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Siglo XIX > 1850-1859 > 1859

Mata se entrevista con McLane en Washington.
Washington, octubre 28 de 1859.

Excmo. Sr. don Melchor Ocampo
Veracruz

Mi estimado amigo y señor:

Con la esperanza de que el señor McLane lleve esta carta, me pongo a escribirla para no estar desprevenido.

Ayer recibí la grata de usted, fecha 7 del actual.

Su contenido me ha causado verdadera pesadumbre; primero y principalmente porque veo en ella cuán pocas esperanzas hay de que se realice el tratado con este país y en el que yo ponía todas mis esperanzas para que el gobierno dominase la situación y pusiese un término a la guerra civil que asola al país, lo desacredita más cada día y lo orilla a la pérdida de la independencia y, segundo, porque me revela el hecho desagradable de la poca inteligencia que hay entre el señor Lerdo y las demás personas del gabinete, hecho que en las actuales circunstancias, puede causar algún mal y poner obstáculos al triunfo de la causa.

Hace tres días estuvo aquí el señor McLane y tuve con él una larga conferencia sobre la cuestión pendiente.

En el curso de ella le mostré el artículo que remití a usted en mi carta anterior y no le satisfizo la condición de los diez días que yo fijo en él para que las fuerzas americanas pudiesen marchar a proteger las vías de tránsito, presentándome casos que podrían ocurrir a los que no satisfacía la referida cláusula.

Me manifestó que el único medio que él cree capaz de zanjar la dificultad, es la adopción de uno de los artículos del proyecto que sobre alianza usted le presentó y que él adopta con modificaciones poco importantes y cuyo artículo parece que el Presidente está dispuesto a aceptar.

Estando en la creencia, el señor McLane, no yo, de que enviarían ustedes la autorización para que se firmase aquí el Tratado, me propuso que nos reuniéramos aquí, luego que llegase la correspondencia de la Saratoga, (el) señor Lerdo, él y yo, para que discutiésemos y arreglásemos la cuestión y mientras se fue a estar en Baltimore.

Escribí esto mismo por encargo suyo y (el) señor Lerdo, de quien aún no recibo respuesta y a quien remití ayer los pliegos que para él recibí.

Antes de pasar adelante, diré a usted que si la autorización para firmar el tratado hubiese venido, habría sido el señor McLane y no otro, quien lo hubiera firmado por parte de este gobierno; de modo que sobre este punto no tiene lugar la observación de usted.

Las opiniones conocidas del señor (de la) Fuente y el carácter, conocido también para mí, de nuestro Presidente, juntamente con el conocimiento que tengo de las opiniones de esta administración, me hacen deducir, sin violencia, la conclusión de que no se hará tratado alguno porque creo que ni el pensamiento del señor McLane, que confieso me agrada más que el mío, será aceptado por el Presidente y por el señor (de la) Fuente.

En este caso el reconocimiento de nuestro gobierno por el de los Estados Unidos, puede llegar a ser un mal y no un bien; porque nos hará responsables de todos los atropellamientos que la reacción ha cometido con los ciudadanos americanos y, como estaremos imposibilitados de impedir esos atropellamientos, esto será un motivo de grandes dificultades para nosotros.

Me queda una sola esperanza con respecto a esta cuestión.

El arreglo hecho entre Miramón y el gobierno español va a producir indudablemente una nueva crisis en nuestra situación, pues es seguro que dentro de poco se nos querrá obligar por los españoles a cumplir las estipulaciones del nuevo convenio, con la seguridad de que las rechazaremos y de que han de hacer, en consecuencia, uso de la fuerza no para intervenir en nuestra política, sino para obligar a México a cumplir con las obligaciones de un pacto solemne.

Es posible, pues, que con frecuencia de esta nueva crisis y con la conciencia de que no podemos obtener ayuda sino de este pueblo y de este gobierno para poder salir airosos en una cuestión que afecta verdaderamente el honor nacional, el señor Presidente y el señor (de la) Fuente se decidan a variar de ideas y a aceptar un tratado que, si es cierto que importa una gran concesión se hace a un amigo, en cambio del auxilio moral y material que podemos recibir, ya no para hacer triunfar una idea política, sino para defender principios humanitarios y salvar a nuestra sociedad de la tristísima situación en que actualmente se encuentra y de la más triste, si es posible, en que se encontraría si los proyectos de los conservadores llegaran a realizarse.

Dentro de pocos días sabré si esta esperanza tan fundada como está, resulta ilusoria.

