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Siglo XIX > 1860-1869 > 1869

Discurso de Seward en la recepción que le ofreció el ministro estadunidense.
18 de noviembre de 1869

Mr. Nelson:

 

Si algún deseo particular hubiera yo podido abrigar sería justamente el que hoy me proporcionáis, ofreciéndome bajo vuestro propio techo el honor de tener mi primera reunión con la distinguida sociedad de esta capital, en la que encuentro miembros eminentes del gabinete y del Congreso de México.

 

El gobierno de México me sorprendió en San Francisco con un bondadoso saludo y apenas había desembarcado en el distante puerto del Manzanillo cuando ya el Presidente me había rodeado de solícitas y hospitalarias atenciones, con cuyo auxilio, lo que en esta inclemente estación hubiera podido ser una ingrata y penosa jornada a través de las majestuosas montañas y valles sin término de este vasto país, se convirtió en un agradable paseo, muy a propósito para observaciones instructivas.

 

Nuestra propia patria, rica y generosa como es, nunca podría brindar a ningún huésped una residencia más cómoda ni más exquisita que la habitación que se me ha preparado para alojamiento en esta famosa y tradicional ciudad.

 

Al mismo tiempo estoy por mil motivos convencido de que esta acogida hospitalaria no ha sido la demostración individual de algunos ciudadanos de México, en lo particular, ni por su carácter oficial, sino del pueblo de México.

 

El gobierno sin duda dio el primer paso; pero las manifestaciones a que me refiero han sido ampliamente interpretadas por los ciudadanos del Manzanillo, Colima, Tonila, San Marcos, Sayula, Techaluta, Zacoalco, Guadalajara, Zapotlanejo, Tepatitlán, [Jalostotitlan], San Juan de los Lagos, León, Guanajuato, Celaya, Querétaro, San Juan del Río, y en cada aldea, pueblo o hacienda que he atravesado.

 

Por otra parte, Mr. Nelson, sabéis que no abrigo la presunción de que esas manifestaciones las debo a mi carácter individual. Ellas son una caballerosa y noble cortesía con que el gobierno y el pueblo de México obsequian al gobierno y al pueblo de los Estados Unidos.

 

Mi único mérito en este asunto consiste en que me fue dado contribuir con mi humilde cooperación a establecer, en un momento de prueba y de dificultades, y después de muchas desagradables dificultades, una alianza moral, justa, recíproca y benigna entre las dos grandes repúblicas americanas; alianza moral que invita a ingresar en ella a todas las repúblicas que hoy existen o que han de existir en lo futuro, y que por lo tanto constituye un presagio de independencia, paz y libertades civil y religiosa para todo el hemisferio americano.

 

Es justo y conveniente que esta explicación se dé aquí bajo vuestros propios auspicios, y que la trasmitáis, si fuere conveniente, al pueblo americano.

 

Señores mexicanos y americanos:

 

Esta reunión es puramente social. Aunque comprendo que yo debería ser lacónico, sin embargo sería inoportuno hablar o pensar de otro modo que como patriotas y estadistas.

 

México, que tiene el derecho de su soberanía e independencia, por el ejercicio de su propia voluntad, estuvo por mucho tiempo atormentado por facciones domésticas, y agitado por la guerra civil, hasta que su magnífico territorio se convirtió al fin en el sangriento teatro de una audaz y desesperada intentona de conquista y dominación extranjera.

 

Acaba justamente de concluir esa larga tragedia, y no sólo vuestra mente, sino la mía, y la de todos los hombres pensadores del mundo, se hallan ocupadas de un solo pensamiento.

 

¿Cuál será el porvenir de México?

 

Hasta hoy, juzgando solamente por los datos históricos y su situación actual, he abrigado esperanzas respecto a los destinos de México. Hoy me encuentro aquí para convencerme por la observación práctica, del fundamento de mis esperanzas.

 

También estoy dispuesto a confesar, más que nunca, esas esperanzas.

