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Siglo XIX > 1850-1859 > 1859

Buchanan trata con frialdad a McLane.
Washington, septiembre 19 de 1859.

Excmo. Sr. don Melchor Ocampo
Veracruz

Mi estimado amigo y señor:

A mi regreso de New York, me encontré con la grata de usted de fecha 4 del actual.

Celebro la repetición de la orden de retiro a Mr. Ottway, quien así se verá privado de todo pretexto para permanecer en México.

Mucho me he alegrado al saber el término de las desavenencias que existían entre los jefes fronterizos.

Me causa, sin embargo, pena saber que Zuazua ha tenido diferente conducta de la que yo creía, pues lo suponía dotado de mil buenas cualidades, además de la de valiente.

Ojalá y se realice la creencia que usted tiene respecto a que los trabajos que s ejecutan en México y Puebla, serán menos infructuosos que antes.

Un golpe decisivo a la cabeza ahorrará sangre y tiempo y la República vería el término de una lucha asoladora que consume sus recursos, la priva de muchos brazos útiles y relaja todos los resortes.

He leído los dos periódicos que tuvo usted la bondad de enviarme, pero no llega ni con mucho a lo que era el Universal en tiempo de la alteza.

Han rebajado mucho en su estilo y creo que los conservas están tan convencidos de que no les es posible triunfar que ya ni aliento tienen para sostener sus ideas en el campo de la discusión.

¡Tanto mejor!

Siento que Hitchcock lograse al fin su objeto de contratar el hierro viejo, después de la partida indecente que nos jugó a mí y al señor Butterfield.

Ahora lo que falta es ver si no le juega a usted otra del mismo género.

(El) señor Lerdo determinó mandar a Díaz Mirón a esa.

Debió salir el 17 para La Habana, a fin de tomar el vapor inglés, pero a consecuencia de un temporal terrible que hubo ese día, no pudo salir el buque.

Ayer recibí un despacho telegráfico en que me anunciaba esto (el) señor Lerdo y me decía que pidiera yo un buque al gobierno para que llevara y trajera a Díaz Mirón.

Le contesté que esto no era fácil y que Díaz Mirón podía ir a New Orleáns y arreglar allí que el vapor que va a Minatitlán tocara en ésa para desembarcarlo.

No sé qué resolverá.

Después de ver al señor McLane, era mi intención ver al Presidente y al secretario de Estado para decirles sobre el tratado.

Pero ¿qué podría yo decirle cuando ni usted ni el Presidente, ni el señor Fuente me dicen una palabra acerca de él?

No teniendo instrucciones de ninguna especie, me expondría a comprometerme tontamente, expresando mis ideas como las ideas del gobierno o haciendo el papel ridículo de decirles nada se.

Acompaño a usted un artículo publicado en el periódico que más ha defendido nuestra causa para que vea el juicio que se han formado aquí sobre el motivo porque no se concluyó el tratado.

Este periódico como de oposición, de todo se apodera para atacar al señor Buchanan.

Incluyo a usted el recibo de Degollado por $ 44, el de la subvención al Noticioso por $ 50.

De éste remito el duplicado al ministerio de Relaciones con la nota en que doy aviso de haber hecho el pago.

Como el Tennessee saldrá el día 15 del que entra de New Orleáns para ésa, ésta será la última carta que enviaré por la vía de Minatitlán.

Recibo en este momento la grata de usted, fecha 27 del próximo pasado, respecto de la cual sólo tengo que decir que agradezco a usted mucho su eficacia en la entrega de los $ 1,000 a la casa de Zamora.

Temo que, a pesar de la importante medida de precaución que usted tomó al verificar el señor McLane su retirada, no sea bastante para contrabalancear la impresión que produzca la circunstancia de haberse venido sin el tratado.

Este es un hecho del que se han de entristecer los amigos y del que los enemigos se han de alegrar, comentándolo en los términos que más les convenga.

(El) señor Churchwell, que llegó aquí anteayer, me ha dicho que cree que ya no se hará el tratado aun cuando por nuestra parte accediéramos a lo que pedía el señor Buchanan.

Atribuye esto a la influencia católica que en este país es fuerte, que trabaja contra nosotros activamente y supone que con lo hecho, el Presidente queda a cubierto de las exigencias de la opinión, a la vez que no se pone en abierta oposición con el elemento católico.

No puedo decir hasta donde sea exacta esta opinión.

El señor McLane me dijo que, cuando habló con el Presidente, éste le manifestó con notable frialdad que quedaran las cosas en tal estado.

No sé que la Inglaterra haya dicho algo a este gobierno sobre nuestro reconocimiento.

De aquí han ido instrucciones al ministro en Londres para que urja al gobierno que nos reconozca.

Durán me ha escrito que está en una miseria espantosa y me suplica me interese para que se le mande algo por cuenta de sueldos.

Si se le pudiera remitir alguna cosa le estimaré a usted como un favor especial.

No cabe duda en que este gobierno presentará como argumento incontestable para insistir en su pretensión de mandar fuerzas a las vías de comunicación, el hecho del asalto a la valija y pasajeros en Tehuantepec.

Si en este punto, que está a la mano del gobierno, sucede eso ¿qué no sucederá en Sonora, Durango, Sinaloa, que se hallan tan distantes?

Acaban de echar de Sonora al capitán Stone y sus auxiliares que estaban deslindando los terrenos en virtud del contrato hecho por Comonfort con la casa de Jecker y compañía.

