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Siglo XIX > 1860-1869 > 1864

Carlota trina contra el nuncio y el teniente coronel Boyen.
Chapultepec, diciembre 27 de 1864.

A V. M. la emperatriz Eugenia

Señora y muy querida hermana:

He recibido con gran placer la amable carta de V. M. del 16 de noviembre y espero que vuestro interés por la hija de Mr. Corta determinará a éste regresar pronto, pues tenemos tanta necesidad de él como del pan cotidiano y estoy segura de que en el juicio final habrá que rendir pesadas cuentas si no viene a hacer aquí el bien al que está llamado.

Soy muy sensible a la rapidez con que el emperador accedió a mi demanda por los soldados franceses; me había permitido esta observación para no perder tiempo esperando el regreso de quien corresponde.

El emperador Maximiliano ha escrito al emperador Napoleón comunicándole todo lo que se ha hecho o bosquejado en estos últimos tiempos.

No quiero que VV. MM. crean que caminamos como los cangrejos y, sin embargo, viendo la cosa desde Europa, no me extraña que piensen así, pues quizás, en su lugar, yo misma lo haría.

No hay que perder de vista que si nos ocupamos de detalles es por llenar los intervalos inevitables entre la solución de las grandes cuestiones que no se resuelven y que sólo pueden resolverse muy lentamente.

En las naciones civilizadas existe un órgano que responde a todas las presiones del poder; se toca como en un clavicordio y se tiene el sonido requerido, pero aquí se lo podría aporrear todo el día y es como un piano mudo y la ejecución de una orden no pasa del papel en que ha sido consignada.

No se trata, entonces, solamente de decretar, sino de ver cómo se decreta; cómo se hace y si desde el principio nos obstináramos en que se publicara en las columnas del periódico oficial alguna cuestión vital antes de estar seguros que todo está preparado para su ejecución, sólo se trabajaría para deslumbrar a las personas que en Europa leyeran ese periódico, pero aquí no habríamos avanzado nada.

Es una triste verdad y he ahí la causa de muchos atrasos de los que uno sólo se da cuenta cuando vive en México.

Digo todo esto a V. M. para que se dé cuenta de nuestra posición frente al país.

Creo que si el emperador, con su espíritu superior, estuviese aquí durante media hora, estaría de acuerdo.

Lo que especialmente me ha emocionado en su carta es el interés tan verdadero y me atrevería a decir tan paternal que testimonia al emperador Maximiliano.

VV. MM. saben que en nosotros no quedan atrás el afecto y la gratitud.

Estamos en medio de grandes tribulaciones con el nuncio y, a este propósito, debo decir que mi sentido político me ha hecho equivocar, mientras que V. M. tenía razón.

Jamás hubiera creído posible que frente a los intereses de la religión tan íntimamente ligados a los del concordato, el nuncio pusiera la menor dificultad.

Sin embargo está como loco y el domingo he hecho reír al mariscal diciéndole irreverentemente "que debíamos echar al nuncio por la ventana".

En efecto, es como un cerebro trastornado, con una ceguera y una obstinación increíbles que no pretende nada menos que el país que odia todo lo que es teocracia, desea que se devuelvan los bienes al clero.

Como si a pleno sol nos vinieran a decir que es noche, pero, por desgracia y reconozco que para nosotros, católicos de este siglo, es una humillación, la corte de Roma es así.

Napoleón I emitió sobre el particular apreciaciones de palpitante actualidad y, sin embargo, Pío VII fue un gran Papa que celebró el concordato de 1801.

El emperador, en una entrevista muy franca con el nuncio, le había comunicado las bases del concordato y, según sus respuestas, creía que sobre tres o cuatro puntos no existía divergencia alguna y sobre otros se informaría a Roma.

Como si nada se hubiese hablado y no quiero aquí calificar la actitud del nuncio a quien dos días después se le envía una persona de confianza y le declara que no tiene instrucciones de ningún tipo, ergo, que no hará nada.

Rayos y truenos para todo el ministerio, para el emperador, para mí; se decide en consejo de ministros y el emperador lo comunica al mariscal que queda encantado, que si el nuncio no se rinde se publicará una carta ratificando las leyes de Juárez.

Según el deseo del emperador, quien no quiso verlo después del desmentido dado a las aserciones hechas, al día siguiente, víspera de navidad, hice venir al nuncio y le hablé durante dos horas.

Puedo decir a V. M. que nada me dio una idea más justa del infierno que esta conversación, puesto que el infierno no es otra cosa que un callejón sin salida.