Con respecto a la conducta del señor Lerdo no me sorprende lo que usted me dice.

Hace muchos años que lo conozco para que esto pudiera sorprenderme, pero sí me causa pena lo que pasa porque no se puede negar que su nombre ha adquirido popularidad desde 1856, como partidario de la Reforma y un desavenimiento, en estos momentos, puede dar lugar a dudas en el ánimo de muchas personas, dentro y fuera del país, que ni están ni pueden estar al corriente de las causas que producen semejante resultado.

Recuerdo, cuando vine a este país, cuán difícil me fue hacer comprender que Comonfort no había caído defendiendo los principios liberales, sino que su caída fue debida a la traición que cometió contra esos mismos principios y esto a pesar de haber sido tan pública su conducta y de lo mucho que contra él se escribió.

Presenté al secretario de Estado la parte importante de la nota del señor Oseguera en que me comunica el arreglo con España y, a petición suya, le remití una copia para someterla al Presidente.

En este suceso veo la mejor oportunidad para obtener la tan deseada adquisición de Cuba.

Ya una vez desperdició una oportunidad igual Comonfort, ¿desperdiciaremos ésta nosotros?

Hay en mí una corazonada, juicio instintivo, que me lo hace temer.

No se por qué, pero mi fe se va gastando.

Ahora que he tratado lo importante, quiero ocuparme de mí.

Creo que me conoce usted bastante para hacerme la justicia de creer que cuando se trata de deberes no hay molestias a sacrificio que me detenga en el cumplimiento de los que yo reconozco por tales.

Así es que cuando usted y el señor Presidente juzgaron que era importante y aun necesario que yo viniese aquí, con el objeto de obtener el reconocimiento del Gobierno Constitucional, a pesar de que la orden la recibí al frente del enemigo y de que era un duro sacrificio para mí abandonar en semejantes momentos a mis compañeros, a pesar de esto y de otras consideraciones que de aquí se pueden deducir, no vacilé en obsequiar los deseos de ustedes y, aun cuando no pueda usted tener un conocimiento pleno de la serie de sacrificios a que tuve que someterme para llevar a término tan difícil como desagradable misión, conoce usted bastante para formar juicio y para que yo me dispense de escribir mi propia historia.

Todo esto lo hice porque creía cumplir un deber, porque tenía la convicción de que los hombres de la Reforma en México, obrando lógicamente, debían identificarse en acción y en principios con el pueblo que profesa sus ideas, así como los conservadores obran lógicamente buscando el modo de identificarse con los tronos y los déspotas que profesan las suyas.

Es posible que mi entusiasmo, aunque yo procuro en estas cuestiones guiarme por la cabeza y no por el corazón, es posible, repito, que mi entusiasmo me haga ir más lejos de lo que debiera en lo que concierne a la unidad de principios y de intereses entre ambos pueblos y que, por lo mismo, yo no vea peligros o si los veo sean muy remotos donde otros los ven considerables e inmediatos; que partiendo de este mismo principio, el juicio que yo formo de la situación y peligros de nuestro país sea exagerado o tal vez erróneo.

Sea como fuere y tenga yo o no razón, hay un hecho innegable; el gobierno que yo represento no está de acuerdo con mis ideas y hay peligro, no por mala fe, porque soy incapaz de tal villanía, pero si por falta de unidad de ideas, de que yo no represente con exactitud las de mi gobierno que es mi primer deber en el puesto en que me hallo.

Esta reflexión que hace días me asalta y que diariamente se robustece, me presenta ahora el deber de otro lado y me aconseja que abandone yo un puesto en que no podré hacer bien alguno a mi país y en el que los sacrificios de varias clases que hago son perfectamente inútiles.

Llegado a esta conclusión, lo natural sería que al mismo tiempo que esta carta fuese mi renuncia, pero no lo hago por dos razones; es la primera, que creo que (el) señor Lerdo enfadado de que ustedes no hayan accedido a lo que él, por sólo la posibilidad de una coincidencia que aun cuando fuese simplemente casual, le pareció y quiso evitar.

La segunda es, que si la cuestión de España llega a tener las proporciones que yo le supongo, si en ella coinciden con las mías las opiniones del gobierno, hay posibilidad de que el conocimiento que yo he adquirido de las cosas y de las personas de este país, pudiese ser de utilidad al mío y entonces y sólo mientras tal utilidad pueda obtenerse, me decidiré a permanecer aquí.

