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Siglo XIX > 1850-1859 > 1859

Protesta del gobierno conservador ante los Estados Unidos.
México, diciembre 19 de 1859.

Sr. Lewis Cass
Secretario de Estado de los Estados Unidos

El infrascrito, ministro de Relaciones Exteriores, ha recibido órdenes de su excelencia el Presidente de la República Mexicana para dirigirse a su excelencia el secretario de Estado de los Estados Unidos de América, con el propósito de llamar la atención de su gobierno sobre un asunto de la más grande importancia y gravedad para ambos países.

El infrascrito sabe bien que el mencionado gobierno de los Estados Unidos, habiendo reconocido y estando en relaciones con la administración de Veracruz, su excelencia el Honorable señor Cass no está obligado a considerar al firmante de esta nota como mediador legítimo; pero como él no puede negar su propio carácter y como el asunto del que se va a ocupar merece un serio examen y una explicación franca y sincera por parte de México, confía que S. E., pasando por alto una dificultad de mero formulismo, en beneficio de la paz entre las dos más importantes repúblicas del continente americano, tendrá gusto al recibir esta comunicación e informará a S. E. el Presidente de Estados Unidos.

Los sucesos y la obstinada y sangrienta guerra en la que la República Mexicana se ha visto envuelta durante cinco años, son bien conocidos por los gobiernos extranjeros y muy especialmente por el de Estados Unidos.

Estando todos ellos deseosos de que se llegue a un feliz término que ponga fin al derramamiento de sangre y para que se restablezca la paz, el gobierno del infrascrito no puede creer que el de Estados Unidos sea quien desee nuevas complicaciones en el país y mucho menos que se complazca con sus desastres y desventuras tanto que procure ventajas para sí que no harían honor a su nombre y que podrían ser obtenidas sólo a costa de grandes sacrificios, engendrando y exasperando más cada día una mutua aversión entre ambos países.

Su excelencia, el secretario de Estado de los Estados Unidos, notará de inmediato que el infrascrito se refiere al tratado, que, de acuerdo a los informes que ha recibido, se está negociando en Veracruz entre el señor McLane y el ministro de Relaciones Exteriores del señor Juárez.

Si aún no ha sido firmado y si no es verdad que se va a firmar, no hay duda de que exista un ansioso y profundo deseo por concluirlo, y que este tratado se refiere a concesiones territoriales o tránsitos para los ciudadanos y la tropa de Estados Unidos.

La primera impresión que causa este hecho ha sido y es tan profunda, que ni el gobierno de esta República ni el de Estados Unidos puede cerrar los ojos a las consecuencias, sin incurrir en grave responsabilidad ante Dios y ante el mundo.

El secretario de Estado de los Estados Unidos recordará que el gobierno del infrascrito, al instalarse en enero del año pasado, fue voluntariamente reconocido por el señor John Forsyth, ministro de Estados Unidos y que el ministro de México, general Robles, fue recibido en Washington por el Presidente en una audiencia pública para que pudiera presentar la carta autografiada del general que en ese tiempo ejercía el poder ejecutivo; que en el mes de marzo siguiente, el señor Forsyth presentó a este Departamento los términos de un tratado para hacer nuevas demarcaciones de fronteras entre las dos repúblicas que abarcan una pérdida muy considerable de territorio mexicano y otros asuntos de importancia;

Que la respuesta que este Departamento dio al señor Forsyth expresaba que lo propuesto no era conveniente para México, tanto en lo concerniente a su honor como a sus intereses; que tampoco existía un Congreso Nacional que pudiera autorizar y sancionar una negociación tan grave y, finalmente, que un asunto de este carácter tendería a inflamar aún más la guerra interna bajo circunstancias en las cuales el único objeto del gobierno de la República era lograr la paz.

El señor Forsyth, a partir de este momento, se declaró en franca hostilidad hacia este gobierno, ayudó en todo lo que pudo a los enemigos del mismo, interrumpió las relaciones que existían entre ambos países sin siquiera esperar instrucciones de Washington y no abandonó esta República hasta que, cansado de la infructuosa tarea para destruir el mismo gobierno que él había reconocido, perdió todas las esperanzas de consumar sus deseos.

La prensa de Estados Unidos ya ha sancionado la conducta del señor Forsyth, no siendo el infrascrito quien mencione lo dicho por ella para que no se tome como antecedente desfavorable y falto de honor en las negociaciones que se están llevando a cabo o que ya han sido concluidas en Veracruz.

