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Siglo XIX > 1850-1859 > 1853

Documentado alegato mexicano sobre los verdaderos límites de La Mesilla.
México, noviembre 15 de 1853.

(Sr. James Gadsden) Ministro de Estados Unidos.
México

Después de las diversas notas que el infrascrito, ministro de Relaciones Exteriores, ha tenido la honra de dirigir a su excelencia el señor Santiago (James) Gadsden, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de los Estados Unidos de América, con relación a aquella parte del territorio mexicano conocida con el nombre de La Mesilla, cuando nunca se ha intentado fundar, ni puede fundarse derecho ninguno a él por parte de los Estados Unidos; y cuando aun la simple hipótesis de duda alguna en el particular ha sido a la vez resuelta y repelida por parte de este gobierno, el infrascrito no ha podido ver, sin penosa sorpresa, que al propio tiempo que su excelencia reconoce por extemporáneo, como realmente lo es, el suscitar una discusión controvertiendo los derechos de México a la referida parte de su territorio, vierta en su nota del 30 último, especies que, aunque desnudas de todo fundamento, obligan al infrascrito a rechazarlas, juntamente con la conclusión que de ellas pretende deducirse, para que no se entiendan en caso alguno comprometidos esos mismos derechos.

Aquellas especies son:

1°.— Que por poderosas que sean las autoridades en que se apoya México, el hecho del cual se dio temprano aviso, es que los Estados Unidos nunca han reconocido el límite, cual se dio parte de haber sido fijado; y eso por razones bien sostenidas por la letra y el espíritu del instrumento que exigió que una comisión mixta lo fijara y definiese.

2°.— Que el infrascrito ha dado la seguridad oficial de que no se meditará ni intentará una ocupación militar por México en aquella parte de su territorio.

El infrascrito debe respetuosamente decir, que sólo porque ve escritas esas proposiciones, ha podido persuadirse de que pudieran asentarse, puesto que no sólo no se hallan sostenidas por los hechos, sino que son diametralmente contrarias a ellos; y así, cumpliendo con la obligación que se le impone de rectificarlas, tiene la honra de hacerlo, manifestando respecto de la primera: que los límites divisorios de ambas repúblicas, demarcados por las personas encargadas de hacerlo, fueron reconocidos y sancionados por los Estados Unidos lo mismo que por México, cuando firmaron y ratificaron el Tratado de Guadalupe, que los estableció; que una vez así reconocidos y fijados por él, no necesitan ninguna sanción posterior de una ni otra parte, puesto que según el mismo pacto, el resultado convenido por ellas se tendría por parte de dicho Tratado y tendría la misma fuerza que si estuviera inserto en él; por cuyo motivo se excluyó no sólo la revisión, sino aun la sanción posterior, que de antemano quedaba de ese modo concedida; en lo cual los Estados Unidos como México, no hicieron más que ceñirse a lo que acostumbran y han practicado, por razones muy obvias, todas las demás naciones en todos los tratados de límites de que el infrascrito tiene conocimiento.

Consiguientemente, no sólo no se requiere, sino que está expresamente excluido tal posterior reconocimiento o aprobación por una ni otra parte, bastando para la perfecta y legal consumación de esa cláusula del tratado, el acto de haberse demarcado los límites, como ya se ha hecho, por los encargados de ambos países.

Y es de tal modo claro y evidente el tenor del Tratado en esta parte, que esos encargados, de mutuo acuerdo, han procedido en sus operaciones, y que ha sido una sola y una misma inteligencia dada a él por los gobiernos de ambos países, de conformidad con el uso de las naciones cultas.

No es, por tanto, permitido ni a una ni a otra calificar actos consumados a cuyo conocimiento renuncian; pero, si lo fuese, el infrascrito podría comprobar hechos enlazados con este mismo asunto, que harían un singular contraste con las insinuaciones del excelentísimo señor Gadsden y que, pondrían de manifiesto hasta donde se ha extendido el desprendimiento de México con nuevos sacrificios, en homenaje a la fe, los tratados y al respeto que merece la paz entre dos pueblos.

Pero accidentalmente ha sucedido, que para mayor abundamiento, la validez y fuerza obligatoria de los trabajos de límites ya practicados, han sido reconocidas y declaradas oficialmente a este gobierno por el Ejecutivo de los Estados Unidos en notas de los honorables señores Webster y Stuart, secretarios de Estado y del Interior, de 16 y 11 de febrero del año próximo pasado.

