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Siglo XIX > 1860-1869 > 1861

De la Fuente examina la diferente actitud de las potencias tripartitas que amenazan a México.
París, diciembre 29 de 1861.

Ciudadano ministro de Relaciones Exteriores de la República Mexicana

La partida de la escuadra española, a las órdenes del Gral. Serrano, sin esperar las fuerzas navales que debían obrar en combinación contra nosotros, según las estipulaciones del tratado recientemente concluido en Londres por los gobiernos de Francia, Inglaterra y España, es un acontecimiento que no ha podido sorprender a esta legación, que ha cuidado de trasmitir al supremo gobierno avisos reiterados de la impaciencia con que el gabinete de Madrid estaba deseando y aun había dispuesto adelantarse a las otras potencias en el rompimiento de hostilidades contra la República.

Yo me persuado, yo necesito persuadirme de que mis anuncios y los datos que de La Habana deben haberse recibido, no permitirían que la empresa de Serrano, cogiese a los mexicanos desprevenidos.

Algunos diarios europeos han dicho que teníamos tropas escalonadas en el camino de Veracruz a México y que era general, en todo el país, tanto la resolución de resignarnos a la ocupación de nuestros puertos por la escuadra combinada, como de resistir a una invasión en el interior.

Yo no desearía más, porque eso bastaría para burlar los designios de los españoles; pero hasta que no reciba la correspondencia del paquete, no puedo prestar entera fe a estas noticias lisonjeras, porque evidentemente han sido dadas antes del tiempo en que hubieran podido venir de México y, aunque se dicen tomadas de los periódicos americanos, nada me escribe acerca de ellas nuestro encargado de negocios en Washington.

En las tiras anexas a este despacho podrá usted ver un artículo del Temps, que atribuye la festinación de Serrano a un espíritu de rivalidad con el Gral. Prim, que había sido preferido por el gobierno español para el mando de las fuerzas españolas; mientras, al decir de otros diarios, como La Patrie, esa conducta extraña estaría justificada por una alegación evidentemente falsa, como es que Serrano se vio obligado a partir por haberle llegado noticias alarmantes sobre la inseguridad de los españoles y aun de todos los extranjeros que en México residen.

Supónese también por los defensores de Serrano, que éste ignoraba las estipulaciones de Londres; pero no se reflexiona que, habiéndose firmado aquéllas el 31 de octubre, debieron comunicarse a Cuba por el paquete inglés que salió de Southampton a principios de noviembre y tocó en La Habana a fines del propio mes, de suerte que la expedición tuvo que partir con bien sabida infracción del tratado de la triple alianza.

Uno de los recortes anexos es de un periódico de España, que da por conocido en La Habana a fines de noviembre el tratado concluido en Londres.

En cuanto a los gobiernos de Francia y de Inglaterra, yo me atrevo a presumir que ambos han de haber visto con desagrado la conducta del capitán general de Cuba, porque saben muy bien que estando tan pronunciada la opinión de México en contra de toda influencia española en su política y gobierno interior, era muy temible que los mexicanos rechazaran con indignación cualquier arreglo que hiciera participar a España de grandes concesiones con detrimento de nuestros intereses y mucho más de nuestra autonomía, pero tengo por cierto y seguro, que tanto el gobierno de Francia como el de Inglaterra, esperarán a ver el éxito de la expedición de Serrano para pronunciar su declaración definitiva acerca de ella.

Si el jefe español venciere —lo que tengo por imposible—, su empresa obtendría de los gobiernos aliados la mayor muestra de aprobación y se repartirían ellos los despojos, pues el tratado de Londres resuelve que toda ocupación realizada por las fuerzas de alguna de las potencias ligadas, se entiende hecha en nombre de todas ellas.

Pero si los mexicanos rechazan a sus invasores la expedición se considerará como una verdadera demencia, como un agravio flagrante al tratado de Londres y la derrota de los españoles vendrá a hacer más y más repugnante y difícil para las otras potencias la alianza con el gobierno español.

