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Siglo XIX > 1860-1869 > 1864

Protesta el nuncio porque se desea hacer recaer sobre el Papa la responsabilidad de la crisis.
México, 29 de diciembre de 1864.

A S. E. el señor ministro de Negocios Extranjeros

Excmo. señor:

La carta de S. M. el emperador al señor ministro de Justicia, publicada en el Diario Oficial del 27, relativa a la cuestión pendiente entre la Santa Sede y el gobierno mexicano que S. M. se propone resolver sin el concurso de la autoridad de la Iglesia, me pone en la triste necesidad de dirigir a V. E. este nuevo oficio, para protestar contra algunas expresiones inexactas e injuriosas al sumo pontífice y a su gobierno.

Antes de someterlo a la rectitud de V. E. estimo oportuno, para mayor claridad, exponerle el verdadero objeto de mi misión.

V. E. sabe bien que yo he hecho conocer al gobierno imperial de palabra y por escrito, que mis instrucciones eran en todo conformes a la carta del santo padre al emperador, la cual hasta aquí ha permanecido oculta al público.

He agregado que la misión que me ha confiado S. S. era, en primer lugar, la (de) procurar la derogación de la misma Ley de Reforma y de todas las otras aquí existentes todavía y contrarias a los sagrados derechos de la Iglesia; de reparar los agravios hechos a la misma; de reclamar el restablecimiento de las órdenes religiosas, la restitución de los templos y de los conventos, así como de los bienes eclesiásticos arrebatados o existentes y, finalmente, la plena libertad de la Iglesia en el ejercicio de sus derechos y de su sagrado ministerio.

Cuando se me presentó por el gobierno imperial un proyecto de nueve artículos contrario a la doctrina, a la vigente disciplina de la Iglesia y a los sagrados cánones, con tendencia a despojar a la Iglesia de todos sus bienes, de su jurisdicción, de sus inmunidades y hacerla en todo dependiente y esclava del poder civil, cosas todas ya condenadas por el romano pontífice, en dos alocuciones consistoriales, de 1856 y 1861, he contestado francamente que no tenía instrucciones para tratar sobre tales bases inadmisibles y he probado, sin réplica, que el santo padre no podía darme instrucciones sobre las mismas: primero, porque no debía suponer jamás que se propusiesen por el gobierno imperial; segundo, porque éste nada había promovido, ni con la Santa Sede ni con el eximio episcopado mexicano, el cual tenía, por el contrario, otras esperanzas y lisonjeras promesas.

Si, pues, el gobierno imperial ha tenido oculto hasta el último momento, este deplorable proyecto ¿cómo podía sorprenderse de que el nuncio de la Santa Sede no tuviere instrucciones a propósito?

Y aquí V. E. permítame rechazar, con el respeto que merecen, pero con la franqueza que debo, las expresiones de la carta imperial, que dicen:

"A este fin procuramos, cuando estuvimos en Roma, abrir una negociación con el santo padre y se encuentra ya en México el nuncio apostólico; pero con extrema sorpresa nuestra ha manifestado que carece de instrucciones".

Esto es tanto como decir y querer persuadir al católico México de que sobre el santo padre debe recaer toda la responsabilidad de la inconcebible determinación de obrar en materias eclesiásticas tan importantes sin el concurso necesario de la autoridad espiritual.

No podrá comprender, quien tenga sentido común, que la cabeza venerable de la Iglesia, conociendo las ideas y el proyecto del gobierno imperial, enviase un nuncio suyo para sancionarlas o enviándolo no le diese las instrucciones oportunas.

Mas, increíble es todavía que, habiendo escrito una carta el santo padre al emperador, en que le habla acaloradamente de los males ocurridos a la Iglesia mexicana, le indica los remedios para curarla y los medios de restituirla a su antiguo esplendor, no pronuncie una palabra sobre las graves injurias que el nuevo proyecto causaría a la Iglesia, ya tan atormentada.

Y ¿a quién se querrá hacer creer que un soberano enviase un representante suyo a una corte, para tratar de negocios tan importantes y le dejase enteramente privado de las instrucciones necesarias?

Protesto, pues, contra cualquiera expresión o insinuación que tienda hacer caer sobre el sumo pontífice la más ligera responsabilidad por cuanto pueda hacerse aquí, que sea contrario a la Iglesia y a sus derechos.

Afirmo que S. S., su gobierno y el nuncio no han tenido jamás conocimiento de proyectos o resoluciones que, en vez de calmar las conciencias timoratas y de restituir la paz a los espíritus, producirían mayores perturbaciones y angustias.

Con este motivo, tengo el honor de renovar a V. E. las seguridades de mi más distinguida consideración.

México, 29 de diciembre de 1864.

El nuncio apostólico

Pedro Francisco

Arzobispo de Damasco

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.