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Siglo XIX > 1860-1869 > 1861

Juárez pone al tanto de la situación a Romero.
México, diciembre 27 de 1861.

Sr. don Matías Romero
Washington

Mi estimado amigo:

Recibí la última de usted de 9 de noviembre y me impuse de su contenido.

Ya dije a usted en mi anterior que quedaron destruidas nuestras esperanzas de que los Estados Unidos nos proporcionaran recursos desde que fue desechado por la Cámara el tratado Wyke-Zamacona.

Después de esto habría sido estéril todo proyecto sobre el particular.

Por el último paquete remitió a usted el Sr. Berea los 2,000 pesos que con anterioridad había usted girado a su cargo y espero que con este auxilio podrá usted cubrir sus atenciones mientras las circunstancias en que nos hallamos me permiten que pueda atenderlo, para evitarle compromisos.

Como no pasaría por Veracruz la adjunta carta con el timbre del gobierno, la incluyo a usted para que la remita a su destino.

Voy ahora a poner a usted al tanto de los acontecimientos que han tenido lugar por acá en todo el mes que fina.

Desde que se anunció la invasión extranjera se mandó reunir una junta de generales, encargándole la formación de un plan de defensa nacional.

Después de varias conferencias y, tomando en consideración que carecemos absolutamente de marina, calificó la junta como indefendible la plaza de Veracruz aun cuando sólo tuviéramos que resistir a los españoles.

En consecuencia, se dictaron en seguida las órdenes para que se desartillaran la fortaleza y Veracruz, destinándose una parte del material de guerra a Tampico, a donde, en efecto, se mandó y, disponiendo que se internase la otra para utilizarla en fortificaciones en la sierra del Chiquihuite y en el cañón de Cerro Gordo, como puntos muy a propósito para escarmentar al enemigo; pero, aunque se puso la diligencia posible para salvar todo el material de guerra de los depósitos, siempre fue preciso abandonar las piezas más pesadas y algo de proyectiles, por la escasez de trenes para la traslación, que interrumpió la intimación de entrega de la plaza, en un brevísimo término, hecha por el Sr. Rubalcava, jefe en aquella fecha de la escuadra española.

Desde que se dictaron las órdenes arriba mencionadas, se dieron instrucciones al Sr. Llave, conformes con las que después llevó el Sr. Gral. Uraga, en jefe del ejército de oriente, para que, llegado el caso, evacuaran la plaza, a fin de no proporcionar al enemigo un fácil triunfo a expensas de sacrificios inútiles por nuestra parte y de una humillante retirada, de efectos en extremo desalentadores que tanto habrían influido para debilitar nuestra defensa.

Los acontecimientos se precipitaron y, aunque el abandono de la plaza estaba decidido de antemano, el original procedimiento del Sr. Rubalcava nos obligó a dejar una parte del material de guerra y, como en esta vez el jefe español ha prescindido de las reglas de derecho internacional, de los usos generalmente recibidos y hasta de los preceptos más vulgares de urbanidad, hemos visto en tan brutal atropellamiento, un acto de la más cruel e inmerecida hostilidad que, exacerbando el encono de los mexicanos contra sus antiguos opresores, ha convertido en fiebre de cólera y de indignación el entusiasmo muy exaltado ya que los animaba para probar a los invasores su vano intento de arrebatarles las prerrogativas preciosas de pueblo libre.

Tal es, al presente, la situación de los ánimos en la generalidad de nuestros compatriotas.

La voz de la patria, en su extremo conflicto, se hace oír hasta por los partidarios de la reacción, pues, a excepción de Zuloaga, Márquez y Mejía, que, dos veces derrotados en este mes, huyen al frente de miserables restos, no ya para rehacerse, sino para libertarse del castigo con que les amenaza la incesante y bien dirigida persecución que se les está haciendo; a excepción de Chacón, Gutiérrez, Vicario y otros bandidos, en cuyas almas no puede tener cabida el sentimiento de la dignidad nacional, todos los demás defensores de la reacción se han sometido al gobierno, acogiéndose a la ley de amnistía expedida por el Congreso y ampliada después por el Ejecutivo en virtud de las inmensas facultades que aquél le dejó al cerrar sus sesiones.

