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Siglo XIX > 1850-1859 > 1852

Discurso de Mariano Arista al abrir las sesiones ordinarias del Congreso. Enero 1, 1852. Al cerrar las sesiones ordinarias. Mayo 21, 1852. Al abrir las sesiones extraordinarias. Octubre 15, 1852. Al cerrar las sesiones. Diciembre 31, 1852.
Enero 1, 1852. Mayo 21, 1852. Octubre 15, 1852. Diciembre 31, 1852.

El General Arista, al abrirse las sesiones ordinarias en 1 de Enero de 1852.

Señores Diputados y Senadores:

La voluntad de la Providencia Divina, que rigiendo los destinos de las naciones, según sus obras, ha dejado caer á la nuestra en el abismo de males que la han orillado á su ruina, os ha llamado para encomenderos la difícil y sublime misión de salvarla.

Aunque lanzados en lo más recio y duro del conflicto, venís con las ventajas que dan el largo descanso, ó el alejamiento de la vida pública, pues que á él acompañan un juicio recto, un espíritu desprevenido, un ardiente patriotismo, y una grande fuerza de voluntad, calidades todas que urgentemente reclama la crisis política que os rodea, demandándoos que convirtáis sus peligros en beneficios.

Felicitaos, pues, representantes del pueblo, de haber merecido la confianza de vuestros comitentes en época de tan ruda prueba, porque esa confianza es un timbre glorioso, y su fiel desempeño os atraerá la gratitud y la bendición de los presentes y de las futuras generaciones.

Los fatídicos sucesos que inauguraron el último año, y los que sucesivamente le fueron siguiendo, dejaban pocas esperanzas á la República de llegar á su fin sin grandes trastornos y combates, porque la guerra intestina alzaba entonces sus pendones, y la exterior asomaba en sus fronteras y aun más allá de los mares.

Cuando la sed del pillaje, disfrazada con el vil velo del odio de castas, aun mantenía la revolución en el Sur de la República, otra de análogo carácter brotaba en una ciudad populosa de su centro, amenazando con desórdenes y desastres de más duraderas y funestas consecuencias, como que tendía á estacionar las causas que han conducido al país al estado de postración y decadencia en que se encuentra.

Medidas enérgicas y vigorosas, dictadas en sazón, lo salvaron de aquellos riesgos, aunque no fueron sino un respiro que se le daba para que pudiera hacer frente á nuevos y más ingentes peligros.

La guerra, cambiando de bandera, de teatro y de actores, se asomó por casi todas las extremidades de la República, provocando el rompimiento de los lazos muy recientemente anudados con una nación vecina.

Enjambres de aventureros, ávidos de hacer una rápida fortuna, y excitados por un instinto de expansión, que difícilmente se explica por las causas naturales, se lanzaron sobre nuestro territorio, llamando la atención por las costas del Pacífico, por las fronteras de Californias, de Sonora, y por las aguas del Golfo Mexicano.

El instinto nacional y las ordinarias precauciones bastaban para repelerlos de todas las partes donde se presentaban; mas creciendo su audacia con el número, y sin desalentarse con el justo y severo escarmiento que recibieron en las playas de Cuba, buscaron la venganza y el botín donde las creían fáciles, y corrieron á las márgenes del Bravo para ponerse bajo la bandera y protección de un traidor que les vendía su patria y su conciencia.

Esta repetición del más indigno atentado, doblemente traicionero porque el Gobierno de México descansaba en la confianza y en la fe de promesas sagradas, puso en inminente peligro la paz y la seguridad de la República, porque á la vez que sostenía un combate á muerte con esos enemigos exteriores, intereses bastardos le sembraban tropiezos, le suscitaban alborotos y debilitaban sus recursos y su poder en el interior.

Luchando contra todos estos inconvenientes y desventajas, cuya fuerza é influencia no conoce sino el que los afronta, y abriéndose paso por entre los innumerables obstáculos que le oponían las pasiones, mil intereses encontrados, y, sobre todo, la absoluta falta de los medios necesarios para mantener la guerra, encendida en la frontera, el Gobierno logró al fin sobreponerse á la situación, y la perfidia del traidor que introdujo al enemigo extranjero en su patria, sólo consiguió ser el instrumento que debía restaurar el honor de sus armas, acrisolar el patriotismo de sus compatriotas, y poner un laurel envidiable en las sienes de los dignos y beneméritos defensores de Matamoros y Cerralvo.

Los justos apreciadores de su mérito han reconocido la importancia de sus servicios, y la gratitud nacional les alcanzará un día su merecida recompensa.

Al tiempo que el Gobierno se debatía entre estos conflictos, que comprometían sus relaciones de paz y amistad con los Estados Unidos, otros combustibles acumulados lentamente por el tiempo, crecieron á punto de amenazar con una explosión á que la República no habría podido resistir.

La ley de 30 de Noviembre de 1850 se había estrellado desde su cuna en la invencible resistencia del Cuerpo Diplomático; resistencia sostenida por los cuantiosos intereses que representaba, y autorizada por los derechos que le daban las promesas hechas y obligaciones no cumplidas en las convenciones diplomáticas y sentencias judiciales.

Esa ley se hizo muy pronto impracticable, porque luego comenzó á perder uno á uno todos sus medios de ejecución, no quedándole vivas más que las obligaciones, y éstas con todas las exigencias que traen consigo las esperanzas frustradas y los sacrificios sin recompensa.

Como era natural, el Gobierno se vió inmediatamente asediado por sus innumerables acreedores, y sus justas quejas forzaron al fin al Cuerpo Diplomático á tomar una posición verdaderamente hostil y amenazante.

Las instrucciones de sus Gobiernos eran precisas, perentorias, y México corrió el inminente peligro de entrar en conflicto con algunas de las más poderosas Potencias de la Europa; conflicto que lo habría aniquilado política y aun moralmente, porque lo motivaban obligaciones no cumplidas y promesas violadas.

He aquí el ligero bosquejo de su situación en el último tercio del año que finalizó: la miseria, el malestar y la inquietud en el interior; el descrédito, una guerra comenzada y el riesgo de perder la amistad y aun la estimación de todos sus amigos en el exterior.

Sin desalentarse el Gobierno por tantos infortunios, y, antes bien, juzgando que de la desesperación misma del estado social podía sacar nuevos y vigorosos elementos de poder, la afrontó con fe, y ayudado por el Poder Legislativo, que le prestó una muy eficaz cooperación, pudo bien presto recoger el sazonado fruto de sus afanes.

Fortalecido con aquélla, disipó la tempestad que lo amenazaba por el lado de la Europa, logrando celebrar una transacción con sus acreedores, que, sobre sus particulares ventajas, le proporcionó las inestimables de asentar las bases de la restauración de su crédito y de dejar más fuertemente anudadas sus antiguas buenas relaciones con las naciones amigas.

Haciendo uso de sus propios y precarios recursos, de los de sus enemigos, aventurando el todo por el todo, y abriéndose camino por entre los innumerables obstáculos y dificultades que sembraban á su paso los intereses privados y las pasiones, lanzó del territorio mexicano á los traidores y aventureros.

Este triunfo no fué completo, porque la invasión había dejado creada y arraigada otra nueva y terrible dificultad que lo volvió á poner en el peligro, ya salvado, de romper los vínculos de paz y buena armonía con las Potencias amigas.

La invasión de Matamoros, excitada y sostenida por ávidos é inmorales contrabandistas, alarmó al comercio de buena fe, amenazado con un desnivel funesto, y de toda la República llovieron protestas y representaciones en que se pedía, ó mejor dicho, se exigía que el arancel arrancado por el fraude y la violencia, fuera la ley mercantil de la Nación.

Natural era que los representantes de los gobiernos extranjeros vinieran en ayuda de sus nacionales, y así fué que el de la República se vió colocado inopinadamente en la dura alternativa de escoger entre dos extremos igualmente imposibles: ó la ejecución de un acto ilegal y ruinoso al Tesoro, ó el conflicto con el comercio y sus gobiernos, tras los cuales vendría esa espantable vanguardia de reclamaciones de daños y perjuicios que han sumido á la República en el abismo de miseria y de descrédito en que yace; miseria indebida y descrédito inmerecido.

La situación no podía ser más aflictiva y embarazosa.

Aun pendía en el Congreso la aprobación de la única medida que, sin inconveniente, podía haber salvado las dificultades; y cuando el peligro llegó á su extremo, el Gobierno se encontró sin medio alguno para conjurarlo, incluso el de salvar su propia y personal responsabilidad, porque el Cuerpo Legislativo había cerrado inopinadamente sus sesiones.

La Providencia vino en su auxilio, y dispensándole una especial y visible protección, lo salvó de este último é ingente riesgo, permitiéndole conjurarlo por la vía de la más estricta legalidad, y convirtiéndole en instrumento de su salvación, los mismos que, á su pesar, lo eran de sus conflictos.

El Cuerpo Diplomático, que tantas y tan inequívocas pruebas ha dado al Gobierno durante sus cuitas, de su adhesión, simpatías, y de su anhelo por la dicha y prosperidad de la República; el Cuerpo Diplomático que, pocos días antes, la había ayudado eficaz y poderosamente á salvar su crédito y la paz exterior, templando las exigencias de sus acreedores, hasta conducirlos á aceptar las modestas proposiciones bajo que se ha arreglado su pago; el Cuerpo Diplomático, en fin, que, contra su voluntad y probados deseos, se veía forzado á entrar en una nueva lid, selló la prolongada carrera de los buenos oficios que ha prestado á la República, tendiendo á su gobierno una mano amiga con la resolución adoptada en la memorable conferencia del día 20 del último mes, cuyo protocolo se os presentará oportunamente.

