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Siglo XIX > 1860-1869 > 1860

Certero examen de Suárez y Navarro sobre la situación interna y externa.
Mérida, noviembre 12 de 1860.

Excmo. Sr. Presidente de la República don Benito Juárez (1)

Mi respetable señor y amigo:

A pesar de mis esfuerzos, no pude embarcarme en el vapor, porque no llegó ni me llega todavía lo que espero de Tabasco; si en estos días, como lo creo, viniera la moneda, de seguro tomaré el vapor del 29 de éste y el 3 del inmediato mes me tiene usted en la siempre fiel.

Recibí oportunamente en Sisal, la grata de usted de 25 del pasado, la cual me causó gran pesar, porque yo estimo muy en alto grado al señor Degollado y ya contemplo cuán grande sería la pesadumbre de usted, porque sé el aprecio y la estimación que usted le tiene.

Este lamentable incidente me ha renovado las ideas y los temores que de antemano tenía y que yo no me había atrevido a manifestarlos a usted por temor de que fuera a cometer una falta; pero hoy que los sucesos parece me autorizan para decir lo que siento y lo que pienso en el seno de la confianza, usando de la bondad que usted generosamente me dispensa, le manifestaré lo que pienso de lo ocurrido, lo que juzgo del estado que guardan las cosas y lo que temo sobrevenga.

Quizá la distancia en que me encuentro no me permite apreciar con exactitud a los actores y a la comedia; mas sean cuales fueren mis equivocaciones, que usted con tanta frecuencia está ejercitado en perdonármelas, voy a ensayar el juzgar la pieza y los actores, por si mis indicaciones confirman los juicios que usted tenga en el asunto.

Después de los sucesos de Veracruz, en marzo de este año, todo el país celebró la firmeza con que usted rehusó aceptar una intervención extranjera en nuestras querellas y una mediación en la lucha que nos devora.

Creí entonces y opino ahora que las circunstancias y razones de alta política no permitieron al Supremo Gobierno decir al jefe de la escuadrilla inglesa, las verdaderas y las razones que tenía el Gobierno Constitucional, para desechar el plan de John Russell como ineficaz, como extemporáneo, como absurdo y como inadmisible, en su espíritu y en su letra.

El gabinete opinó por dar una respuesta, que en su traducción ideológica, era una evasiva y una repulsa y la cuestión de mediación e intervención quedó como aplazada para mejor oportunidad, hecho que poco más adelante nos volverá a meter en nuevas contestaciones.

Los malos mexicanos que pretenden, por ignorancia o por maldad, realizar el viejo conato de crear una administración, apoyada en elementos extranjeros, como el paso preliminar para realizar sus locos desvaríos de monarquía; los hombres que sostienen la lucha por el clero y amigos de las vejeces y esa turba de empleados que cree que la independencia nacional se hizo para afianzarles sus sueldos y sus goces, todos éstos, digo, se afanaron por torcer e interpretar, a su modo, el acto de usted al rechazar la mediación inglesa.

La incertidumbre en que pasamos los meses de marzo, abril y mayo, vino a resolverse por dos sucesos que son a usted perfectamente conocidos, que pusieron en peligro la causa del legalidad y de cuyos riesgos escapamos como por una especial protección de la Providencia.

La divergencia y lucha pacífica, más o menos externada entre el señor Lerdo y el resto del gabinete; la inconformidad de los señores Emparan y Ruiz, respecto a las tendencias del ministro de Hacienda y las extrañas pretensiones del señor Partearroyo, alentaban a los conservadores, que todo lo sabían y exhortaban a (López) Uraga a enseñorearse de la oportunidad y aun le ayudaban a formarle una posición que dominase la situación.

Comonfort, vino en auxilio de ese plan y sin el fracaso de (López) Uraga, puede ser que el pretendiente, estuviese en el país al frente de una división, fingiendo sostener la causa liberal.

Como es tan peligroso y aventurado dar consejos al que manda, porque ocasiones hay que uno apoya sus juicios en conjeturas o en antecedentes cuyo valor y fuerza no es fácil transmitirlas al funcionario, yo veía la trama y creo que una vez a usted y otra al señor Ruiz, les indiqué en términos muy vagos lo que yo temía.

