1861
Entrada del ejército liberal a la ciudad de México.
1 de enero de 1861.


Por Florencio María del Castillo

El día 1° de enero de 1861 será memorable en los anales de México. (1)

Su recuerdo no se borrará nunca, porque deja en todos los corazones una impresión profunda.

Ha sido un día de júbilo positivo, de ardiente entusiasmo, en que la población entera ha manifestado sus ideas, sus emociones, sus esperanzas.

El bando reaccionario ha sufrido hoy la más completa y solemne derrota; una derrota más importante acaso que las que ha recibido en los campos de batalla: la derrota de la opinión pública.

El pueblo, en quien los hombres de lo pasado tenían tanta fe, creyéndolos fanático y afecto al orden de cosas que ellos defienden, ha demostrado del modo más patente y espontáneo, que ama la libertad, que desea la Reforma, que quiere marchar por la vía del progreso.

Ni ¿cómo era posible que fuera de otra manera?

¿Qué representa para el bando del retroceso sino la leva, la criminal leva, las extorsiones de todo género, las contribuciones que arrancan el pan de los labios de los pobres, la ignorancia, la represión, la falta de libertad hasta para divertirse, la pobreza, la miseria?

¿Qué le ofrece el partido liberal, que le cumple desde el momento de su advenimiento?

¡La libertad, el bienestar, beneficios prácticos, el aumento del trabajo, la igualdad, la protección, la mejora incesante y ascendente de su condición, la instrucción!

Con unos es cosa, es vulgo, es canalla; con los otros es una entidad, es un ser dotado de inteligencia y de corazón, es ciudadano.

¡Cómo, pues, no había de haber una diferencia inmensa, radical, entre esas fiestas impuestas por la fuerza, regularizadas con las bayonetas, las multas y las amenazas de ir a la cárcel, a las cuales asistía el pueblo sombrío y silencioso, y esa festividad de hoy, tan libre, tan espontánea, en la cual el pueblo toma la más grande parte, celebrando su triunfo, celebrando su dicha, vitoreando a los valientes que le han devuelto la libertad y el ser del hombre!

Nosotros creemos, que si en el bando reaccionario hubiera siquiera un resto de conciencia, renunciaría para siempre a sus pretensiones ante un espectáculo como el de hoy, convencido de que la opinión le es contraria.

¿Cómo ha podido creer esos hombres que impondrían un orden de cosas, que rechazan tan abiertamente los instintos populares, la razón, la civilización, el mismo interés general?

Tal vez antes podían hallar almas sencillas que creían sus mentidas palabras de orden, moralidad y decencia; pero lo que acaban de hacer durante tres años, que han permanecido apoderados de esta ciudad, ha abierto los ojos a todo el mundo, ha puesto las cosas en su verdadero punto de vista.

¡El bando del retroceso ha sucumbido para siempre! La solemnidad de hoy es de esas que no pueden describirse; es uno de esos actos que es preciso presenciar y de los cuales ningunas palabras podrían nunca dar una idea cabal.

Sin embargo, en obsequio de nuestros lectores foráneos, daremos una pequeña descripción.

Desde el momento en que se supo con certeza que el ejército federal haría en México su entrada el día 1° del año, los ciudadanos todos se apresuraron a hacer una solemne demostración de su patriotismo.

Las calles por donde debía pasar la columna, estaban adornadas con un lujo de profusión, que pocas veces se ha visto.

En casi todas las demás calles de la ciudad se veían cortinas y adornos y las notamos aún en algunas torres.

El golpe de vista que ofrecía la línea de San Francisco hasta la Plaza de la Constitución, era bellísimo; en esa carrera había dos arcos de triunfo: uno de estilo arquitectónico en la antigua calle del Correo y otro rústico, de follaje, con alegorías pintadas, en la segunda calle de Plateros.

El primero había sido costeado por particulares y tenía encima una plataforma, adornada con banderas y trofeos y en la cual una escogida orquesta y multitud de cantantes entonaron un himno.

El segundo arco, que se elevaba hasta la altura de las casas, había sido levantado por los alumnos de la Academia Nacional de Bellas Artes.

Estaba coronado por un genio, sobre cuya frente brillaba una estrella y en cuya mano se advertía un cartel con el lema: “Constitución de 1857”.