No habiendo concurrido durante cinco meses el agrimensor titulado de la comisión norteamericana, hacía sus veces el teniente Whipple; y aunque para México era bastante que con tal carácter le hubiese sido dado a reconocer, para evitar hasta la posibilidad de que en tiempo alguno en lo futuro pudiera pretenderse siquiera el suscitar cuestión alguna con el motivo dicho, dirigió, por medio de su legación, la nota correspondiente sobre ese y otros puntos al departamento de Estado de los Estados Unidos, fijado ya el punto inicial del límite meridional de Nuevo México, como solemnemente lo fue el día 24 de abril de 1851, según el acta firmada por los miembros de ambas comisiones, o sea de la comisión mixta, comunicada por el señor comisario de la de los Estados Unidos a su gobierno en mayo del propio año.

Dicho departamento contestó aquella nota con la suya antes citada, acompañando copia de la del señor secretario del Interior, concebida en los términos siguientes en la parte relativa: “Con referencia al nombramiento del teniente Whipple de agrimensor ad interin a que alude el señor de la Vega, advertiré que este nombramiento fue necesario a consecuencia de la grave y penosa enfermedad del agrimensor señor A. B. Gray.

El teniente Whipple fue reconocido por este gobierno como agrimensor ad interin y sus actos oficiales con tal carácter, según las órdenes de este departamento al señor Gray, han de considerarse como obligatorias respecto del último funcionario, a quien se le previno que autorizara con su firma todos los documentos que necesitaran ese requisito”.

No puede darse una declaración mas explícita, ni más terminante de la validez y fuerza obligatoria de los trabajos practicados por la Comisión de Límites, ni comunicarse de una manera más solemne y más formal por el gobierno de una nación al de otra y, sin embargo, ella fue ratificada con nuevos actos y nuevas declaraciones oficiales, como aparecerá siguiendo la cadena de los incidentes ocurridos en este grave negocio.

Por razones verdaderamente incomprensibles en los usos y buenas relaciones de dos pueblos, al decretar el Congreso General de los Estados Unidos los fondos necesarios para la lista civil y diplomática de los mismos para el año económico que terminó en fin de junio del presente, lo hizo en lo relativo a los de la Comisión de Límites en los términos siguientes:

“Para recorrer y demarcar la línea divisoria entre los Estados Unidos y México, con arreglo al Tratado de Guadalupe Hidalgo, $ 120,000 con la condición de que no se empleen ni se invierta parte alguna de esta suma, hasta que satisfactoriamente se acredite al Presidente de los Estados Unidos que el límite meridional de Nuevo México no se ha establecido por el comisario y agrimensor de los mismos Estados más al norte del pueblo llamado Paso, de lo que está en el mapa de Disturnell, agregado al Tratado”.

Tan inesperada disposición, que anula ese Tratado arrogándose el derecho a que ambas partes renunciaron, de revisar el resultado convenido por las personas encargadas de demarcar los límites, cuyo resultado se tendría por parte de dicho Tratado y tendría la misma fuerza que si estuviera inserto en él; esa disposición que lo infringía también anulando el mismo resultado convenido 16 meses antes por esa Comisión de Límites; y que anulaba, por último, la declaración oficial nuevamente dada a México sobre su validez por el Poder Ejecutivo de los Estados Unidos, dio lugar al acuerdo del excelentísimo señor presidente de los mismos Estados, de 13 de octubre del año pasado, mandando suspender los trabajos de aquella Comisión.

En los archivos de la legación que es hoy a cargo del excelentísimo señor Gadsden, encontrará su excelencia la nota que en 12 de noviembre del año anterior se dirigió por ella a este ministerio, “comunicándole por orden de su gobierno una dificultad que inesperadamente se había suscitado en la ejecución del artículo de que se trata, con motivo de la condición que se creyó oportuno agregar a la ley de presupuestos y que, según la interpretación que el Presidente de los Estados Unidos se había visto obligado a darle, le forzaba a suspender, por el presente, los trabajos.