Cierto es que la desgracia de (López) Uraga y más que todo las dificultades con que tropezó un hombre funesto en la frontera del norte, mutilaron el concierto establecido y pactado; pero ese hombre, sigue en la escena por haber logrado volver cual un fugitivo al país y de nuevo ingerirse en los negocios empleando su ascendiente, que lo tiene sin disputa y los recursos que él sabe crear o sacar de cualquier modo.

Tenaz, con algún tacto, en las cosas y las personas; práctico, en eso de echarse a cuestas la librea de los partidos; emprendedor y ambicioso; valiente en los casos oportunos, e intrigante por esencia, ¿qué extraño es que ese hombre sea el autor de la crisis actual y el que haya engañado al señor Degollado?

¿No es cierto que ese inmaculado ciudadano ha sido más de una vez víctima de su desprendimiento, dejando que otro mande una función de guerra, que se haga tal (o) cual cosa que se le presenta como útil y conveniente y luego cargando él, y sólo él, con la responsabilidad de los acontecimientos?

Ya verá usted, señor Presidente, cómo el tiempo nos descubre que lo ocurrido, es obra de los enemigos y que el hombre a quien yo imputo la ocupación de la conducta y la debilidad del señor Degollado, proyecta algo que equivalga a una restauración, o crear un estado de cosas que su voto pese en la balanza política.

Considero tan exacto mi juicio, que no necesito nombrar al personaje a que me refiero.

Usted le ha visto en Salamanca, ocasionando los desaciertos del señor Parodi; lo vio usted haciendo la paz con los contrarios y luchando por tener un lugar entre ellos; lo vio usted volver al campo constitucional y cooperar más que otro alguno a la desgracia de la Estancia de las Vacas; después, usted lo escuchó y vio, quejoso y pretencioso, salir del país por despecho, correr al extranjero, volver por Monterrey, regresar a (Nueva) Orleáns, y luego por Soto la Marina internarse a la República y lograr aparecer de nuevo en la escena.

Correrá el tiempo y verá usted cuánto hace y cuántos disgustos quedan por venir sobre usted.

Ni favor, ni injuria he recibido de esa persona; jamás le he saludado y no conozco el metal de su voz; lo que digo de él, me lo arranca el deber de llamar a usted la atención y el dolor que me causa la desgracia del señor Degollado sin el cual yo no veo posible la unidad de mando, ni la armonía entre los diversos caudillos constitucionales.

Teniendo usted la ciencia de los hechos, sabe usted mejor que yo, que el principal tropiezo durante tres años que ha tenido la administración constitucional, ha sido el desacuerdo y la independencia con que han querido llevar las operaciones militares los jefes que defienden la causa liberal.

Huerta en Michoacán, Ogazón en Jalisco, Chico en San Luis, etc., etc., cada uno ha luchado sin concierto y sus operaciones circunscritas a determinado terreo.

Cuando se ha operado una concentración para llevar las operaciones en grande escala, los celos y las rivalidades o la flojedad, han desvirtuado los esfuerzos supremos para dar el golpe mortal a la reacción.

El señor Degollado sólo ha podido agrupar los elementos refractarios que forman el ejército federal, dándoles la uniformidad de acción tan necesaria para operar con buen resultado.

Su necesaria separación, ha dejado un vacío que tendrá usted grandísimas dificultades para llenar.

Si usted lo hace con un hombre nuevo, se corre el peligro de que él no esté a la altura de la situación; si es de uno viejo, ya gastado, será cual otro rey de las ranas que profanaron con el mayor vilipendio.

De los peligros que dejo indicados y de las dificultades que en mi opinión deben derivarse, solamente un remedio tienen, es éste: el juicio del señor Degollado tan pronto como sea posible y si consigue su vindicación, como con toda fe lo espero, que vuelva a reasumir el mando.

Como conozco que usted escucha y me perdona la licencia con que le descubro mi pensamiento, o vacilo en manifestarle que nada, absolutamente nada puede usted esperar del señor Ampudia que no es capaz de organizar una compañía; que la edad y los achaques han reducido a la nada al señor Quijano, cuyas bellísimas prendas, son inútiles en momentos de crisis y de agitación; que todos los militares del ejército que yo conozco en las filas constitucionales, haciendo la debida excepción del señor Valle y Colombres, no son los hombres que sacarán el toro de la barranca.

Después del triunfo en Silao, temí que se cometiera la imprudencia de obrar sobre México; grande fue mi gusto cuando supe que esas operaciones se habían diferido, determinando obrar sobre Guadalajara, punto importante.