Ya desde ahora un diario de Inglaterra, si bien dice que no considera infringido por la expedición española el tratado a que acabo de referirme, añade que, si los mexicanos dan a los españoles una lección se pondrá en relieve el ridículo de la campaña de África, origen extraño y repetido tema de la decantada restauración de España.

O yo me engaño en lo que más cierto me parece o el triunfo de nuestro ejército sobre el español que nos invade, ha de ser en Europa muy favorablemente recibido y la opinión que sobre esto se forme por acá, debería influir poderosamente en los consejos de los gobiernos aliados; podríamos tratar con ellos sin dificultad y sin grandes quebrantos; nuestro nombre y crédito, postrado ahora, se levantarían y daríamos un mentís solemne a los que nos increparan diciendo que sólo sabemos pelear contra nosotros mismos.

España no podría enviar una nueva expedición, porque no tiene dinero y su crédito público está en el estado misérrimo que describen algunas de las tiras adjuntas.

Cuba misma está en pésimo estado financiero por la guerra de los Estados Unidos, sobre lo cual son decisivos otros diarios, cuyos artículos van también unidos a este despacho.

Los españoles, pues, van a México sedientos de oro, como en los tiempos de la conquista:

no solamente ansían por la partija de nuestros fondos conforme plazca distribuirlos a esa comisión mixta de que habla el tratado y en la cual no se concede a México ninguna intervención, sino que sueñan también en la antigua dominación y en el antiguo situado. (1)

En el estado a que habían venido las cosas, me parece que la invasión española aislada de las fuerzas coligadas, era lo mejor que podía sucedemos.

Yo me atrevo a esperar que este nuevo acontecimiento ha de haber probado más la injusticia y la urgente necesidad del plan que tuve la honra de proponer en octubre al supremo gobierno y, tal vez, a la llegada de los españoles, habríamos avanzado mucho en el arreglo amistoso con Inglaterra y Francia.

Si necesitáramos de nuevas razones para sostener nuestra hermosa causa contra España, nos bastaría referirnos al último discurso de Olózaga que, con los documentos del gobierno en la mano, probó sin réplica que la cuestión de la deuda mexicana era un negocio de corrupción y, que reconociendo todos en teoría, el derecho con que pedíamos la revisión de los créditos dolosamente clasificados entre los legales, quería el gobierno español rechazar nuestra demanda oponiendo a ella la letra de los tratados.

Es por cierto muy preciosa esta confesión, que de las mismas regiones del poder español viene para acatar la justicia de México.

Por esto me tomo la libertad de llamar la atención del supremo gobierno hacia este punto interesante, aunque ya otra vez he mandado al ministerio datos irreprochables sobre el mismo sentido.

Y son también de grande importancia las manifestaciones del Gral. Prim en el mismo lugar, amenazándonos con la fuerza, si no aceptamos de grado la intervención política intimada por los españoles.

Pero, señor ministro, yo me estoy haciendo una grandísima violencia para discurrir sobre las causas y efectos de la expedición española; porque es casi seguro que a esta hora la suerte de las batallas se ha pronunciado ya entre México y sus antiguos dominadores y este pensamiento me causa una conmoción tan viva y profunda, que en vano trataría de dominarla por más tiempo.

Sabe usted muy bien, señor ministro, y de ello hay abundantes pruebas en mi correspondencia con el supremo gobierno que, desde mi llegada a París y aun desde que pude hablar con nuestro encargado de negocios en Washington, he manifestado sin cesar las razones que me hacían temer la existencia de algún plan de intervención europea en nuestro país y de una solución monarquista para la gran cuestión americana, suscitada en Europa de nuevo por la guerra que devora a los Estados Unidos.

A proporción que avanzaba el tiempo venían diversos datos a confirmar mis presunciones y yo he cuidado siempre, como mi deber lo exige, de trasmitir al gobierno general informes oportunos y exactos de la acentuación cada vez más clara que hacían percibir los acontecimientos.

La lógica de esto no podía oscurecerse ni ofuscarse por frases confusas, ni por protestas mal meditadas o poco sinceras.