Yo me complazco, señores, de que la oportunidad me haya favorecido para ofrecer á los dignos representantes de las naciones amigas el justo tributo de mi profundo reconocimiento en uno de los actos más solemnes y en medio de los escogidos de la Nación mexicana, pues que hasta en los últimos días de Diciembre fué cuando quedaron zanjadas, con su ayuda y cooperación, las más serias dificultades que la República tuvo que afrontar en el año anterior.

Hoy puedo asegurar que México conserva sus antiguas relaciones bajo un pie mejor y de más perfecta cordialidad, pues el protocolo de la enunciada conferencia es más que el simple arreglo de una emergencia mercantil; es un monumento auténtico de las simpatías, de la buena amistad y del vivo interés que toman las naciones amigas en la conservación y felicidad de la República.

A vosotros, señores Diputados y Senadores, queda reservada la gloria de alzar y consolidar la obra zanjada por el Gobierno, creando y asegurando los medios bastantes para llenar cumplidamente sus compromisos; no perdiendo jamás de vista que este es el fundamento de su crédito, y que, consolidándolo, levantaréis presto á nuestro país al punto de prosperidad y de poder á que lo llaman los inagotables tesoros que la Providencia ha derramado pródigamente en su suelo.

Durante el último trimestre, tan fecundo en conflictos, México vió aparecer en su seno un nuevo germen de esperanzas, que la fatalidad inherente á la desgracia y al malestar social, no han permitido descollar.

El Jefe Supremo de la Iglesia ha enviado, por la primera vez, un representante á esta parte del orbe cristiano, y aunque el Gobierno lo ha acogido con el aprecio y consideración debidos á la alta dignidad de su comitente, á la propia que personalmente le distingue, y según lo requerían los sentimientos piadosos y creencia religiosa de la Nación; sin embargo, nada ha podido hacer para aprovechar los beneficios espirituales y temporales que tiene derecho á esperar de su misión, porque la Ley Constitucional y los principios que regulan nuestro Derecho Público interno, han opuesto obstáculos que ni la acción ni la voluntad del Gobierno podían remover.

Con todo, creo poder aseguraros que sus relaciones con el Delegado Apostólico de la Santa Silla son perfectamente cordiales y amistosas, y que, lejos de haber temores de que se perturben, hay las más fundadas esperanzas de que las negociaciones entabladas nos conducirán al feliz término á que una Nación ilustrada, cristiana y piadosa puede aspirar para su propio bien y por las óptimas creces de la religión.

Los continuos agravios y daños que México ha recibido de algunos súbditos de los Estados Unidos, después del último tratado de paz celebrado con su gobierno, han llegado también á inspirar, dentro y fuera, serias aprensiones de que provoquen al fin un rompimiento.

El de México no lo teme, porque haciendo la justicia á que tiene derecho el de los Estados Unidos, debe manifestar que su Presidente ha reprobado de la manera más solemne y explícita la conducta de los aventureros que comprometen la fe y el honor de su Nación; que ha expedido proclamas y órdenes para reprimir sus atentados; que ha enviado algunas fuerzas militares á las márgenes del Bravo para impedir las invasiones; y, en fin, que su estimable representante en esta capital ha estado pronto y dispuesto para prestar al Gobierno de México la ayuda y cooperación que estaban en su poder, concurriendo con el Cuerpo Diplomático á la aprobación de las medidas que dejo reseñadas y que tan eficazmente han influido para aliviar las cuitas de la República.

No hay, pues, hasta ahora, fundados motivos para inodarlo en la inmediata responsabilidad que pesa sobre los audaces violadores del Derecho Público y de la paz de ambas naciones, que se han cubierto de crímenes y esparcido la desolación en nuestra frontera.

Pero como esos crímenes y daños han sido perpetrados por sus súbditos; como éstos se han armado en su territorio; como sus armas, sus recursos y sus estímulos los han recibido de sus mismos compatriotas; y, en fin, como pruebas numerosas, auténticas é irrefragables, convencen de que las autoridades americanas no sólo no han impedido las invasiones, sino que las han tolerado y aun protegido, el Gobierno de México no ha cesado de dirigir al de los Estados Unidos las más enérgicas reclamaciones, para que ponga en acción todos los medios convenientes á fin de contener el mal; y ha reiterado en cada emergencia sus protestas de que hará valer sus derechos para la justa indemnización de los cuantiosos gastos que ha erogado, y enormes daños y perjuicios que ha sufrido y sufre México á causa de las agresiones y actos ilegales de los súbditos americanos.

Después que los invasores y traidores, escarmentados en la heroica Matamoros y en Cerralvo, han buscado un asilo en el territorio de los Estados Unidos; después que han logrado salvarse, interponiendo entre sí y su merecido castigo, una barrera que México no pudo traspasar sin violar la sagrada ley de las naciones, la cuestión ha cambiado enteramente de aspecto, y el Gobierno espera que serán atendidas sus últimas y justas demandas.

El Gobierno ha llenado en esta parte todos sus deberes, descendiendo hasta los últimos ápices; nada ha perdonado, excepto la humillación, para mantener la paz y amistad con la República vecina, y proporcionar á la nuestra los medios de reparar sus quebrantos; y como la conciencia y convicción de la justicia de una causa es el primer elemento de defensa y de poder, el Gobierno, íntimamente penetrado de la suya, ha procurado persuadirla á sus amigos, y confiado en ella y en la protección de la Providencia, llenará cumplidamente en todos casos los deberes que le impone su puesto.

Un otro y funesto motivo de desabrimiento con los Estados Unidos, se nos presenta en la inobservancia del art. 11 del tratado de Guadalupe, pues las invasiones de los indios en los Estados internos, han continuado siendo más crueles y desoladoras que lo que antes lo fueron, no obstante las esperanzas y seguridades otorgadas en aquel convenio.

Sin embargo, este no será un motivo capaz de alterar nuestras relaciones, pues reconociendo el Gobierno de aquella República las obligaciones que contrajo, sólo resta arbitrar los medios eficaces de cumplirlas, y espero que las negociaciones entabladas con su representante nos conducirán muy pronto á un arreglo que, dando el resultado apetecido, tornará á aquellos Estados la paz y seguridad de que únicamente necesitan para desarrollar sus abundosos elementos de prosperidad y bienestar.

Hay otro asunto pendiente con la misma República, que nos mantiene hace mucho tiempo en un estado de penosa y alarmante incertidumbre, y que por su gravedad de inmensas trascendencias causa serias alarmas en ambos continentes, como que su interés afecta los comerciales y quizá aun los políticos de todo el mundo.

El noble y patriótico deseo de abrir á la República una nueva fuente de riqueza y prosperidad, atrayendo á su seno el comercio del orbe, y con él la simpatía y la alianza de todas las naciones, determinó á la administración anterior á celebrar un tratado con el Gobierno de los Estados Unidos para proteger la apertura de una vía de comunicación entre los Océanos Atlántico y Pacífico, por el Istmo de Tehuantepec.

Este grandioso proyecto, que el Gobierno desea sinceramente ver realizado, permanece hoy enteramente suspenso, dependiendo su éxito del resultado de las negociaciones que se siguen activamente con el representante de aquella Republica, para salvar las graves dificultades que presentan algunas de las estipulaciones ajustadas.

La última y solemne declaración hecha por su Presidente ante las Cámaras, ministra fundados motivos para esperar que podrán conciliarse aquéllas antes del término designado para la ratificación, y que la transacción será útil y ventajosa para ambas Repúblicas.

Si contra los deseos y esperanzas del Gobierno, la negociación entablada fuese ineficaz, el tratado se someterá oportunamente á la deliberación de las Cámaras para la final determinación del negociado.

No siempre vienen todos los males á la vez. Los cuidados que sobresaltaban al Gobierno por los peligros que amenazaban el orden exterior, obtenían alguna compensación en la paz y seguridad que, con ligeras alteraciones, se disfrutaba en el interior, á pesar de los continuos esfuerzos de los infatigables perturbadores del reposo público, convertidos en intransigibles enemigos de las instituciones federales.

Revistiendo todos los ropajes que pueden discurrir el odio y la ambición, y empleando todos los medios, sin desdeñar ninguno, han aparecido sucesivamente en la arena política, más ó menos audaces, los restauradores del sistema colonial, los fanáticos sectarios de la monarquía, los favoritos de la dictadura, los mantenedores de algunas de las Constituciones abolidas, y, en fin, para que nada faltara al desconcierto, hubo y hay quien aspire á tornar á la República á uno de los más efímeros y anómalos períodos de sus incontables crisis revolucionarias: como si una crisis pudiera reemplazar ventajosamente un estado social, cualquiera que sea.

Estos devaneos de la ambición, estos arranques de pasiones bastardas han sido inmediatamente sofocados por el buen juicio del pueblo, recibiendo sus autores en su mismo delito el escarmiento.

La prontitud y facilidad con que se han disipado esos alborotos, la obscuridad y desprestigio de sus promovedores, y la impopularidad de las causas que invocan, manifiestan que nada hay seriamente que temer, y que la Era de los pronunciamientos toca á su fin.

No debo ocultares que el foco de las reacciones se conserva, aunque impotente, y que cuenta en su seno con personas llamadas por su deber á reprimirlas; pero el Gobierno las conoce, sigue sus pasos, sabe cuánto hacen y proyectan, y confía en que, ó los obligará á volver al buen camino para que sean útiles á su Patria, ó en que la justicia nacional ejercerá su imperio sobre delincuentes que, por su rango, harán más saludable el escarmiento.

