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Siglo XIX > 1850-1859 > 1853

Gadsden, dialéctico insiste en la modificación de la frontera.
México, noviembre 29 de 1853.

Sr. Manuel Diez de Bonilla
Ministro de Relaciones Exteriores de México

El infrascrito, enviado y ministro de Estados Unidos de América, después de una dilación de varios meses en responder a las proposiciones para el arreglo de las desavenencias existentes entre ambas repúblicas, con agradecimiento, aunque contrariado en cierto grado, ha sido informado que su excelencia estará preparado dentro de unos días más para nombrar a los Comisionados, con plenos poderes para ajustar las relaciones amistosas entre los países sobre una de las cinco proposiciones, con mapas explicativos, que han sido sometidas al Supremo Gobierno de México.

El infrascrito tiene, sin embargo, que expresar su profunda pena, en consideración a una política que fue más fuertemente recomendada a los Estados Unidos Mexicanos que a los de Norteamérica a los cuales representa.

La proposición número uno, que define una línea fronteriza natural impuesta por sus montañas y desiertos y que podría fijar permanentemente todos los asuntos relativos a la frontera que actualmente existen o que pudieran presentarse en el futuro, no han sido acordados como base de las negociaciones que ahora se consumarán.

Transacciones recientes en contra, que su excelencia objetó en repetidas ocasiones anticipadamente con justicia y que el gobierno de Estados Unidos, con toda solicitud y vigilancia de sus autoridades públicas, no ha podido detener eficazmente; no se puede prever si su emisión fue instigada tanto por los ciudadanos estadounidenses como por individuos de todas las naciones, que, embarcados en California fueron erróneamente registrados como ciudadanos de un gobierno vecino.

En este momento, ellos pueden haber tomado posesión de uno o más de los estados de esta República que se encuentran descontentos o que fueron, si no sojuzgados, sí derrotados temporalmente.

Se esperaba que estos incidentes, tantas veces pronosticados y sin habilidad para prevenirlos, hubieran despertado en el Supremo Gobierno de México un espíritu tanto interno como externo para obstruir o retrasar tales incidentes reconociendo, tan sólo, esa política armoniosa por la cual el gobierno de Estados Unidos, aunque un tanto reticente, estaba dispuesto a asumir las responsabilidades que se suscitaran.

Cauteloso, si no prevenido por los sucesos ocurridos con anterioridad relativos a un adelanto público, que se ve impulsado por la brillantez y progreso de la época y que obtiene fuerza de la oposición, el infrascrito confía plenamente en verse correspondido con un deseo o política similares de parte del gobierno Supremo de México, para armonizar y conciliar lo que no debiera ser desviado, frenado o desbaratado.

Cualesquiera que sean las influencias que tenga una política así recomendada y calculada, para hacer a un lado y para siempre todas las causas de fricción con referencia a la frontera, estimulada por los ciudadanos de ambos países.

El espíritu de engrandecimiento no ha tenido motivo alguno para instigar proposiciones, transfiriendo grandes responsabilidades gubernamentales que Estados Unidos evitaría gustoso, pero que fueron presentados en una forma amistosa, esperándose que así obtendría una respuesta cordial de la otra parte.

Desconfiar de un vecino o sospechar los ocultos deseos de éste para obtener un engrandecimiento territorial basándose en una política engañosa que aconseja con energía la aprobada extensión de dominio a un límite natural y bien definido entre dos Estados vecinos, es motivo diplomático para impedir lo que el destino infalible ha hecho inevitable.

Aceptar la ayuda de otras potencias o buscar su cooperación —ya que hay justas razones para creer que así se ha hecho—, reprimir los irregulares designios de individuos extranjeros, porque los estadounidenses, de acuerdo con los ciudadanos mexicanos de los estados fronterizos, se inclinan día a día, hacia una República más hacia el norte, mostrarán solamente sentimientos alentadores a aquellos quienes justifiquen ante el mundo las agresiones denunciadas y seducidos por la invitación de hermanos quienes, reclamando la favorecida tierra prometida, están dispuestos a compartirla con otros.