La intervención exclusivamente hacendaría que lord John Russell declaró justa y conveniente, no podía dejar de ser política por su alcance natural y más que todo por la liga de Francia y de España que buscaban la ruina de nuestro gobierno, cuya suerte descuidaba como de poca importancia el gabinete de Londres, pues declaraba que limitaría su acción a exigir de cualquier gobierno de facto que en México se conociera, una satisfacción pecuniaria por sus reclamaciones presentes y la concesión de garantías bastantes para el porvenir.

He manifestado al supremo gobierno con toda claridad las miras de España respecto de nosotros y, de Francia, solamente he dicho que me constaba su aversión al gobierno liberal; que, por las muchas razones que he tenido el honor de comunicar a ese ministerio, yo creía que el gobierno francés aspiraba a influir en nuestro país con mengua de la soberanía de éste; yo dije además que traslucía un plan contra la institución republicana en la América inglesa y española; que, las fuerzas enviadas al parecer sólo contra nosotros, me parecían corresponder también a un propósito agresivo contra los Estados Unidos del Norte y que, no sólo Inglaterra, sino Francia también, reconocerían la independencia de los estados del sur.

Pues bien, señor ministro, hay ahora nuevos hechos que confirman plenamente todas estas previsiones.

Mando a usted la orden del día publicada por el contralmirante francés en Tenerife y en ella puede usted ver anunciada la ruina de nuestro gobierno, pues con el designio evidente, aunque no expresado, de refutar los títulos que la administración liberal tiene para ser considerada como amiga y protectora de los extranjeros, el contralmirante dice que no es enemiga de Francia, una u otra facción en México, sino la anarquía con la que de nada sirve tratar.

Mando asimismo la nota en que Mr. Thouvenel toma sin ambages el partido de Inglaterra en la cuestión del Trent.

Hoy mismo el Monitor publica el artículo que también es adjunto, declarando que los gobiernos de Europa deben tomar su partido en favor de los estados separatistas, sin curarse mucho ni poco de la ceguedad del gobierno de Washington.

Por lo demás, ayer y anteayer he recibido por diversos conductos la noticia de que el gobierno francés se proponía cooperar por todos los medios posibles al cambio de la forma de gobierno en las naciones americanas.

Los abogados de la corona dieron al gobierno de Inglaterra, en el negocio del Trent, un dictamen en que el gobierno inglés vino a conformarse.

Los consejeros no vacilaron en declarar indisputable el derecho del San Jacinto para visitar el Trent y para conducirlo a un puerto de los Estados Unidos y hacerlo juzgar ahí, en concepto del apresador había a su bordo contrabando de guerra.

De este modo, el solo capítulo de acusación contra el capitán Wilkies, era, según el gobierno inglés, la captura definitiva de los comisionados del sur, sin haber precedido el juicio de presa.

Usted ahora, señor ministro, puede comprender mejor que yo, cuánto nos debe aprovechar esta decisión para fundar la justicia de México en el caso de la María Concepción.

Por la declaración inglesa tenemos confirmado el derecho de apresamiento y juicio que sostiene nuestro gobierno y combatía obstinadamente el almirante español.

Y, por lo que hace a la sentencia de confiscación pronunciada por nuestros tribunales, nadie puede revocar en duda su justicia, puesto que el contrabando de guerra, dolosamente conducido en la barca española, fue un hecho demostrado por documentos explícitos y por la confesión jurídica del capitán.

Cuando yo estaba en Londres, se me presentó don J. M. Pastor, cónsul recientemente nombrado por el supremo gobierno para el puerto de Liverpool.

Como yo no podía presentar su patente al ministro de Relaciones Exteriores, a causa de no habérseme reconocido en mi carácter de ministro mexicano, le aconsejé que se presentase directamente al Foreign Office, mostrando su despacho y pidiendo el exequátur de estilo, alegando que yo no podía encargarme de esa gestión antes de mi recepción oficial; que, por otra parte, la interrupción de relaciones diplomáticas entre México e Inglaterra, no implicaba la interrupción de los negocios mercantiles a que los consulados se refieren, como lo comprobaba el hecho de haberse expedido por el gobierno de Francia el exequátur a nuestro cónsul general residente en París, no obstante que las relaciones diplomáticas estaban interrumpidas entre ambos países.