Pero si bien las instituciones federales nada tienen que temer ni del puñado de ambiciosos que soplan las reacciones, ni de los conspiradores vulgares que las ejecutan, ni, en fin, de los alborotos que nacen y mueren en un día, sí deben precaverse de los riesgos con que las amenazan sus defectos orgánicos, ó el error en la aplicación de sus principios.

Es verdad que desde el restablecimiento de la Constitución Federal, los Estados han conservado entre sí la más perfecta fraternidad, y que sus autoridades, lejos de dar aliento á los agitadores, les han salido esforzadamente al encuentro para contenerlos y escarmentarlos; pero la ocasión y el deber me fuerzan á deciros que la otra y no menos importante parte de las obligaciones que les impone su pacto de unión, ha sido débilmente cumplida por los más, y enteramente descuidada por no pocos; habiendo alguno que ha desplegado una abierta resistencia al Poder federal.

Así es que nuestro Ejército no se encuentra bajo el pie que urgentemente demandan la defensa y la seguridad de la Nación, porque los Estados no dan sus reemplazos: el Gobierno sufre las más extremas penurias, porque muchos y de los más desahogados, no pagan religiosamente su contingente, y también porque en algunos, ó se desapropia al Gobierno de sus rentas, ó se le impide recaudarlas.

En fin, muchos Estados, ó porque se exceden de sus atribuciones, ó porque erróneamente extienden sus facultades, aumentan frecuentemente los conflictos del Congreso, del Gobierno y del exhausto Tesoro federal, con los reclamos nacionales y extranjeros á que dan lugar, especialmente por los gravámenes que imponen á la industria y al comercio, tanto exterior como interior.

Con estos y otros actos, de graves trascendencias, no sólo entorpecen y recargan las fatigas de la Administración, sino que perturban el orden y el concierto que, si en toda forma de Gobierno son necesarios, en la nuestra se hacen indispensables por el complicado engrane de sus ruedas motrices.

Esta es, señores, la llaga peligrosa, esta la enfermedad que amenaza de muerte nuestra Confederación y la orilla al más temible de todos los abismos: al de la anarquía y disolución.

Ella, relajando los vínculos de respeto, de estimación y de obediencia, corroerá insensiblemente los resortes del poder de la Administración hasta reducirla á una impotencia tal, que sea más débil que el último de sus Territorios.

¿Cuál será entonces la suerte, no de la Confederación, que desaparecerá, sino de cada uno de los Estados. Recordad lo que ha sido de algunos, aun fuertes, en sus pasados vaivenes, y veréis que cuando se han encontrado reducidos á sus solos recursos, en cualquiera de sus interiores conflictos, no han podido sobreponerse á ellos sino ayudados por el poder de la Confederación?

La unión es la que hace su fuerza, la unión es la sola que puede salvarlos de tantos .peligros como los rodean, de tantos enemigos como los asechan; y para conservarla es necesario que todos concurran proporcionalmente á sus cargas, que la sostengan con su respeto y obediencia, que no la graven con obligaciones y responsabilidades que no le pertenecen; porque hay hasta injusticia en que el todo reporte las consecuencias de actos ejecutados por una sola de sus partes.

Yo os recomiendo que penséis muy seriamente sobre este punto, para que le apliquéis el conveniente remedio.

Cuando, en vista del cuadro melancólico que os dejo bosquejado, se desciende al examen de los medios y recursos con que ha contado el Gobierno para hacer frente á tantas necesidades y exigencias, yo mismo, que he atravesado por medio de ellas luchando con sus dificultades, apenas me puedo dar la solución de la duda, porque todo lo expuesto y otras muchas cosas importantes, se han hecho y consumado sin recurrir á las medidas violentas, ruinosas y opresivas, que en otras veces han formado el estado normal de nuestra sociedad.

La situación del Erario federal es verdaderamente miserable, y sus recursos de todo punto insuficientes para llenar las grandes atenciones y obligaciones de la Nación. El estado de valores de las rentas, formado con la más escrupulosa minuciosidad, en 29 de Octubre último, sólo ha dejado al Gobierno para atender á los gastos comunes de la Administración la suma de $3.673,489, deducidos los gastos de recaudación y los 20 y 25 por ciento de los productos de las Aduanas marítimas, conforme á las leyes de la materia. Aquella suma y $2.794,772 de ingresos extraordinarios, forman el total de los recursos disponibles del Gobierno en el año anterior para afrontar sus numerosas atenciones.

Estas, reducidas á lo absolutamente indispensable del presupuesto económico, sin incluir las consignaciones de las deudas interior y exterior, montan á $7.023,239, de los cuales solamente se han cubierto $5.868,501 de gastos ordinarios, y $236,859 de extraordinarios; resultando, en consecuencia, un deficiente de $1.091,835, que forman el atraso en que se encuentran muchas de las clases que sirven á la Nación, además de otras obligaciones que quedan desatendidas. Es de tenerse presente que los pagos se han sujetado á la fuerte deducción prevenida por la ley.

En la distribución de esos caudales se ha procedido con toda la equidad que permitían las circunstancias, no siendo posible observar una estricta igualdad. Así es que las divisiones militares que operan en campaña ó prestan un servicio activo, están pagadas por todo el año anterior, y han recibido una pequeña parte á cuenta del corriente.

Otras sólo lo están hasta Noviembre y mitad de Diciembre, cuyo nivel guardan, con pequeñas diferencias las otras dependencias del ramo militar, según es mayor ó menor la puntualidad con que los Estados pagan sus contingentes.

Los menos favorecidos son los empleados de la lista civil, que también con alguna irregularidad, procedente de la misma causa, sólo están pagados hasta Agosto; siendo de advertir que se les adeudan dos meses y medio, que la Administración anterior dejó insolutos, exceptuadas las Cámaras, que por un acuerdo económico ordenaron se les hiciera este pago á sus miembros, los que han recibido parte por Septiembre. Desde esta fecha quedó separado el ramo judicial del presupuesto común, pagándose por su fondo especial

Cubiertas de esta manera, y según se ha podido, las atenciones de la Administración, el Gobierno ha hecho frente á otras de sus más graves exigencias, que desatendidas, habrían comprometido la paz de la Nación, arruinando irreparablemente su crédito y recargándolo con gravámenes insoportables.

El dividendo de la Deuda extranjera vencido en el último de Diciembre, y que tantas congojas causaba, queda asegurado de una manera ventajosa en sí misma, y más todavía por las funestas consecuencias que habría acarreado á la República la falta de su pago; no siendo la menor la pérdida de las ventajas obtenidas por la última conversión de la deuda.

Urgencias imprevistas y apremiantes forzaron al Gobierno á disponer de una parte de los fondos consignados á la Deuda interior, porque así lo exigía imperiosamente la conservación de la existencia de la Nación, amagada por todas partes por inminentes peligros.

Sin embargo de este extremo á que lo reducía una ingente necesidad, ha procedido con los mayores miramientos, procurando, además, hacer á los interesados cuantas compensaciones permitían sus escasos medios.

Al intento, y para comenzar á asentar las bases de nuestro crédito, hizo poner en corriente el rédito de la Deuda común que existía liquidada conforme á la ley de 30 de Noviembre, y de esta manera dió valor á $ 5.480,073.76 cs.

La del fondo del 26 por 100, que es de fácil liquidación, y que según sus documentos montará á $ 11.333,333, podrá entrar también prontamente en circulación.

La procedente de convenciones diplomáticas y sentencias judiciales está ya en vía de pago, y pudiéndose calcular aproximadamente en $ 8.500,000, tendremos que muy pronto circularán en el comercio cuantiosos valores, hasta aquí casi perdidos, para volver la vida á tantos giros que yacen exánimes y en riesgo de extinguirse.

No debo pasar en silencio que el Gobierno ha ministrado, además, á los acreedores de las deudas interior é inglesa $ 610,000, quo se ha quitado de sus precarios recursos.

Justo es decir que estos sacrificios no han sido sin compensación, porque sobre los auxilios oportunos que le han proporcionado, ha conseguido también en las transacciones que ha hecho por las nuevas convenciones diplomáticas, desahogar considerablemente para lo futuro la renta de las aduanas marítimas, que por antiguos convenios estaba en su mayor parte enajenada á los acreedores del Tesoro.

Sin embargo, ese desahogo no puede ser suficiente para cubrir con él todas las atenciones, y yo llamo fuertemente la atención de los representantes del pueblo sobre las graves dificultades que pueden acarrearnos las mismas ventajas adquiridas si no cuidamos de aprovecharlas.

Los acreedores nacionales han sufrido fuertes quebrantos en la renuncia que han hecho de sus antiguos beneficios con la esperanza de asegurar lo que se les ha dejado: sus arreglos descansan hoy bajo la fe que el Derecho Público otorga á la solemne palabra de los Gobiernos, y una violación, sobre forzarnos á retornar al anterior y ruinoso estado de que hemos salido, nos expondría á muy serias consecuencias.

Yo no dudo que poseídos de la situación proveeréis á ella con la eficacia que demandan su urgencia y la gravedad de sus peligros.

La conservación de la paz en el interior y de la seguridad en el exterior son bienes de tal importancia y jerarquía, que ningún cuidado ni precaución serán excesivos si se estiman convenientes para mantenerlas y asegurarlas.