La premura con que fue otorgado a intereses británicos un decreto concediéndoles, por tiempo ilimitado, la construcción de un ferrocarril; las ofertas más propicias de ciudadanos de todas las naciones, que tenían interés en embarcarse en dicha empresa; los requisitos a esa comisión, que demuestra la influencia extranjera que excluye —después de haber sido invitados—, toda participación de ciudadanos estadounidenses; los ansiosos esfuerzos para transferir las concesiones, hechas a A. G. Sloo y socios, a control británico, dándole el aspecto de que esta concesión fue hecha por cortesía del Gobierno Supremo de México en sustitución del de Elder a Garay; el hecho de que el repudio a éste último no fue decretado hasta que la propiedad estaba en manos de ciudadanos estadounidenses y después de que el ministro británico se rehusó a sostener y proteger la empresa cuando se encontraba baja control de un súbdito británico, indican los móviles adversos a los intereses estadounidenses y, más aun, calculados más para estimular el deseo de posesión y mejoramiento, que para rechazar un espíritu de aventura que parece estar tan desprestigiado e invocar la ayuda extranjera.

Los elementos estimulantes de la estructura política del gobierno de los Estados Unidos son populares.

Las irregularidades y lamentables expediciones salidas de sus costas, ya sean compuesta por sus propios ciudadanos o por aquellos que abusan de la protección que les fue otorgada, que han interferido en la política interna y en el manejo de otros países, nunca serán respetadas ni contarán con el apoyo gubernamental a menos que esos arriesgados aventureros, bajo su propia responsabilidad, estén de acuerdo con el espíritu de la época y con las leyes instituidas que regulan y rigen su país.

Ese espíritu, aunque errático e impaciente, sólo precipita los hechos por venir.

La inclinación en el este no debe ser frenada ni sojuzgada por una resistencia imprudente e ineficaz de la cual solo se deriva un estímulo adicional hacia una política conciliadora y legítima más adecuada.

El gobierno de Estados Unidos, previendo con sabiduría, preferiría de antemano y a cualquier costo, los medios pacíficos y legales, anticipando resultados inevitables a aquellos que pudieran forzarlo a procedimientos irregulares e ilegales de individuos impacientes y apasionados.

Estos últimos se encuentran en conflicto con la ley y es la obligación de todas las naciones, por interés propio, conservar el interés y orden nacionales, tanto dentro como fuera del país.

Los tratados son los estatutos supremos entre las naciones y la prudente visión de un hombre de Estado debe prevenir los ataques en vez de tener necesidad de someterse a ellos.

De acuerdo con el proceso y la política con que se hacen las leyes, aquellos que la violan pueden forzar a un país a una insubordinación que ningún poder ha podido contrarrestar.

Recientemente hemos presenciado una advertencia instructiva en una de las islas Antillanas, el destino de la mal aconsejada expedición de López, quien se encontró —además de los inhumanos castigos impuestos a las víctimas— con muy poca simpatía en la República del norte.

La anexión de Cuba, motivo de oposición por parte de una cuarta parte de la Unión Americana, mientras que otra parte de igual magnitud demostró indiferencia —esta última suponía ser la más favorable— se ha convertido en el sentimiento primordial de la Unión, estimulado por los intentos extranjeros para influir adversamente a los consejeros españoles y para intervenir en la política de la isla.

Estas sospechas han estimulado a tal grado al pueblo, de Estados Unidos para anexar a Cuba como un estado más de la Confederación, que el ministro británico en Washington ha encontrado la ocasión propicia para desaprobar cualquier intento de interferencia por parte de su ilustrada Reina a quien él representa con gran habilidad y cortesía.

El talentoso Primer Ministro de Gran Bretaña quien, con una sagacidad ilimitada, se beneficia con las tendencias de la época, sería el primero en reprobar un intento de intervención en las relaciones de dos contiguas repúblicas de Norte América y, particularmente, en una ocasión en que el empeño sincero de ambos países invoca una reconciliación basada en la confianza mutua y la vecindad fraternal de acuerdo con la delimitación fronteriza.

El infrascrito, de acuerdo con la sinceridad de este espíritu amistoso, desea reunirse con los comisionados de los Estados Unidos Mexicanos, estando seguro de que una respuesta adecuada de su parte, puede asegurar la consumación favorable de las negociaciones que están por efectuarse.

