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Siglo XIX > 1860-1869 > 1866

El procurador general de los Estados Unidos da su opinión sobre los movimientos del Río Bravo.
Washington, 16 de noviembre de 1866.

Honorable Robert McClelland, secretario del Interior

Señor:

La nota de usted de esta fecha, con que me comunica una cláusula de la minuta del informe que se proponen dar los comisionados para determinar los límites entre la República Mexicana y los Estados Unidos, da lugar a la siguiente cuestión de derecho público:

Una parte de los límites la forma el Río Bravo que está sujeto a cambiar su curso de dos maneras; 1º por el aumento gradual de una de sus riberas acompañado en muchos casos de una disminución correspondiente en la ribera opuesta; y 2º por la acción más violenta del agua, que deja su cauce actual abriéndose uno nuevo en otra dirección.

Cuando se verifica alguno de estos cambios en el lecho del río ¿cambia también la línea divisoria o permanece la misma donde se halla la corriente principal del río, según la representan los mapas adjuntos al informe de los comisionados?

La contestación a esta pregunta depende en parte de los términos del tratado que fijó la línea divisoria entre ambas repúblicas que, en lo conducente a esta cuestión, determina que la línea que comienza en el Golfo de México, a tres leguas de la tierra enfrente de la boca del Río Grande, continuará desde allí por en medio del río hasta cierto punto.

Dispone además el tratado que unos comisionados elegidos por los dos gobiernos, determinarán y marcarán en la parte de tierra la línea estipulada, la que una vez convenida y establecida por ellos será fielmente respetada, sin variación alguna, a no ser por expreso y libre consentimiento de entre ambas repúblicas.

Si la cuestión se versara sobre las porciones del límite que corren sobre paralelos de latitud, o en línea recta de punto a punto, es claro que los monumentos erigidos por los comisionados o la línea como se fija en otras partes por medio de palabras descriptivas y refiriéndose a objetos naturales o por medio de los mapas y diseños de los comisionados, sería cosa concluyente en cualquier tiempo a virtud de las estipulaciones del tratado.

Esa sería la línea convenida y establecida, aun cuando resultara después, que, por error en los cálculos o en las observaciones astronómicas, se separaba del paralelo de latitud, cuando la línea se refiriera a él o en otras partes no formara exactamente línea recta.

Así es que, si en otras porciones del límite que se refieren a los ríos Gila y Colorado hubiera controversia sobre la identidad de uno de ellos - como sucedió en los límites del nordeste de los Estados Unidos, cuestionándose en aquella ocasión cuál era la verdadera St. Croiz- también en ese caso sería concluyente en todo tiempo, según el tratado, la determinación del punto por los comisionados.

Pero la cuestión actual es diferente y para (su) solución depende, en parte, de otras consideraciones.

En este caso, el límite no es una línea astronómica o geográfica sino un objeto natural definido por el tratado y aquí no hay equivocación entre dos objetos naturales distintos, a cada uno de los cuales convengan las palabras descriptivas de la estipulación.

Se trata del Río Bravo que tiene un curso tan definido y casi tan falto de tributarios y de ramales en su corriente principal, como le sucede al Nilo.

Este es un hecho que no pueden modificar ni los reconocimientos ni los informes.

Sin embargo, los principios establecidos del derecho público, vienen aquí (a) fijar la cuestión en todas sus relaciones.

Los respectivos territorios de los Estados Unidos y la República Mexicana son arcifines, es decir, territorios separados, no por una línea matemática sino por objetos naturales de una extensión natural indeterminada, los cuales, por sí solos, sirven para contener -to keep off- al enemigo.

Tales son las montañas y los ríos [Grocio de Barbeyrac, libro 11, capítulo 3, s. 16 y sexta; Areci Grotius Ilhestratus, ibid].

Cuando un río es límite entre dos territorios arcifines, los cambios naturales a que está sujeto o que su acción puede producir en la superficie del país, dan margen a varias cuestiones según los acontecimientos físicos que ocurren y la relación previa del río con los respectivos territorios.

La hipótesis más sencilla que cabe en la cuestión, es la de que el río pertenezca por convenio igualmente a los dos países, dividiéndose sus pertenencias de uno y otro lado por el filum aquoe o sea la medianía del canal que forma la corriente.

Este es el hecho en nuestro caso.

En tales circunstancias, cualesquiera cambios que ocurran en una u otra ribera, acrecentándose una o disminuyéndose otra; esto es, por la accesión gradual y casi insensible o por la abstracción de partículas, el río, según su curso, continúa siendo el límite.

Con el tiempo un país puede perder un poco de su territorio, ganando un poco el otro; pero las relaciones territoriales no pueden alterarse por estas mutaciones imperceptibles en el curso del río.

El aspecto general de las cosas permanece sin cambiarse y la conveniencia de dejar que el río desempeñe el mismo papel, a pesar de estos cambios insensibles en su curso o en una y otra orilla, sobrepuja al inconveniente que resienta la parte que sufriera un detrimento que es gradual, no puede apreciarse en lo sucesivo.