Tal intento no puede lograrse sin el auxilio de una fuerza armada, fiel, disciplinada y bastante para resguardar la extensión de nuestro aun dilatado territorio. La que actualmente existe es de todo punto insuficiente bajo todos sus aspectos.

Nuestras fronteras y litoral demandan particular atención, porque por todas partes nos cercan peligros más ó menos graves ó apremiantes. California, Sonora, la Línea del Norte, la del Río Bravo, Tehuantepec, Yucatán, el litoral del Sur y muchos puntos del interior tienen que temer, ó de irrupciones de bárbaros, ó de invasiones de aventureros, ó de movimientos intestinos; y para tantos cuidados sólo ha podido disponer el Gobierno de 6,000 hombres de tropa permanente, de 6,600 de Guardia Nacional, y de 1,310 que mantiene asentados en las Colonias; por todo, 14,000 hombres escasos, que no pueden bastar para tantas fatigas, diseminados en varias y largas distancias, y para las que es necesario vencer las dificultades de nuestros medios de transporte, con las otras que trae la penuria para proporcionarse los recursos suficientes.

Si fijáis la atención sobre estos guarismos, no podréis comprender fácilmente cómo el Gobierno ha podido sufragar los gravámenes que imponen.

Sin embargo, en esta materia ha hecho cuanto podía, según se lo permitían sus medios disponibles y lo demandaban las circunstancias.

Todos esos puntos amenazados están cubiertos, aunque ya comprenderéis que de una manera insuficiente; y si, como no lo dudo, disponéis que sean protegidos y defendidos al tamaño de su importancia, es absolutamente necesario que proveáis al Gobierno de los recursos necesarios, pues sin la compensación justa y debida al servicio público, á nadie puede exigírsele los que demandan su consagración.

En medio de tantos conflictos y azares no ha descuidado el Gobierno otros sagrados intereses que se enlazan íntimamente con el buen orden y existencia moral de la sociedad. La conservación de la religión y del culto en los puntos remotos, ha sido atendida por medio de las misiones, y la orfandad de las Iglesias de Sonora y de Michoacán se ha remediado facilitando el ingreso de sus Pastores.

Aunque todavía pudiera ocupar vuestra atención con la enumeración de otros muchos objetos muy dignos de fijarla, la reservaré con sus pormenores ó la cuenta que os darán los Secretarios del Despacho, reduciéndome, para finalizar, á los puntos que estimo de mayor interés y gravedad.

El primero, el cardinal, os lo he presentado ya, informándoos del último estado que guarda; pero no os dije las graves trascendencias que puede tener. La guerra encendida en la frontera de los Estados Unidos ha quedado sofocada, pero no extinguida, porque sus causas subsisten, y estas pueden resucitarla con mayor ímpetu, si no se provee inmediatamente de su propio y eficaz remedio.

El Gobierno ha mandado restablecer el antiguo Arancel, y la medida no carece de inconvenientes. Dictad pronto lo que os inspire vuestra sabiduría, cortando con ella la terrible lucha trabada entre la industria y el comercio.

El Ejército es insuficiente para las fatigas que presta, para mantener el orden y la obediencia al Gobierno en el interior, y la seguridad y la respetabilidad de la Nación en el exterior.

Os he reseñado las causas que impiden su aumento, y no necesito encareceros la necesidad de las medidas prontas y convenientes para aquel intento y para la de su perfecta organización.

El Crédito público clama por su arreglo definitivo, y la resolución quedó muy adelantada en el Congreso que acaba de despedirse.

Votadla según lo juzguéis conveniente, recordando el mal efecto que causa ver que la Deuda de extranjeros ha sido arreglada por el Gobierno en dos meses, en virtud de la autorización que se le dió, y que la de los nacionales sufre largas y onerosas dilaciones.

Los negocios y el trabajo crecen con las necesidades, y los nuestros han subido á un punto que los Ministros no tienen el tiempo ni el reposo necesario para despacharlos con toda la atención que demandan.

El Gobierno juzga absolutamente necesaria la creación de un Consejo que lo ilustre y que lo mantenga en el recto sendero de la ley y de sus deberes, y estima también de absoluta necesidad la separación del Ministerio de Relaciones Exteriores del de la Gobernación.

La experiencia de lo pasado y el examen minucioso que ha sido preciso hacer de las reclamaciones extranjeras que agobian nuestro Tesoro, han convencido al Gobierno de que las dos terceras partes de nuestros gravámenes y las dificultades en que frecuentemente nos hemos visto envueltos con las Potencias de ambos continentes, proceden radicalmente de la falta de conocimiento de los precedentes, y de la premura con que de ordinario se despachan esos gravísimos negocios, combinados ambos defectos con otro que paso á reseñar.

Este se encuentra en la imperfección de los medios que las leyes han puesto á la disposición del Poder Judicial Federal para el desempeño de sus altas funciones.

Ese defecto ha remachado nuestras desgracias, agobiando al Gobierno de reclamaciones indebidas, porque constituye á la Administración en un poder anómalo, que si se ha hecho algún pequeño bien, éste lo ha expiado la República con incontables calamidades.

Sobre todos estos puntos se os presentarán las correspondientes iniciativas y vosotros los sacaréis del estancamiento en que yacen.

He concluido, señores Diputados y Senadores, y vosotros vais á prepararon para las grandes fatigas que demanda la alta y difícil misión que os han encomendado vuestros comitentes.

Afrontadlas con voluntad fuerte, con fe, con confianza, y no dudéis que la Providencia, apiadada de las desgracias de nuestro país, coronará con el más feliz éxito vuestros nobles y patrióticos trabajos.

Contestación del Presidente del Congreso, D. Juan Antonio de la Fuente.

Si las rudas calamidades que han venido sobre la Nación, y los riesgos que amenazan su existencia no permiten que en esta grandiosa solemnidad los ánimos se abandonen á las emociones de un goce perfecto, siempre la renovación de los mandatarios del pueblo tendrá para los amigos de la libertad el mérito de realizar una garantía política de gran valor en el sistema representativo.

Al acometer la ardua empresa que se les ha confiado, los elegidos de la Nación no piensan en que se aclame como fausto el advenimiento de ellos al Poder, sino en las leyes que demanda el estado lamentable de las cosas.

Complicado en extremo, y en un estado de bancarrota cuya enormidad quizá no se conoce todavía, el ramo de Hacienda puede envolver al país en su ruina, y exige, por lo mismo, la preferente atención del Congreso General.

Si en un caso muy extraordinario conviniere ceder á la necesidad de expedir una ley que de pronto aleje ó disminuya la penuria del Tesoro, no conviene olvidar que las leyes de esta naturaleza han contribuido mucho á producir la miseria que lamentamos ahora, y que el desahogo en las rentas sólo puede derivar de un sistema completo, y conforme á los intereses permanentes de la Nación.

La independencia de ésta será objeto de la constante atención y de la más esmerada solicitud del Congreso.

Es urgentísimo fortificar ó cambiar ventajosamente los medios empleados hasta hoy para impedir las incursiones de los bárbaros, que tantos males hacen sentir á los Estados de la frontera, y á los más próximos á ellos. La humanidad, la civilización, el Pacto Constitutivo, y la primera condición de todas las sociedades, exigen que México rechace vigorosamente esta horrible y afrentosa plaga.

Mucho queda por hacer en la obra de generalizar los conocimientos útiles y facilitar á las masas la mayor suma de bienestar que sea posible.

Cometida al Congreso la facultad de promover la ilustración y prosperidad general, aunque no en toda su latitud, podrá, sin embargo, mejorar la condición del pueblo por medio de leyes sabias y justas, y contribuir á que desaparezca el raro fenómeno de la miseria y despoblación en un país favorecido por ricas minas y con extensos y feraces campos.

A no haber sido el pueblo ignorante y miserable, no habría encendídose la guerra civil, ni triunfado tantas veces la sedición; no hubiéramos conocido todas las calamidades y todos los crímenes que nuestras turbulencias nos acarrearon, infundiendo al cabo el funesto abatimiento que todos los buenos mexicanos deploran.

Para reanimar el espíritu público es necesario que el pueblo sea morigerado y feliz por el trabajo. Sin esto la libertad y el orden carecerán de base y la democracia de sentido.

La forma de Gobierno que hemos jurado sostener, necesita para su perfecto desarrollo las convenientes leyes orgánicas. Por falta de ellas tenemos derechos sin ejercicio, deberes sin responsabilidad, relaciones en desorden y principios vanos.

Atender á todo no es en verdad la obra de un solo Congreso. El actual escogerá entre los puntos enunciados ó quizá entre los que yo haya podido omitir, aquellos que sean de más alto interés ó que demanden urgente resolución.

Un sentimiento de malestar, y la aprensión de un porvenir desastroso é inevitable, comienzan á producir los más perniciosos efectos. Se querría extinguir nuestra pasada gloria, porque nos confunde: calificase de extraña y penosa la energía indispensable para la conservación y engrandecimiento de la sociedad, obra que á ella solamente incumbe y que no acometerá siquiera, si desfallece, con conciencia de su propia debilidad.

En pos de esto vienen el menosprecio de todos los planes, el descrédito de todas las promesas, el juicio siniestro de todas las intenciones y la frialdad con que se miran todos los sacrificios patrióticos, como si cuanto ha pasado, cuanto existe y se aguarda en esta Nación, hubiese de ser forzosamente innoble, malo y desdichado.