Aunque no quería hablar de esta cuestión, al fin caigo en la tentación.

Para inspirar confianza a los capitalistas que han de emprender las obras, a los comerciantes que han de enviar sus mercancías y a los pasajeros que han de aventurar sus personas y propiedades en los tales caminos, es indispensable que haya algo que les haga creer que tienen el apoyo moral y material necesario para salvar los inconvenientes que, por desgracia, en todas partes de nuestro territorio se han presentado contra la libertad y seguridad del tráfico.

Ahora bien: ¿puede en conciencia ningún gobierno en México, en las condiciones actuales del país, estar seguro de que en las vías que pretenden abrirse tendrá la fuerza de acción necesaria para impedir todo tropiezo y para dar todas las garantías de seguridad a las vidas y a las propiedades que es necesario dar para que el tránsito presente aliciente como especulación y como media de comunicación?

Yo digo que no y que si México, por evitar acceder a una exigencia que se funda en la fuerza incontrastable de los hechos, aceptase la responsabilidad de todos los actos que impidiesen o atentasen a la libertad y seguridad del tráfico, a la vuelta de poco tiempo se vería en una situación comprometidísima, porque contra la seguridad del tránsito en la línea del norte, tendríamos los ladrones considerados como tales, los ladrones enmascarados llamados partidarios políticos y hasta los indios bárbaros.

El gobierno tendría necesidad de mantener un cuerpo de tropas considerable de fidelidad dudosa y aún así no habría confianza.

La prueba más palpable que se puede presentar respecto de este punto nos la da el Istmo de Tehuantepec.

A pesar de los esfuerzos supremos que hace la compañía para llevar adelante la empresa, a pesar del favor que le dispensa el gobierno, a pesar de las nuevas y generosas concesiones que se le han hecho y a pesar, por último, de que hay millones de pesos ociosos en los bancos del norte y en los de Europa, la compañía no puede obtener uno o dos millones de pesos que necesita para una obra que todos conocen, en considerar como de inmensos beneficios pecuniarios y esto, únicamente, porque no hay confianza en la seguridad de la empresa; porque se teme que las convulsiones políticas del país, vendrán a cada paso a poner obstáculos a la obra; porque si hay hoy un gobierno que la proteja, mañana habrá otro que la ataque y aun sin esto porque habiendo hasta hoy nuestros gobiernos han sido incapaces de protegerse a sí mismos, con más razón se teme que lo sean para proteger a otros.

A todo este terrible cúmulo de hechos y razones en contra nuestra, sólo podemos responder con nuestras esperanzas y nuestros deseos de que la condición del país va a mejorar y que al desorden y convulsiones que hasta aquí ha habido sucederá una época de orden y paz.

Pero si esto nos satisface a nosotros, de ningún modo satisface a los que juzgan del porvenir sólo por nuestro pasado y, a las que no teniendo un conocimiento íntimo de las causas de los trastornos en el país, no esperan como nosotros que esas causas se remedien y buscan fuera de nosotros mismos las garantías que juzgan necesarias para acometer empresas que exigen grandes capitales.

Comprendo, pues, que me toca mi parte, cuanto tiene que padecer el amor propio al hacer estas confesiones; comprenda cuán delicado es autorizar a otros para ejecutar actos que sólo corresponden al soberano y aun la oposición que debe suscitar la idea de que una vez concedido a los Estados Unidos el derecho de enviar sus tropas a las vías de tránsito, sin previo permiso de México, podrían abusar de él, pero a la primero yo me digo a mí mismo que en cuestiones de tan vital importancia para el porvenir de la patria, el amor propio es mal consejero y no se deben tomar en cuenta sus sugestiones; respecto de lo segundo convengo en que cedemos o concedemos en parte el ejercicio de un atributo de la soberanía, pero limitadísimo y sólo en cuanto es necesario para alcanzar un importante objeto, concesión que puede evitarse de que sea ejercida, si nosotros cumplimos con los deberes del soberano y no permitimos que se presente ningún caso que de lugar a la necesidad de que otro se haga cargo de cumplir deberes que son exclusivamente nuestros y, respecto de lo último, parto del principio de que tratamos de buena fe y debemos suponer que aquel con quien tratamos usará y no abusará de nuestras concesiones.

Me parece que, en las condiciones actuales de México, el interés del país nos debe aconsejar ceder en algo, cuando en no ceder hay mayores peligros.

Me desprendo en este momento de mi carácter de partidario político, que me induce a unir a los dos países con los lazos de una política y de intereses comunes para considerar la cuestión como mexicano exclusivamente y así me parece que nos es mas conveniente ceder amistosamente un derecho que dependerá de nuestra conducta el que se haga o no uso de él, que serán las consecuencias que pueda acarrear nuestra repulsa, pues aun contando con la mejor voluntad de la administración en favor nuestro, no es posible calcular hasta dónde puede ir el sentimiento público de un pueblo que se cree con derecho para apoderarse de todo el continente y a quien aquellos que se consideran como sus enemigos naturales azuzan para que se apoderen de nuestro territorio, alegando que sólo así podrá haber en él paz y orden.

Insensiblemente ha ido corriendo la pluma y seguiría si no temiera fastidiar a usted con reflexiones que le son tan conocidas o más que a mí.

Suspendo aquí, pues, mi obra.

Deseo que se conserve usted bueno y me repito su afectísimo amigo y servidor, que besa su mano.

José María Mata

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.