Creo que esa empresa exige grandes trabajos y tiempo, por lo que juzgo que en este año no podrá irse sobre México.

La ocasión y la perturbación que debe ocasionarse por el cambio de general en jefe, es el momento en que Miramón pretenderá tomar la ofensiva y no me sorprenderá saber que ha salido de México para maniobrar en la línea que él juzga débil y fácil de atacar.

En su falsa posición yo destacaría una división al interior, para perturbar las operaciones del ejército constitucional y con otra obraría rumbo a Veracruz.

Uno y otro intento se le frustrarían, si se tiene por principio invariable no presentar acción en campo raso, sin una seguridad de la victoria.

Cualquier ventaja adquirida por nuestros enemigos en estos momentos, nos hace retroceder y perder mucho de lo adquirido.

Como estos momentos no son de expectativa para propios y extraños, las consecuencias de una desgracia ocurrida a nuestras armas, nos empuja a nuevas dificultades y a la mayor desgracia que estoy viendo venir y que ya la distingo en perspectiva: me refiero a la presión extranjera tanto más temible y desastrosa cuanto que ella se pretende enmascarar como obra de la civilización y la humanidad.

Si yo, en mi aislamiento y retiro, he podido adquirir noticias de esto, claro es que usted sabrá lo últimamente ocurrido en esta pretensión, única tabla de salvación que tienen los conservadores.

Cartas que he visto de La Habana, dan como resuelto que Pacheco será el que lleve el timón y que el representante de Francia, Inglaterra y Prusia secundarán sus esfuerzos; se da como aceptada esa combinación por los Estados Unidos y se dice, que es el resultado de un agente mandado de París al efecto; que se pondrá a usted un proyecto de pacificación previamente arreglado, con los hombres de Miramón; que este paso lo dará el llamado Gobierno de México y que rechazado por usted se procederá a emplear la fuerza para hacer sucumbir el Gobierno Constitucional; que las hostilidades se harán como reparación de las ofensas que dicen tienen del gobierno liberal.

Otra carta de París, da como cierta la intervención y dice, refiriéndose a noticias de México, que Pacheco tiene el propósito y la firma resolución de apoyarse en los elementos mexicanos para operar un cambio que según él dará vida y estabilidad a la nacionalidad mexicana.

Increíbles y absurdas parecerán a usted tales especies; pero aun cuando supongamos que ellas no sean realizables y que la España y Francia, se equivoquen en todo y se peguen el chasco que ya llevaron en 1845, cuando Bermúdez de Castro, ministro español fraguó y llevó a efecto la revolución de San Luis, acaudillada por don Mariano Paredes; sin embargo, conveniente será que la administración constitucional se prepare para cualquier ocurrencia.

Sea que las cosas se compliquen, sea que ellas sigan la marcha que nos aproxime a una solución, yo me aventuro, no sin temor de proponer un disparate, el que usted adoptase una medida que mi corta capacidad me hace juzgar como útil y conveniente.

Ahora que la mayor parte de la República está sujeta al gobierno legítimo, creo debería apresurarse a formar una representación supletoria de los estados, la cual sin el carácter de congreso, sino de consejo privado del gobierno, tuviera parte en las resoluciones urgentes y graves de que deberían tener conocimiento el Congreso general.

Con un consejo semejante se conseguirían dos objetos: evitar que en caso de necesidad y de urgente resolución, el Ejecutivo no se expusiera a un desacuerdo con los estados, porque teniendo éstos los agentes nombrados por ellos cerca de usted, el Gobierno tendría con quien compartir la responsabilidad de sus actos y sus determinaciones no correrían el peligro de ocasionar un cisma.

Convocar un Congreso como lo más constitucional hoy, o hacerlo cuando sean más propicias las circunstancias, son actos que veo erizados de peligros y dificultades.

En el primer caso los partidos harían cuestionable su legitimidad y, más que todo, harían peligrosa su reunión porque el Congreso querría gobernar y cada diputado, armado de su derecho de iniciativa, perturbaría la marcha del Ejecutivo.

En el segundo caso habrá dos inconvenientes, a cual más graves.

Si la reunión de los representantes de la Nación, se hace luego que se establezca la paz y las elecciones para reorganizar los supremos poderes, se verifica inmediatamente al triunfo sobre los reaccionarios, seguramente la República vuelve hacerse pedazos, porque tenga usted por seguro, que la victoria va a ocasionar una división en el partido de la Reforma.