Que el gobierno de los Estados Unidos consideraba que aquella explicación era debida al de México y, de conformidad, previno a su ministro le expresara su sentimiento por la suspensión temporal del repetido reconocimiento y por cualquiera inconveniente que pudiera resultarle y que, al propio tiempo, le asegurase que se continuarían los trabajos tan pronto como fuese posible”.

No comentará el infrascrito esa nota, porque creería desvirtuarla cuando habla por sí misma; pero ella, como se ve, es el segundo reconocimiento oficial que se hace de la validez y fuerza obligatoria de los trabajos practicados y consumados por la Comisión de Límites que, como resultado convenido por ella, forma parte del Tratado y tiene la misma fuerza que si estuviera inserto en él; y esa nota es, en suma, la satisfacción y la seguridad que la equidad del gobierno de los Estados Unidos daba a un gobierno amigo, por un agravio que no habla merecido.

Dicha nota fue dirigida a este ministerio en cumplimiento del precitado acuerdo de 13 de octubre del año último del señor Presidente de los Estados Unidos, oído el informe del departamento del Interior.

Por él reconoció el gobierno de los Estados Unidos que el límite meridional de Nuevo México se había establecido ya; que lo fue más al norte del pueblo llamado Paso, de lo que está en el mapa de Disturnell; y que lo fue por el comisario y el agrimensor de los Estados Unidos.

Examinar las causales que se alegaron con motivo de este asunto, contrarias no sólo al derecho de gentes y al convencional, sino a la justicia, a la equidad y aun a la simple razón, no toca al infrascrito, porque ellas no son el punto que se debate ni puede debatirse y porque, con un acierto que no podría superar, se le ha dispensado del trabajo de hacerlo.

Pero, suponiendo a esas causales toda la solidez y fuerza de que totalmente carecen, el infrascrito dirá que, con presencia de todas ellas, se han dado a México por el Ejecutivo de los Estados Unidos las seguridades que quedan expresadas; que con presencia de esas causales y del mensaje de diciembre último del Ejecutivo de los Estados Unidos, que en el documento anexo relativo manifiesta la identidad de sus principios con los del gobierno de México en el punto de que se trata, y con presencia de su acuerdo de 13 de octubre el Congreso General de los Estados Unidos ha calificado ya lo que son y lo que valen esas causales, derogando la condición impuesta a la ley de presupuestos y proveyendo los fondos necesarios para la continuación de los trabajos; haciendo así honor a los pactos celebrados por dichos Estados y a las declaraciones oficiales hechas a su nombre, como no podía menos de hacerlo la justicia y dignidad de aquel respetable cuerpo.

Resumiendo el infrascrito, por orden de fechas los hechos que deja consignados, resulta:

Que el punto inicial del límite meridional de Nuevo México fue fijado por las comisiones de ambos países el día 24 de abril de 1851;

Que fue notificado al gobierno de los Estados Unidos por su comisario en mayo del propio año;

Que en enero de 1852, después de aquella notificación, fue pedida por México la ratificación de los actos de los funcionarios norteamericanos;

Que en febrero del mismo año se declaró por el Ejecutivo de los Estados Unidos la fuerza obligatoria de ellos; Que en 31 de agosto se dictó la ley que contenía la condición que obligó en 13 de octubre a mandar suspender esos trabajos;

Que en 12 de noviembre se hizo una explicación a México por esa suspensión a nombre del gobierno de los Estados Unidos, expresándole su sentimiento por ella; y dándole la seguridad de que se continuarían aquéllos.

Y, finalmente, que de conformidad con esa seguridad, se derogó aquella condición y continuaron desde entonces sin notificación ninguna hecha a México que pudiera afectarlos, como no podía hacérsele, sin contravenir a las anteriores ya citadas y al Tratado; quedando así, por tercera vez, reconocidos.

Tales son, pues, en resumen, los actos y documentos oficiales referentes a esos trabajos; y si bien se deja comprender que México no está ligado por las disposiciones económico-interiores de los Estados Unidos, que cualesquiera que ellas sean, no pueden en derecho alterar los que le aseguran sus tratados con aquella República; si bien se deja igualmente entender, que no reconoce otra ley que esos mismos tratados, según los cuales el resultado de los trabajos practicados por la Comisión de Límites es parte de dicho Tratado con la misma fuerza que si estuviera inserto en él; el infrascrito ha querido consignar de este modo todo lo ocurrido en el asunto; de que resulta que los Estados Unidos han dado a esa cláusula de aquel convenio, la misma inteligencia que tiene y que le ha dado México; que la validez y fuerza obligatoria de los actos practicados en virtud de ella, han sido reconocidas y declaradas oficialmente a México por aquel gobierno y, consiguientemente, que ha sido reconocida y declarada por ellos la validez y fuerza obligatoria del límite cual se dio parte de haber sido fijado por la Comisión mixta encargada de hacerlo.