Mas si el río abandonando su lecho primitivo se abre violentamente un nuevo cauce en otra dirección, la nación por cuyo territorio se precipita sufre, por la pérdida de territorio, un perjuicio mayor que el bien que importe la conservación del límite natural del río y la línea divisoria permanece en el lecho que el río ha abandonado.

Porque así como un pilar de piedra constituye un lindero, no porque es piedra sino por el lugar en que se halla, así también un río es límite entre dos naciones, no porque es agua corriente con cierto nombre geográfico, sino porque corre en cierto cauce y dentro de determinadas riberas que son los verdaderos límites internacionales.

Tal es la regla recibida en derecho de gentes según la asientan los autores más acreditados [Sec. ex. gr. Puffend, Jus. Nat. Lib. IV, cap. 7, s. II; Gundling, Just. Nat. p. 248; Wolff, Jus. Gentium, ss. 106-109; Vattel, Droit des Gens, lib. 1, cap. 22 ss. 268-270; Stypmanni, Jus Marit, cap. V, ss. 476-552; Rayneval, Droit de la Nature, tomo I, pág. 307; Merlin Répertoire ss. voc. alluv.].

Pudiera multiplicar las citas sobre este punto de libros de derecho público.

Mas para que, ya sea los Estados Unidos o la República Mexicana, quien quiera se sintiese desagradablemente afectado por la aplicación de esta regla se reconcilie enteramente con ella, me parece conveniente manifestar que está de acuerdo con el derecho común de ambos países.

Antes, sin embargo, aduciré como autoridad para los juristas y estadistas mexicanos una cita de las obras de derecho internacional de la autoridad más respetable en España y la América española.

Don Antonio Riquelme asienta esta doctrina -aquí siguen traducidos al inglés dos pasajes del Derecho Internacional de dicho autor, tomo I, pág. 83.

El primero que comienza; "Cuando un río cambia su curso" hasta las palabras "predispone y consuma".

El segundo: "Pero cuando el cambio, etc.".

Don Andrés Bello y don José María Pando, asientan esta doctrina en las mismas palabras: Sigue un párrafo que dice lo mismo con casi idénticas palabras y al fin esta cita: "Bello, Derecho Internacional, pág. 38; Pando, Derecho Internacional, pág. 99".

Almeda se refiere al mismo punto brevemente, pero en palabras decesivas -se traducen las palabras citándose al autor en su Derecho Público, tomo I, pág. 199.

Dejando ya las autoridades de esta clase, veamos lo que dicen los que discuten la cuestión en sus relaciones con los derechos privados y como doctrina de jurisprudencia municipal.

La doctrina nos vino de las leyes romanas.

[Justinian, Inst. Lib. II, tít. I, ss. 20-24; Dig., Lib. XII, tít. I, L. 7: see. J. Voet ad Pandect, t. I, pág. 606-607; Heinec Recit, lib. II, tít. 2, ss. 358-369; Struvii Syntag, ex. 41 cap. 33-25; Bowyer's Civil Law ch. 14.].

Don Alfonso la trasladó del derecho civil a las partidas [1. 31, tít. 28, partida 3.

Así llegó a ser una doctrina elemental del derecho español y del mexicano -Álvarez.

Instituciones, lib. II, tít. 1, sec. 6; Asso Instits. p. 101; Gómez de la Serna, Elementos, lib. II, tít. 4, sec. 3, núm. 2; Escriche Dic. s, voces Accesion Natural, Aluvión, Avulsión; Febrero Mexicano, Tomo I, pág. 161; Sala mexicano edic. 1845, tomo II, pág. 62].

La misma doctrina partiendo del propio origen se abrió paso, por medio de Bracton, a la legislación de Inglaterra y luego de los Estados Unidos [Bracton de Legg. Angliae, lib. II, cap. 2, fol. 9; Blacks Comm, vol. II, pág. 262; Woolrych on Waters, p. 34; Angell on Water Courses, ch. 2; Lynch V. Allen, 4 De & Bat N.C.R. pág. 62; Murry v. Sermon, I Hawks, N.C.R. pág. 56; The King v. Lord Scarborough, III, B & C, p. 91; S. C. II Bligh N. S., pág. 147].

Tal es, sin controversia posible, el derecho público de la Europa moderna y de América; y tal es también el derecho municipal de la República Mexicana y de los Estados Unidos.

Por tanto, a mi juicio, el tenor del informe de los comisionados, en la cláusula que se ha sometido a mi examen, está en sustancia arreglado y si hubiera de modificarse para darle una absoluta exactitud, esto se obtendrá insertando alguna palabra o frase en que se reconociera la distinción que existe, en derecho, entre cambios graduales del curso de un río por accesión insensible y cambios que acaecen por la absoluta mutación de ese curso, produciendo separación de tierra de uno a otro territorio o abriendo parcialmente un nuevo cauce en uno u otro territorio; lo que se indica puede ocurrir en alguna parte del curso del Río Bravo.

Tengo la honra de ser muy respetuosamente.

Caleb Cushing

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.