Yo no veo más camino para llegar a cimentar el orden, que prolongar después del triunfo el gobierno de usted por un año, después del cual muchos inconvenientes habrían terminado por el simple transcurso del tiempo.

La formación, pues, de un consejo de representantes electos por los estados, sin iniciativa en los negocios será cosa que libertará a usted de las dificultades que muy (en) breve van a rodear a usted; esas dificultades creo percibirlas desde aquí y son:

1°.—Intervención extranjera.

2°.—Reclamaciones por perjuicios recibidos.

3°.—Cuestión española, la cual si va a presentarse, no en el terreno de las indemnizaciones, sino (en) el de garantías para lo futuro, pidiendo la admisión de una división española, pagada por México, durante el tiempo que determinen las potencias que intervengan en el país.

4°.—Medidas para hacer frente a tales exigencias.

5°.—Necesidad de adoptar, con consentimiento de los estados, aquellas providencias que deben llevarse a efecto, en el momento que la capital sea ocupada.

Este acontecimiento lo creo realizable en los tres primeros meses del año entrante, si no ocurre alguna imprudencia en el interior.

Yo no conozco al señor (González) Ortega, sino es por su constancia y actividad; pero si mandando en jefe de todo el ejército, lo hace como en Silao, cuente usted que sus operaciones no correrán el riesgo de una dispersión, nombre que realmente deben tener todos los encuentros desgraciados de las armas constitucionales.

Habrá usted notado que muchas de esas pérdidas han sido ocasionadas por la manía de llevar muchos trenes y cañones, muchos de ellos inservibles, lo cual entorpece las operaciones y el día de una batalla no hay fuerza para destinarla a la pelea, ni tropa suficiente que custodie esos numerosos carros y cañones.

Todos los maestros en la ciencia militar convienen que la artillería debe ser de la dotación de dos cañones a lo sumo tres, por cada 1,000 hombres; todo lo que pasa de este número, es peligroso y con los trenes que se llevaron a la Estancia de las Vacas, bastó para que ellos derrotasen al señor Degollado.

Yo pensaba escribir a este señor, imponiéndole que él mandase cuando nuestras tropas se aproximaron a la capital, para manifestarle mi opinión sobre las operaciones en México; mas supuesto que otro será el que mande y no teniendo relación ni confianza con el jefe destinado a tamaña empresas, me tomaré la libertad de manifestarle a usted lo que pienso por si mereciere su aprobación.

Desde Hernando Cortés, hasta hoy, todo el que ha hostilizado a México, lo ha verificado por el poniente de la ciudad.

El ejército bajo el mando de Iturbide en 1821; Santa Anna en 1832; Valencia en 1840; los americanos en 1848; el general Blanco en 1858; el señor Degollado en 1859, y en esta vez será lo mismo, si no se estudia, como yo lo he hecho, el Valle de México y el plano en que está la ciudad, comparando sus edificios entre sí y examinando las relaciones militares de un punto a otro.

La ciudad de México presenta grandes defensas, con una mediana fortificación pasajera, siempre que el que la invada, emprenda el ataque por las tres líneas de puntos que forman su defensa al poniente.

La primera línea exterior es Mexicaltzingo, Mixcoac, San Diego de Churubusco, Tacubaya, Tacuba y los Morales; como puntos avanzados de esta línea tenemos el Molino del Rey y Chapultepec.

En cualquier lugar de los mencionados que se ocupe, se está expuesto a ser derrotado y batido por la espalda; de esto resulta que ninguno de ellos puede ser escogido sin graves riesgos como base de las operaciones para un sitio.

La segunda línea de defensa, que es buena y sostenible, la forman los puntos siguientes: Garita de la Candelaria, San Antonio, Niño Perdido, Chapultepec, Los Morales y San Cosme; todo esto con fácil comunicación para el que ocupa México.

La tercera línea, siempre al sur y poniente, es superior a todas, porque es más concentrada; fórmase ésta de la Iglesia de Jesús, San Agustín, Regina, San Gerónimo, Vizcaína, San Francisco, Acordada, San Diego, La Veracruz, San Juan de Dios, Santa Isabel, Concepción y San Lorenzo.

Estos edificios hacen relación entre sí y se necesitan grandes obras para apoderarse de ellos.

Ahora veamos la parte opuesta, esto es, la de oriente y norte, y desde luego verá usted que México está desmantelado y descubierto por esos rumbos.