El infrascrito ha abrigado la esperanza de que el Supremo Gobierno de México, influido e impresionado por estos factores, haya captado los motivos y sinceridad que en todo momento ha manifestado Estados Unidos en el arreglo de las relaciones amistosas y de vecindad de las dos hermanas repúblicas de América del Norte, sobre una base tan sólida que no deje abierta para el futuro una repetición de la historia texana en los seis estados fronterizos, incluyendo a California del Sur.

Aunque el infrascrito tiene ahora pocas esperanzas de que el Supremo Gobierno de México cambie su determinación de tratar el problema de límite territorial bajo ninguna otra base que la que abarca la proposición cinco con las líneas marcadas en azul en el mapa número tres, acepta esta selección, no sin declarar sincera y honestamente como la ocasión lo requiere, que ningún otro Tratado sobre esos límites puede probar otra cosa que no sea un recurso temporal para reconciliar las diferencias existentes mientras que las causas molestas de una probable línea divisoria permanecen intactas.

Los disturbios causados por los indios y forajidos en la frontera mexicana y las incursiones extranjeras continuarán, se multiplicarán las depredaciones y alarmas.

La dispersa población mexicana, incapaz de protegerse a sí misma y sin contar con la colaboración de los emigrados que una política errónea prohíbe, ayudará a incrementar el descontento y cada estado, en cualquier ocasión favorable, adoptará la nacionalidad a la cual, en un pasado, rindieron tributo, buscando nuevas alianzas con el vecino del norte que diariamente ofrece atractivos naturales y políticos.

Por lo tanto, de acuerdo con la invitación de su excelencia para conferenciar con una comisión sobre bases ya aceptadas de ajuste, considera que sería tan apropiado como conveniente presentar con anterioridad los puntos de desacuerdo que existen para su arreglo.

Estos tienen su origen en las malas interpretaciones que se han hecho de los artículos 5’, 6° y 11° del Tratadlo de Guadalupe Hidalgo que, repudiando con justicia, como lo ha hecho Estados Unidos, las demandas de indemnización por parte de ciudadanos mexicanos que amparados en el articulo 11° han sido objetadas con razón por Estados Unidos, anulan el articulo 6° y definen erróneamente el articulo 5°, se ha propuesto hacer una reconciliación de todos estos malentendidos, cobijándose en el espíritu e intención del artículo 21° que abolirá el artículo 11° y extenderá los límites fronterizos, para abarcar así, todos los objetivos que se propusieron y que, con buena fe, fueron propuestos por Estados Unidos y se incorporaron a las disposiciones de los artículos 5° y 6°.

Su excelencia difícilmente podrá sostener que el derecho de paso para un ferrocarril o camino militar, que se concede en el artículo 6° puede anularse, de acuerdo con su espíritu, a malograrse a causa de una restricción, que seguramente fue sin intento, que destruya lo que ya había sido concedido a Estados Unidos, o que una línea fronteriza ya definida en el artículo 5° fuera restringida o disminuida por una decisión de una de las partes en una forma no reconocida ni sancionada por lo previsto en el Tratado, para determinar y verificar la línea convenida como la definitiva y aprobada por la parte contraria.

Las otras desavenencias se encuentran en las reclamaciones personales de los ciudadanos estadounidenses y es necesario e importante arreglarlas y ajustarlas junto con las diferencias originadas por el Tratado de Guadalupe.

Sobresale entre éstas, el derecho de paso en Tehuantepec que fue concedido por lo que se conoce coma la concesión Grant que fue legítimamente transferida a ciudadanos estadounidenses y reconocidos como una parte del Tratado de Guadalupe, cuando el comisionado de Estados Unidos propuso incluir, en las negociaciones pendientes y como compensación adecuada, este derecho de paso.

Confiando en la buena fe de las declaraciones hechas entonces por los comisionados mexicanos y teniendo interés en proteger legalmente dicha concesión que fue transferida a los ciudadanos estadounidenses, poco después fue manifestado a la parte gubernamental que debía darles protección.