Llamaba la atención por su adorno tan espléndido como elegante, la casa frente a la Profesa, donde tiene sus reuniones el Club Alemán.

Puede decirse sin exageración, que toda la línea, en una y otra acera, era un cordón no interrumpido de fajas con los colores nacionales, de coronas de flores, de adornos del más exquisito gusto.

Todo los balcones estaban ocupados por el bello sexo, que participaba del entusiasmo público, desmintiendo así esa especie que quieren hacer valer nuestros enemigos, de que la mujer es enemiga de la libertad, sin comprender que esa es una verdadera herejía, porque el corazón de la mujer, por su misma sensibilidad, por sus propias condiciones, ama más la libertad a la cual le debe su condición actual.

Había una multitud de gente en las calles del tránsito y se observaba con gusto que no había valla, ni aparato militar de ninguna clase, sin que por eso se observara el más leve desorden.

Poco antes de las doce del día comenzó a hacer su entrada el ejército federal, que desde el primer momento fue recibido con las aclamaciones de júbilo de un pueblo que le debía haber cobrado el pleno goce de su libertad.

Después de la descubierta, venía el excelentísimo señor general en jefe don Jesús González Ortega con el estado mayor del ejército.

Diversos clubs y una multitud de ciudadanos, precedidos de estandartes rojos, en los que se leían con letras blancas los deseos del partido liberal, rodearon al señor Ortega frente a la Alameda y se incorporaron en la comitiva.

El excelentísimo Ayuntamiento que, según lo tenía dispuesto, salió acompañado de algunas escuelas, comisiones de varios colegios y multitud de particulares, a recibir al ejército federal, encontró al señor general en jefe en la calle del Puente de San Francisco. (2)

El señor Ortega, al ver a la corporación municipal, se apeó del caballo en que venía y se adelantó a recibirla a pie.

En ese momento, don Florencio del Castillo, por comisión del excelentísimo Ayuntamiento, dirigió una alocución, a nombre de México, al ejército federal y puso en mano de su general en jefe, el estandarte de la ciudad, como un testimonio de honor y de gratitud, excitándolo a que desplegara en la difícil senda que queda aún que recorrer, la misma constancia y la misma energía de que ha dado tantas muestras en los campos de batalla.

El señor González Ortega, cuya palabra es viva y fácil y cuya imaginación es eminentemente poética, contestó lleno de arrebato y entusiasmo, agradeciendo el honor que le hacían el Ayuntamiento y la ciudad de México y manifestando cuántas y cuán justas eran las simpatías de los estados por la capital.

Cada palabra era interrumpida y ahogada por la multitud de vivas y exclamaciones en que prorrumpía el pueblo.

El señor González Ortega empuñó el estandarte que se le había presentado e, incorporado con el Ayuntamiento, emprendió la marcha, una marcha verdaderamente triunfal.

De cada balcón del tránsito caían lluvias de flores, de coronas de laurel, de aguas de olores.

El pueblo circundaba a los valientes defensores de la libertad y era un espectáculo conmovedor ver a los pobres artesanos, a los infelices, adelantarse, penetrar por entre los grupos y ofrecer personalmente una flor al general en jefe quien la recibía con afabilidad y hallaba siempre alguna cosa que contestar.

Al llegar frente al hotel Iturbide, cuyos balcones estaban llenos de bellísimas señoritas, que arrojaban a porfía sobre los modestos y valientes republicanos multitud de versos, de coronas de flores, el señor Ortega percibió modestamente oculto al señor don Santos Degollado y, saludándole con el estandarte que llevaba en la mano, gritó exigiéndole que bajase a recibir la ovación que él era el primero en tributarle por su constancia y su fe.

Supo también el señor González Ortega que en el mismo hotel se hallaba el señor Berriozábal y exigió igualmente que bajara.

El señor Degollado y el señor Berriozábal se negaban a bajar y participar de un triunfo que, según ellos, merecía tan sólo el señor Ortega; pero éste excitó a muchas personas a que fueran a traer, como en efecto lo hicieron, a los modestos republicanos que querían evitar que el público les manifestase solemnemente sus simpatías.

Cuando el señor Degollado llegó hasta donde estaba el señor general en jefe, éste lo abrazó públicamente, proclamó su mérito, lo vitoreó y puso en sus manos el estandarte que llevaba, declarando que nadie mejor que él era digno de llevar esa enseña que en sus colores gloriosos simboliza la independencia, la libertad, la Reforma.