Los ciudadanos que en este tiempo de decadencia vienen á ocupar los puestos que la ley y el voto de sus compatriotas les designaron, pueden, á lo menos, felicitarse de no abrigar otro propósito que el que acaba de consagrar su juramento, y de no haber desesperado de salvar á su país con la protección del Soberano Autor y conservador de las sociedades.

Pero sin una política activa, inteligente y toda nacional por parte del Gobierno, se estrellarían todos los esfuerzos del Congreso para dominar la situación.

Observar, el primero, inviolablemente la Constitución y las leyes, y no permitir que se ultrajen ó eludan; conocer bien los elementos de felicidad que el país envuelve, para desarrollarlos, sus intereses para favorecerlos y sus necesidades para atenderlas con oportunidad y acierto; antever los riesgos y dificultades que puedan causar detrimento á la República ó embarazar su marcha, y disponer los medios de sobrepujarlos; guardar en la órbita discrecional de la Administración una sabia economía, y consultar exclusivamente á la justicia y á la pública felicidad; emplear todos los medios posibles á fin de que el país obtenga las ventajas que los tratados le aseguran: esto es lo que todos los mexicanos esperan del primer Magistrado de la Nación. Así, podrá contar con que su Gobierno será apoyado por el Congreso, y conquistará para siempre el amor de la Patria, á la que debe el hallarse colocado en la más alta dignidad que puede crear una República.

El General Arista, al cerrar dichas sesiones, en 21 de Mayo.

Señores Diputados y Senadores:

La ley fundamental ha puesto término á vuestras tareas legislativas, cerrando un período que será memorable en los anales de la República, por sus grandes y notables acontecimientos.

Los fatídicos sucesos que presidieron vuestra inauguración, infundían serios temores de que vuestra misión no fuera sino para desempeñar el último y más triste deber reservado al hombre en la tierra: el de asistir al funeral de su patria.

La llama de una guerra sin ejemplar y que condenan la ley de Dios y de las naciones, aun ardía en la línea que nos separa de una Potencia amiga: las negociaciones pendientes con ésta, para facilitar la vía de comunicación que podrá hacer de nuestro territorio el centro del mundo comercial, tocaron á su término bajo las aprensiones de un rompimiento que quizá pondría en riesgo la paz de ambos continentes: la crisis comercial, preparada en los últimos días de la anterior Legislatura, adquirió todo su temible desarrollo, amagando con trastornos en el interior, y con la relajación, cuando menos, de los lazos tan recientemente anudados en el exterior: en fin, la crisis financiera que todos los días aumenta las cifras de su deficiente, y las discordias políticas que, impidiendo su remedio, sembraban, además, la desconfianza y el desvío entre los depositarios del Poder público, pusieron en inminente riesgo la suerte de la Nación, que agitada durante tantos años por los trastornos civiles, fatigada por sus sacudimientos, desunida por sus disensiones y circundada de ingentes peligros, parecía no poder prolongar un día más su trabajada existencia.

El Gobierno mismo no sabe cómo explicar su conservación en medio de tantos y tan graves peligros, si no es por el especial auxilio y protección de la providencia, que con el mismo castigo nos prueba su favor, dándonos muestras claras de que aun tenemos medios para salvarnos, y de que para conseguirlo nos basta quererlo.

Guiado por estas convicciones y sostenido por sus esperanzas, el Gobierno ha empleado todos los medios que estaban en su poder para conjurar los peligros amenazantes, demandando la concesión de los que le faltaban para llenar cumplidamente sumisión.

El Cuerpo legislativo, encargándose de las dificultades, ha provisto á ellas en la manera que estimó conveniente, y el Gobierno, caminando, como hasta aquí, por el estrecho sendero de la ley, procurará sacar todo el fruto posible de sus recursos, deteniéndose donde ellos impidan su acción.

Temiendo que este evento pudiera verificarse muy pronto, por la extrema complicación de los negocios de la República, manifestó á la última hora su situación, proponiendo, más bien que el ejercicio de una facultad discrecional por parte del Ejecutivo, la simplificación de los poderes reservados al Legislativo, si alguna apremiante necesidad lo exigía durante su receso; pero esta medida no ha encontrado la gracia que podía esperarse, y, en consecuencia, el Gobierno, dejando cubierta su responsabilidad para lo futuro, no perdonará medio ni sacrificio alguno para llenar su difícil y delicada misión.

Contestación del Vicepresidente del Congreso, D. León Guzmán.

Excelentísimo Señor:

Un precepto constitucional precisa al Congreso General de los Estados Unidos Mexicanos á cerrar hoy el presente período de sus sesiones ordinarias. V. E., en cumplimiento de otro deber también constitucional, se halla entre los representantes del pueblo para presenciar este acto solemne, que no es por cierto una vana fórmula, ni una mera etiqueta parlamentaria.

Al terminar un período legislativo, cumple al Congreso el deber de manifestar francamente á la Nación cuál es el uso que en él ha hecho de sus altos poderes, y cuáles las leyes y providencias que ha dictado.

Debe también colocar en manos del Ejecutivo el sagrado depósito de los intereses nacionales, cuya vigilancia le queda encomendada, y para cuya promoción se le deja expedito todo el resorte de su autoridad constitucional. Tales son los importantes objetos de esta augusta solemnidad.

La Representación nacional está muy lejos de creer que ha salvado á la República, zanjando todas sus dificultades, y acudiendo á todas sus exigencias: no; pero tiene la noble satisfacción de pensar que ha adelantado cuanto le ha sido posible en ese camino, dando una solución justa y prudente á las más delicadas cuestiones, aplicando un remedio eficaz y oportuno á los más graves males, y abriendo una puerta amplísima á las más importantes y provechosas mejoras.

La comunicación interoceánica por el Istmo de Tehuantepec, obra magnífica cuya ejecución anhela el mundo, no era para la República en años anteriores más que un objeto de alarma y de temor.

El patriotismo y la justificación del anterior Congreso salvaron las serias dificultades que produjera un privilegio malamente concedido; y la Nación, al reivindicar sus incuestionables derechos, también ha logrado colocarse en aptitud de realizar aquella grande obra.

El Congreso actual se aprovechó de esta circunstancia favorable, y la ley que dispone la apertura de la comunicación por el Istmo, no sólo cierra la puerta á ulteriores abusos, sino también hace más fácil y asequible la empresa. No pasará mucho tiempo sin que la veamos practicar.

El mal estado de nuestros caminos ha sido hasta aquí el principal escollo del comercio, de la industria y de la agricultura. Todos los ramos de producción y de riqueza sufren por ese motivo una completa parálisis; y ni las poblaciones tienen un fácil abasto de los efectos que necesitan, ni el cambio de producciones puede surtir los provechosos efectos que la translación de valores lleva siempre consigo.

El Congreso comprendió esta necesidad urgentísima, y ha expedido diversas leyes previniendo la construcción de las más importantes vías de comunicación. La exacta ejecución de estas leyes se convertirá muy pronto en un manantial fecundo de riqueza y bienestar.

El ramo de Hacienda reclama una atención preferente y exquisita. El Congreso no lo ha desatendido; y si se medita lo que sobre él ha hecho, se verá que no carece de importancia. Las principales causas de la desorganización del Erario han sido el contrabando, el desnivel del comercio y la falta de moralidad en muchos empleados.

La ley proyectada sobre reformas de aranceles y alzamiento de prohibiciones atacaba de raíz estos males; y si no ha llegado á expedirse, débese á las dificultades del negocio, que no han permitido á los Cuerpos colegisladores ponerse de acuerdo.

La vacilación del Crédito público había sido hasta aquí otro de los más poderosos motivos del malestar de la Hacienda. Algunos vacíos dejados por leyes anteriores, la conmoción de intereses producida por ellas, y el descontento causado por algunas excepciones que se otorgaron, ponían á punto de fracasar á la obra de muchos desvelos y sacrificios.

Pero V. E. acaba de sancionar una ley que tiene los importantes objetos de equilibrar todos los intereses, de hacer efectivos todos los derechos legítimos, y de reparar sólidamente la fe de la República, restableciendo la confianza.

La religiosa aplicación de los caudales públicos á las verdaderas necesidades de la Nación; la supresión de muchos gastos inútiles y la prudente economía en los indispensables, son también objeto á que el Congreso ha dedicados gran parte de su tiempo. Graves dificultades han impedido la aprobación del Presupuesto general de gastos: los representantes del pueblo recuerdan con sentimiento que ha quedado tras de sus pasos ese inmenso vacío; y tendrían la mayor satisfacción en que se destinase un período extraordinario de sesiones para llenarlo.

Entretanto, el Gobierno podrá avanzar mucho en este camino, usando de la autorización que ya tiene para hacer en las oficinas y sus plantas las supresiones y reformas que la experiencia acredita como necesarias.

La guerra con las tribus bárbaras ha llegado á ser una exigencia verdaderamente social: ella ha merecido la atención del Congreso, y cada una de las Cámaras ha expedido un acuerdo, que tiene por objeto hacerla activa y eficazmente.

Otros varios puntos de vital importancia han sido despachados por algunas de las dos Cámaras, y penden de la revisión de la otra.

Si estos acuerdos no han llegado á ser leyes, débese al tiempo y á las circunstancias, que no siempre se hallan á discreción del hombre. La falta del uno y el imperio de las otras, han atado las manos al Congreso, imposibilitándolo para realizar algunos otros pensamientos, que sólo le ha sido dado preparar.

El grave negocio que hoy se presentó sobre facultar extraordinariamente al Gobierno, no pudo ser despachado sin menoscabo de la Constitución; y el Ejecutivo debe estar bien penetrado de esta verdad.