Esto supuesto, cuando en 11 de junio último, es decir, dos años y dos meses después de demarcado el límite de que se trata, y un año y cuatro meses después de declararse oficialmente a este gobierno por los Estados Unidos que se reconocía la validez y fuerza obligatoria de esos actos, se alegaron no derechos, sino una simple duda sobre si el Valle de La Mesilla pertenecía a Nuevo México a la fecha del Tratado de Guadalupe, además de haberse satisfecho esa duda con referencia al irrefragable testimonio que ministran documentos auténticos y la pública notoriedad del hecho contrario, se repelió por México, como infundada y porque, aun cuando no la hubiera sido, no podía surtir efecto alguno retroactivo, según las estipulaciones pactadas entre ambos países, sin que haya intentado probarse lo contrario.

En consecuencia, el excelentísimo señor Gadsden convendrá en que, sin violar el Tratado, sin desconocer la fe tan solemne como reiteradamente empeñada por su gobierno y sin destruir hechos que materialmente se han consumado ya, no pueden ponerse en duda los derechos de México a la repetida parte de su territorio.

Por las mismas causas que el infrascrito respeta y sostiene, nunca tampoco ha dado ni podido dar la seguridad de que no se meditará ni intentará la ocupación militar de ella por México; cuya proposición constituye la segunda que su excelencia asienta, y que no es menos infundada que la primera.

El infrascrito se debe, a sí mismo, decir que no comprende cómo a cláusula alguna de sus dichas notas sobre este importante asunto ha podido darse una inteligencia tan absolutamente contraria al contenido de todas ellas y, por lo mismo, atribuyéndola como debe, a una mala traducción, pide que debidamente se rectifique.

El Valle de La Mesilla está y ha estado sin interrupción alguna bajo la potestad civil y militar de México, de hecho y de derecho y el que suscribe ha dicho, en resumen, y de nuevo se ve obligado a repetirlo, que en la confianza que inspira el buen derecho y en la que merecen la lealtad de los Estados Unidos y las seguridades que han dado a México, este gobierno lejos de cubrir su frontera, ha mandado retirar las fuerzas que se dirigían a La Mesilla, para no dar ocasión a diferencia alguna entre las tropas de ambos países y para que ni remotamente se interpretaran esos movimientos en un sentido desfavorable; pero que a la vez repele y no reconoce otros derechos sobre su expresado territorio, que los suyos propios y, consiguientemente, que usa y usará de ellos en toda su plenitud y extensión, de la misma manera que hasta hay lo ha hecho, fundado en las razones y principios tantas veces repetidos.

Sentados, pues, de ese modo, si al decir el excelentísimo señor Gadsden que los Estados Unidos procederán como la necesidad o la política les obligue, la mente de su excelencia ha sido la de significar el derecho que tienen para observar con México la política que tengan a bien, como pudieran hacerlo respecto de otra cualquiera Nación, abstracción hecha del asunto que motiva esta nota, nada replicará el infrascrito, por ser ajeno de ella; pero, de lo contrario, es de su deber decir que México se vería forzado a considerarla como a una infracción del Tratado, como una violación de sus compromisos y como un acto de violencia no autorizado.

Muy distante, sin embargo, de suponer que llegue semejante caso, este gobierno se lisonjea, por las palabras mismas de la última nota del excelentísimo señor Gadsden y de sus anteriores y por la justificación del gobierno que dignamente representa, que nunca tendrá lugar diferencia alguna que pueda turbar las buenas relaciones que unen a ambos países, y que México desea se hagan cada día más intimas y fructuosas.

El infrascrito se vale de la oportunidad para ofrecer a su excelencia las nuevas seguridades de su muy distinguida consideración.

Manuel Diez de Bonilla

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.