Siglo XIX
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1860-1869
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1862
Respuesta del diputado Sebastián Lerdo de Tejada, presidente del Congreso, al presidente Juárez, en la apertura del período de sesiones del Congreso.
Abril 15 de 1862.
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Señor presidente:
En cumplimiento del precepto constitucional, los representantes del pueblo abren hoy el segundo período anual de sus sesiones.
Durante él debe el Congreso, en tiempos normales, consagrar una atención especial a examinar las cuentas y votar el presupuesto, fijando los gastos de la administración y decretando los impuestos necesarios.
Ha querido el código fundamental, con prudente sabiduría, que el Congreso, en el segundo período de sus sesiones, cumpla perfectamente uno de los objetos más importantes del sistema representativo, en todo lo que se refiere al progreso y mejoras de la condición social, a los intereses de la hacienda y a las exigencias del crédito público.
Para consolidar el régimen constitucional y disfrutar los bienes del sistema representativo, el pueblo mexicano, sin detenerse por la magnitud de los sacrificios, ha luchado con constancia y con fe hasta vencer las resistencias interiores de los que tenían interés en oponerse a los principios de la libertad, de la Reforma y de la civilización.
Sin embargo, lejos de acabar para la República los días de prueba, hoy se ve sujeta a otra mayor por la injusta agresión de enemigos exteriores.
Los gobiernos de tres naciones europeas celebraron la convención de Londres, el 31 de octubre de 1861, para traer la guerra a México, engañados por la relación de supuestos agravios y por falsos informes que algunos daban con el fin de lograr mezquinos intereses.
Se suponía que la República estaba en completa anarquía, que no había verdadero gobierno y que no existía ningún orden reconocido, cuando, por el contrario, había sido completo el triunfo de la causa constitucional, cuando sólo quedaban pequeños restos de la facción vencida y cuando el Poder Federal y los de todos los estados de la República, estaban funcionado regularmente conforme a lo dispuesto en la Constitución.
Es digno de notarse que, apoyada la invasión de tales pretextos, hoy mismo, si no fuera por ella, no habría habido necesidad de suspender en algunos estados la marcha regular de las autoridades constitucionales y, además, hace tiempo que habrían acabado de desaparecer los miserables restos de la facción vencida si los poderes generales no hubieran visto embarazada su acción por las cuestiones extranjeras.
Dos de las naciones aliadas, la Inglaterra y la España han dado de esto la prueba más solemne.
Obrando sus comisarios noble y lealmente luego que palparon la falsa pintura que de la condición de la República se habría hecho a sus gobiernos, han prescindido de toda idea de intervención política, limitándose a pedir que en el terreno de los tratados se arreglen las cuestiones pendientes.
La República no olvidará esta noble conducta, para confirmar más el propósito que siempre ha tenido de atender todas las reclamaciones que se le hagan, hasta donde sea justo y posible satisfacerlas.
Por desgracia, los representantes del gobierno francés no han procedido de la misma manera.
Han roto la convención de Londres, han faltado a los preliminares de la Soledad y se han separado de sus aliados para proteger a un traidor o, más bien, para tratar de imponernos el gobierno de una facción rechazada por la gran mayoría de los mexicanos.
El escándalo de esta conducta resonará en todas las naciones civilizadas, así en América como en Europa y aun la misma Francia.
La elevada ilustración de los franceses y las simpatías que los residentes entre nosotros han mostrado siempre por nuestra revolución liberal, son una prenda segura de que aun en Francia será favorable a México la opinión pública.
Tal vez puede esperarse que el mismo gobierno francés no apruebe la conducta de sus comisarios ni consienta que la bandera francesa quede manchada con una deslealtad ni quiera que las gloriosas armas de Francia, que a todas partes han llevado los principios de la libertad y de la civilización, combatan en México con el intento de destruir un gobierno que proclama y defiende esos principios, para pretender sustituirlo con otro que proclamase los de retroceso y de reacción.
Sin embargo, entretanto la República va a verse en guerra con una de las más poderosas naciones y en circunstancias tan graves, la representación nacional viene a compartir con el gobierno las dificultades y los peligros de la situación.
Si, conforme a la naturaleza del sistema representativo, el Congreso se reservara acaso tomar parte en la solución definitiva de las cuestiones pendientes, sin duda que no se negará nada al gobierno de todo el poder que le sea necesario para defender dignamente a la nación.
El gobierno debe confiar en el patriotismo que nunca ha desmentido el Congreso en todos los momentos supremos y el Congreso también confiará siempre en el patriotismo del gobierno.
Nunca vacilará el Congreso en conferir al gobierno cuantas facultades necesite para la salvación de la patria y lo hará con tanta más confianza cuanto que el supremo magistrado de la República ha demostrado antes, en circunstancias bien difíciles y ha vuelto a demostrar ahora, toda la ilustración y energía, toda la prudencia y la incontrastable firmeza con que defiende los derechos y los intereses de la nación.
Por parte de ella, todos debemos confiar en el acrisolado patriotismo de la mayoría inmensa de los mexicanos.
Aún está fresca la memoria de los héroes de la guerra de independencia, para imitarlos, y viven aún muchos de los ilustres caudillos de la revolución liberal, que sabrán guiar a los mexicanos.
La República podrá contar con que todos sus hijos le ofrecerán sus personas y sus bienes para defender hasta el último extremo la independencia y la soberanía de la nación.
Abril 15 de 1862.
Fuente:
Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.
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