Lo hecho hasta aquí podrá ser bastante, si el patriotismo de V. E. logra darle una cumplida ejecución. La Representación nacional lo espera tanto como lo desea; y espera y desea también, que al volver á reunirse en este augusto lugar, se encuentre cimentada la paz, moralizada y aumentada la Hacienda, restablecido el crédito, reorganizadas las oficinas, y planteadas, ó al menos comenzadas, positivas é importantes mejoras.

Entonces los votos de la Nación ensalzarán á V. E., y el Congreso se dedicará de nuevo, con fe, á la prosecución de esa grande obra de adelantamientos y felicidad.

El General Arista, al abrirse las sesiones extraordinarias, en 15 de Octubre de 1852.

Señores Diputados y Senadores:

La Ley constitucional puso término á vuestras tareas ordinarias hacia mediados del año, y el Gobierno, consagrándose enteramente al cumplimiento de vuestros acuerdos, concibió la esperanza de llegar á su fin, dejando allanadas algunas de las graves dificultades que entorpecían su marcha y que más adelante podrían hacer ineficaces vuestros esfuerzos.

La paz y seguridad interior, base de todo orden social, y condición indispensable para la prosperidad, se restablecían y consolidaban en la parte que habían sido más seriamente alteradas, y que causaban mayores sobresaltos y peligros.

Las invasiones de aventureros por el Río Bravo llegaron á cesar, dejando bien puesto el honor nacional, á la vez que cegada una fuente inagotable de calamidades, de desórdenes y de abusos destructores de la moral y del bienestar de la República.

Sin embargo, apenas respiraba el Gobierno de este conflicto y empezaba á tomar sus medidas para reducir los gastos y hacer todas las posibles economías en los ramos de la Administración que las permitían, cuando nuevas perturbaciones vinieron á forzarlo á consumir lo que por otra parte ahorraba: y aun á contraer nuevos compromisos, sin que estuviera ni en su voluntad ni en su poder evitarlo.

Querellas domésticas habían suscitado el año anterior en Veracruz un levantamiento que fué prontamente sofocado; pero manteniéndose, y aun exacerbándose sus causas, determinaron otro en el presente que ha cundido á términos de sobreponerse á la autoridad y á la fuerza que tomó por su cuenta reprimirlo.

Ese desorden, que más de una vez ha podido considerarse terminado, subsiste, y amenaza con más grave riesgo, porque, fuerza es decirlo, el Congreso de Veracruz, arrebatando el bastón del Ejecutivo del Estado, sobreponiéndose al Gobierno y á la Constitución Federal, y obstinándose en desoír las quejas de sus pueblos, ha nulificado todas las medidas dictadas para reprimir la sedición, llegando hasta el punto de ingerirse en las operaciones militares, para dar órdenes en este ramo, y, lo que es más inconcebible, para impedir que tuvieran su efecto las libradas por el Gobierno Federal ó por sus agentes inmediatos.

Este desorden, que comprendía en sí todas sus especies y que podría conducir á otros mayores, determinó al Gobierno á exigir del de Veracruz respondiera en términos precisos y categóricos si quería encargarse de apaciguar las querellas de sus ciudadanos, por sí solo y con sus propios recursos, en cuyo caso el Gobierno General se limitaría á defender el lugar de la residencia de los Poderes del Estado y á cuidar de la seguridad de los caminos; ó bien si quería dejarle exclusivamente aquella tarea, sin ingerirse en sus actos, puesto que la anarquía y el desconcierto en las operaciones militares no podía producir otro efecto que el de dar aliento y creces á los sublevados.

El Gobierno de Veracruz prefirió el primer medio y dirigió sus esfuerzos á aplacar la rebelión; mas agotándolos sin éxito, ocurrió de nuevo al de la Unión, confesando que no tenía posibilidad en reprimirla.

En tales circunstancias, el Gobierno ha vuelto á tomar á su cargo la pacificación del Estado y dispuesto la marcha de las suficientes tropas á las órdenes de su Comandante general, que, obrando por las que le dirigirá el Ministerio respectivo, es probable que termine ese escándalo satisfactoriamente.

Causas semejantes produjeron la instantánea y violenta sublevación de Mazatlán, la cual coincidiendo con la de Jalisco, fué causa de que una y otra se fortificaran, porque el Gobierno se encontró privado repentinamente de todos sus medios de acción. Fuertes contribuciones dictadas por el Congreso de Sinaloa, la manera de exigidas y los amagos de la fuerza armada que ocupó aquel puerto, produjeron una reacción, en que desgraciadamente tomó parte la guarnición que allí mantenía el Gobierno, dando por resultado la prisión del Gobernador y la salida del Comandante General, que se mantuvo fiel á sus deberes.

Este suceso fué acompañado de circunstancias que dieron lugar á reclamaciones del Cuerpo Diplomático, por considerar violadas las inmunidades de los Agentes Consulares, según el modo con que alguno de ellos fué tratado por el Gobernador.

Tan luego como se tuvo noticia de este trastorno, dispuso el Gobierno la salida de una sección de tropas de la Guardia Nacional de Jalisco, para que, operando bajo las órdenes del Comandante General de Sinaloa, redujera al orden á los sublevados de Mazatlán; mas aun no se cerraban los pliegos que debían conducir aquéllas por extraordinario, cuando llegó la noticia de la insurrección de Guadalajara, que instantáneamente derrocó á sus autoridades. Los Ministros os impondrán de los pormenores de estos negocios en que hay mucho que contemplar.

En este estado de cosas, versándose una causa que ponía en inminente riesgo las instituciones federales, y hallándose ocupadas á la sazón las tropas que mandaba el General Uraga, como reserva de las que obraban en Jalapa y Orizaba, el Gobierno apeló á la ayuda de los Estados limítrofes, pidiéndoles un contingente de tropas y de dinero proporcionado á sus recursos, á fin de formar una división respetable que, ayudada con otras tropas del Ejército que el Gobierno pudiera reunir, redujesen al orden á los sublevados de Guadalajara, cuya sumisión atraería pronto la de los de Mazatlán.

Los Estados, aunque no negaron la cooperación que se les pedía, no tuvieron posibilidad de presentar las fuerzas que eran necesarias, y el Gobierno, á pesar de la conveniencia de realizar sus combinaciones militares, á las que estaba concurriendo la brigada Uraga, dispuso, sin más demora, el movimiento de ellas hacia Jalisco.

Entretanto, los elementos discordantes de la revolución de Guadalajara, alentaron á revolucionarios de otra especie, quienes apoderándose de los que les convenían, pensaron en darles un centro común para generalizar la insurrección.

Este lo buscaron en la destrucción de las instituciones políticas que rigen á la Nación, halagando los intereses de los unos, irritando las pasiones de los otros y concitando en todos el odio contra el Jefe del Gobierno, que tiene por origen la invencible resistencia que oponía y opondrá al logro de su intento.

Si el Ejecutivo, traicionando sus convicciones y juramentos, hubiera hecho efectivo lo que en boca de sus enemigos no fué más que una imputación calumniosa, la revolución habría tomado un giro enteramente diverso; pero ha preferido exponerse á ser su víctima y arrostrar desde luego los riesgos que le amenazan, antes que faltar á lo que debe á la Patria, á la conciencia y al honor.

El giro alarmante que aquella revolución tomaba, exigía medidas proporcionadas á sus peligros, y á fin de conjurarlos, fué necesario apurar los últimos y escasos recursos de que el Gobierno podía disponer.

Ya se ha hablado del movimiento de la brigada que mandaba el General Uraga. A ella se unieron las tropas aprestadas por el Gobernador de Jalisco y por los de otros Estados; y además de esto se ha movido el General Miñón con parte de las tropas que en Tehuantepec estaban á sus órdenes. El Gobierno espera el resultado de estas operaciones.

Nada de cuanto dependía de la acción del Gobierno se ha omitido, ni se ha excusado medio alguno, debiéndose á su celo y á la eficacia con que ha obrado, el que una revolución que amagaba con la total subversión del orden social, y que presentaba un carácter tan alarmante, haya quedado estacionada.

Los Gobernadores de los Estados, representando dignamente el buen sentido de la Nación se han identificado en sentimientos con el Ejecutivo, han considerado su causa indivisible de la causa de las instituciones, y le han prodigado los testimonios más expresivos de adhesión y confianza. El Ejército desempeñando su verdadera misión de sostenedor del orden y las leyes, ha seguido y sigue invariablemente la causa del Gobierno.

Los gérmenes y elementos de esa rebelión, aunque debilitados, son suficientes para producir una conflagración general, si no se extirpan de raíz oportunamente.

Hasta aquí ha podido combatirlos el Gobierno General, aunque no con la eficacia que hubiera querido, porque tampoco podía disponer de recursos suficientes; mas como entre los mismos de que ha dispuesto se encontraban muchos que no podía llamar comunes y ordinarios, y todos se han agotado en la defensa y conservación del orden social, ha llegado á ponerse en la imposibilidad de mantener aquél; de reembolsar los fondos que ha tomado; de hacer frente á los numerosos compromisos de honor que pesan sobre el Erario, y de cubrir créditos que, dejándolos insolutos, agravarán inmensamente sus cuitas.

Dificultades son éstas que el Poder limitado del Gobierno no podía allanar, y para vencerlas, ocurre al amplio que la Nación ha depositado en las manos de sus representantes. He aquí el objeto principal con que os ha convocado.

La resolución que dicten las Cámaras sobre el punto propuesto, va á decidir la suerte de otro tan importante y vital como el que se ha recomendado, y que puede invocar en su apoyo los más sagradas títulos para ser preferentemente atendido.