Querer convencer a alguien sabiendo que todo es pura pérdida, que es como si se le hablase en griego porque ve negro donde uno ve blanco, es una tarea digna de un réprobo.

Todo resbalaba sobre el nuncio como sobre un mármol pulido.

Por fin terminó diciéndome que era el clero el que había construido el imperio.

Un momento -le dije-, no fue el clero, fue el emperador el día que llegó.

Le presenté las cosas en todos los tonos posibles, serios, jocosos, graves y casi proféticos; pues me parecía que una coyuntura podía traer complicaciones, quizás hasta una ruptura con el santo trono, para gran detrimento de la religión.

Nada sirvió; sacudió mis argumentos como se sacude el polvo; no puso nada en su lugar y parecía recrearse en el limbo que creaba a su alrededor y en la negación universal de la luz.

Le planteé, entonces, el ultimátum de la carta del emperador y le dije, levantándome: "Monseñor, pase lo que pase, me tomaré la libertad de recordaros esta conversación; nosotros no seremos responsables de las consecuencias; hemos hecho todo por tratar de evitar lo que va a suceder pero, si la Iglesia no quiere ayudarnos, nosotros la serviremos a pesar de ella".

Al día siguiente el emperador mantuvo una conferencia con los ministros de Estado, de Relaciones Exteriores y de Justicia, para la cual citó al arzobispo, al Sr. Lares y me rogó que asistiese.

Nos hizo un informe improvisado, admirablemente claro, sucinto y vigoroso de la cuestión desde su origen; nos dijo cuánto había esperado por deferencia al santo trono y, para terminar, habló de la necesidad de una solución.

Como última tregua, el ultimátum planteado al nuncio fue aplazado hasta el 1º de enero.

El Sr. Lares y el arzobispo temblaban ante la posibilidad de ver renacer la ley Juárez; prometieron hacer todo lo posible para doblegar al nuncio, a pesar de que las respuestas que dio al Sr. Lares fuesen idénticas a las mías.

El ministro de Justicia se ofreció a hablarle otra vez.

Los jefes del partido conservador están por el concordato como única tabla de salvación para evitar las Leyes de Reforma.

No tengo noticias de las últimas tentativas hechas frente al nuncio, pero está claro que no se logrará nada; supongo que se irá.

El emperador recordó con toda fuerza al arzobispo y al Sr. Lares que por medio del concordato hacía concesiones a la religión contra la voluntad de la nación, porque comprendía que el país debía ser católico y que lo cumpliría, pero que Roma había faltado a su palabra enviando un nuncio sin instrucciones y la dignidad y el interés del pueblo mexicano exigían que el gobierno declarase irrevocablemente su voluntad para devolver la paz al país, cuyas disensiones no tienen otra fuente que la cuestión de los bienes del clero.

El emperador fue extremadamente elocuente y encontré que las personas presentes se expresaban peor a pesar de ser abogados, pues prefieren los subterfugios a una solución radical; en particular el Sr. Lares.

Sin embargo, hablando relativamente, sus actitudes han dejado satisfecho y sorprendido al emperador, pues prueban que las ideas de estos señores hasta cierto punto se encaminan hacia el progreso, pues hace seis meses se habrían creído condenados por lo que hoy aceptan de bastante buen grado.

Me disgusta tener que decir a V. M. que sea como consecuencia del necesario regreso de las tropas o por no sé qué mala suerte, la pacificación del país está de nuevo llena de dificultades.

Ayer, por ejemplo, Romero (Ver Nota 1) atacó Toluca que sólo está a pocas horas de México.

No me asombraría que venga a pasearse hasta aquí.

También debo señalar la indulgencia demasiado grande de nuestro buen mariscal para con las tropas mexicanas reclutadas durante la intervención y que ahora levantan el campo de puestos que se suponen están protegidos por ellas.

Es verdad que la expedición de Oaxaca acaba de comenzar con un hermoso hecho de armas, tal como sabe hacerlo el ejército francés, pero lamento que se haya confiado a un general, que a pesar de ser un hombre excelente, no es bastante distinguido, el Gral. Courtois d'Hurbal.

Hace cuatro meses, el Gral. Brincourt, que estudiaba la empresa desde hacía dos años con toda la fogosidad de su carácter, estaba a dos días de Oaxaca cuando recibió contraorden y tuvo que replegarse a Tehuacán.

Luego le fue retirado el comando de Puebla y lo nombraron en Nuevo León donde no tiene nada que hacer.

