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Siglo XIX > 1860-1869 > 1862

El general Serrano muestra sus cartas a favor de una política intervencionista.
(La Habana, 17 de abril de 1862)

(A V. E. Juan Prim)

(Veracruz)

El vapor de guerra de S. M., Ulloa, despachado expresamente de Veracruz para traer la comunicación de V. E., fecha 9 del actual, llegó en la mañana de ayer.

La lectura de aquel importante documento produjo en mi ánimo una sorpresa que difícilmente podré significar.

La resolución de V. E. es tan grave y trascendental que puede ocasionar los grandes conflictos que a su penetración no se ocultan y que, si todavía es tiempo, deben evitarse, aun a costa de cualquier sacrificio, si tal nombre puede merecer nunca cuanto se hace en obsequio de la reina y de la patria.

Yo abrigaba la esperanza de que la conferencia anunciada por V. E. en su despacho anterior, daría un resultado precisamente contrario al que en efecto ha tenido; me lisonjeaba aún de que los plenipotenciarios de tres poderosas naciones europeas y a quienes más directa o inmediatamente importa robustecer su influencia en la política americana, no darían el espectáculo de una disidencia abierta, cabalmente allí donde debieran manifestarse más compactos y en los momentos mismos en que tienen a su cargo la misión más alta y civilizadora que puede comprenderse: la de vindicar a sus nacionales de los agravios recibidos, la de exigir reparaciones por ofensas intolerables y la de acabar con la anarquía y el desconcierto, sin otras intenciones ulteriores más interesadas.

Desgraciadamente no ha sucedido así y hay que lamentar que el acuerdo y la buena inteligencia tan expresa y repetidamente recomendadas por S. M. se hallan desvanecido de todo punto, dejando el campo al disgusto, a la tibieza y, lo que es más, al rompimiento.

Respeto como debo las razones que V. E haya podido tener para proceder en los términos que lo han hecho; fío mucho en su claro juicio y sobre todo y más que todo en su acendrado patriotismo para creer su conducta hija de causas que no sean tan nobles y tan generosas como lo es el carácter de V. E.; no entraré, por lo mismo, en el fondo de la cuestión, ni discutiré tampoco el Tratado de la Londres ni si el convenio de la Soledad ligó a los plenipotenciarios de tal manea que no pueda considerarse quebrantado por la conducta posterior de Juárez.

Dejo la resolución de estos particulares al gobierno de S. M., juez único y competente para decidir sobre ellos.

No entraré a discurrir sobre las facultades de V. E. en su doble carácter de plenipotenciario y de comandante en jefe del cuerpo expedicionario; en uno y otro concepto V. E. es responsable de sus actos y puede a su voluntad permanecer o retirarse, según lo exijan la conciencia de su deber y la manera con que haya comprendido la misión que le encomendada.

Pero, si tal es mi opinión en cuanto a la persona de V. E., está muy distante de serlo en lo que respecta a la permanencia o alejamiento de las tropas. Éstas se hallan en territorio mexicano en virtud de órdenes especiales de S. M. y con una misión especial también que aún no está cumplida. V. E., como plenipotenciario y como general, no puede, en mi concepto, decidir la completa separación de las fuerzas que manda, del objeto primordial a que estaban destinadas y el hacerlo es de la facultad exclusiva del Gobierno Supremo, comprometido por un tratado internacional, de cuya existencia o de cuya anulación él solo puede decidir.

Podrá ser que, de acuerdo con la política sostenida por V. E. desee, en efecto, que las tropas se retiren; pero, como no es imposible tampoco que desee lo contrario, como no es difícil de comprender que las noticias que sucesivamente haya recibido produzcan nuevas negociaciones en sentido diverso, comprenderá V. E. el inmenso compromiso que puede acarrear lo uno o lo otro sin consultar su voluntad, sin dar tiempo a una resolución definitiva.

En mi carta de 7 del actual, que supongo ya en manos de V. E, le significaba, confidencial y amistosamente, la conveniencia de evitar conflictos al gobierno y de conservar la armonía con los aliados.

Decía a V. E., entonces, que no me creía con derecho de ejercer ninguna intervención oficial en los negocios diplomáticos de México.

Hoy no he perdido aún esta creencia y por eso no entro en el fondo de las cuestiones que a V. E. pertenecen como ministro plenipotenciario pero, apoyado en las Reales Órdenes de 13 y 18 de noviembre del año anterior, comunicadas respectivamente por los ministerios de Estado y Guerra, considero un deber dirigirme a V. E. de oficio para llamar su atención sobre el acuerdo que, con mi autoridad, le fue recomendado por S. M. en todo lo relativo a las exigencias y a las eventualidades de la campaña, partiéndose para disponerlo así del supuesto de que el gobierno que ejerzo es el centro general de acción de nuestro poder militar y de nuestra política en América.

Esa recomendación, por tres veces repetida, es la que me pone en el caso de manifestar a V. E. mi opinión de que las tropas no deben retirarse por ahora en ningún caso y la de que, si V. E. está resuelto a hacerlo personalmente, entregue el mando al jefe a quien por ordenanza corresponda, con la única recomendación de dejar las fuerzas acantonadas y bien establecidas en los puntos que tengan la mayor salubridad y completamente inactivas, hasta que S. M. determine, en su alta sabiduría, si deben o no permanecer en el territorio de la República.

Esta medida, recomendada por la conveniencia y la previsión políticas, la exige también una necesidad imperiosa que consiste en no haber disponibles de momento, ni en el corto plazo con que V. E. lo desea, los buques que en su caso habrían de transportar las tropas.

Con la mayor brevedad posible consultaré a S. M. sobre este asunto; por más que sea sensible no poder hacerlo con la copia del acta de la última conferencia que tan conveniente sería tener a la vista y, por largo que sea el tiempo que transcurra hasta la contestación definitiva, no será quizá tanto como el que se necesita para preparar la traslación a La Habana del ejército y de su material.

No hay duda en que, según lo indica V. E., podrían aprovecharse los barcos ingleses que se han ofrecido a prestar este servicio, pero V. E. conoce muy bien que ni conviene abusar de esta galante oferta ni ligarse con una especie de gratitud que puede ser origen de algún compromiso o de alguna torcida interpretación, cuando no de un gasto de que el gobierno no tiene urgente necesidad.

Si V. E. insisten su propósito de abandonar la República y de venir a esta capital a esperar órdenes, sírvase manifestarlo así a la mayor brevedad posible y, en tal caso, el excelentísimo señor don Manuel Gasset, nombrado por S. M. segundo jefe del cuerpo expedicionario, saldrá inmediatamente para colocarse a su frente y esperar la resolución del Gobierno Supremo.

Mi convencimiento de que tal debe ser la conducta de V. E. se formó desde que leí su despacho; pero, no queriendo fiarme sólo en las inspiraciones de mi razón creí conveniente consultar a la junta de autoridades, haciendo asistir a ella a todos los señores senadores y ex diputados que existen en la capital, a los jefes sub- inspectores de las armas y a otras personas notables por su posición y su voto unánime, ha corroborado mi juicio decidiéndome a hablar a V. E. en los términos que lo verifico.

No terminaré sin recomendar a V. E. la alta, la extraordinaria conveniencia de proceder así; lo contrario podría ser origen de complicaciones sin cuento que cumple evitar a V. E. y a mí, depositarios como los somos en estos países, de la confianza de la reina -que Dios guarde- del buen nombre de su gobierno y del decoro y de la dignidad de la nación española.

(Francisco Serrano)

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.