 

Los hombres muy a menudo imaginan que la providencia permite que las naciones se levanten, florezcan o se hundan, por el solo ejercicio de sus propias virtudes, ambiciones o caprichos, o de las ambiciones, caprichos o virtudes de los estados que las rodean.

 

La verdad es, sin embargo, que la civilización produce en todo tiempo conforme a leyes benéficas y con una fuerza y precisión lógicas. Las ideas que prevalecían entre los hombres de los siglos XV, XVI, XVII y XVIII, eran tres:

 

La primera, que la moralidad y la virtud sólo podían conseguirse por medio de la disciplina eclesiástica.

 

La segunda, que la paz, el comercio y la ciencia sólo podían afianzarse por medio de una sumisión implícita a un gobierno monárquico hereditario.

 

La tercera, que todo Estado monárquico podía y debía legalmente engrandecerse por medio de guerras agresivas y conquistas.

 

México fue descubierto, organizado y gobernado por España, conforme a esas tres ideas. Cubierto está su suelo de reliquias monumentales que prueban demasiado el éxito con que España impuso aquí la lógica de los siglos en que floreció y dominó.

 

La lógica del siglo XIX y de no sé cuantos siglos venideros, si no me engaño, es una completa y expresa contradicción con la que prevaleció en México hasta antes de su revolución.

 

Esta última lógica consiste en tres grandes ideas.

 

La primera, que la moralidad y la virtud se han de conseguir merced al libre ejercicio de las conciencias particulares de los hombres.

 

La segunda, que no puede benéficamente ejercerse autoridad política, ni la tolera sin peligro el pueblo de ninguna nación, a menos que esa autoridad no derive directamente del propio pueblo, y que él continuamente la ejerza.

 

La tercera, que ninguna nación tiene derecho de intervenir ni ejercer protección o gobierno en ningún país extranjero.

 

En los Estados Unidos y en algunos otros países, esta lógica ha prevalecido y está prevaleciendo más rápida y pacíficamente de lo que hasta la fecha ha prevalecido en México, pero por la sola razón de que en aquellas comarcas encuentra una resistencia menos obstinada.

 

El hecho, sin embargo, de que tras de una dura prueba de sesenta años, México es un Estado independiente, libre, federal, representativo y republicano, con una Constitución y leyes idénticas, demuestra que la nación mexicana se halla en completa armonía con la lógica del siglo.

 

Lo que falta, lo que únicamente le falta a México, es desarrollar sus recursos y perfeccionar su prosperidad y bienestar domésticos, como los Estados Unidos y las demás naciones que han aceptado la misma lógica lo están haciendo o lo han hecho ya.

 

Comprendo que esta grande obra necesita el establecimiento de la ley, del orden, de sociedades y corporaciones rurales, de una educación universal, del comercio libre dentro de los límites de la república, y de un comercio liberal con las naciones extranjeras.

 

Pero al mismo tiempo veo que existen aquí todos esos elementos y los agentes necesarios, aunque sus resortes están debilitados por la desconfianza que aún existe de la continuación de la paz.

 

Estoy completamente seguro de que esa desconfianza es infundada; estoy perfectamente persuadido, en vista de la experiencia recientemente tenida, que de hoy en adelante todas las naciones extranjeras desearán cultivar la paz con México, y que los antiguos errores no han dejado raíces de disgustos que pudieran brotar de nuevo para producir el sangriento fruto de la guerra civil.

 

Un pueblo que ha hecho y que ha sufrido tanto para ser libre, independiente y próspero, es capaz de hacer lo que aún falta para asegurar el destino a que aspira. Estamos en el siglo en que ninguna nación que ha aceptado este espíritu ha tenido mal éxito.

 

El continente americano se halla en toda su extensión penetrado de él, y el buen éxito, aunque en algunos casos puede ser menos rápido que en otros, es, sin embargo, seguro.

 

En ese buen éxito me parece que no sólo veo un seguro progreso civilizador en el continente americano, sino el presagio de un nuevo adelanto en la civilización universal.

 

(18 de noviembre de 1869)

 

[William H. Seward]

 

Fuente: 

 

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.