El señor Degollado vitoreó al señor González Ortega y aquella fue una escena sublime y tierna, que arrancó lágrimas de entusiasmo de todos los corazones.

Fue un acto aplaudido por todos y que ha revelado los purísimos sentimientos que animan a los caudillos de la Reforma.

El señor Berriozábal fue objeto de las mismas demostraciones.

Nosotros aplaudimos vivamente este paso, porque él revela mejor que nada la unión perfecta, la simpatía que hay entre todos los jefes.

El señor Ortega saludaba a todos los pabellones extranjeros que estaban enarbolados en el tránsito; a todos los que le dirigían la palabra, les contestaba, y lloraba de gozo al contemplar las demostraciones de simpatía de que era objeto el ejército federal.

Antes de terminar la 1ª calle de San Francisco, le fue presentada una corona de laurel y de flores de mano, que rehusó poner en su frente y colocó él mismo sobre el señor Degollado.

La comitiva se detuvo frente al primer arco para escuchar el himno, cuya letra sentimos no haber conseguido.

Terminado el himno, fue entonada la Marsellesa, esa marcha que conmueve los corazones de todos los pueblos y la multitud repitió el coro.

Una segunda corona de flores de mano, que rehusó poner en su frente, cedió al señor Berriozábal.

En la 2ª calle de Plateros supo el señor González Ortega que los señores Ocampo, Mata y La Llave estaban en una casa y los hizo igualmente bajar, abrazándolos públicamente y felicitándolos por los trabajos que han emprendido para obtener el triunfo.

Diversas coronas que recibía de manos de preciosas niñas y niños, las repartía entre esos señores; pero al fin, el pueblo, venciendo su modestia, le obligó a conservar algunas para sí.

En cuanto a las coronas de flores, no les bastaban ya los brazos a los señores González Ortega, Degollado, Berriozábal y a cuantos les rodeaban para contenerlas.

Era una lluvia continua de guirnaldas, de ramilletes de flores, de listones con lemas y dísticos, de versos que caían de todos los balcones y azoteas.

El número de espectadores era inmenso; apenas se podía mover la comitiva.

¡El aire estaba poblado de aclamaciones, de vítores, de alabanza!

Era el concierto universal de un pueblo agradecido; era la vibración unísona de todos los corazones conmovidos por unos mismos sentimientos.

La población extranjera ha tenido el mayor empeño en demostrar en esta vez las simpatías que la animan a favor de la libertad y del progreso de este país.

Ella también ha visto ayer, que México no hace distinciones y que trata a todos los extranjeros como hermanos y hermanos queridos.

Más de dos horas tardó la comitiva en recorrer, desde las calles de San Francisco hasta la Plaza de la Constitución.

Allí tomó en línea recta hasta el palacio y el pueblo acompañó al general en jefe hasta los salones de la presidencia.

Y, en medio de todo esto, no ha habido el más leve desorden, ni el más insignificante disgusto; no ha habido más que entusiasmo y júbilo.

Las tropas siguieron la carrera que estaba marcada en la orden general y en todo el tránsito observaron las mismas muestras de júbilo y de simpatía.

Al volver a sus cuarteles, no había tal vez un solo soldado que no llevar las manos llenas de flores.

La marcha de la comuna terminó hasta cerca de las seis de la tarde.

Desfilaron más de 28,000 hombres y México ha podido ver que eso que llamaban chusmas, son soldados republicanos y modestos, pero instruidos y valientes.

Por la noche la iluminación fue casi general y, en muchos lugares, como en el Club Alemán, verdaderamente lujosa.

Y todas estas demostraciones, lo repetimos, sin orden ni apremio ninguno.

Han sido espontáneas y voluntarias y, por lo mismo, han sido magníficas.

Tal ha sido el día de ayer.

Día sublime que inaugura una época nueva de regeneración y progreso.

Día de grandes lecciones para los que creían que el pueblo mexicano no tenía opinión.

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.

Notas:

(1) Fue testigo presencial de este acontecimiento.

(2) El personal del Ayuntamiento era el mismo que funcionaba en diciembre de 1857 al verificarse el golpe de Estado, y la corporación se reunió esta vez convocada por Berriozábal. Nota del autor.