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Siglo XIX > 1850-1859 > 1856

Relato de una entrevista del ministro Forsyth con Miguel Lerdo de Tejada.
Palacio Nacional, diciembre 16 de 1856.

El ministro de Relaciones Exteriores, señor Lerdo de Tejada, comenzó por expresar su pesar por el hecho de que el señor Forsyth haya considerado su deber referirse tan duramente, en su última nota, a la acción del gobierno mexicano en el caso Zerman o los prisioneros de La Paz ya que, en su opinión, la expedición tenía fuerte sabor a piratería; por otra parte el caso está sujeto a juicio, en estricta conformidad con las leyes del país, por lo que él considera prematura la intervención de la legación estadounidense.

Agregó que Zerman le había mostrado una carta de un individuo conectado a la Suprema Corte, declarando que el tribunal estaba a punto de pronunciarse en un juicio favorable, pero que esto fue ilegalmente impedido; que había investigado el asunto inmediatamente, conferenciado con el Presidente Comonfort, quien le aseguró que el juicio sería pronunciado tan pronto como se presentase la ocasión, manteniéndose el tribunal al margen de toda influencia extraña; que el Presidente, sin embargo, estaba fuertemente inclinado a sospechar de la culpabilidad de Zerman.

El señor Lerdo continuó diciendo que, por su parte, creía firmemente en la inocencia del capitán y tripulación del Rebeca Adams, empleados para la expedición con el simple objeto de servir de transporte o carguero y reconoció su derecho a indemnización.

El señor Forsyth replicó protestando contra cualquier ingerencia del Supremo Magistrado o del ministro de Relaciones Exteriores en relación a Zerman, que obrara en perjuicio de sus compatriotas que integraban la expedición, perfectamente convenido de la pureza de sus propósitos al venir a México, a instancias de los jefes populares que encabezaban el Plan de Ayutla.

Fueron retenidos como prisioneros casi un año, tiempo durante el cual sufrieron de un tratamiento bárbaro e inhumano.

Estaban deseosos de regresar a sus hogares y familias, pero la decisión sobre su caso parecía alargarse indefinidamente.

El señor Forsyth expresó que no tenía derecho alguno para intervenir diplomáticamente en la protección de sus compatriotas, aceptando la proposición del gobierno mexicano y que debía esperar la sentencia, antes que el tribunal fuera en efecto a abandonar todo el caso, sufriendo un aplazamiento indefinido sus demandas de justicia.

Esto no podía y no debía hacerlo ya que no asumiría semejante responsabilidad en la protección [sic] de sus maltratados compatriotas, y si las demandas en su apoyo no fuesen compatibles con dicha responsabilidad, sentiría que su deber era plantear de inmediato el caso íntegro ante su gobierno.

Agregó que, según su opinión, el gobierno mexicano, siendo fiscal, al decretar una amplia amnistía de los prisioneros, por intermedio de uno de los tribunales locales, podría considerarse una indicación de la justicia de las leyes de México, mientras que una apelación y un segundo juicio parecerían involucrar persecución y no deseo de justicia.

Más adelante añadió, que si se pudiera señalar un plazo definido y razonable para que la Corte dictara su sentencia, tendría la mejor buena voluntad para esperar y, con ese fin, preguntó si el señor Lerdo podría informarle cuándo terminaría el juicio, como su predecesor, el señor de la Fuente, le había prometido pero no cumplido.

El señor Lerdo replicó que investigaría los hechos por intermedio del ministro de Justicia e informaría al señor Forsyth en la contestación a su última nota del 2 de diciembre.

El señor Forsyth manifestó que estaba dispuesto a aplazar la cuestión hasta entonces, presionando al señor Lerdo mientras tanto a utilizar todos los medios compatibles con sus apremiantes compromisos propios de su cargo de ministro de dos importantes departamentos del gobierno mexicano, agregando que no solamente estaba ansioso por el arreglo de este asunto, por humanidad y justicia; además deseaba plantear a S. E., el ministro de Relaciones Exteriores, otros puntos de suma importancia e interés para ambos países, mencionando, entre ellos, el Tratado Postal.

El señor Lerdo recalcó que había solicitado la entrevista con el señor Forsyth con el propósito de conferenciar sobre varios asuntos de actualidad antes de aludir al Tratado Postal, el cual, agregó, era, según su concepto, enteramente aceptable en su forma actual, pero deseaba llamar la atención del señor Forsyth sobre la peculiar situación de México.

Manifestó estar convencido que el actual gobierno era el mejor y más liberal que jamás habían tenido, pero que estaba igualmente persuadido que no podría sostenerse frente a los numerosos factores de desorganización en todo el país, sin la ayuda pecuniaria de alguna potencia amiga.

Para obtener este auxilio, sólo veía a Estados Unidos como el natural aliado de su país, pues no compartía el vulgar prejuicio que prevalece aquí y en otras repúblicas hispano-americanas de que el principio predominante de la política exterior de Estados Unidos era la absorción territorial y su propia expansión, sino que consideraba a esa gran nación como un ejemplo del respeto a los derechos humanos, inclinada a la conquista por medio de las idea y no por las armas, sin ambicionar la victoria por la fuerza física sino por la propagación de los elevados principios democráticos de autodeterminación.