Con este motivo, se convocó una convención entre los dos gobiernos contando con la buena fe de parte del que yo represento, pero, sin motivo o justificación, fue después repudiado por el gobierno que existía entonces en México.

Como la convención hecha subsecuentemente por el señor Conkling, en la que se reconocía la concesión al señor Sloo y asociados, fue hecha sin autorización y no reconocida por el Presidente de Estados Unidos está por transferirse a intereses británicos, no puede ni será tomada en sustitución de la de Garay, cuya propiedad permanece aún en manos de ciudadanos estadounidenses, los intereses de Estados Unidos con referencia a esta concesión permanecen intactos, por lo que se espera que la concesión sea justamente confirmada a los apoderados estadounidenses bajo la de Garay, para que a esta noble empresa, originada y proyectada por el Presidente, le sea permitido efectuarse bajo los primeros auspicios, como monumento al espíritu patriótico y para alcanzar la sagacidad que en un principio fue concebida.

Junto con esto, existen reclamaciones privadas, que no han sido aún ajustadas, de ciudadanos estadounidenses que suman una cantidad considerable y que se han originado desde el Tratado de Guadalupe y que, por primera vez, no están puestas a consideración del Supremo Gobierno de México Se propone que estos desacuerdos originados por los tres artículos del Tratado de Guadalupe, que ya se han mencionado, sean allanados para una extensión de territorio que se acuerde y por una suma adecuada que se pague, incluyendo la renuncia de todas las obligaciones que contiene el articulo 11°.

Que se confirme la concesión Garay a sus actuales propietarios estadounidenses o que se pague una indemnización justa por los daños y pérdidas que esta determinación pueda ocasionar y que a Estados Unidos le sea deducida una suma adecuada para cubrir las reclamaciones que los ciudadanos estadounidenses hagan en contra del gobierno mexicano.

Se ha juzgado de importancia para prevenir futuros malentendidos, establecer cuáles serán los puntos de negociación que la comisión tendrá a su cargo, para que así los encargados mexicanos puedan prepararse y disponerse a conferir y ajustar a satisfacción de ambos gobiernos así como al ministro que tendrá la representación de Estados Unidos.

El infrascrito no puede concluir esta nota preliminar sobre los desacuerdos existentes entre ambas repúblicas vecinas, cuyos intereses deben ser reunidos por lazos aún más fuertes de humanidad, sin repetir la esperanza de que su excelencia reconsidere los cinco puntos que han sido presentados por Estados Unidos para negociarse sobre las bases en una u otra forma, pero principalmente sobre el punto número uno sobre la fuerte e inalterable línea fronteriza que se marca, a color, en el mapa número uno, como único límite de demarcación entre las dos Repúblicas de Norte América, que no solamente conciliarán los desacuerdos existentes, sino que harán desaparecer todas las causas de futuras divisiones.

Un límite, que de manera más efectiva podría detener todo futuro deseo de expansión por parte de todos los ciudadanos oriundos y adoptivos de Estados Unidos y que recibirán de México tales estados que se deseen transferir a otra jurisdicción y los cuales actualmente sólo son una carga y motivo de gastos para México, y los cuales impondrán todas las responsabilidades gubernamentales sobre Estados Unidos, aunados a todos los gastos inherentes a su protección, conservación del orden interior y en los cuales actualmente prevalecen la desolación, depresión y anarquía, que al parecer van en aumento; con lo cual se permitiría a México consolidar su fuerza en los estados más consolidados, populosos y ricos actualmente en su poder, recibiendo así un nuevo impulso en la carrera de su moderno progreso.

Las dos grandes y vecinas naciones de amplias capacidades internas, presentarían así un nuevo espectáculo de noble rivalidad y avance incontenible en la ciencia, en las artes e industrias productivas, no obstaculizado por aquellos difíciles feudos que en el pasado interrumpían la tranquilidad vecinal y que del presente podrían continuar dificultándolo, en tanto que los límites naturales que marcan las fronteras apropiadas y perdurables entre ambas naciones, no sean establecidas de una vez para siempre tal y como la naturaleza y una política inteligente parecen definir y aconsejar ampliamente.

Con renovaciones de alta consideración, etc.

James Gadsden
Ministro de Relaciones Exteriores de Estados Unidos

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.