El gobierno de Estados Unidos pensó, después, que era correcto reconocer al gobierno instalado en ese puerto; cuando esto sucedió, el gobierno que represento y que fue reconocido por el señor Forsyth, escasamente terminaba de instalarse en Palacio Nacional.

El infrascrito no tratará de establecer la legitimidad del gobierno que representa; el punto que está en discusión en el país es demasiado serio para dar una opinión imparcial sobre la versión que aún no se ha formado en América y en Europa referente a la validez de los títulos de los partidos contendientes.

Por una parte, una Constitución que ha producido la anarquía en que se encuentra la República y, por otra, la defensa a su religión y a su sociedad.

La primera es sostenida por las fuerzas que se hacen llamar constitucionalistas y la última la sostienen todas las clases sociales y el pueblo, quienes, en todas partes, con muestras de gran alegría, reciben a las tropas del gobierno.

Victoriosos siempre en las batallas más importantes y decisivas, ya hubiera impuesto la obediencia en toda la República a no ser por la extensión del territorio y el pésimo clima de las dos costas, que han sido causa de impedimento para operaciones militares.

Sin un sufragio tan decisivo como el que favorece al presente gobierno, la adhesión de todos los departamentos más poblados e importantes no se explicaría, así como tampoco el entusiasmo con que las tropas son acogidas en todos los lugares que éstas han ocupado.

Pero si estas explicaciones parecen al secretario de Estado de los Estados Unidos, faltas de base y dictadas con espíritu de partido, su excelencia no puede dejar de reconocer que los partidos y las clases de la sociedad mexicana, sin exceptuar los industriales, ya sea conectados con la agricultura o el comercio, apoyan a este gobierno.

En tales circunstancias, el infrascrito no teme asentar que ningún gobierno extranjero puede efectuar tratados como el que se ha propuesto o se ha aceptado ya en Veracruz.

Pero, una vez más, el gobierno llamado Constitucionalista no está autorizado por la Constitución de 1857 a entrar o efectuar esta clase de negociaciones y nadie puede saber mejor que su excelencia, el secretario de Estado de los Estados Unidos, cuáles son las limitaciones que en un asunto de tal gravedad ponen el pueblo y las Constituciones aún de los gobiernos mejor consolidados.

En el artículo 72 de dicha Constitución, se establece que sólo pertenece al Congreso, “aprobar los tratados, contratos o convenios diplomáticos” y “aceptar o rehusar la entrada de tropas extranjeras dentro del territorio de la Confederación”.

¿Qué sería de un país que, bajo circunstancias similares, se encontrara bajo el dominio de un gobierno como el de Veracruz? Un corto periodo de guerra civil podría terminar o poner en gran peligro su territorio y su independencia.

El gobierno de Veracruz, por lo tanto, al aprobar el tratado, se ha adjudicado títulos y poderes que no posee aún en el carácter que invoca; y si llegase a salir bien, sus partidarios, para establecer cualquier regularidad en los asuntos, le harían expiar esta tremenda ofensa a la soberanía nacional con un castigo ejemplar.

No es intención del infrascrito señalar los deberes del gobierno de Estados Unidos en relación a un país vecino que está en desgracia y, mucho menos, por lo que es y seguirá siendo de la estimación y consideración de todas las naciones, pero no puede omitir el asentar que un tratado efectuado con un partido conquistado, quien busca en la ruina de su propio país los medios de defensa, dejaría a los dos países en un conflicto permanente.

Es de justicia y conveniente para el gobierno de Estados Unidos, por lo tanto, que mida, de acuerdo con su política, las dificultades e inconveniencias de una complicación tan lamentable y las consecuencias tan tremendas que esto acarrearía y para que el de México exponga con franqueza y sinceridad sus puntos de vista, para que en ninguna ocasión se le impute no haber cumplido con sus obligaciones.

Con la misma justicia, el infrascrito protesta contra el tratado de Veracruz, no solamente en nombre de su gobierno, sine en el de toda la nación.

El infrascrito confía que el tratado no sea ratificado en Washington, aun cuando ya ha sido ajustado; pero si no fuera así, México acepta la posición en que ha sido colocado por la providencia, sin envidiar la de Estados Unidos.

El último tendrá de su lado la fuerza y traición; el primero, honor y justicia.

El infrascrito protesta a S. E., el secretario de Estado de los Estados Unidos de América, su muy distinguida consideración, etc.

Octaviano Muñoz Ledo
Ministro de Relaciones Exteriores ad interin del Gobierno de Miramón

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.