El tigre de Alica fue completamente derrotado y muerto, vagando los dispersos en pequeños grupos que son presas diarias de fuerzas de Zacatecas y Jalisco y severamente castigados por ellas.

Las gavillas del Monte de las Cruces han sido hechas pedazos y cuento con que sus jefes Buitrón y Cobos, activamente perseguidos por Carbajal y Cuéllar, sufrirán el castigo que el inolvidable raptor del malogrado Sr. Ocampo, el infame español Lindoro Cajiga, enteramente derrotado en Acambay, fusilado luego y colgado en seguida.

Está, pues, destruida la reacción y Francia y la Inglaterra, que para aliarse a nuestra vieja enemiga la España, cediendo a las depravadas instigaciones de ésta y dando oídos a siniestros y mal intencionados informes de algunos mexicanos perversos, cómplices de criminales especuladores extranjeros, han dado por cierta la existencia de dos bandos políticos en la República y la presencia de dos gobiernos, reconocidos y atacados por una parte de ella, se desengañarán muy pronto de que la reacción, en la que España creía hallar un firme y poderoso apoyo, está reducida a unos cuantos asesinos, salteadores de caminos, vagando por los montes y viviendo de sus sanguinarias depredaciones y verán que el gobierno constitucional, reconocido por toda la República, es hoy el centro de unión; es el brazo que ha enarbolado el estandarte nacional en los momentos solemnes en que se halla en peligro la existencia de la patria, que no ha acudido en vano al amor de sus hijos porque todos ellos se manifiestan resueltos a defender su independencia, abandonando hogar, intereses y familia, para correr al encuentro de nuestros invasores, sin contar el número de los enemigos, sin tomar en cuenta la superioridad de sus elementos de acción comparados con nuestros pobres recursos.

Pero existe la voluntad, que vence los obstáculos; existe el patriotismo, que hace milagros y si, según las noticias que esperamos por el inmediato extraordinario del paquete, fuese ya imposible una solución pacífica de nuestras diferencias con Francia e Inglaterra, siendo indeclinable la guerra con las tres potencias, el gobierno está resuelto a remitirlas hasta donde le alcancen sus recursos; los estados todos han manifestado igual disposición y si, a pesar de todos nuestros esfuerzos no podemos impedir que los invasores se posesionen de la capital, les continuaremos, sin embargo, la guerra por cuantos medios estén a nuestro alcance.

Todo puede suceder, pero estimo como imposible que, sean cuales fueren los proyectos que para arrebatarnos nuestro ser político hayan formado Francia, España e Inglaterra, puedan realizarlo si no se deciden a mandar sobre nosotros fuerzas numerosas y a gastar muchos millones de pesos.

Le afirmo a usted esto, no como una expansión de mis sentimientos, sino como la neta expresión de mis profundas convicciones.

Acompaño a usted mi manifiesto, concebido, como verá, en términos que no entrañan fanfarronadas que puedan provocar el menosprecio, ni propósitos de solicitar arreglos de quienes se manifiestan para con nosotros impolíticos y bruscos.

Si la voz de la justicia, de la equidad y de la conveniencia es desatendida para llevar adelante una combinación resuelta de antemano, con el derecho del más fuerte, en la hora suprema probarán los mexicanos que, si se sabe estimar un bien cuando por conservarlo se sacrifica la existencia, ellos han sabido amar su independencia y merecerla muriendo en su defensa.

Mi nuevo gabinete se compone de los Sres. Doblado, en Relaciones y Gobernación; Terán, de Aguascalientes, en Justicia y Fomento; el Gral. Hinojosa, en Guerra y González Echevarría, en Hacienda; hombres todos de acreditados principios liberales, de merecido prestigio y firmemente resueltos a hacer frente conmigo a todos los acontecimientos.

Nada más ocurre por ahora que añadir para dar a usted la más perfecta idea de nuestra situación y, por lo mismo, concluyo repitiéndome su afectísimo amigo y seguro servidor q. b. s. m.

Benito Juárez

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.