Es lamentable que mientras un oficial tan enérgico está desocupado, las bandas circulan divirtiéndose.

Y nuestro excelente mariscal no quiere creerlo; hace ocho días en la primera alerta en Toluca, yo le preguntaba si no mandaría a nadie contra Romero y me respondió con su fina sonrisa que "todo eso eran exageraciones".

Nos hubiese evitado a él y a nosotros la humillación de tener al enemigo a las puertas de la capital, poniendo en peligro la vida de gentes que hace dos meses nos aclamaba.

Con tales eventualidades no existe simpatía que pueda mantenerse.

El mariscal Bazaine es un hombre lleno de espíritu; excepcionalmente bueno, leal y devoto al país, de vasta capacidad militar, alcanza buen éxito en todo lo que emprende de cualquier naturaleza que sea.

Me pregunto, entonces, cómo han podido producirse los hechos que acabo de mencionar a V. M.: la destitución del Gral. Brincourt, el envío del Gral. Courtois a Oaxaca y los ataques devastadores de las bandas ante nuestros ojos y los de todo el mundo; hace dos meses estaba presente el mariscal en Toluca cuando vimos a los guerrilleros a caballo a 2,000 metros en el campo.

Entonces no se lo dije a V. M. para no cometer una indiscreción, pero hoy no quiero dejar de decir nada que pueda resultar útil.

No veo en todo esto ninguna consecuencia natural del carácter bien conocido del mariscal a quien queremos y estimamos sinceramente; supongo que al igual que los grandes sufren influencias de la corte, los jefes del ejército deben sufrir presiones del cuartel general.

Y temo que se encuentre en el gabinete del mariscal, quizás en su jefe el teniente coronel B. (Boyer) la solución de todo el problema.

No tengo ningún hecho positivo en qué apoyarme pero se dice que las mujeres adivinamos lo que no sabemos y tengo la íntima persuasión de lo que digo, confiando en la bondad de V. M., pues es muy atrevido de mi parte hablarle de tales cosas, pero como hace varios meses tengo esta convicción me dirijo a título de hermana al que la etiqueta me autoriza y que mi corazón ratifica para someteros esta opinión, rogándoos que no pase del emperador.

Repito que no tenemos la menor queja ni motivo de descontento de este oficial; lo tratamos tan cordialmente como a los otros; cada vez que ha estado en nuestra intimidad se ha expresado sobre nosotros con toda benevolencia y no hace mucho, en ausencia del emperador, le he procurado la medalla de la cruz de Guadalupe que le había sido conferida este verano.

No es, pues, que quiera intrigar contra él pero creo que si en la forma más honorable se le pudiese alejar de este país, sea por un ascenso o por una misión o posición más elevada que le hiciese ver la cuestión como una distinción y un favor, los intereses de México y, por tanto los de Francia, saldrían ganando sensiblemente.

Existen hombres que hacen mal en una posición, que harían el bien en otra y, lo que es aún más extraño, es que a menudo he notado que las personas que hacen malos negocios juntos, se desenvuelven perfectamente separados.

El mariscal, cuyas cualidades acabo de enumerar, tiene una ligera debilidad: se deja impresionar en forma increíble por un hombre de su tropa.

De ahí el peligro del ambiente.

Su jefe de gabinete, por el contrario, es excesivamente tenaz, íntegro y seco, hecho a la manera de los burócratas o cuya carrera se haya visto obstaculizada por alguna

causa, lo que los ingleses llaman hacer mishief.

A juzgar por el exterior es el único oficial cuyo físico no recuerdo, pues su expresión siempre es agria y tiene una rigidez poco atrayente.

No sé si el mariscal, que trata paternalmente a todos sus ayudantes de campo, tiene particular afecto por este jefe de su cancillería; nada me lo hace suponer.

Lo que no sé tampoco es si los jefes de gabinete de los mariscales pueden tener otros destinos; quizás si el cambio fuese ventajoso, B. (Boyer) optaría por él.

Dejo esto a la apreciación de VV. MM. y creo que con la franqueza de mi explicación he actuado bien tanto en su interés como en el de México y en el del mariscal por quien tanto me intereso.

Si VV. MM. creen que he sobrepasado los límites de mis relaciones fraternales, otra vez seré más reservada.

Mientras tanto, os ruego recibáis la nueva expresión de los sentimientos de tierna amistad y sincera estimación con que soy la buena hermana y amiga de V. M. (Ver Nota 2)

Carlota

Notas:

1. Se refiere a Nicolás Romero, famoso guerrillero.

2. Original en francés.

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.