Hago a usted esta fastidiosa relación de un negocio, en gran parte personal, para suplicarle que consulte con el señor Presidente sobre la persona que me haya de reemplazar a fin de que tenga tiempo suficiente para escogerla y también para que sepa los motivos de conciencia que me impulsan a formar una resolución que, en las circunstancias actuales, habría peligro de que fuese interpretada en un sentido que está muy lejos de tener.

Es posible que como (el) señor Lerdo, muchos hayan creído que por adusto e intratable, y confieso que lo soy para los pillos, no hubiera yo podido arreglar un préstamo.

Pero como no sólo yo sino muchas otras personas que de seguro no adolecían de mis defectos, lo intentaron sin éxito, esto podría servir de prueba que, crédito y amabilidad son dos cosas muy distintas y, en mi concepto, los banqueros de todos los países buscan aquél y se cuidan poco de la última.

Con todo, yo he podido obtener más que ninguno otro, puesto que me han fiado las armas que fueron a la frontera y que debieron ser por un valor mucho mayor, si yo mismo no hubiera disminuido el contrato para disminuir también la responsabilidad del gobierno.

Pero debo decir en honor de la verdad, que si este contrato se hizo es debido principalmente a que este señor Presidente alentó al contratista a que lo hiciese, manifestándole el deseo que tenía de ver triunfar a nuestro gobierno y haciéndole entender, al mismo tiempo, que los Estados Unidos iban a pagar a México una suma considerable por un contrato y esto aseguraba el paso de los objetos que facilitase.

No teniendo intención de permanecer en este puesto, juzgo inútil dar a usted parecer alguno sobre nombramiento de secretario.

Día 29

Nada sé todavía ni del señor McLane ni del señor Lerdo.

Continúo, pues.

Ayer se recibió aviso telegráfico de la llegada del Tennessee; pero nada hay importante.

El partido católico de este país comienza a trabajar activamente contra nosotros y su influjo es tanto más atendido cuanto más se aproxima la elección de Presidente.

Esta es una de las causas poderosas, prescindiendo de las muy graves de nuestra situación que aconsejaban no se perdiese tiempo de la formación del tratado.

El obispo Labastida ha trabajado aquí con actividad y, asegurándose el apoyo del arzobispo Hughes de New York, que es una potencia política por el influjo decisivo que ejerce sobre las masas de brutos y fanáticos irlandeses que hay en el país.

Un sistema que corrobora mi opinión sobre el negocio de España es el artículo que ha publicado la Crónica de New York que acompaño.

Este periódico es pagado par el gobierno español y es seguro que ha empezado a escribir de orden superior.

El señor Green acaba de llegar de Inglaterra.

Me ha manifestado lo que trabajó allí que, en general, nos es favorable.

Por esto siento la respuesta que se ha dado a su petición.

El permiso de Cazneau en nada interviene con lo que él pretende y en cuanto a la petición hecha por los que han obtenido el privilegio para hacer el camino a Monterrey, creo que carecen de todo y que el gobierno antes de conceder el permiso o privilegio para la construcción de la comunicación interoceánica, debería exigir de los pretendientes garantías suficientes de que la obra se ejecutaría.

Aun con este requisito, ya hemos visto lo que sucedió con Tehuantepec.

Remito a usted el recibo que acredita haber pagado el tercer mes de suscripción al Noticioso de New York.

Como en el mes anterior, envío un duplicado al ministerio.

Acompaño a usted también una carta que han publicado los periódicos del señor Whitehead, que le impondrá a usted del modo como este señor ha cumplido las promesas que hizo a usted en ésa y al señor Lerdo y a mí en New York.

Día 30

Nada sé del señor McLane ni del señor Lerdo.

Anoche recibí la grata de usted de fecha 5 y que ya creía perdida.

Su contenido no hace más que confirmar la opinión que tenía formada, demostrando la exactitud del juicio del señor McLane y afirmar mi resolución de separarme de un puesto que contra mis inclinaciones naturales acepté, con la esperanza de prestar un servicio importante al país.

Así, pues, permaneceré aquí y esto sólo por el estado en que se halla Josefina, pues sin esta circunstancia me iría inmediatamente, hasta mediados del mes entrante de diciembre, para cuya fecha juzgo que podremos ponernos en camino sin inconveniente, al mismo tiempo que habrá el señor Presidente tenido lugar de determinar la persona que me sustituya.

Me repito de usted afectísimo amigo y servidor que besa su mano.

José María Mata

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.