Hablo de la situación desgraciada de los Estados internos, asolados por las incursiones de los bárbaros, y que el Gobierno no puede atender al grado que quisiera y debiera por la misma falta de recursos.

Este grave negocio demanda auxilios constantes y anticipados para que el sistema de defensa sea eficaz. El Ministerio de la Guerra conferenciará con vuestras Comisiones, para acordar las medidas que sean convenientes.

Los respetos que merece el Santo Padre, como Príncipe temporal y como Jefe de la Iglesia, han obligado al Gobierno á incluir en los asuntos designados para estas sesiones, el reconocimiento de Monseñor Clementi, como Delegado Apostólico, pues la política no puede permitir que por más tiempo permanezca indecisa la representación de aquel Enviado en la República, supuestas las relaciones que México mantiene con la Silla Apostólica y la dependencia espiritual de la Nación con el Padre Universal de los fieles.

Los grandes beneficios que México y el mundo aguardan de la apertura de la vía de comunicación por el Istmo de Tehuantepec, fueron considerados por el Congreso en sus últimas sesiones, expidiendo, para facilitarla, el decreto de 14 de Mayo.

El Gobierno no ha perdonado medio, diligencia ni precaución de ningún género para expeditar su ejecución de manera que, produciendo todas sus ventajas, escapara á los graves inconvenientes que lo rodean. En esta parte, y para mejor asegurar su éxito, ha dado tales testimonios de abnegación y desprendimiento, que quizá se ha hecho merecedor de las censuras de los que veían en ellos una enajenación de las altas prerrogativas de su puesto.

Pero no atendiendo en el caso más que á los verdaderos y sólidos intereses de la Nación; no queriendo exponer á contingencia alguna un negocio que puede encerrar el porvenir de la República; y, en fin, para quitar pretextos y cerrar la boca á la maledicencia, se resignó á arrostrar con los duros sacrificios que le imponía su situación, siendo el primero y más penoso que debía consumar, la separación de su Ministerio, que tantos y tan útiles servicios había prestado á esta misma causa, consagrándose á ella con infatigable asiduidad, con ardoroso entusiasmo y con un desinterés y probidad exentos de reproche.

Con todo, cediendo á sus reiteradas instancias, esforzadas con sus persuasiones, de que tal medida podía redundar en beneficio del mismo negocio y servicio de la República, admití su dimisión, poniendo con esto el sello á los deberes que me prescribía mi puesto.

La retirada del Ministerio dejaba un gran vacío que era necesario llenar inmediatamente, y aspirando, como siempre, al mayor acierto en todos mis actos, quise poner la ejecución del decreto en manos diestras, á la vez que exentas de toda sospecha, y lo hice encomendando la calificación de las propuestas presentadas para la apertura de la vía de comunicación, y la redacción del contrato respectivo, á una Comisión que actualmente se ocupa del asunto, obrando bajo instrucciones amplias que á vosotros y á ella os dejarán toda la libertad necesaria para hacer lo que fuere más conveniente en el interés económico y político de la República.

Pero este negocio, que sólo el Gobierno de México debería tener derecho de discutir y que ciertas declaraciones del de los Estados Unidos se lo daban también para considerarlo repuesto en su centro natural, ha parecido cambiar de aspecto en el Senado de aquella República, á donde se ha llevado últimamente, pretendiendo sacarlo de sus propios quicios. Ninguna resolución se ha tomado hasta ahora, y debe esperarse que la que se dicte sea inspirada por la justicia y por la razón.

La misma corporación, con designios fáciles de comprender, ha acordado la impresión de la correspondencia diplomática seguida con motivo de la celebración del tratado de Tehuantepec; mas notándose que no es completa la que se ha hecho; que el Gobierno debe, hasta donde le sea posible, prevenir sus efectos, y que una vez roto en los Estados Unidos el velo del secreto que la guardaba, no puede haber razón para conservarlo en México; se ha dispuesto también la publicación, no sólo de las negociaciones diplomáticas, sino de todo lo relativo al asunto desde su origen, para que el pueblo de ambos países lo conozca radicalmente y con este conocimiento pueda adoptar una resolución justificada.

Este trabajo, que demanda detenidas y laboriosas investigaciones, se halla bastante adelantado y muy pronto se someterá á vuestro conocimiento y al del público. La inspección de esos documentos os podrá ser de grande auxilio para fijar las graves cuestiones que estáis llamados á resolver.

Pero todas cuantas he anunciado y las más que formarán el asunto de vuestras deliberaciones, vienen á refundirse en un punto, como en un centro común, y éste es el que particularmente recomiendo á vuestra consideración, como la clave destinada á resolver todas las dificultades.

La cuestión del deficiente se presenta todos los días más y más apremiante, porque viniendo de épocas muy anteriores, crece necesariamente con el tiempo, y crece en proporciones colosales.

Este deficiente es incompatible con el orden, con la justicia, con la equidad, y no permite establecer ninguna especie de administración regular; porque viviendo el Gobierno con el día, bajo el yugo opresor de necesidades apremiantes, y muchas veces, como en el presente, imprevistas, se ve forzado á consumir sus recursos futuros, con pérdidas y sacrificios que ensanchan ese abismo espantoso del deficiente, que amenaza la existencia de la Nación.

El Gobierno, conociendo sus peligros, no ha perdonado nada para disminuirlos en la parte que podía hacerlo, ya procurando economías, ya mejorando la Administración en los ramos que lo permitían; empleando en este espíritu las facultades que se le concedieron por la ley de 21 de Mayo, ha reformado la planta de los Ministerios y de las oficinas de su resorte, obteniendo un ahorro de bastante consideración, en lo que dejará de pagar el Erario público, esperando el aumento de una mayor cantidad en lo que crecerán sus productos por las mejoras introducidas en la Administración, á cuyo anhelo se debe el aumento del ingreso en más de un millón de pesos en las rentas generales.

Sin embargo, lo hecho se encuentra muy lejos de llenar el intento propuesto, y no es lo que se necesita para alcanzarlo; medidas de otro género y sólo reservadas á vuestro poder, son las que pueden salvar á la Nación de la peligrosa crisis en que se encuentra, y los Ministros, al daros cuenta del uso que el Gobierno ha hecho del poder que le conferiréis, os indicarán también las que conviene adoptar.

Hay, señores, otra llaga cancerosa que, inoculando su pus virulento en todas las arterias, y aun en las más delicadas fibras de nuestra sociedad, no permite establecer nada, destruye cuanto se establece, hace imposible toda especie de Gobierno, y amenaza ya á la existencia misma de la República como Nación, por el inmenso descrédito que contra ella siembra en el interior y en el exterior. Hablo de la licencia de la prensa, llevada en nuestros días al último extremo de la inmoralidad y del desenfreno.

Convertida la difamación en oficio y explotada como un recurso honesto de subsistencia, las palabras se miden por sus lucros, y la competencia se lleva á un extremo que causa vergüenza y humillación.

La oposición á los actos del Gobierno ha sido en todos tiempos saludable á la sociedad, cuando se hace con probidad é inteligencia; mas apoderándose de ella ávidos especuladores, censuran sin conciencia ni discreción, empeñándose, no en dirigir ó ilustrar á la Administración, sino en derribarla, explotando á la vez la curiosidad y credulidad del público.

El Gobierno, que en esos momentos se veía en el riesgo de ser envuelto por una revolución que brotaba por todas partes, que reconocía en la prensa á sus instigadores y cómplices, y que carecía de medios para sofocarla de un golpe, juzgó, no sólo que le era permitido, sino aun que se encontraba en el estrecho deber de impedir el contagio y de cortarle el vuelo; y esta convicción lo condujo á la medida extrema contenida en la circular de 21 del anterior.

Si en ella ha traspasado las formas, tiene la conciencia de haber salvado la sustancia, y de haber sembrado el germen de una medida por la cual claman la moral, la política y el honor y buen nombre de la Nación; pues que si ésta se encuentra desacreditada y vilipendiada ante los otros pueblos, no lo debe á otros que á los fríos propagadores de su deshonra.

El Gobierno ha derogado aquella circular; mas llama seriamente la atención del Congreso sobre este desorden que ha destruido radicalmente el respeto á la autoridad, que corrompe la moral, que siembra el descrédito del país y que se ha convertido en una torpe especulación, ejercida á expensas del honor y de la fama de los ciudadanos, porque ya no se respeta ni el sagrado del techo doméstico.

Os recordaré solamente el oprobio y la vergüenza de las publicaciones que se han visto abortar en lo que va corrido del año, y decidid si con tal licencia será posible consolidar sistema alguno político, ó mantener especie alguna de administración.

El Ejecutivo os ha hecho una breve reseña de las necesidades que más apremian en estos momentos á la República, limitándola á los asuntos que el carácter de vuestros trabajos os permiten tomar en consideración; sin embargo, los de que vais á ocuparos son de tal manera vitales, que deben considerarse como un preliminar, y preliminar indispensable de los que os esperan en el período ordinario, pues nada podréis hacer en él, no dejando sólidamente asentados sus fundamentos.

Una crisis terrible envuelve á la República, y es de todo punto necesario afrontarla con el poder que en vuestras manos han depositado las leyes.—Dije.

Contestación del Presidente del Congreso, D. Manuel Buenrostro.

