de las grandes masas de la población a cualquiera que oponga el menor obstáculo a su establecimiento.

Que recuerden que los alicientes halagüeños para el empleo de capital en este país (los Estados Unidos) exigen una extraordinaria combinación de intereses, simpatías y motivos para atraerlo hacia México.

Toca al Congreso y al gobierno mexicano proveer a estos intereses, a la acción del pueblo despertar las simpatías y el ilustrado patriotismo y espíritu de humanidad a que hay que apelar, para inspirar los motivos que deben concurrir al aseguramiento de tan deseado fin.

Creo que el periódico El Siglo Diez y Nueve, que usted redacta, podría ser sumamente útil al país si se empeñara en reproducir y recomendar al público las ideas emitidas en la presente carta y que pongo a su disposición.

(W. Rosecranz)

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.