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Siglo XIX > 1860-1869 > 1861

Proclama del gobernador de Oaxaca.
Diciembre 27 de 1861.

Ramón Cajiga, gobernador constitucional del estado libre y soberano de Oaxaca, a sus conciudadanos.

En los momentos del más grave conflicto de la patria, cuando su existencia peligra, cuando su honor y su dignidad han sido vilmente ultrajados por la invasión armada de la España, sin respeto al derecho de las naciones y sin miramiento a la civilización; el gobernante de un pueblo libre está en el deber de levantar su voz y apelar al sentimiento patriótico de sus conciudadanos, para excitar en ellos las nobles inspiraciones del heroísmo que han merecido tan justa alabanza a las naciones que han sabido sacrificarlo todo a su independencia y libertad.

Sin previa declaración de guerra, sin precedente alguno de los que ha consagrado el derecho de gentes, la nación española ha mandado a las aguas de Veracruz una armada compuesta, hasta el 15 del corriente, de 26 buques.

Esta expedición verdaderamente pirática, se aprestaba a saltar en tierra y hoy, con mengua de México, ocupa Veracruz, de cuya plaza se retiraron nuestras fuerzas para llevar al cabo la combinación acordada con anterioridad.

El ultraje a la nación, no puede ser más brutal ni más digno de castigo.

Todo corazón mexicano chorrea sangre al considerar el vilipendio con que la España ha querido marcar la frente de México y no habrá uno solo que al sentirlo no jure vengarlo en las aras de la patria.

La hora suprema ha sonado; la existencia y la dignidad nacionales están enfrente de la infamia y de la servidumbre.

Toca a México demostrar al mundo que sabe perecer antes que doblegar su cuello al yugo extranjero.

La campaña se ha abierto y, para gloria del estado, sus valientes hijos toman la iniciativa en ella.

Oaxaca se ha colocado a la vanguardia de los defensores de la nacionalidad, como se colocó al frente de los héroes de la reforma.

La lucha tomará tamaños colosales, pero el triunfo será glorioso para México.

Oaxaca conquistará una página brillante en la historia.

En derredor del estandarte nacional deben reunirse todos los mexicanos y formar con sus cuerpos una impenetrable muralla.

La sangre de los invasores lavará las manchas con que recientemente han pretendido empañar su brillo.

Ciudadanos libres, los oaxaqueños, lo abandonarán todo para volar al campo de batalla a vengar las injurias de la patria o a perecer con la gloria de los héroes.

Yo llamo a todos sin distinción de personas, para cooperar a tan noble fin.

La patria abre un registro público y convoca a sus hijos para defenderla y vengarla.

¿Quién permanecerá sordo a su voz potente?

¿Qué alma menguada no responderá a su llamado?

¿Quién merecería ser libre, si no supiera pelear por la libertad?

El gobierno está convencido de que los oaxaqueños no desmentirán en esta vez, ni su patriotismo ni su abnegación; que no habrá un solo hombre que no figure en la honrosa lista de los soldados del pueblo; que no habrá uno solo que tenga que ocultar la frente cubierta del oprobio de la cobardía, ante sus hermanos que generosamente se sacrifican por la patria.

El peligro es común, el esfuerzo debe ser universal.

Todos los ciudadanos están en el derecho de armarse y marchar a la campaña.

El peligro no permite ni excepciones ni moratorias.

El invasor se aprovecharía de nuestra criminal apatía y nosotros seríamos responsables de las ventajas que nuestra tibieza le conquistara.

¡Un día, un solo día, puede decidir de la suerte de México! Los que por impedimento justo no puedan tomar parte personal en la guerra, no por eso deben ser remisos en prestar otros servicios que tienen relación con ella.

En cumplimiento de la ley, deben presentar las armas que tuvieren, sea de la clase que fueren, para que las utilicen los brazos vigorosos que van a sostener la independencia y prestar a sus hermanos que exponen su vida al frente del enemigo todos los auxilios que reclama el patriotismo.

En circunstancias como las presentes, los sacrificios deben ser sin medida y no sería justo que, mientras unos derraman generosamente su sangre, otros les negaran el alimento y el vestido.

La nación, exhausta de recursos para esta terrible lucha, tiene que pedirlos a los habitantes del estado y éstos el deber de proporcionar todos los que fueren bastantes para tan grave y apremiante necesidad.

El gobierno, que tiene el deber de salvar a la patria, reclamará de sus hijos esos recursos de tan diverso género; pero se lisonjea con la esperanza de que donativos voluntarios y generosos de parte de los ciudadanos acomodados, le evitará dictar las providencias extraordinarias que exige la situación.

Por ahora ha creído que las contribuciones duplicadas podrán suministrar para las necesidades del momento.

El puntual pago de ellas será un auxilio eficacísimo para el socorro de nuestros soldados.

Todos los fondos públicos deben invertirse en la necesidad pública y el gobierno ocupará las rentas federales para que, unidas a las del estado y a los donativos de los ciudadanos, lleven el sustento a los valientes hijos de Oaxaca que con el pecho descubierto desafían las balas extranjeras.

Del deber común no debe ser exceptuada ninguna clase de sociedad y con esta convicción, el gobierno ha impuesto a los empleados la contribución de una tercera parte de sus sueldos y se promete de su patriotismo que harán gustosos ese sacrificio; que desempeñarán sus empleos con mayor eficacia, si es posible, y que darán una clara prueba de su abnegación patriótica.

La acción del gobierno no puede tener trabas ni límites en tan crítica situación y para expeditarla cual conviene, he declarado al estado en estado de sitio; pero las providencias todas del gobierno tendrán por objeto el sostén de la nacionalidad y la paz interior.

El enemigo extranjero hallaría el más poderoso auxiliar en la discordia intestina; pero el gobierno está dispuesto a escarmentar ejemplarmente al infame mexicano que, en los días del peligro nacional, se atreva a promover directa o indirectamente la guerra.

¿Quién será tan malvado y tan traidor que ose alterar la tranquilidad pública?

El gobierno excita el patriotismo de todos para que hagan conocer al pueblo cuáles son sus deberes, para que le den el ejemplo, para que levanten el espíritu público y para que, en fin, tomen una parte activa en el peligro y cada cual pueda decir:

He salvado a la patria y la he vengado.

Ramón Cajiga

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.