Lamentablemente esta cordialidad que podría existir entre ambas naciones, se vio debilitada por la aversión heredada de los españoles hacia todo lo extranjero y especialmente hacia los estadounidenses o anglosajones, sentimiento que había sido magnificado por la última guerra.

Aquí el señor Forsyth hizo notar que una actitud similar existía en los Estados Unidos con respecto a México, suponiéndose y no sin justicia, que las personas y propiedades de los ciudadanos americanos residentes en México estaban especialmente expuestos a ultrajes y daños, y que el gobierno mexicano debía dar seguridades ante la opinión pública de Estados Unidos que en realidad era quien gobernaba, de que la situación se modificaría al grado de que se considerase la posibilidad de formular una declaración de amistad y confianza; que por lo demás estaba completamente de acuerdo con la proposición del señor Lerdo respecto a la política y a los intereses mutuos de ambos países y que si el señor Lerdo no se hubiera anticipado, él se habría expresado casi en los mismos términos.

El señor Lerdo concretó la situación expresando que la asistencia requerida por México era simplemente pecuniaria y que podría entablarse una negociación por el préstamo de una cantidad, de poca importancia para Estados Unidos pero de gran provecho para México, negociación, que estaba convencido, podría ser concluida sin violentar las susceptibilidades nacionales de ningún país.

A causa de los frecuentes cambios de los miembros del gabinete de esta nación, hacía ver al señor Forsyth la necesidad de una acción inmediata, deseando saber si había recibido algunas instrucciones de su gobierno autorizándolo a entrar prácticamente a algún arreglo de esta naturaleza.

El Sr. Forsyth replicó que no había recibido una sola línea del departamento de Estado desde su llegada a México, aunque sabía que le habían enviado despachos; cuando salió de Washington para asumir esta misión, el gobierno de Estados Unidos no estaba enterado de que México requería su ayuda pecuniaria.

Añadió que creía que esto podía ser factible y que estaba dispuesto a examinar la propuesta con el señor Lerdo, pero sobre las bases de ajustar todos los asuntos en discusión entre ambos países -el arreglo de las reclamaciones estadounidenses y la negociación de aquellos tratados que México sabía que Estados Unidos estaba ansioso de llevar a cabo.

Sobre dichas bases estaba en condiciones de negociar inmediatamente y que como el señor Lerdo había expresado que el asunto era importante, iría a considerarlo dentro de una hora y despacharía al día siguiente un mensajero a Washington, con el proyecto.

El señor Lerdo podría presentar un proyecto que comprendiese todos los puntos en discusión, procediendo a indicar sus principales características, entre las que mencionó las reclamaciones de México sobre el artículo 11° del Tratado de Guadalupe Hidalgo y propuso que los gobiernos de Estados Unidos y México se hicieran cargo de reclamaciones de sus respectivos ciudadanos y como los correspondientes a los mexicanos excedían a las de los estadounidenses en varios millones, los Estados Unidos pagarían la diferencia en efectivo, cubriendo, primero, el saldo de la deuda de 4’000,000 de la Convención Británica; afirmó que esta deuda podía afrontarla México sin auxilio, pero de tal modo que acarrearía consecuencias que amenazarían su integridad nacional.

El señor Forsyth replicó que el gobierno de Estados Unidos repudió absolutamente las reclamaciones hechas según el artículo 11° del Tratado mencionado, sosteniendo que el citado artículo fue anulado por el artículo 2° del Tratado del 30 de diciembre de 1853.

En contestación a la pregunta del señor Forsyth, el señor Lerdo expresó que no habría dificultad en negociar el Tratado Postal al mismo tiempo, pero por separado del sistema propuesto de ayuda monetaria.

Consideraba el Tratado como de la más alta importancia para México y Estados Unidos, particularmente para el primero, por sus costas escasamente pobladas, sus puertos insuficientemente protegidos y el precario e irregular comercio de cabotaje que hacía decaer la riqueza y el comercio.

El Tratado así proyectado le resultaba satisfactorio, pero el gabinete le había planteado algunas objeciones que había combatido inútilmente; funcionarios del gobierno veían el Tratado con sospecha y desconfianza.

Se temía que los buques de la línea pudieran convertirse en vehículos del filibusterismo, surgiendo así serias dificultades relacionadas con los derechos de cargas de mercancías, más otras objeciones que personalmente él consideraba infundidas y que estaba persuadido podrían, finalmente, allanarse.

El señor Forsyth propuso entonces, para llegar a un acuerdo, que ambos ministros redactasen un bosquejo de convenio y en una entrevista posterior le darían los detalles finales con vista a una solución satisfactoria para ambos.

Esto fue aprobado, señalando la fecha del 19 del presente a las 12 horas, para la entrevista y comparación de los proyectos.

La conversación anterior fue transcrita por el infrascrito, bajo la supervisión del señor Forsyth, poco después de que tuvo lugar.

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.