Se ha reunido el Soberano Congreso en este acto solemne, para abrir las sesiones extraordinarias á que ha sido convocado para hoy; y ha habido la circunstancia que desde el primer día que se fijó para las Juntas Preparatorias, quedaron ambas Cámaras legítimamente constituidas, por haber, al efecto, el número necesario de señores Senadores y Diputados.

La Representación nacional ha estado dispuesta á reunirse tan luego como fuese constitucionalmente llamada.

No es de este momento calificar el decreto expedido por el Gobierno el día 21 del mes próximo pasado sobre libertad de imprenta, y queda sujeto á la determinación de las augustas Cámaras.

Se ocuparán éstas de dictar las disposiciones legislativas que sean conducentes al restablecimiento del orden en los lugares en que haya sido turbado, de decretar los auxilios que urgentemente demanden los Estados invadidos por las tribus bárbaras, para que se les pueda hacer la guerra con buen éxito; de resolver lo más conveniente acerca de la contrata que celebre el Gobierno para una vía de comunicación por el Istmo de Tehuantepec y de los demás asuntos que comprende la convocatoria.

El Congreso desea que cuanto antes se haga desaparecer la revolución, se salven las instituciones y se conserve la Unión Federal: y, conociendo que uno de los medios para conseguirlo es el más inviolable respeto á la Constitución y las leyes, espera que el Gobierno no se desviará de la senda constitucional y desplegará con actividad y energía todos los resortes propios de su acción para que pronto se restablezca el orden en los lugares en que ha sido alterado.

El General Arista, al cerrarse dichas sesiones, en 31 de Diciembre de 1852.

Señores Diputados y Senadores:

Las sesiones extraordinarias que hoy terminan, si bien no han expeditado enteramente y llevado á su conclusión los vastos negocios para que fueron convocadas, han servido, sin embargo, para dar solución á alguno de ellos, y han hecho adelantar mucho en los demás. Así es que en las sesiones ordinarias que empezarán mañana, se encontrarán avanzados los trabajos, y será más fácil, y se conseguirá más prontamente, llevarlos al fin que sea más conveniente al bien de la República.

Desearía anunciar, como otras veces he tenido el gusto de hacerlo, que el orden se conserva en todos los Estados de la Federación; pero desgraciadamente no es así.

Perturbado, hace meses, por la sublevación de algunos facciosos (teniendo yo la satisfacción de que ninguna autoridad civil legítima se cuente entre ellos), la falta de recursos en el Ejecutivo le ha impedido obrar con la energía que hubiera sido necesaria, y la revolución ha cundido á diferentes puntos.

Sin embargo, los Señores Diputados y Senadores deben estar seguros de que el Gobierno y yo, en lo personal, haremos cuanto esté de nuestra parte para la terminación de este estado de cosas.

Las relaciones con las Potencias amigas continúan en la misma situación que la última vez que he tenido el honor de dirigiros la palabra. Se ha recibido al nuevo Ministro Plenipotenciario de los Estados Unidos del Norte, que ha manifestado deseos de continuar las relaciones pacíficas.

Está pendiente aún la admisión del Delegado Apostólico: os habéis ocupado ya con empeño en este negocio, y en las próximas sesiones se resolverá, sin duda, lo conveniente.

En las presentes angustiadas circunstancias de la Nación, la clausura de las sesiones y la falta consiguiente del Cuerpo Legislativo, sería una cosa que no podría considerarse como favorable á los intereses de la Nación; mas el Gobierno ve con gusto que esta clausura, el día de hoy, no tendrá más efecto que dar el lleno á un precepto constitucional, y que por resultado del mismo precepto, dentro de algunas horas volverá el Congreso al ejercicio de sus augustas funciones.

Entonces el Ejecutivo confía en que, unidos ambos Poderes, formarán la fuerza social que se requiere para obrar el bien, y que, siguiendo los consejos del patriotismo y la prudencia, harán todo lo necesario para la salvación de la República.

Respuesta del Presidente del Congreso, D. Manuel García Aguirre.

Excelentísimo Señor:

Cierra sus sesiones extraordinarias el Congreso General, poseído de una satisfacción justa y alentando una esperanza consoladora.

Hace consistir la primera en la persuasión íntima que tiene de no haber omitido diligencia para desempeñar la ardua tarea, por cierto, de buscar la resolución conveniente á los muy graves negocios para que fué convocado, y funda la segunda, en la feliz circunstancia de comenzar mañana el período de sesiones ordinarias, pues en éstas quedarán concluidos los asuntos comenzados en las extraordinarias.

A éstas se dió principio en el día que designó el decreto de convocatoria, y no llegó á tener lugar el caso previsto en su art. 3, pues los individuos de ambas Cámaras, prontos al llamamiento de la Ley, comprendieron que el deber les exigía no retroceder ante la magnitud de las dificultades.

Cuando el Congreso acabó el período legal de sus trabajos en el mes de Mayo último, se hallaba casi toda la República en paz; pero también casi toda ella ardía en el incendio revolucionario al comenzar las sesiones de Octubre.

Devorados varios Estados por la guerra civil, víctimas como siempre los lejanos de las depredaciones del salvaje, sublevados los puertos y entronizada la anarquía, tales son las circunstancias en que el Congreso fué llamado, circunstancias que no le era posible dominar, porque la voz do la ley no suena con eficacia en los puntos donde no se hace sentir la acción del Poder Ejecutivo.

Sin embargo, penetrado el Congreso de toda la extensión de sus deberes, y convencido de que en el estado á que habían llegado las cosas, la primera necesidad era proveer de recursos al Gobierno, comenzó á decretarlos sin tener á la vista presupuestos ni cuentas, y depositando en el Ejecutivo, por los términos en que lo autorizó para adquirir dinero, una suma de confianza tal, que pocos ejemplares de su género contará la historia parlamentaria de la República.

Desgraciadamente aquel ensayo de ilimitada confianza del Congreso para con el Ejecutivo no tuvo resultados, y esto obligó al primero á ocuparse en la formación de otros proyectos que hasta ahora no se han podido realizar, porque están erizados de dificultades, pero que se les buscará la solución de manera que al ser elevados al rango de ley, merezcan ese nombre con justicia.

Otro de los objetos comprendidos en la convocatoria, fué el de auxiliar á los Estados invadidos por las tribus bárbaras.

En momentos tan angustiados como los presentes, no ha tenido medios el Congreso para facilitar sin demora esos auxilios; pero se ha ocupado y seguirá ocupándose con asiduidad en buscarlos, hasta dictar disposiciones análogas á las que nuestra historia nos enseña haber sido eficaces en otro tiempo para contener á los bárbaros en sus aduares.

Por este medio, acompañado de las diligencias que haya practicado y practique en adelante el Gobierno, á efecto de que se dé cumplimiento al art. 11 del tratado de Guadalupe, disminuirá ó cesará del todo aquella calamidad.

El Congreso percibe toda la importancia que así para el comercio del mundo como principalmente para los más delicados intereses políticos de la República, tiene la comunicación de los dos Océanos por el Istmo de Tehuantepec; de ahí es que ha consagrado una parte muy considerable de sus sesiones á examinar los diversos proyectos presentados con el intento de abrir la vía de comunicación.

Aunque ese grave negocio vino á conocimiento del Congreso avanzado ya el tiempo de sus sesiones, y lleno de dificultades en la forma, está á punto de ser definitivamente resuelto, y se tendrán muy presentes en la resolución los datos que ha expendido el Gobierno sobre las garantías que prometen á la nacionalidad las diversas compañías licitantes.

Fué también objeto de la convocatoria un asunto delicado por su naturaleza y consecuencias, y es el que se refiere á la prestación del consentimiento del Congreso, para que el Gobierno conceda ó niegue el paso á la bula en que S. Santidad el Señor Pío IX, faculta al Illmo. Señor Arzobispo de Damasco, para ejercer varias funciones en la Iglesia mexicana con el carácter de Delegado Apostólico. Negocio es ese que ha merecido de ambas Cámaras un examen imparcial y profundo.

Una y otra, al tratarlo, han estado poseídas del justo respeto que todos los países católicos tributan al Jefe de la Iglesia universal: una y otra han tenido presentes los sentimientos eminentemente religiosos del pueblo mexicano; los individuos de una y otra son, y tienen satisfacción en confesarse católicos; pero ambas, atendiendo á que en nada contradicen estas consideraciones y miramientos, al dar cumplimiento á la parte 21 art. 110 de la Constitución, se han ocupado en examinar bajo el punto de vista de la conveniencia pública, el Breve autoritativo del expresado Señor Arzobispo: siendo, pues, idénticos los principios y sentimientos de ambas Cámaras y accidentales las diferencias, pronto recibirá ese grave negocio resolución que convenga al bien de la Iglesia y del Estado.

Finalmente, el Congreso ha llenado los objetos de que tratan las partes quinta y sexta del decreto de convocatoria, y concluye sus sesiones con la convicción de haberse esforzado por llenar sus deberes, con la de haber seguido la senda que le trazó la Constitución y dentro de ella prestado al Ejecutivo todo el apoyo posible en los tristes días que atraviesa la Nación; ¡días que la Providencia haga desaparecer reemplazándolos con otros de paz y de prosperidad!

Fuente:

Los presidentes de México ante la Nación : informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. Editado por la XLVI Legislatura de la Cámara de Diputados. 5 tomos. México, Cámara de Diputados, 1966. Tomo 1. Informes y respuestas desde el 28 de septiembre de 1821 hasta el 16 de septiembre 1875.

Los cinco tomos fueron digitalizados por la Universidad de Texas:
http://lanic.utexas.edu/larrp/pm/sample2/mexican/history/index.html



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