El que se defienda en México, sólo puede hacerlo apoyándose por el norte en Peralvillo, Santa Catarina, Mártir y San Pablo, edificios sin defensa y sin relación.

Por el oriente, San Sebastián, San Lázaro, Santa Cruz, la Santísima, Loreto y Santa Inés, que está dos cuadras del Palacio.

De estas ligerísima observaciones, resulta que desde luego, usted se convence, que atacar la plaza y ocupar a México, obrando por el sur y poniente, es obra larga, expuesta y difícil.

Por lo contrario, invadiendo por el norte y oriente, es lo más breve y lo más fácil y también lo más conveniente, porque en caso desgraciado, hay dos puntos de partida interesantísimos.

A San Cristóbal Ecatepec, de donde va a cualquiera rumbo y Ayotla, fácil de comunicación con el primero, cuyos puntos presentan las ventajas de ser vulnerables sólo por el camino real y de frente, para los que salen de México y quieren por el camino más corto dar un golpe de mano; la retirada por el poniente es difícil porque la topografía del país, se presta para retardar un movimiento retrógrado y los puntos en que se podía hacer una concentración, son desprovistos de elementos.

Esto que a vuelo de pájaro indico, es fruto de un largo estudio sobre el terreno y los sucesos de armas ocurridos en el Valle han confirmado mi juicio.

Cuando en 1847, no hubo defensa, ni Santa Anna entendía una palabra de milicia.

Los jefes y los soldados hicieron lo que pudieron y el General en jefe mexicano, se dejó batir siempre por la espalda, en todos los encuentros.

Ya que no puedo hacer otra cosa, permítame usted que le manifieste mis opiniones en materia tan vital.

Sería para mí el mayor de mis contento, el cooperar, personalmente, a la rendición de México.

Las pasiones y los odios políticos me tienen fuera de combate y no puedo hacer sino escribir las ideas que tengo.

Ya ésta no es carta; conozco he traspasado los límites y apurado mucho la paciencia de usted, pero me falta la parte relativa a este Estado, que reo interesa igualmente.

A mi salida de Campeche el 23 del pasado, dejé aquella población en un desaliento grande y su gobierno en el conflicto de habérsele perturbado la tranquilidad de la Isla del Carmen, lugar de donde saca los grandes recursos de su aduana marítima.

Este incidente forzó al Gobierno a cambiar de rumbo en sus intentos belicosos contra Azereto, porque tuvo necesidad de mandar tropa a La Laguna y al bergantín Hércules, en seguida provocó una explicación con Mérida y cuando las cosa se encontraban en este estado vino la exhortación de usted para la paz y ambos contendientes soltaron las armas de la mano.

Uno y otro han fingido acatamiento a los deseos de usted y uno y otro aplazan la pelea porque no tienen medios para seguir adelante.

De oficio recibirá usted la noticia del embarque de indios y ese acto desvergonzado, tan criminal como injustificable, se aumenta de tamaño, si atiende usted a la publicación del adjunto papel que ha hecho este gobierno.

Mando la relación de los indígenas vendidos, que yo desearía conociera usted, para ver si son indios sublevados; mando el impreso, que no es otra cosa que un ataque directo al Supremo Gobierno y una ofensa a su autoridad.

Se niega la facultad de prohibir la venta de mexicanos, se protesta que ella continuará a pesar de las órdenes en contrario y muy claro se dice que nada tiene que ver en el asunto el gobierno de la Unión.

Dos días ha que llegó aquí el señor Azereto, quien tiene la manía de imitar al general Santa Anna, de mandar hacer salvas, siempre que entra o sale de la ciudad.

Se dice que va a hacer dimisión del gobierno y se cuenta que su sucesor será el señor Castellanos como presidente del Tribunal de Justicia.

Tal cambio en nada modifica la administración, la cual seguirá, como siempre, burlándose de las órdenes de México, mal, señor Presidente, que cuenta veinte años.

Todo cuanto digan a usted de Constitución y libertad estas gentes, todo es farsa y si ellos permanecen incorporada a la Federación es porque sus productos agrícolas e industriales se consumen en nuestro mercado.

Los puertos del Seno, (2) están a la obediencia de usted, ellos lo reconocerán y Yucatán será amigo de la Constitución de 1857.

Si mañana hay un cambio, serán conservadores.