El resultado ha sido, según me avisa el Sr. Pastor, que se le ha negado el exequátur en la forma ordinaria, pero se han expedido órdenes a las autoridades fiscales de Liverpool, para que le tengan y reconozcan como cónsul mexicano en aquel puerto.

Esta solución, verdaderamente extraordinaria para nosotros, quizás no lo es tanto para los ingleses, que muchas veces consideran las formas como más importantes que la sustancia misma de las cosas.

El tribunal que entendió en la competencia suscitada a esta legación por el juez local en los negocios del Sr. Oseguera, ha decidido en nuestro favor.

En consecuencia, el Sr. Montluc, nuestro cónsul general en París, continúa por encargo de esta legación en el arreglo de la sucesión de nuestro compatriota.

Para fundar los derechos de México en esta controversia, facilité al abogado que sostuvo nuestra causa, abundantes y decisivas autoridades, que aprovechó en sus alegaciones.

Como no he recibido la correspondencia que debe traer el paquete inglés al acabar el mes de diciembre, tengo que referirme a la llegada en fines de noviembre, para hablar del arreglo amistoso entre México y la Gran Bretaña.

Ya en mis despachos del mes anterior tuve el sentimiento de decir a usted que no esperaba yo que pudiéramos llevar esa negociación a buen término.

Todo lo que obtuvimos de los diarios ingleses, como usted verá por las tiras que de ello tratan, es la aprobación de nuestras concesiones porque ahorraban a Inglaterra el trabajo de arrancárnoslas por la fuerza; pero se califica nuestra buena disposición de insuficiente para que Inglaterra desista de su alianza con Francia y España y de sus naturales resultas, puesto que dicen que no puede ni debe satisfacer nuestra palabra sola, sin lo que ellos llaman garantías materiales de su fiel y exacta observancia.

Verdad es que algunos diarios ingleses añaden que, en los momentos de recibirse en Inglaterra la noticia de esta condescendencia para nuestra parte, debieron llegar a Mr. Wyke las nuevas instrucciones que daban a su conducta por norma el tratado tantas veces referido y, por lo tanto, le impedían llevar más lejos su avenimiento con el gobierno mexicano.

Con todo eso, si el supremo gobierno hubiese adoptado el plan que, estando yo en Londres, tuve el honor de someter a su ilustrado juicio y si, en consecuencia, hubiesen desaparecido los motivos de queja por la ley de suspensión de pagos y por nuestra demora en reconocer la deuda de 660,000 pesos, entonces, como sólo quedaría en pie la cuestión española que yo no temo y la intervención de nuestras aduanas que nos causará grandes males, pero que, al cabo de pocos meses, con el retiro de las fuerzas marítimas combinadas en nuestro daño, cesará de ser una amenaza terrible para la soberanía de México y la institución republicana, desde luego podemos afirmar que aun dando por supuesto un arreglo pacífico en el negocio del Trent la Gran Bretaña ha de proteger la independencia de los estados del sur, que es también el espíritu del gobierno francés, como lo tengo dicho; entonces, la guerra estallará por ese motivo y, tanto Francia como Inglaterra, tendrán que retirar a causa de ella sus escuadras del golfo mexicano.

Unos meses de cordura y de energía nos pueden salvar; lo he dicho en otras notas y pido a usted permiso para repetirlo.

Ahora el teatro de los sucesos está en México mismo y me parece que allá sabremos representar tan lindamente, como nos sea posible, el papel que aquí se nos ha rehusado.

Ceder en los puertos no será una mengua, porque no tenemos fuerzas que compitan con las navales enemigas, está en nuestra capacidad y por lo tanto en nuestro deber.

Suplico a usted se digne aceptar las sinceras protestas de mi más distinguida consideración.

Juan Antonio de la Fuente

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.

Notas:

(1) Envíos a España durante la época colonial.