Yucatán nombró en 1847 y 1848 una comisión que fue a La Habana a solicitar su incorporación a la España y mientras esto se negociaba, grandes banderas flotaban sobre las casas con el lema de ¡Viva Isabel II!

El capitán general rehusó admitir esta alhaja y entonces, corrieron a ofrecerse a los Estados Unidos, decretando primero la legislatura del estado, que Yucatán era neutral en la guerra con México: allí se les despachó con cajas destempladas y los periódicos americanos los pusieron de verde y azul por esta conducta infame.

No piense usted, señor Presidente, que yo exagero; esta es gente distinta de la que usted conoce, ni ahora, ni más adelante ni cuando se establezca la paz, podrán remediarse los desastres de este suelo, ni reducirse al orden sus mandarines.

Mueran pues, ya que quieren morir; pero a lo menos que esa venta criminal tenga un término.

Sin buques que vigilen las costas no se impide el crimen; usted no los tiene, ni puede hacerlo, luego es fuerza escogitar (sic) un medio que dé el justísimo resultado que usted desea.

En Sisal se impidió el embarque de 30 desgraciados, que constan en la lista adjunta; pero en San Felipe y el Progreso se vendieron ¡ciento once! que llegarían a La Habana, en la goleta Teresita que vino al efecto.

Sube a tanto la audacia de estos funcionarios que el señor Azereto enseña a todo mundo una carta de usted escrita al gobernador Irigoyen, que le cogieron en uno de los cateos de sus papeles, en la cual usted le reprueba el tráfico de los indios y le conjura a no imitar a Santa Anna, Vega y demás que han hecho ese comercio; se burla de las sentidas palabras que usted usó y dice que si usted desea impedir la salida de los indios le mande 50,000 pesos mensuales, que es lo que produce, pues de otra manera, si sus agentes cautivan a usted le venderá igualmente.

Hablando de la orden últimamente venida el mes pasado, dice Azereto, con gran desfachatez: “El peso de esa responsabilidad con que se amaga, no debe ser mayor que el de dos cargas de maíz y yo puedo soportarlas”.

En presencia de todo esto ¿qué resta por hacer? No tiene usted fuerza para hacerse respetar, luego mejor es cortar comunicación con un gobierno que así viola la decencia y la conveniencia.

Respecto de los indios, si usted no se vale de los ingleses, lo cual tiene también sus peligros, saldrán y serán esclavizados sin misericordia.

Si esto no conviene, el Indianola puede cuidar de Sisal a Río Lagarto y algo disminuirá estos crímenes, sobre todo, no prorrogar más el permiso de los viveros de La Habana, que son los que más hacen este comercio; estos buques tienen licencia de pescar en nuestras aguas, tocan en la costa y pescan hombres.

Ruego a usted encarecidamente tenga la bondad de recomendar al señor Torrea el pago al señor Grinda el cual ya me saca los ojos, toda vez que hay comunicación.

Aunque sea por partidas parciales, ruego a usted que se me libere de esta pena.

Quiero tenerlo contento porque por su conducto recibirá usted mis cartas como va ésta, que de verdad no merece tal nombre.

Pido pues, para terminar, mil perdones, a pesar de tanto como he escrito, dejo algunas cosas en el tintero.

No concluiré sin darle a usted una alerta por lo que pueda suceder.

Marín ha tenido un gran disgusto con Miramón y han mediado contestaciones desagradables; aún no sé el porqué de este contratiempo, ni las consecuencias que puede tener.

Sé que Marín se muestra quejoso y aun arrepentido de los compromisos que contraje por servir a un gobierno desagradecido.

No me sorprenderá que Miramón pierda su almirante y que éste haga un pegue por lo sucedido.

De usted con el mayor afecto de su servidor, que besa su mano.

Juan Suárez y Navarro

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.

Notas:

(1) Juan Suárez Navarro. Nació en Guadalajara, Jal., allegado de Santa Anna, se le comisionó para traerlo de su destierro, la última vez que vino a ocupar la Presidencia de la República (1853). Fue oficial mayor en la secretaría de Guerra y encargado de la oficina de desamortización de bienes eclesiásticos. En 1859 volvió al país y se incorporó al gobierno liberal. En 1860 se trasladó a Campeche y Yucatán. Sirvió al Imperio. Murió en la ciudad de México el 29 de enero de 1867.

(2) Se refiere al Golfo de México.